RELECTURA DE BARBA-JACOB

(1883-1942)

En 1979, preparando el Álbum de poesía colombiana (1980), una antología que abarca del romanticismo al nadaísmo, leí a Porfirio Barba-Jacob, muerto el 14 de enero de 1942 en México. La elección recayó en cuatro poemas: "Futuro", "Canción de la  vida profunda", "Elegía de septiembre" y "La estrella de la tarde". El párrafo dedicado a Barba en dicho prólogo es, en cierto modo, el epígrafe necesario a esta nueva lectura (relectura) de quien, con el nombre de Miguel Ángel Osorio, nació en Santa Rosa de Osos, Antioquia, el 29 de julio de 1883, y es considerado, con razón, uno de los más importantes poetas colombianos.

Continuidad y refutación: lo que entonces dije de Barba no es exactamente lo mismo que hoy pienso, pero la imagen global que tenía de su poesía no difiere mucho de la que sigo conservando. Quizá estas notas contribuyan a complementar esas sucesivas lecturas.

Su vocabulario, empalagoso. Rosicler, estelífera, perlina, soporoso. Y su homosexualismo, "nefanda deidad activa/ que los rubores vedan nombrar", le dicta demasiados marineros, demasiados exabruptos. Así, en "Acuarimántima (VI)": "dejo que mi carne, ruin loba/ de lúgubres anhelos arrecida/ se me abandone al logro del deleite,/ desnuda en la impudicia de la vida". "Los desposados de la muerte", en cambio, a pesar de su lastre -"láctea, meliflua, floreal"-, y otros cuatro poemas se sostienen. Poemas intensos en los cuales el arrebato se convierte en pasión verbal. "El tiempo es breve y el vigor escaso"; "la vida está acabando y ya no es hora de aprender": evidentemente Barba sabía de lo que hablaba. Pero la vaguedad de sus símbolos -"Una Jerusalén de poesía"- el indeciso panteísmo y de pronto algunos golpes tajantes: "Oh reina, rencorosa y enlutada"; "contra la muerte, coros de alegría"; no alcanzan a compensar el desgaste.

El ensayo de Hernando Valencia en Mito [hoy recogido en su libro El arte viejo de hacer novelas (1982) lo explica. Estas palabras de José Lezama Lima en Paradiso resultan un adecuado complemento a dicho juicio crítico: "Recuerde usted aquel poeta Barba-Jacob, que estuvo en La Habana hace pocos meses; debe haber tomado su nombre de aquel heresiarca demoníaco del siglo XVI, pues no sólo tenía semejanza en el patronímico sino que era homosexual propagandista de su odio a la mujer. Tiene un soneto, que es su ars poética, en el que termina consignando su ideal de vida artístico, 'pulir mi obra y cultivar mis vicios'. Su demonismo siempre me ha parecido anacrónico, creía en el vicio y en las obras pulidas, dos tonterías que sólo existen para los posesos frígidos"1.

Anacronismo. Tres años después retomo a Barba. Primera cita, una mención de Octavio Paz consignada en su epílogo a la reedición de la antología Laurel, fechada en 1982: "Por su acento elocuente y la musicalidad de su prosodia, una y otra no carentes de noble intensidad, Barba-Jacob es un modernista rezagado". En ésta, como en la observación de otro crítico mexicano, Jorge Cuesta, fechada en 1928 -"Su impaciente inconformidad, unida a una existencia anacrónica de 'poeta maldito', ha impedido la difusión que su obra merece"- apuntan hacia lo mismo: Barba como un poeta que emplea los logros del modernismo y lleva a un punto de plenitud tales instrumentos, sin innovar en él, sin prolongarlo. Se detiene allí, le otorga cierto esplendor, pero no lo sobrepasa. Y éste, en definitiva, lo ahoga. A quien llamaron, con la exageración típica que caracteriza toda afirmación en pro o en contra suya, el heredero natural de Darío, terminó por convertirse en su epígono. Se silenció. Como lo dice Germán Posada Mejía: "La obra poética de Barba-Jacob no es caudalosa: se compone de unos setenta y cinco poemas, escritos entre 1906 y 1939. Su época de florecimiento puede situarse entre 1915 y 1925, y sus años de mayor plenitud hacia 1920. Conviene tener presente, por tanto, que él es un poeta alejado de la actualidad por una distancia de siete u ocho lustros"2.

Reacción incómoda: los muchos lirios, mieles y nardos de varios de sus poemas. La comprobación, una vez más, de la fatiga de todo lenguaje. De cómo su excesiva fidelidad a lo pretendidamente poético de la época, acaba por arruinarlo. Un lenguaje "lilial", para usar sus propias palabras; "auri-azulino", "lácteoazulino", fúlgido, donde asoman palabras ustorias, de brisas alígeras; donde surgen "clámides opalinas", turquís lumíneos, y "tules/franjadas por el ámbar ponentino". Uriel Ospina, en un artículo de 1967, sobre el vocabulario de Barba, enumera sus vocablos preferidos: alabastro, alcor, ambarino, ambrosía, arcano, bruno, cauda, carbunclo, celajes, irizado, lampos, lauro, lira, lirio, nacarino, lumen, opalino, opreso, orto, plectro, plenitud, plenilunio, plinto, querubes, raudo, refulgente, rielar, silfo, tul, trémulo, unduoso, ungüento, ustorio, vagaroso, vesperal. Con dos o tres excepciones, un lenguaje desueto por completo. Un lenguaje viejo, en definitiva, que vibra y se mantiene sólo cuando cierta intensidad vital se desborda en el impulso ávido y simultáneamente se contiene en el ritmo medido de la canción. "Balada de la loca alegría" es ejemplar en tal sentido. De Praxíteles a Bolívar, toda la erosión que la historia produce se ve refrenada por ese grito jubiloso y demente: beber, danzar, blandir la alegría como un único talismán.

El propio Barba era consciente de ello: hablando de sus mejores poemas, aquéllos por los cuales no debía pedir indulgencia, y que Lucy Martínez Arévalo, en su tesis sobre Barba, de 1960, enumera: "La estrella de la tarde, Canción de la vida profunda, Elegía de septiembre, Un hombre, Los desposados de la muerte, El son del viento, Canción de la soledad, Balada de la loca alegría, La reina y Futuro", considerándolos las "Nueve antorchas contra el viento", de que hablaba el propio Barba, diciendo: "Las llamo perfectas, porque he expresado a trazos mi concepción del mundo, mi emoción, mi alarido, la robustez varonil de mi alma en el dolor de la vida, de la dulce y trágica vida, tal como yo quería expresarlos: con un acento personal lleno de dignidad, dando fulgencia a las palabras, aliñando la música hasta sus últimos matices dentro de pautas un poco arcaicas"3.

Pautas un poco arcaicas: era evidente que Barba ya se sentía relegado. Su ciclo como poeta había concluido hacia 1925. De ahí en adelante, durante casi 20 años, debía sobrevivir, apelando a una fama y a una leyenda negra que lo marcó, pero a la vez era la única razón que le quedaba. Muerto en vida: su testamento ya había sido escrito. Era ese puñado de poemas que en 1931, al permitir por fin publicarlos, lo hizo con aire totalmente fúnebre: "Los trabajos que anuncio resultan póstumos. El soñador modernista que los imaginó y los compuso ha muerto, ha resucitado y vuelto a morir hoy de muerte ineluctable"4. Al permitir, a los 50 años, la publicación de su primer libro, estaba cerrando esa etapa, ya entonces cancelada y, nuevamente hay que decirlo, un tanto anacrónica, de recitador inflamado y de conversador deslumbrante. Ahora le era necesario fijarse en esa antelación de la muerte que es toda escritura. Ahora ya no había posibilidad de mistificación y engaño, ni la resonancia sonora de la palabra, en voz alta; ni los encantos maléficos, de ese ser hechizado, que deslumbraba en las tertulias del café Riviére, en Bogotá, y en sus giras provincianas. Ya su figura no podía respaldar sus poemas. Ellos estaban solos, enfrentados a los lectores que no lo conocieron y para los cuales, hoy en día, su leyenda es sólo un puñado de polvo: valentía para oponerse a una moral timorata y grandes dosis de mal gusto, en su impugnación escandalosa. Sinceridad y retórica. Gutiérrez Girardot, en su análisis incluido en el Manual de historia de Colombia (1980), dice: "Se creía rebelde, aunque sólo era de un patetismo desaforado y fachoso. Dominó el arte de decir banalidades sonoramente"5. Pero toda esa literatura de combate, que llega a infiltrarse en su propia poesía, debilitándola, ha pasado, y no queda nada. Sólo quedan, ciertamente, esos 18 poemas que Xavier Villaurrutia, en 1942, incluyó en la antología Laurel. Muchos más, por cierto, de lo que se puede antologizar de cualquier poeta colombiano. A ellos habrá que volver, revisándolos. Pero incluso media docena es una cifra muy alta para cualquier poeta. Aquí, en ellos, reside la importancia real de Barba.

Cultura campesina. Luis López de Mesa, en 1956, dijo sobre Barba: "Sin educación secundaria siquiera, sin ambiente cultural propicio, desgreñado y huérfano, errabundo y pobre, 'cuajó en almendra', como diría Bello, obre eminente"6. El bucolismo de Barba, visible desde sus primeros poemas, harto elementales, por cierto, se mantiene sobre el trasfondo campesino, de inocencia convencional. El campo donde se halla la paz, la novia que es siempre pura, el crepúsculo donde la fatiga se adormece y la ensoñación se vuelve lírica. Crepúsculo dentro del cual él, el único, disuena: "¡Sólo yo pierdo la inefable esencia/ de la vida inocente, porque crío/ tu gusano letal, Concupiscencia!".

Barba ¿poeta metafísico?, ¿poeta existencial? Sí, pero quizá no excesivamente trascendente. Su pensamiento es obvio. Como él mismo lo dice: "Lecho duro y ensueño blando". Esa blandura le quitó vigor. Lo redujo a decir: todo se acaba. Hay que vivir. Villaurrutia se refería, en 1941, a Barba en estos términos: "la angustia de un drama personal se resuelve, en última instancia, en música, canto y apasionada sensualidad". Cierto, pero esta última se hace tensa, desgarrada y melodramática. Enturbiada no tanto por el paso del tiempo, que limpia las cosas, como por la culpabilidad acentuada que la interfiere y la lleva, por una parte, a vanagloriarse de su caída, y por la otra a buscar refugio en una puerilidad fácil y en ocasiones bobalicona.

Como lo atestiguan, hasta la saciedad, las Conversaciones de Porfirio Barba-Jacob (1946), recogidas por Manuel José Jaramillo, Barba también podía ser todo lo contrario de un campesino inculto: era un bardo decadente, especialista en desplantes, y de una actitud fatua e insoportable. Jaramillo lo califica, varias veces, de "solemne" y "pomposo". Esa máscara que se fue haciendo, de príncipe maldito, venía muy claramente de Wilde y Remy de Gourmont, de Huysmans y el Condón, de Gide; de Los raros, de Rubén Darío -un breviario de fin de siglo que marcó a muchos en Latinoamérica. De toda esa mescolanza, no muy bien digerida, habría de venir también la pretensión de Barba de escribir un tratado sobre la "Filosofía del lujo"; tratado que, al contrario de De sobremesa, la ficción ensayo de Silva, nunca realizó. En él, el vate menesteroso habría de prolongar la tradición de Poe, vertido por Baudelaire -"Phylosophie de l'amebleument" (1852), encontrando en lo imaginario la opulenta realidad que estas menguadas repúblicas centro y suramericanas no podían darle.

Bastón de bambú, pitillera de ámbar, orquídea amarilla: los rudos montañeros del valle de Aburra no podían soportar, con paciencia, tales espectáculos. Esas tertulias de muchachos ignorantes y ávidos, que bebían guarapo en totuma en las fincas próximas a la capital antioqueña y que, indigestados por lecturas caóticas, arribaban al evolucionismo y al darwinismo, totalmente trasnochados, exaltando al murciélago como "la especie intermedia que nos ofrece la naturaleza para señalar el ensayo abortivo del cuadrúpedo en su esfuerzo por pasar a las aves". Allí era donde la figura de Barba se volvía sublime y fantasmagórica. Las sombras la agigantaban.

De allí también brotaban inventos superfluos, como un psico-animálisis, que no era más que un breve pretexto para armar las bromas de rigor: Rafael Vásquez visto como un marsupial, López de Mesa como una grulla, José Mar como un basilisco, Augusto Ramírez Moreno como una especie indecisa entre el mono y el hombre y el general Berrío como un elefante. Algo, por cierto, que ya Ricardo Rendón había hecho, mucho mejor, en sus aceradas caricaturas. Pero esto, que está muy bien dentro del jolgorio bohemio y la diversión inherente al mismo, debía afectar, en puntos neurálgicos, al propio Barba. Este, que debía sobrevivir arrastrando su máscara de poeta, se vio obligado a confundirse de tal modo con su antifaz, que la situación se volvió letal.

Como él mismo lo decía:

La influencia de Saturno me ha llevado al umbral de los extravíos donde abren sus puertas los paraísos artificiales. Algo extraño (...) algo lúgubre ha debilitado mi voluntad y me ha colocado sobriamente al borde de la patología (...). La marihuana y las drogas heroicas empiezan ya a cambiar el rumbo de mi personalidad, dislocando el ambiente de mi naturaleza afectiva y trastornando el ritmo y la dirección de mis itinerarios morales (...). Mi poesía, en gran parte, se anticipó, con gran antelación, a representar el drama alarmante de estos estragos (...). Tal puede preverse en el poema "Acuarimántima", cuyo nombre sugiere el mecanismo de una voluntad subconsciente empeñada en forjar una zona fuera de todo contacto con la realidad7.

No le demos más vueltas: Barba no era un visionario que previo su destino. Era, simplemente, al contrario de lo que él quería hacernos creer, un hombre que por reacción a su medio campesino, en todo sentido, a través del homosexualismo, las drogas y el exilio, buscó asumir una imagen de poeta maldito. Escribió los poemas para volverse esos poemas. La poesía lo amparaba así de sus desgracias personales, en un ámbito intemporal -esa sucesión de desterrados, de parias, de Verlaines que él invoca. Pero lo grave es que la poesía también traiciona, haciendo que la cotidiana y afligente vida diaria que Barba llevaba no alcanzara a volverse palabra convincente. Su afán de deslumbrar paletos enrarecía su idioma en una incomunicabilidad deliberada. Esos perfumes de flores malditas que decía aspirar -"talictros coitiformes, peonías vulvóideas"- sólo servían para aislarlo más, y volver más enrarecida la atmósfera en torno suyo, que no era precisamente la de un Oriente fabuloso sino la muy concreta de cantinas en Chihuahua y de garages en El Paso, Texas, donde, según sus palabras, "la corrupción moral asume tales formas, que parece ideada en una sobreexcitación pesimista del alcohol".

"Hambre y gloria, eso me dieron en mi patria": así le escribe Barba a su amigo Juan B. Jaramillo Meza, en una carta recogida en el libro de este último Vida de Porfirio Barba-Jacob (1972)8. Pero entre el hambre y la gloria la distancia es casi tan abismal como entre el Oriente y Chihuahua. De ahí, por una parte, los periódicos y revistas que Barba fundó en Bogotá, México y Centroamérica, para poder comer; de ahí su vinculación a La Prensa, de Lima, bajo las órdenes del dictador Leguía; de ahí sus vaivenes ideológicos, desde el joven que en 1902, participante en la guerra civil -"Mi facultad hispanoamericana de estudios clásicos"-, afirmaba: "cobijados por la bandera republicana y llevando en el corazón la fe del Crucificado, vamos a luchar por la defensa de nuestros hogares y la conservación del orden social cristiano", hasta el hombre que en La Habana, según Jaramillo Mesa, "se había alistado en el partido comunista y había ya escrito varios artículos de carácter violentamente revolucionario, libelos que daba a la publicidad en pequeños periódicos que editaba ese partido, pero ninguna ayuda alcanzó de sus camaradas".

Ese impulso idealista habría de troncarse en fatigado cinismo: ser periodista, dice en 1920, "consiste en escribir muchos artículos cortos con desenvoltura comedida, opinar sobre todos los temas que uno no conoce, saber ponerse romántico todos los días de distinto modo, profesarle horror a la verdad y urdir todos los días pequeñas trampas donde caigan los lectores ingenuos, que aún quedan algunos".

"Se me iba depurando el sentimiento ficticio de antes en la realidad del dolor; ya mi ternura no era inmediata, y mi agua verbal ahondaba su cauce". Sí, lo ahondaba, pero para secarse. Escribiendo, como él mismo dice, con amarga ironía, un sincero elogio de la mujer guatemalteca que luego, en Nueva York, por cinco dólares, publicó convertido en un también sincero elogio de la mujer colombiana, él asistía amargado a su degradación: él quería ser, apenas, un poeta exquisito y decadente, al que le fueran permitidos todos sus vicios. Si eso le fuera concedido, él pondría su obra futura, la obra que no habría de venir, al servicio de esa belleza, perturbadora y hechizante, maldita y sombría.

Barba conservaba la ingenuidad de un campesino en un mundo que había alcoholizado a Darío y llevado a Silva al suicidio. El precio no lo pagó sólo su cuerpo martirizado, al fin y al cabo en él encarnaba todo el dolor del poeta-mártir, sino su propia poesía, que había quedado resentida por ese afán, en tantos casos desparramado y estéril. Por eso estas notas críticas que van surgiendo a medida que releemos a Barba no desconocen, en ningún momento, la capacidad de Barba para, a partir de circunstancias tan afligentes, lograr media docena de poemas que forman parte ya de la antología viva de la poesía hispanoamericana en este siglo.

Qué otra cosa pensar del joven que padeció la guerra civil sin enfrentarse nunca al enemigo, sino matando gallinas; del mismo que vio cómo el alcalde de Angostura lanzaba una ordenanza exigiéndole no prestar, por inmorales, los originales de su novela Virginia porque "hay allí conversaciones que perjudican a la moral pública", y que de no hacerlo pagaría 50 pesos de multa, convertibles en arresto. Es obvio, entonces, que este muchacho deslumbrado por Darío y Valencia se convirtiera en un epigrafista feroz, que, en medio de sus admiradores menos leídos, buscaba impactar diciendo: "Amigo mío, para ser hombre, pero en toda su plenitud, son necesarias dos cosas imperativas: Odiar la Patria y aborrecer la Madre".

Así, una lectura de todo el material crítico (aunque la palabra suene excesiva) y biográfico en torno a Barba nos deja enfrentados a la consabida paradoja de las letras colombianas: una obra juvenil y deslumbrante, como en Silva, como en Valencia, y luego un largo e inconvincente silencio, roto, aquí y allá, por atisbos fugaces y reiteraciones carentes de fuerza. Con razón Barba, desde su juventud, ya presentía "la hora otoñal, de fuerza menguante o abolida". Con razón, ya desesperado, él proclamaría como suya "la ciencia difícil de fracasar, que probablemente es el ápice de la Sabiduría".

Pero, curiosamente, aunque tantos factores negativos -la sociedad colombiana, su homosexualismo, las limitaciones de su cultura, el trabajo mercenario- pueden explicar su fracaso, ninguno de ellos explica el logro que fueron esas seis o nueve antorchas contra el viento que él consideró sus poemas perfectos. Están allí, preguntando a las nuevas generaciones si toda la vida confusa y espasmódica de Barba tenía razón de ser; si valía la pena pagar un tan alto precio por esos instantes, hoy tan lejanos, y en ocasiones tan distantes de lo que entendemos por poesía, y en los cuales, no hay duda, asoma una repentina belleza, insuflada de fuerza y pavor ante la muerte. Ya es hora de leer a Barba. Estas notas se limitan, simplemente, a despejar el terreno para llegar a sus poemas. Ninguna de sus anécdotas vale la pena. Sólo nos quedan esa media docena de poemas. Un legado por cierto que debemos conservar -leyéndolos.

Sobre su recuerdo físico quizá estas palabras de Luis Cardoza y Aragón nos permitan visualizar mejor su trayectoria y su silueta:

Cuando murió Porfirio Barba-Jacob pregunté a Juan Larrea, secretario de redacción de Cuadernos Americanos, quién escribiría sobre el colombiano. "Nadie. No fue más que un modernista rezagado, seguidor de Darío. No publicaremos ni una palabra". Guardo del colombiano un recuerdo de sumos contrastes: iluminaba lo que veía, otras veces, su mirada ensuciaba lo que veía. Lo tajante de Larrea me atrajo: empezaba consigo.
En la obra de Barba-Jacob palpé el casco hendido y los cuernos de Fauno maricón, palpé su naturaleza con no sé qué de celeste y bestial. Era delgado, moreno, aindiado, terroso, de aire meditabundo, de vértices y vórtices, entre cetrino y asfalto, literario hasta la indecencia, con algo de cadáver viviente de luz y de vileza. Todo él fue un supositorio, una almorrana, un fruto ácido. Su rostro, de burócrata de funeraria, de emisario de la fatalidad; rostro laminado, que más así lo veía por la nariz aquilina desplomada sobre la boca infecta, que resistía con dificultad el hongo venenoso de un sonreír inseguro y equino. Había demencia en los ojos de esta centaura tenebrosa que escribió "Los desposados de la muerte". Parecían suspensorios sus ojeras de tan abajo que caían. Su pensamiento emanaba hedor de carroña, de azufre de botica. Escuchando la amargura de sus atrocidades y agudezas, vislumbraba su deseo de inventar con la mierda una teología. Untuosa, solemne columna salomónica de mayonesa oscura, que ganó su existencia, cínica y triste, escribiendo decenas de millares de páginas anónimas en diarios, con la orientación que le pagasen. Su mercenaria soltura deletérea fue tal que al verlo vacilar en la máquina de escribir, el admirador le dice que está cansado. Barba Jacob responde: "No quiero mezclar las ideas de cinco pesos con las de cincuenta del editorial de mañana"9.

Barba-Jacob: tercera lectura

Miguel Ángel Osorio Benítez, Main Ximénez, Ricardo Arenales, Porfirio Barba-Jacob, fueron los nombres que sucesivamente usó el poeta colombiano conocido por el último de ellos. Aún cuando nunca publicó por iniciativa propia un libro de poemas, tres recopilaciones de sus versos se hicieron mientras estaba vivo. Editadas en México, Guatemala y Colombia, llevaban los títulos de Canciones y elegías (1932), Rosas negras (1933) y La canción de la vida profunda y otros poemas (1937).

Su obra, compuesta en realidad por unos 150 poemas, de los cuales se conservan 120 en la confiable edición preparada por Fernando Vallejo10, es una buena muestra de cómo los últimos hálitos de la renovación modernista se personalizaban, con intensidad melódica, en una figura que padecía simultáneamente el lastre de un y lenguaje ya vuelto convención. Era un modernista rezagado, como lo ha llamado Octavio Paz. Por ello, y si toda obra completa es forzosamente desigual, la de Barba-Jacob lo es aún más.

Allí se perciben los ecos evidentes de Rubén Darío, en composiciones rutinarias como la dedicada a Barranquilla, o en sus largas parábolas de reyes y campesinos, o en sus relatos, tan de época, de mujeres fatales. Hay en Barba-Jacob mucho de abalorio y de joyas de fantasía. Pero hay también, en este "desalado peregrino", la incontrovertible certeza de lo que sintió intensamente y escribió con brío. Más allá de lo declamatorio, consustancial a un período en que los recitales de poesía eran parte esencial del modus vivendi del poeta, dicha altisonancia no alcanza a sepultar a un auténtico creador.

¿Qué advertimos en una primera lectura? Primero el mundo idealizado de la infancia y de la granja campesina, como lo atestigua uno de sus poemas más conocidos, "Parábola del retorno", en el cual el adulto que es Barba, acompañado por el niño que fue, se interrogan por lo que ya no existe más, su perdido paraíso:

Señora, buenos días; señor muy buenos días...
Decidme, ¿es esta granja la que fue de Ricard?
 ¿No estuvo recargada bajo frondas umbrías?
 ¿No tuvo un naranjero, y un sauce, y un palmar?
El viejo huertecito de perfumadas grutas
donde íbamos... donde iban los niños a jugar,
¿no tiene ahora nidos y pájaros y frutas?
Señora, ¿y quién recoge los gajos del pomar?

Esta poesía, que mira hacia la infancia como un agua redentora, borboteo onomatopéyico de juego de niños -"din-dán", "traque-que-traque", tal como lo hacían antes Pombo y Silva-, se va cargando poco a poco con toda la vitalidad errabunda de su existencia de poeta maldito: "El orgullo de ser, ¡oh América!, el Ashaverus de tu poesía", como dice en "El son del viento", un poema afín a los "Cantos de vida y esperanza" de Rubén Darío.

En este marco surgen otros temas: su carne "ansiosa y opulenta", iluminada por un rojizo resplandor diabólico, sus contradicciones vitales, su homosexualismo, sus dudas y desfallecimientos, su alegría y su pavor ante la nada, su afán de perdurar y su aguda conciencia en torno al fracaso que implica todo existir. Proceso que ilustra un verso: "Mi mal es ir a tientas con el alma enardecida".

Preguntas existenciales que, como sucede en "La estrella de la tarde", uno de sus más logrados poemas, sólo obtienen como respuesta un "Nunca sabremos nada", y una inmersión en el espectáculo que brinda la naturaleza, reconciliándonos con ella en su contemplación pacífica. Su infancia campesina y su vocación de maestro de escuela confluían así en un cuestionar incesante y en una idealización del paisaje.

Barba incorpora además a su figura poética los rasgos de un paria, estéril como árbol que no da frutos, pero a la vez rebelde  e insumiso, "entre vanos amigos e impulsos desleales".

De este modo, en este torbellino trashumante que fue su existencia, surge la conciencia de que su gran obra no habría de ser escrita: "Si ya mi juventud presiente la cercana/hora otoñal, de fuerza menguante o abolida" ("La hora cobarde").

Sin embargo, todo su vaivén vital parece concentrarse en la música asonante de su "Canción de la vida profunda", su poema más conocido, en el cual la ondeante volubilidad de los estados de ánimo y la perpetua inestabilidad del .ser humano se tornan  armonía y prosadia en las siete estrofas de la "Canción":

Hay días que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar.
 Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonría.
 La vida es clara, undívaga y abierta como un mar.
Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en abril el campo, que tiembla de pasión;
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
 el alma está brotando florestas de ilusión.
[...]
Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día
 en que levamos anclas para jamás volver;
un día en que discurren vientos ineluctables...
 ¡Un día en que ya nadie nos puede retener!

Las palabras típicas del vocabulario modernista, "undívaga", "próvido", y el uso reiterado de los signos de admiración no elevan el tono de su poesía a un enrarecimiento ininteligible. Por el contrario, en sus poemas más notables -"Parábola del retorno", "La estrella de la tarde", "Canción de la vida profunda", "Elegía de septiembre", "Lamentación de octubre", "Los desposados de la muerte", "Balada de la loca alegría", "La reina" o "Futuro"- la intensa carga vital es la que garantiza su capacidad de comunicación. No era necesario que recalcase: "Mi poesía es para hechizados". En sus mejores momentos su arrebato patético, "Desprecio de mí mismo: ¡estoy llagado!", supera la autocrítica personal y se trueca en intuición generalizada. La muerte, la nada que a todos nos cerca, terminará por convertirse en esa "Reina, rencorosa y enlutada". Lo afligente de toda existencia individual se ha vuelto así la certidumbre última que es el idioma. Se ha encarnado en un símbolo.

Enrique González Martínez, el poeta modernista mexicano que lo conocía bien y que le dedicó varios poemas, escribió estas palabras: "Alma solemne, sólo el humorismo le está vedado [...]. Hay en su obra un gemido de angustia, una sed insaciada que le turba el goce de la contemplación y la jocundidad de vivir. No es pesimista, sino ávido, y su avidez se transforma en suplicio espiritual y clamor persistente [...] El gemido, como el de Prometeo, es angustioso y viril. Su erotismo es amargo, siente el dolor de lo efímero y la resignación del hastío. Nada hay más grande sino la muerte"11 . Esta muerte a la que Barba opone sus coros de alegría.

En uno de sus pocos sonetos, "Sapiencia", formula su estética: "Bruñir mi obra y cultivar mis vicios". Pero lo que en dicha afirmación hay de desplante no nos hace perder de vista al otro Barba, artesano del verso. El mismo que por su trabajo con la palabra logra trasmitirnos la precisa intensidad de su visión. "Yo tuve el ensueño", como dice en la "Elegía de septiembre", o "¡todo pudo ser mío!", como recuerda en "La dama de cabellos ardientes". Un hombre, en definitiva, que luego de sentir muy próxima la inasible plenitud, contempla, atónito y dolido, su caída. Un romántico que debe renacer, cada día, a partir de las heridas que él mismo se ha infligido: sus ilusiones, sus ímpetus, sus brutales apetitos, hechos trizas. Convertidos en hastío.

Las causas, como él mismo lo dice, bien pueden ser las drogas, la concupiscencia, la voluptuosidad y la lujuria, pero el motivo quizá sea aún más elemental y terrible: el simple hecho de vivir, y dirigirse ahora, de modo inexorable, a la disolución y al olvido. De ahí su pavura, como repite, y los plazos cada vez más cortos que la existencia le impone: "¡Pero la vida está acabando,/y ya no es hora de aprender!", concluye su "Lamentación de octubre". Poeta que ve la inexpresada maravilla y que lucha para que ella se perciba a través de un lenguaje propio, en medio de la retórica de la época: tal su dilema. Ya en 1920, en "La divina tragedia", había anticipado el conflicto: "Tampoco los príncipes de la lengua me dieron mi desatada libertad, sino que yo me la tomé y a mí me sirve para escribir como me da la gana, yo pomposo, yo romántico, yo engreído, yo delirante, yo prestidigitador". Y en sus "Claves", de 1930, que sirve de prólogo a Canciones y elegías, dirá: "Luché por trascender la retórica 'modernista'; por volar libremente hacia la forma pura, simple, de inagotable virtud germinal". Reconociendo, cómo no, "que debemos a Rubén el sentimiento de la aristocracia formal como una conquista democrática".

Así toda la obra de Barba oscila entre ese ideal elevado, de refinamiento artístico -"codicié la estrella", encendí lámparas ante "El ara del ideal", tuve "hambre de azul" o sentí "pensamientos de inspiración divina"- y ese otro tipo de impulso, terrestre y sombrío, que abarcaba tanto el alcohol y la marihuana como el homosexualismo y que, haciendo de su existencia un anecdotario más patético que pintoresco y no por ello desprovisto de ingenioso cinismo, le dictaría también algunas de sus canciones más jubilosas y libres. Allí donde la culpa se ha diluido en música y el arrebato eufórico aplaca todo remordimiento, acrecentando su goce. El caso de su "Balada de la loca alegría":

Mi vaso lleno -el vino de Anáhuac-
mi esfuerzo vano -estéril mi pasión-
soy un perdido -soy un marihuano-
a beber, a danzar al son de mi canción...
[...]
¡Ah de la vida parva que no nos da sus mieles
sino con cierto ritmo y en cierta proporción!
¡Reíd, danzad al soplo de Dionisos que embriaga el corazón!
La Muerte viene, todo será polvo
bajo su imperio; ¡polvo de Pericles,
polvo de Codro, polvo de Cimón!

¿Qué es poesía?, se preguntaba en su "Canción en la alegría". "El pensamiento divino hecho melodía humana", se responde. Por ello el principio que regía la búsqueda de su libertad expresiva era "la sustitución de las relaciones lógicas por las relaciones melódicas". Lo cual, como lo ha recordado Fernando Vallejo, lo lleva a emplear un curioso método de composición:

En un esfuerzo de concentración iba acomodando el acento y sobre el acento las palabras. Venía primero el zumbido del ritmo y la música del verso, luego la distribución de los acentos y por último la colocación de las palabras. Caso único en la lírica española, Barba-Jacob alcanzaba así el dominio casi absoluto de la onomatopeya12.

La música como fuerza que dará vida a todos esos moldes vacíos -mundo, hombres, cosas-, presos de una gran mudez. Barba intenta conferirles vida con su palabra, impedir que desaparezcan, insuflarles su ilusión juvenil. Encontrar, para ellos como para él, "norma y destino". Como él mismo lo dice en un poema revelador, "En la muerte del poeta Porfirio Barba-Jacob", la suya es una tragedia grotesca y sin sentido. Al Barba posmodernista le habían trocado todas las músicas. De ahí que se autoflagele llegando a la más grotesca de las ironías: "¡Qué miquito tan ridículo!". El drama ha sido un drama "horrible, ruin y frustrado"13.

El hombre que se había arruinado poco a poco, dilapidando su herencia verbal, y cuyo cuerpo ya olía mal -ese lenguaje desueto vuelto sudario indesarraigable- abandonaba, como una serpiente que muda su piel, sus sucesivos nombres, queriendo rehacerse a sí mismo a partir de cero. La ilusión de cambiar de identidad a medida que cambiaba de país, en su peregrinaje centroamericano. Sólo que niño, adolescente o maduro, siempre lo acompañaba su "roto, cansado, viejo corazón" y su "egregia Musa", que ya no creía en nada, "ni aun en la poesía", como escribe en su "Canción de la hora feliz". Por ello, en "La reina", insistiría en el mismo motivo: "Mi Musa fue de dioses engañada".

Al percibir "¡la realidad, la realidad!" como un reflejo apenas, "una ilusión entre los oros de mi espejo", la poesía de Barba sólo podía hallar asidero en una realidad interior. Como el mismo Barba lo razonaba en "La divina tragedia": "Yo antes veía el crepúsculo. Después supe que el verdadero crepúsculo es el que está en lo íntimo de nosotros...".

Realidad interior que va desde la exacerbación de los sentidos, "en los abrazos férreos de una pasión inicua", a la recuperación esperanzada de un ideal trascendente, como en el caso de "Acuarimántima", un largo y pretencioso poema donde Barba, a través de Main Ximénez, busca resumir toda su trayectoria, perpetuándose "en la virtud del canto". Aún cuando allí se dan "el arduo afán [...] por resolver el canto en melodía" y el enfrentarse a fondo con la dolorosa irrealidad que lo circunda:

¡Sé digna de este horror y de esta nada,
y activa y valerosa, oh Alma mía!

el resultado no es del todo feliz, ni logrado en su totalidad. El propio Barba ya había hablado de su "genio a relámpagos" y de cómo "mis fugas [...] amenguaban en mí la capacidad de la inteligencia; extinguían la impulsión creadora". Allí, sin embargo, retoma con acierto sus raíces:

Yo descendí de la antioqueña cumbre,
de austera estirpe que el honor decora,
 el alma en paz y el corazón en lumbre,
y el claro sortilegio de la aurora
bruñó mi lira y la libró de herrumbre.

Asume sus dudas: "Un no sé qué... que túrbame el sentido", y sus perennes dualidades: "Ser yo, no ser, en sucesión alterna". Sólo que la febril inquietud que lima su vigor le hará sentir hasta qué punto "el tiempo es breve y el vigor escaso". Su meditación sobre la vida, sobre su propia vida, concluye, más que en suma, en resta:

Sólo el amor de un vago viento vano
volando en los velámenes expira.

Un viento americano, como diría Gastón Baquero, "informe, violento, inestable, dominado por la naturaleza"14, que aún agita esa docena de "Antorchas contra el viento" que son sus mejores poemas, entre los que hay que destacar "Futuro". El cual tiene la acerada intensidad lacónica de los epitafios, resumiendo esa huida constante de sí mismo que fue su vida y esa contradictoria tensión que le dio a la vez energía y muerte a su poesía, todo ello dentro de una erguida concreción verbal.

Oigamos, entonces, a Barba, comprendiendo, por fin, su voz más pura. Aquella que encarnó en auténtica poesía y pudo, por ello, preveer su segura perdurabilidad.

Decid cuando yo muera... (¡y el día esté lejano!):
soberbio y desdeñoso, pródigo y turbulento,
en el vital deliquio por siempre insaciado,
 era una llama al viento...
Vagó, sensual y triste, por islas de su América;
en un pinar de Honduras vigorizó el aliento;
la tierra mexicana le dio su rebeldía,
su libertad, sus ímpetus... Y era una llama al viento.
De simas no sondadas subía a las estrellas;
un gran dolor incógnito vibraba por su acento;
fue sabio en sus abismos -y humilde, humilde, humilde-
porque no es nada una llamita al viento...
Y supo cosas lúgubres, tan hondas y letales,
que nunca humana lira jamás esclareció,
y nadie ha comprendido su trágico lamento...
Era una llama al viento y el viento la apagó.

 

1
Ver Paradiso (México: Era, 1970), p. 269.
2
Cfr. Porfirio Barba-Jacob. El poeta de la muerte (Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1970), p. 50.
3
Ver "La divina tragedia" en Poesías completas de Porfirio Barba-Jacob (Bogotá: 2 Festival del Libro, s.f.), pp. 41 y ss. La vida profunda (1973) recopila la poesía de Barba y se incluye "Ensayos y conceptos, al pie de los poemas, de 229 escritores de 19 nacionalidades", como reza la carátula del curiosos volumen. Tanto "Claves" (1932), como "La divina tragedia" (1933), dos prólogos donde Barba-Jacob desarrolló su poética, se hallan en sus Poesías completas, prologadas por Daniel Arango (Bogotá: 2º Festival del Libro Colombiano, s.f.), pp. 41-82.
4
Ver "Claves", en Poesías completas de Porfirío Barba-Jacob, op. cit.
5
Cfr. "La literatura colombiana en el siglo XX", Manual de historia de Colombia, tomo III (Bogotá: Procultura, Tercer Mundo, 4ª edición, 1992), pp. 496-500.
6
Citado por Alfonso Duque Maya y Eutimio Prada Fonseca en Poesías completas de Porfirio Barba-Jacob (Bogotá Editorial Andes, 1973).
7
Ver las Conversaciones de Porfirio Barba-Jacob (Medellín: Bedout, 1946).
8
El volumen fue publicado por el Instituto Colombiano de Cultura en 1972. Las citas de Barba que siguen pertenecen a él.
9
Luis Cardoza y Aragón. El río. Novelas de caballería (México: Fondo de Cultura Económica. 1986), p. 573.
10
Porfirio Barba-Jacob. Poemas, Recopilación y notas, Fernando Vallejo (Bogotá: Procultura, 1985).
11
El Heraldo, México, noviembre 20 de 1919.
12
Barba, op. cit., p. 220.
13
Un análisis detallado de este poema se encuentra en: María Salgado. "Eco y Narciso: imágenes de Porfirio Barba-Jacob". En: Ensayos de literatura colombiana. Compilación, Raymond Williams (Bogotá: Plaza y Janés, 1985), pp. 51-67.
14
Gastón Baquero. "Porfirio Barba-Jacob". En: Escritores hispanoamericanos de hoy (Madrid: Instituto de Cultura Hispánica. 1961), pp. 45-49.
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