En seguida el señor Arzobispo expuso el objeto de la entrevista, resumió brevemente los hechos, según lo que tenía averiguado, y concluyó invitándonos a una franca reconciliación.

- ¡Yo no puedo reconciliarme con un monstruo de impiedad y herejía! -exclamó el presbítero en el tono más soberbio.

- ¡Ese lenguaje es muy impropio, señor Cera!

-dijo con severidad el Arzobispo.

- ¡Es el que puedo usar respecto a un blasfemo que ha ultrajado a la Iglesia en mi persona!

-repuso el presbítero.

-Entonces, señor Arzobispo, -dije poniéndome en pie-, esta entrevista a nada conduce, y mi dignidad me obliga a retirarme.

-¡No, señor doctor; no se retire usted, se lo suplico! -exclamó el señor Herrán afanoso. Y añadió, mirando con indignación al doctor Cera:

-Si usted no atiende a las consideraciones que el bien de la Iglesia, el amor a la paz y la cortesía le imponen, atenderá a mi autoridad. Como prela­do superior, le ordeno a usted la reconciliación.

-Entonces, solamente por obediencia... haré lo que de mi parte se exige; pero...

- ¡No señor! -interrumpí-. No quiero tal reconciliación por obediencia.

- ¡He sido atrozmente ultrajado! -exclamó el padre Cera.

- La culpa ha sido de usted, -le observé-. Usted me atacó sin motivo alguno, y yo tuve que repeler el ataque.

- ¡Pero la Iglesia ha sido ultrajada en mi persona!

-Y usted ha ultrajado en la mía a una familia, al Congreso y a la sociedad.

- ¡Pero yo soy sagrado como ministro de Jesucristo!

-No tratemos ese punto. Yo no soy católico, y para mí la cuestión es, prescindiendo de circunstancias personales, de igual a igual...

- ¡Oh, ahijado, por Dios!... -interrumpió el señor Herrán.

-En conclusión, -repuse-, si el señor doctor Cera me pide perdón y me presenta sus excusas, prometo que haré otro tanto para desagraviarle; si no, el asunto quedará terminado.

-Sí; así será -dijo el Arzobispo con firmeza.

El doctor Cera tuvo que claudicar, pidiéndome perdón y retirandó todas sus ofensas; y yo en seguida hice lo mismo para con él. Se convino en que se extendería acta de esta reconciliación; el señor Arzobispo nos abrazó muy conmovido, y declaró que todo quedaría terminado; con lo que al punto nos retiramos. Al día siguiente el señor Herrán expidió una pastoral, que fijaron impresa en las puertas de la Catedral y de las iglesias, en la cual declaraba que la dignidad de la Iglesia y de la sociedad había quedado salva, e invitaba a los fieles, en consecuencia, a recobrar la calma y dar a completo olvido el incidente.

Como no faltaron adversarios y aun, falsos amigos políticos que atribuyesen a debilidad mía el desenlace (así como hubo personas del otro lado que censuraran al señor Arzobispo, por no haberme excomulgado y entregado al odio de los fanáticos), tuve que referir en una hoja impresa todo lo que había pasado. Nadie se atrevió a desmentirme, ni persona alguna me molestó después.

Pero el episodio sí me sirvió para conocer la versatilidad y cobardía de muchos amigos políticos y personales. Constantemente me aplaudían y estimulaban a sostener la lucha contra el Clero, y mis publicaciones eran objeto de sus encomios. Pero el día que me vieron en gran peligro sacaron el cuerpo, y, como para hacerse perdonar su anticlerícalismo, me calificaban de imprudente y ligero, por las publicaciones que había hecho. Sólo la juventud y los artesanos democráticos supieron portarse conmigo, en aquella crítica situación, con lealtad y valor, prontos a desafiar todo peligro por defenderme; y yo comencé a sentir desprecio por el carácter de unos cuantos de mis copartidarios, y a comprender que no debía contar, principalmente cuando emprendiese alguna campaña peligrosa, por servir al liberalismo, sino con mi propia entereza y energía.

Si en el Congreso de 1856 había sostenido .yo los debates con ardor y constancia, defendiendo sin temor alguno los principios que entonces profesaba el partido radical; si apoyé muchas reformas de la legislación o procuré que otras fueran adelantadas; si, en fin, trabajé cuarto pude a beneficio de los legítimos intereses del Estado de Panamá, mi principal empeño fue el de favorecer el desarrollo de las instituciones que habían de convertir la República en una federación de Estados convenientemente distribuídos y gobernados. Contribuí, pues, mucho en el Congreso de 1856 a la creación del Estado de Antioquia, y en el de 1857 a la del Estado de Santander primero, y en seguida a la de los otros cinco que en el último año fueron establecidos, a saber: Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca y Magdalena.

Sin embargo, hubo en el Congreso curiosas circunstancias que merecen mención. El partido conservador, que siempre había sido centralista, estaba en mayoría en las Cámaras, y sin embargo los federalistas obtuvimos mayoría para establecer la federación. Dos razones explican tan extraño hecho. Por una parte, todos los senadores y representantes de Antioquia nos apoyaron, ya por fidelidad a su Estado, ya por el interés de sustraerlo a la acción e influjo de las instituciones radicales consignadas en la Constitución de 1853 y en casi todas las leyes dadas desde 1849. Por otra, ya no era posible retroceder, sino seguir adelante y completar la federación, una vez que existían dos Estados federales como partes componentes de la República, central en su mayor extensión. Además, las Legislaturas de las provincias habían sido consultadas sobre. la reforma, a virtud de una ley, y de las 44, unas cinco se habían abstenido de pronunciarse; apenas cuatro habían dado su voto negativo, y todas las demás pidieron perentoriamente la adopción del sistema federal.

Pero si para crear los Estados los federalistas liberales encontramos apoyo en más de diez o doce conservadores, al tratarse de la división territorio o estructura de los Estados apareció el antagonismo de los intereses de partido. Ni unos ni otros procuraban que la composición social y territorio de los Estados se acomodase a la conveniencia pública o los intereses de los pueblos y de la Nación entera, sino a los intereses electorales, más o menos transitorios.

En este grave asunto  mi conducta fue dictada por la honradez y la imparcialidad, sin tomar en cuenta ningún interés de partido; y por lo mismo, la mayor parte de mis ideas no fueron aceptadas. Según el plan que yo proponía en la Cámara, la República debía quedar dividida en siete Estados, a saber:

Antioquia, agregándole el distrito de Nare, sobre el Magdalena, y toda la banda derecha del bajo Atrato.

Bolívar, compuesto de los actuales Estados de Bolívar y Magdalena, pero dejando al de Panamá las islas de San Andrés y Providencia, a Santander toda la provincia de Ocaña, sobre el bajo Magdalena, y a la República, como territorio federal, la Guajira.

Boyacá, componiéndolo íntegramente de las provincias de Tundama, Tunja y Vélez, y dejando la mayor parte de la de Casanare para ser territorio federal.

Cauca, tal como fue constituído, pero dejando a Panamá gran parte del Chocó occidental, entre el bajo Atrato y el Pacífico, y a Antioquia la oriental, y quedando el Caquetá erigido en territorio federal.

Cundinamarca, tal como fue creado, comprendiendo el actual Estado del Tolima, pero dejando el territorio de San Martín con el carácter de territorio federal, con la provincia de Casanare.

Panamá, como existía, con las dos agregaciones indicadas.

Santander, sin parte alguna de la provincia de Vélez, y con la totalidad de la de Ocaña.

Aún hoy día sostengo que esta disposición de los Estados era incomparablemente más racional que la que se adoptó en 1857, y estoy persuadido de que de la mala distribución que se hizo del territorio nacional han provenido muchos de los conflictos o dificultades que se han originado de la defectuosa práctica del régimen federal.

Para finalizar esta segunda parte de mi historia, tornaré a ocuparme brevemente de mi posición puramente personal.

Yo me había casado la primera vez por estimación cordial y afectuoso interés por mi novia, así como por decidida vocación matrimonial. La segunda vez lo hice tanto por profundo amor a Soledad, como por un cálculo de moralidad y educación propia. Por una parte, yo estaba convencido de esta verdad: por punto general, el hombre soltero es infecundo para la sociedad, y no teniendo verdadero hogar, no reúne todas las condiciones necesarias para vivir con honradez, reprimir sus pasiones y servir convenientemente a Dios y a sus conciudadanos. Por otra, yo sentía la necesidad de que una alta inteligencia femenina, auxiliada por las dotes de la educación, la más pura virtud y un carácter vigoroso, ejercieran sobre mi espíritu y mi corazón una influencia continua y saludable, no sólo contribuyendo con sus estímulos al desarrollo y buena dirección de mi mente, sino también corrigiendo las asperezas de mi carácter, los ímpetus de mi temperamento tan ardiente e impresionable, y los defectos de mi incompleta educación.

Soledad había colmado todas mis aspiraciones, me había hecho enteramente feliz, y yo la adoraba... Hoy día, cuando ya comienzo a peinar canas, después de veintiséis años de dulce unión conyugal, mantengo con fidelidad el tierno y ardoroso culto por mi esposa, y bendigo mil veces la hora en que Dios me permitió conocerla y amarla.

Yo deseaba con vehemencia viajar. Comprendía que un hombre que no ha viajado para observar y estudiar el mundo, es incompleto, y sentía la necesidad imperiosa de abrir a mi alma nuevos horizontes. Además, deseaba mucho, por amor a mi esposa y a mi inmejorable madre política, que se habían educado en Francia, procurarlas aquellas fruiciones que sólo pueden obtenerse viajando por países muy cultos y residiendo en ellos.

Por otra parte, me hacían falta muchos conocimientos prácticos, me faltaba mundo, y no obstante el vigor de mi plena juventud, me sentía algo fatigado de la lucha política, tan ardiente y devoradora entre nosotros, y de ordinario estéril. Y el momento era oportuno para alejarme del país y aprovechar algunos años entregado a un estudio tranquilo que me preparase para servir mejor a mi patria; sin que nadie pudiera acusarme de abandonar mi bandera en un momento de peligro.

La República estaba en paz y enteramente tranquila. Todos los Estados iban a entregarse al trabajo de su organización interior, y la práctica de la federación había sido confiada por la voluntad nacional al partido conservador, puesto que el resultado de la lucha electoral de 1856 había sido la derrota del candidato radical, el doctor Murillo, y el triunfo de los conservadores o de la candidatura del doctor Mariano Ospina, posesionado de la presidencia el 1º de abril de 1857.

Yo no podía ser neutral en política: tenía que formar en las filas ministeriales o en las de la oposición. Formar en las primeras, porque el Gobierno nacional se condujese bien, era comprometer mi posición, pues aquello equivaldría a unirme a los conservadores. Formar en las segundas, cuando se iba a poner en práctica la federación, siquiera fuesen los encargados de la obra mis adversarios políticos, habría sido luchar contra mis propias ideas y las instituciones a cuya adopción había contribuido yo tanto. La ausencia era para mí lo mejor, dejando la República en paz y aprovechando el tiempo para instruirme. En fin... la atmósfera de las pasiones políticas me asfixiaba, y yo quería saber cómo se vivía en francés, en inglés, en italiano y en buen castellano...

Resolví, pues, emprender un dilatado viaje por el Viejo Mundo, fui haciendo mis preparativos, y en enero de 1858 realicé mis propósitos, llevando en mi compañía mi familia.

Esta se componía ya de cuatro personas, pues yo había tenido la inefable dicha de que Dios me diera dos hijas. La primera, nacida el 31 de julio de 1856, llevaba en sí misma la expresión de mis ideas, pues la había hecho dar el dulce nombre de Bertilda, anagrama de Libertad, inventado por mí. La segunda, Carolina, llevaba el nombre de su adorable abuela materna, y había nacido en Guaduas el 15 de octubre de 1857. ¡Extrañas coincidencias! La primera había nacido bajo la advocación de San Ignacio de Loyola, de quien yo detestaba, y la segunda, bajo la de Santa Teresa de Jesús, de quien yo me burlaba, como Voltaire, por "su devota necedad"...

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