POST-FACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN
La primera edición de este libro, publicada por el poeta Elkin Restrepo en 1987, dentro de las ediciones de la Universidad de Antioquia, tuvo un curioso destino: fue puesta como texto de referencia en colegios y universidades y sobre ella realizaron reseñas los alumnos del seminario Andrés Bello del Instituto Caro y Cuervo.
También amigos del Diario de poesía, en Buenos Aires, la hallaron útil para internarse por los caminos de la poesía colombiana en este siglo.
Han pasado los años. El pequeño volumen se volvió inencontrable y nuevas páginas sobre Silva, Valencia, Barba-Jacob -una tercera relectura- y Luis Carlos López subsanaban, de modo casi involuntario, ausencias del primer intento. Otras solicitudes editoriales, curiosamente desde Alemania a través de los profesores Gustav Siebemann y Karl Kohut, contribuyeron a actualizar los generales hasta los años noventa.
Fue entonces cuando Santiago Pombo y Mario Jursich lo tomaron como empresa propia y me obligaron a releer, corregir y revisar, como primer volumen puesto al día de mis trabajos críticos.
Sin embargo esta historia, porque es historia de la poesía colombiana en este siglo, sigue siendo muy personal. Por ello he querido llamarla portátil la llevo conmigo son los poetas que algo me revelaron en el momento de leerlos. Los que me abrieron los ojos en el asombro de versos que quedaban resonando.
Quizá en otra nueva espiral de los tiempos, otras escrituras, no contempladas, y otros poetas, me seduzcan e inciten a compartir sus secretos. Por ahora son estos algunos de los poetas colombianos que me acompañaron. Aquellos cuyos libros tiene uno claramente ordenados en la biblioteca de su casa: Silva, Valencia, Barba, Luis Carlos López, León de Greiff, Rafael Maya, Jorge Rojas, Eduardo Carranza, Fernando Charry Lara, Álvaro Mutis, Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote, Jaime Jaramillo Escobar, Mario Rivero, Giovanni Quessep, José Manuel Arango...
Esta elección, tan respetable y tan arbitraria como cualquier otra, sólo busca acentuar el carácter placentero de toda lectura, decantada por los años, y su derivación insensible hacia una escritura también gozosa y fluida. Me he acostumbrado a leer, para subrayar, con un lápiz en la mano. Eso daña los libros pero también suscita nuevos libros. Estas trescientas páginas son apenas los renglones que subrayé al leer la poesía colombiana.
Las citas y bibliografías finales tratan de enmarcar el simple disfrute hedónico dentro del más amplio terreno de una tradición, una sociedad y una cultura subyacentes, cómo no, en cada línea, pero que los versos logrados milagrosamente traspasan, para quedar allí flotando, en el compartido silencio de una admiración conmovida. También la crítica de la poesía aspira, luego de razonar tal sorpresa, a llegar al silencioso diálogo que la auténtica poesía propone al vasto mundo de sus elegidos.
Hace pocos días, al visitar a Germán Arciniegas, activo y lúcido en sus noventa y cuatro años, me propuso que trabajáramos juntos acerca de cómo tres poemas a su parecer indestructibles -el "Nocturno", de José Asunción Silva, "La luna", de Diego Fallon y el "Idilio eterno", de Julio Flórez- se escribieron y superaron, para siempre, a Palonegro y La Humareda, las batallas atroces de nuestras guerras civiles, que ya nadie recuerda. "Los versos viven", me decía e insistía: "Es hora de prestarle más atención a nuestra poesía que a la violencia que nos caracteriza". Tiene razón, y este libro aspira a ser fiel a tal observación suya.
J. G. Cobo Borda
Bogotá; marzo 20 de 1995
