Mi excelente profesor de francés me hizo un importante servicio: el de presentarme en casa de Mr. Julio Simon, eminente escritor moralista, que después ha hecho gran papel como hombre político en Francia. Vivía el elocuente profesor de moral y filosofía en la plaza de la Magdalena, número 10, y recibía a sus amigos todos los jueves por la noche. Allí concurrían solamente republicanos y en su mayor número periodistas, llamándome la aten­ción principalmente los señores Légouvé, . (de la Academia francesa); Garnier-Pagés, miembro del Gobierno provisional de 1848 e historiador de su época; Martin, insigne historiador de Francia; Ed­mond Texier, Taxile Delord y otros escritores notables de la Presse, el Siécle, el Charivarí, etc., amén de Mr. Barni y Mr. Vacherot, filósofos muy distinguidos. El trato y las maneras de Mr. Julio Simon me fueron particularmente agradables. Hombre bonachón, sincero, modesto y sencillo, profundamente convencido y que profesaba ideas de un republicanismo verdaderamente liberal y honrado, siempre instruía con su conversación, en todo caso seria, digna y útil; y a todos se nos acercaba, a todos nos dirigía la palabra con benevolencia y cordialidad. No sólo mostraba grande interés por el progreso de las Repúblicas Americanas y el triunfo práctico y definitivo de las instituciones libres en el Nuevo Mundo, sino que frecuentemente citaba como ejemplos las buenas soluciones que habíamos logrado dar en América, con la libertad, a muchos problemas políticos y económicos, verdaderamente sociales, que estaban por resolver y eran temibles en Europa.

Yo pasaba tres o cuatro horas deliciosas cada vez que iba a casa de Mr. Julio Simon. El comercio con muchos periodistas, literatos y hombres políticos franceses me instruía mucho, abriendo a mi espíritu nuevos horizontes: no había allí pedantes ni personajes de aquellos que posent o se ostentan en los salones como sentados delante de un retratista o del aparato de un fotógrafo, sino hombres de buena compañía, de espíritu libre y corazón patriota, que sabían luchar cuanto podían por la libertad y el progreso de su querida Francia, oprimida y explotada por el desvergonzado cesarismo napoleónico; y yo tenía la doble ventaja, al cultivar aquellas relaciones, de aumentar la cultura de mi espíritu y ponerme al corriente todas las semanas de mil secretos y cosas importantes de la política y la crónica francesas, que la prensa, enmordazada, no podía nunca revelar. Se comprenderá que yo sacaba gran partido de todo aquello para mis correspondencias quincenales.

Particularmente me llamaban allí la atención, aparte del excelente Mr. J. Simon, dos hombres: Mr. Légouvé, académico muy estimable, y Mr. Gar­nier-Pagés. El primero, de afable y muy dulce ca­rácter, era eminente poeta, y dos o tres veces tuvo la condescendencia de recitar composiciones suyas, tan notables por la belleza del estilo y la nobleza y energía de las ideas, como por lo castizo del len­guaje, que era un modelo.

Mr. Garnier-Pagés era un hombre político por esencia, austero en sus costumbres, incorruptible en sus convicciones, y de maneras al propio tiempo serias y agradables. Todo en él era respetable y digno: era hombre alto, delgado, flaco, de rostro pálido, anguloso y largo, enteramente afeitado, y usaba la cabellera larga, lacia y pobre, peinada ha­cia atrás. Como yo había aplaudido con entusiasmo la revolución francesa de 1848, veía en Mr. Garnier-Pagés, un símbolo viviente de tan gran acontecimiento, y le miraba con respetuosa simpatía y estimación.

A dos pasos de mi casa, en la misma calle del Oeste, vivía un hombre ilustre y de particulares cualidades personales, cuyas obras había leído yo en parte y leí después íntegramente. Este era Mr. Jules Michelet, el famoso historiador. Mi suegro había tenido muy buenas relaciones con él hasta su fallecimiento, y aun las dos familias habían vivido en la misma casa, calle de Postes (Postas o Correos) en 1848 y 1849. Sirviéronme de motivo estos antecedentes para dirigir una esquela a Mr. Michelet, en la cual solicitaba el honor de visitarle y pre­sentarle mis respetos. Al punto me contestó en los términos más amables; al día siguiente le hice mi primera visita, me acogió con suma benevolencia, así como su señora, me invitó poco después a comer, y me presentó a citros convidados muy nota bies, tales como los señores Eugenio Pelletan, Esteban y Manuel Arago y Luis Ulbach. Durante muchos años, hasta el fallecimiento del célebre escritor, cultivé con él las mejores relaciones, y conservo de él, como reliquias preciosas, muchas cartas que son como fotografías de su carácter y su estilo.

La sociedad de aquel circulo apacible y de su jetos de alto mérito merece que yo le consagre aquí muy especial recuerdo.

Mr. Michelet -que sin disputa ha sido uno de los más originales y eminentes escritores franceses del presente siglo-, era un hombre singular en todo. Nacido, durante la gran revolución francesa, en una iglesia católica desamortizada y convertida en local de imprenta, e hijo de un impresor protestante, reunía en su temperamento, su carácter y la índole de su ingenio como una mezcla de reflejos de todos los influjos bajo los cuales naciera: había en él mucha religiosidad, libre y vaga en las ideas, pero profunda como sentimiento; un espíritu vehementemente revolucionario y filantrópico; gran tendencia a investigar las cosas de la Edad Media, en cierto modo representadas por la iglesia en cuyo recinto había nacido; una insaciable curiosidad de la verdad, propia de los libres pensadores que vie­nen de familias protestantes, y una imperiosa ne­cesidad de prodigarse, como propagandista, por medio de los tipos y las prensas que había visto manejar desde la cuna. Además, había en Mr. Michelet un maravilloso contraste de senectud y juventud; pues si su edad y sus cabellos enteramente blancos le hacían anciano y venerable, en la fisonomía, en el gesto, en el espíritu y el corazón mantenía todos los caracteres de la juventud.

Yo me encantaba conversando con Mr. Michelet (por cierto muy amigo de los jóvenes y anima­do de grandes simpatías por los pueblos juveniles del Nuevo Mundo), y recuerdo que una noche, entusiasmado al oírle departir sobre el progreso humano, le repetí lo que de él había dicho en un juicio crítico de varias de sus obras, publicado en El Comercio de Lima: "Me confirmo en mi idea, que ha parecido a usted muy original, de que usted tiene en el cerebro una especie de matriz moral e intelectual, de la cual provienen simultáneamente un inmenso amor maternal a la Humanidad, y una imperiosa necesidad de concebir y de producir o dar a luz nuevas obras". El gran pensador me contestó que no andaba yo desencaminado en mi comparación, que le hizo reír satisfecho.

Tenía la fisonomía franca, abierta, sincera, llena de una expresión de dulzura y benevolencia; el gesto vivísimo, cual si tuviera dentro de sí una pila de Volta; la voz fuerte, lenta, amartillada y cadenciosa; y de tal modo prolongaba las palabras al acentuarlas, que parecía poner acentos circunflejos sobre casi todas las vocales que llevaban el acento tónico. Hablaba como sacudiendo las frases, cortadas en breves períodos, conforme al estilo que él mismo, Víctor Hugo y otros escritores habían puesto en boga, y al cual se presta fácilmente la lengua francesa, a causa de su precisión y de su libertad para admitir modismos que abrevian las frases y las amartillan.

La señora de Mr. Michelet (y él la amaba con ardor y pasión, con ternura y candor) era digna, no obstante la gran diferencia de edad que había entre los dos, de ser la compañera de aquel gran pensador. Le amaba con ternura y admiración, y al mismo tiempo como a un buen preceptor; le ayudaba en muchos de sus trabajos, le cuidaba con esmero y le acompañaba en todas sus excursiones. Mujer de talento y curiosa de saber, había adquirido considerable instrucción, conversaba como dama instruida, pero sin la menor petulancia, hacía siempre agradable su hogar, y se interesaba con cordura en todos los asuntos de moral, política, ciencias naturales y literatura que se trataban por la prensa o en las tertulias íntimas de su casa.

Mr. Pelletan me llamó la atención desde la pri­mera noche que le vi en casa de Mr. Michelet. Yo había leído algunos de sus brillantes escritos, pero no le conocía personalmente, y esperaba hallar en él un hombre algo vehemente y locuaz, de simpática fisonomía y cuya conversación fuese muy seductiva. Hallé un hombre digno y serio, de fisonomía melancólica, a la que dan rara expresión las cejas, muy espesas y que casi forman una sola línea; hom­bre apasionado y de sentimiento, en el fondo, pero casi taciturno, de pocas palabras y reposado continente. Me agradó mucho, no obstante su aire poco comunicativo.

Con él formaba contraste Mr. Manuel Arago, hombre corpulento y vigoroso, de fisonomía franca y abierta, lenguaje enérgico, rápido y expansivo y gesto de hombre de acción. Su tío, Mr. Esteban Arago, era ya hombre de edad avanzada, alto, flaco, serio, lleno de dignidad en sus maneras, pero no menos enérgico en sus pensamientos, a juzgar por su conversación, moderada en la forma y vigorosa en el fondo.

En fin, Mr. Luis Ulbach era sujeto de amena conversación, a fuer de novelista, muy gordo, de fisonomía bonachona y simpática. Sus novelas me gustaban mucho. Estas y otras personas que yo encontraba algunas veces en casa de Mr. Michelet contribuían a hacerme sumamente gratas las horas que yo solía pasar, siempre de noche, en la compañía del ilustre historiador y naturalista literario. Su fallecimiento, acaecido en 1875, me causó gran pena (recibí la noticia en Bogotá), pues aunque discordábamos mucho en ideas, -en lo tocante a religión y filosofía principalmente yo le estimaba con veneración, le quería con verdadero cariño y le admiraba como a uno de los más ilustres pensadores y más fecundos escritores franceses de este siglo.

De él adquirí una costumbre que me ha sido muy útil. Me decía él que jamás había corregido ningún manuscrito suyo, ya por falta de tiempo para hacer poner cosa alguna en limpio, ya porque, siendo la letra manuscrita una Cosa muy personal, nunca podía el escritor caer en la cuenta de todos sus errores de fondo o faltas o imperfecciones de estilo, si corregía su propio manuscrito. Lo más conveniente era, y así lo hacía Mr. Michelet, dar a la imprenta sus borradores, tales como salían de la pluma, y después corregir mucho en varias prue­bas, con suma atención y severidad, la composición tipográfica. Perdiendo ésta, como pierde siempre, mucho de lo personal del escrito, hay más claridad de criterio y mejor gusto para juzgarlo y corregirlo, sobre todo si se repiten las lecturas y correcciones de pruebas, y mucho mayor probabilidad de llegar a acercarse a la perfección. Desde 1859 he seguido este método (que era también el de Balzac), y me ha dado buenos resultados, sobre todo en lo tocante al estilo.

La primera de las obras que me propuse ejecutar en París fue causa de numerosas y excelentes relaciones de otro género que contraje desde 1858. El General Acosta había publicado en París, en 1847, un mapa de la Nueva Granada, trabajado por él, que era lo mejor conocido en nuestro país. Pero la edición estaba enteramente agotada, y además el mapa adolecía de algunas deficiencias e imperfecciones que era fácil subsanar, bien que en manera alguna me picaba yo de geógrafo, por más que me agradasen e interesasen vivamente los estudios de geografía. Era tanto más necesaria una nueva edición del mapa, acomodada a la nueva división te­rritorial en ocho Estados federales, cuanto yo mismo había publicado en Bogotá, en el año anterior, un Ensayo aproximado (obra de mucha laboriosidad) sobre la geografía y estadística de los Estados componentes de la Nueva Granada.

Cuando estuvo hecha la nueva edición, corregida y acomodada al régimen federal de 1858, fui, conforme a una disposición legal, a presentar dos ejemplares de la obra en el Depósito de mapas geográficos de la Biblioteca Nacional (entonces Imperial), cuyo director era el sabio señor Jomard. Recibióme con mucha amabilidad el venerable anciano, y al ver que yo mismo era el corrector de la segunda edición y saber que era el yerno del General Acosta, su antiguo y muy apreciado amigo, me trató con la mayor cordialidad y me ofreció su amistad con exquisita sencillez. Al día siguiente escribió a mi madre saludándola con particular aprecio, y pocos días después recibí con ella y mi esposa una invitación para concurrir a sus tertulias de los domingos, que se abrían nuevamente al acabarse el otoño.

Esta era la parte seductiva de mis relaciones con Mr. Jomard, así como las interesantísimas y frecuentes conversaciones que con él tenía, en su casa o en la Biblioteca Imperial, acerca de la geografía, la geología y las antigüedades de la Nueva Granada. Pero lo que me puso en grandes apuros fue su empeño de hacerme recibir miembro activo o titular de la Sociedad de Geografía de París. Se imaginó que yo tenía notables conocimientos en la materia, sólo porque examinó las correcciones que yo había hecho en el mapa, y porque leyó, en todo o en parte, algunas obras mías que le obsequié, relativas a la Nueva Granada; y con tal motivo me anunció que, si yo venía en ello con gusto, me propondría en la Sociedad de Geografía, de la cual era Presidente, para ser miembro de tan sabia corporación.

Le declaré con toda ingenuidad que yo era un ignorante en geografía; que mis estudios habían sido principalmente de ciencias políticas, historia y literatura, y que de ningún modo me creía digno de ser miembro de aquella ilustre corporación, donde estaría fuera de mi terreno. Mas fuese por suma benevolencia, o por deseo de reclutar nuevos miem­bros para la Sociedad, o porque me reputase instruido pero modesto (yo no merecía ninguno de estos calificativos), insistió en su empeño, y el día menos pensado recibí aviso de la admisión oficial. No hubo remedio: me vi habilitado de geógrafo, a semejanza del médico de Moliére, y forzado a estudiar mucha geografía y familiarizarme con mapas, libros de viajes, etc., para no hacer muy triste papel en la sabia Sociedad. De este modo Mr. Jomard me obligó, sin pensarlo, a ser mucho menos ignorante de lo que era.

Y no paró en esto mi situación habilitada de científica. Dos o tres meses después el mismo Mr. Jomard, asociado a un ilustrado joven, Mr. de Rosny, me propuso también para miembro activo o titular de la Sociedad Oriental y Americana de Etnografía. Fui incorporado en ella con la misma be­nevolencia que en la de Geografía, y a poco recibí invitación para ingresar en otra Sociedad estudiosa, entre literaria y científica, denominada Círculo de las Sociedades sabias. Ello fue que me vi en el caso de justificar aquellas admisiones, ya presen­tando varias obras mías a esas sociedades, ya emitiendo en comisión informes sobre varias memorias científicas, ora escribiendo exprofeso varios trabajos, más o menos extensos, que fueron publicados en los Boletines mensuales de aquellas sociedades. Con el tiempo tuve la satisfacción de que ellas honraran con su aprecio mis volúmenes de Viajes, mi Ensayo sobre las revoluciones políticas y la condición social de las Repúblicas Hispano-Americanas, y un estudio especial sobre La Confederación Granadina y su población.

Las tertulias en casa de Mr. Jomard eran muy gratas, pues a más de sostenerlas con exquisita amabilidad él, su digna hija y su yerno, en aquel hogar de la ciencia venerable se reunían multitud de hombres ilustrados de casi todos los países civilizados, y particularmente varios miembros de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, de la cual era ilustrado ornamento el anfitrión. Mr. Jomard había sido uno de los miembros de la comisión científica que el general Bonaparte llevó a Egipto a fines del siglo pasado; y en 1862, ya con ochenta y cinco años de edad y frecuentemente atormentado por la gota, trabajaba sin descanso, ora como miembro de la Academia y de unas cuan­tas sociedades científicas, ora como director del Depósito de Mapas en la Biblioteca Imperial, ora, en fin, ocupándose en su casa en interesantes y laboriosos estudios sobre antigüedades americanas, euro­peas y orientales. Estaba muy impuesto de todo lo conocido en materia de antigüedades de la Nueva Granada y del Perú, Méjico y Centro-América, y conservaba una rica y preciosa colección de obje­tos de oro, piedra, cobre, barro y otras materias, dignos del mayor interés para un anticuario americano.

La tertulia en casa de Mr. Jomard tenía la principal cualidad de ser esencialmente cosmopolita, así por el personal que de ordinario la componía como por los asuntos que en ella se trataban. En todos los grupos de los salones se hablaba simultáneamente de ciencia y bellas artes, de literatura, geografía y antigüedades, de viajes y descubrímientos de comarcas; y la conversación era siempre tan amena como variada. Solamente de política, de mobra, bien que concurrían Señoras y que nos reuníamos muchos hombres adictos del estudio de las das ni de cosas fútiles jamás se hablaba una palacosas públicas.

En suma, en todas las tertulias que he mencionado, y muchas otras que omito por no extenderme demasiado, encontraba yo, en todos los días de la semana, cuando no prefería ir al teatro o a otras reuniones, grandes motivos de complacencia, gracias al exquisito trato de la culta sociedad francesa; y al propio tiempo medios seguros para conocer la parte más sólida y valiosa de esa sociedad (la clase media), y facilidad para adquirir muchas nociones sobre muy diversas materias, que acaso no hubiera hallado en los libros ni aun haciendo muy detenidos estudios.

Por vía de contraste haré notar que, salvo en las tertulias de don Juan de Francisco Martín, generalmente eran muy distintos los goces y las conversaciones en las casas de hispanoamericanos a donde yo iba de cuando en cuando. Allí el mayor empeño de las damas concurrentes era deslumbrar con el lujo de vestidos, joyas y adornos, y comprobar que estaban acicaladas conforme a las últimas modas de las actrices en boga; mientras que la mayor gloria de los caballeros hispano­americanos consistía en ostentar que tenía erudición de bou­levard -es decir, de noticias escandalosas y novedades-, y que iban adquiriendo gran caudal de equívocos o calembours. Generalmente unos y otros, caballeros y damas, estropeaban la lengua española, sazonando su conversación con atroces galicismos, como para comprobar que aprendían bien la francesa. Con franqueza diré que, en general, aquellas reuniones me parecían pedantescas e insípi­das, y sus conversaciones demasiado pueriles Me indignaba, sobre todo, el desdén que ostentaban muchos hispanoamericanos por la humilde y cara patria que habían dejado en el Nuevo Mundo, como si desdeñando lo propio se hubiera podido adquirir, imitar o fingir el mérito de la civilización europea.

Yo no tenía relaciones de ninguna clase, ni podía tenerlas en razón de mi modesta posición, con la alta aristocracia que lleva el calificativo de financiera. Tales relaciones, cuando se obtienen sin humillación ni mengua, cuestan, en todo caso, dema­siado caro, porque para cultivarlas hay que mantener un costosísimo tren de mobiliario, carruajes, vestidos, joyas y tertulias. Sin embargo, en casa de Mr. Duhamel tuve ocasiones de tratar un tanto a las familias de dos opulentos banqueros, los señores Isaac y Emilio Péreire, emparentados por afinidad con la señora de nuestro ilustre anfitrión. Estas someras relaciones me valieron una invitación de los señores Péreire para concurrir con mi ma­dre y esposa a un espléndido concierto, combinado con baile y ambigú, en el suntuoso palacio que ellos tenían en la calle del arrabal de San Honorato.

Ambos señores Péreire eran israelitas de origen portugués; entre los dos poseían cosa de ochenta millones de francos, y era muy grande la importancia que tenían como empresarios en considerables especulaciones. Se distinguían aquellos señores por su caridad y filantropía y sus maneras sencillas y accesibles, y gozaban generalmente de muy buena reputación como hombres inteligentes y negociantes de grande iniciativa.

Concurrí al concierto con mi madre y mi esposa, y observé que había entre casi todos los concurrentes de uno y otro sexo una sencilla distinción de maneras y porte, muy distinta de la estirada altivez que yo aguardaba encontrar en una sociedad que naturalmente, según mi prevención, había de componerse de banqueros. Era notable el lujo de muchas señoras, espléndidamente aderezadas, algunas literalmente cubiertas de diamantes, esmeraldas y perlas; pero en general no se notaba en las gentes aquella altanería que de ordinario ostentan los opulentos que pertenecen a la clase media. Verdad es que en la concurrencia había gran número de sabios, literatos y aun artistas eminentes. Yo me apliqué de preferencia a escuchar con embeleso las cavatinas que cantaron la Alboni y otras artistas; a contemplar los bellos cuadros de pintura al óleo y figuras de bronce y alabastro que había en todos los salones; a conversar con un notable literato francés y algunos otros hombres ilustrados, y a gustar deliciosos helados en un invernáculo, en compañía de multitud de plantas de la zona tórrida que me hacían recordar la espléndida vegetación de mi país.

Pocos meses antes había leído yo un curioso libro del señor Arséne Houssaye intitulado El Rey Voltaire; y como yo había tenido mucho de volteriano, aproveché la ocasión para escribir un juicio crítico sobre aquella obra, que fue publicado en El Comercio, de Lima. Estaba yo en el invernáculo saboreando un helado, cuando entró allí y se sentó muy cerca de mí un joven como de treinta y dos años, alto, rubio, delgado, bien parecido y de fisonomía simpática y expresiva. Como los franceses son siempre comunicativos, y yo estaba casi solo, aquel sujeto, al tomar asiento, gustando también un helado, me dirigió la palabra.

-Es deliciosa la temperatura en este sitio,

-me dijo-, después de salir de la ardiente atmósfera de los salones.

-Ciertamente, -le contesté-, la transición no puede ser más agradable; y para mí lo es más, sin duda, que para usted, señor.

-¡Ah! ¿Y por qué?

-Estoy en este invernáculo como en mi país.

-¡Ah! ¿No es usted francés?

-No tengo el honor de ser francés, pero tengo la dicha de ser hijo de la Nueva Granada.

-Se echa de ver que usted es al propio tiempo galante para con los franceses y patriota.

-No es una galantería lo que he dicho, señor. Amo y admiro profundamente a este gran país, y desde mi adolescencia he nutrido mi espíritu con las producciones del ingenio francés.

El caballero con quien yo hablaba me mostró entonces simpatía, y viendo que yo cultivaba las letras y mostraba inclinaciones poéticas, trabó conmigo una larga conversación cuyo tema principal fue este: la influencia que ejercía y podía ejercer la literatura francesa sobre el espíritu de los pueblos hispanoamericanos. Yo le hice notar a mi compañero que el espíritu volteriano que predominaba en aquella literatura, esencialmente cosmopolita, si bien se adaptaba a la índole rabelesiana del pueblo francés, daba una idea falsa, en el exterior, sobre la solidez del espíritu francés, en general, y producía efectos, entre los hispanoamericanos, que acaso estaban lejos de corresponder a lo que se proponían los escritores franceses. En efecto, sus escritos les daban reputación de ligeros en sus jui­cios, cuando en realidad ningún pueblo del mundo se distinguía más que el francés por su buen sentido.

Ello fue que con esta conversación descubrí que mi elegante interlocutor era Mr. Arséne Houssaye, y que él se mostró muy complacido al saber que yo había publicado un juicio crítico sobre el Rey Voltaire.

Tuve así ocasión, en una conversación que se volvió interesante y duró cosa de hora y media, de formar opinión bastante exacta sobre las ideas, ten­dencias y costumbres de los literatos franceses servidores de la causa liberal; y me persuadí de que, si en la clase literaria que llamaban la Bohemia, había mil aberraciones y extravagancias, y no pocas luchas terribles del ingenio desgraciado, empeñado en abrirse camino, en las altas regiones de la literatura francesa había mucha más dignidad y seriedad de lo que muchos suponen. Los hombres de aquellas regiones me parecieron generalmente dignos del mayor respeto, como unos pensadores laboriosos que tenían conciencia de los destinos, la grandeza y la gloria de la literatura francesa.

Una circunstancia casual, viajando por España, me proporcionó la fina amistad de dos caballeros franceses muy estimables, hijos de la Auvernia. Después de hacer un fructuoso y entretenido viaje por Andalucía nos separamos en Córdoba, mas no sin prometerles yo que en el otoño del mismo año (1859), les haría una visita, cediendo con gusto a sus benévolas instancias. Tuve así ocasión, no solamete de conocer muy interesantes departamentos del centrosur de Francia, sino también de penetrar un tanto en las costumbres y vida de la buena clase media francesa, tal como ella se pone de manifiesto en las pequeñas ciudades y en los campos. Al tratar de mis diversos viajes hechos desde París, por el continente, tendré ocasión de hablar de mis dos amigos citados, los señores Mazeiller Blatin y Dufour Doubesset, así como de aquella sociedad que no es parisiense. Merece bien un capítulo especial esta parte de mis estudios prácticos hechos en Europa.

Comentarios (0) | Comente | Comparta