AURELIO ARTURO: LA PALABRA ORIGINAL

(1906-1974)

La poesía sólo puede expresar lo que es original en un sentido: el sentido en que hablamos del pecado original. Es original, no en el despreciable sentido de ser nuevo, sino en el sentido más hondo de ser viejo; es original en el sentido que trata de orígenes.
G.K. Chesterton, Robert Browning

Aurelio Arturo nació en 1906. Colombiano, su nombre está asociado, exclusivamente, a la selección de poemas Morada al Sur, libro aparecido entre 1963, Premio Nacional de Poesía ese año, y que recoge textos publicados, en periódicos y revistas, entre 1931 y 1934; 1942 -el que da título al libro- y 19601. Sus últimos poemas son de 1973. Pero estos son datos; lo decisivo consiste en afirmar, desde el comienzo, que Aurelio Arturo es, hoy en día, uno de los poetas más importantes de Colombia.

Ejercicio retórico, la crítica repite lo que está ahí, pero quizá su sentido último le otorgue razón de ser: admiración, homenaje compartido: la humildad -y a la vez la arrogancia- de un lector develando sus interrogantes. Sólo que cubrir con nuestra escritura aquella visión que esclarece es, inevitablemente, incurrir en el palimpsesto. Y no hay palabra más diáfana que la de Aurelio Arturo. Así que me curo en salud revelando, desde el principio, el secreto: Aurelio Arturo es Aurelio Arturo. No hay explicación distinta, y en tal tautología se basa mi recorrido: el deslumbramiento de un lector, el placer de la lectura. Alguien repite, en voz alta, líneas que ama.

En esta república latinoamericana donde los bardos incurren, sin, rubor y sin gloria, en el volumen anual, el caso de Aurelio Arturo resulta francamente escandaloso. Marginal, discreto, la fluida y parca vena de agua de su poesía corre inextinguible: permanece. O sea que habría que comenzar a definirlo en forma negativa: también entre nosotros se ha perdido el sentido de la mesura y acaso sorprendería aquella aseveración de Gottfried Benn: "Aun entre los grandes poetas de nuestro tiempo, ninguno ha dejado más de seis u ocho poesías perfectas. El resto puede ser interesante para la biografía y la evolución del autor, pero pocas se bastan a sí mismas, pocas producen su propia claridad, pocas poseen una larga fascinación. Así, por seis poemas, treinta o cincuenta años de ascetismo, de sufrimiento, de combate"2. "Pero un poema es un don": con estas palabras concluye Vladimir Holán Una noche con Hamlet, escrito de 1949 a 1962. La respuesta, entonces, ya está dada. De ahí que el trabajo poético de Aurelio Arturo, llevado a cabo, y de manera esporádica, al anverso de una existencia "de juez, de abogado, de funcionario público"3, produzca, desde el primer momento, un intenso asombro:

En las noches mestizas que subían de la hierba,
jóvenes caballos, sombras curvas, brillantes,
estremecían la tierra con su casco de bronce.
Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro.
Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo.

¿De dónde surge esta poesía, de dónde brota este esbelto surtidor de frescura; a qué se debe la fascinación inalterable que ejerce este solitario, en medio del opresivo panorama de la versificación colombiana?

(Reyes habían ardido, reinas blancas, blandas,
sepultadas dentro de árboles gemían aún en la
espesura)

¿Cómo se ha logrado compaginar tanta sencillez con tanto misterio? "... un áureo hilo de ensueño/ se enredaba a la pulpa de mis encantamientos". ¿Cuál es el origen de esta palabra, de su transparencia tan acentuada y a la vez de su resonancia sonámbula tan clara?; "Un largo, un oscuro salón rumoroso/ cuyos confines parecían perderse en otra edad balsámica". ¿En qué forma se ha conservado, simultáneamente, tan tensa y tan enigmática?: "O acaso, esa mujer era la misma música,/ la desnuda música avanzando desde el piano,/ avanzando por el largo, por el oscuro salón como en un sueño".

Se ha dicho: ella viene de José Asunción Silva: "La fragancia indecisa de un olor olvidado/ Llegó como un fantasma y me habló del pasado" ("Midnight Dreams"). Del encanto hipnótico de los cuentos de hadas, las leyendas brumosas y la niebla de la mejor poesía inglesa. Podría agregarse, también, el Perse de "Para celebrar una infancia", los simbolistas franceses. T. S. Eliot... No me interesan las influencias; me preocupa, apenas, lo que los verdaderos poetas logran a partir de ellas.

Y aquí principia, en este torso de árbol,
en este umbral pulido por tantos pasos muertos,
la casa grande entre sus frescos ramos.
En sus rincones ángeles de sombra y de secreto.
En esas cámaras yo vi la faz de la luz pura.
Pero cuando las sombras las poblaron de musgos,
allí, mimosa y cauta, ponía entre mis manos
sus lunas más hermosas la noche de las fábulas.

Prefiero, ante ejemplos como éste, pensar que es algo nuestro; algo que la naturaleza ha impregnado con su clima, confiriéndole esbeltez, acendrando su belleza. Además, la identidad que ella manifiesta entre la música y la anécdota, entre el canto y el cuento -"Se canta una viva historia, contando su melodía" (Antonio Machado)-, es única. La metamorfosis a que ella ha sometido los seres, las criaturas, los ambientes, sumergiéndolos en una atmósfera personal donde la bruma de la memoria acentúa, tan sólo, su nitidez implacable, tiene la densidad corporal de los auténticos fantasmas: "Oigo crecer las mujeres en la penumbra malva/ y caer de sus párpados la sombra gota a gota".

De otra parte, la melodiosa insistencia con que se ha referido a sí misma, la grave dulzura de su goce enamorado, son uno de los pocos milagros de nuestra historia literaria. Una herencia farragosa, de gramáticos y juristas, se vio negada por este lenguaje que aúna la precisión a la magia.

Te hablo también: entre maderas, entre resinas,
entre millares de hojas inquietas, de una sola hoja;
pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia,
hoja sola en que vibran los vientos que corrieron
por los bellos países donde el verde es de todos
los colores,
los vientos que cantaron por los países de
Colombia.

Y la flexible generosidad, la opulencia casi, de su registro temático, es capaz de abarcar toda una geografía (espiritual): "¿Tierra, tierra dulce y suave,/ cómo era tu faz, tierra morena?", interior, pero concreta: "este poema es un país que sueña". Se trata, pues, de una poesía esencial. La lírica, en su punto más alto. Algo real: "Trabajar era bueno en el sur, cortar los árboles,/ hacer canoas de los troncos", y al mismo tiempo legendario: allí donde el silencio es "un maduro gajo de fragantes nostalgias".

He escrito un viento, un soplo vivo
del viento entre fragancias, entre hierbas
mágicas; he narrado
el viento; sólo un poco de viento.

Esta sencillez (aparente) no hace más que acentuar el sentido último que la caracteriza: resumen que es exaltación devota, consagración, fiesta verbal, la obra de Aurelio Arturo -allí donde la imaginación y la memoria se unen para cantar y transfigurar- logra otorgarnos un profundo consuelo verbal. Inicio de nuestra auténtica tradición, ella nos enseña a sentir claramente y a gozar con profundidad, ya que posee "una verdad más alta y una más alta seriedad"4. Ella es nuestro fundamento -la palabra original- porque ella ha sido la única capaz de hablarnos

de un bosque extasiado que existe
sólo para el oído, y que en el fondo de las
noches pulsa
violas, arpas, laúdes y lluvias sempiternas.

El silencio y la música

La estilística nos dice que la gran mayoría de los poemas de Aurelio Arturo se realizan como una evocación, que su tiempo verbal es casi siempre el imperfecto de indicativo y que su sentimiento es el recuerdo suavemente nostálgico; nos dice, también, que hay dos centros temáticos: el ambiente natal y la amada, si bien en este último caso su tiempo verbal es el presente. Finalmente nos asegura que es imposible establecer, con nitidez, una división entre los dos núcleos temáticos, ya que existe "una definida unidad de actitud y, consecuentemente, estilística, en todos los poemas del libro"5. Lo dicho: Aurelio Arturo es Aurelio Arturo. Prefiero, en consecuencia, extraviarme por otros caminos.

El mundo de Aurelio Arturo es el de la unidad primordial. Una afirmación así, tan vacua, cobra en el caso suyo un carácter muy preciso. Para él, la naturaleza no sólo es humana sino que establece una convivencia con quien la habita: "Oh voces manchadas de tenaz paisaje, llenas/ del ruido de tan hermosos caballos que galopan bajo asombrosas ramas". Y son dos las vías que utiliza para lograr que esa realidad, distante ya, se conserve intacta, se nos entregue íntegra. La imaginación narra lo que mira, y así lo mitifica, por una parte. Por otra, el diálogo se exalta, en su remembranza apasionada, recobrando, de modo más real, aquello que ya no existe. Comencemos por la segunda.

"Cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse... el edificio enorme del recuerdo": palabras de Proust.

En el umbral gastado persiste un viento fiel,
repitiendo una sílaba que brilla por instantes.
Una hoja fina aún lleva su delgada frescura
de un extremo a otro del año.
Torna, torna a esta tierra donde es dulce la vida.

Desdoblándose, el poeta se invita a volver al paraíso: esto sirve, casi siempre, para comprobar hasta qué punto se halla degradado -"las hadas se pudren en los estanques/ entre algas y hojas secas/ y malezas"- pero a él no le interesa la pérdida, muladar recubierto por "un silencio duro, sin manantiales", sino el reencuentro. Esa "líquida palabra melodiosa", que surge de una "fresca agua recóndita"6, es lo que busca, ya que está impregnada por algo edénico, anterior a la caída. La infancia: aquello que vivió (o soñó) por vez primera y cuya intensidad y júbilo reestablecen el vínculo perdido. Territorio ancestral: allí presente y pasado son lo mismo; allí la fusión y la añoranza se confunden. Purificado al máximo, nos brinda un instante que, paradójicamente, por ser fragmentario, ilumina todo el recinto. El padre, la madre, los hermanos, la casa, la nodriza, los cuentos infantiles, la resina de los árboles, los animales: toda brilla y a la vez se oculta; todo queda transformado en poesía: "Y si al norte el viejo bosque tiene un tic-tac profundo/ al sur el curvo viento trae franjas de aroma". Esta emoción punzante, que tiñe toda la remembranza, recupera, así, la comarca que fue tan suya; recrea y, por lo tanto, inventa; vuelve lenguaje -transmisible- lo que continúa siendo un enigma. Algo que por ser intuición, atisbo, no agota su contenido, sino que señala, apenas, las pautas de ese diálogo secreto pero lleno de sentido:

Y le dices, le dices: ¿Eres mi padre? Llenas el mundo
de tu aliento saludable, llenas la atmósfera.
-Yo soy tan sólo el río de los mantos suntuosos.

Algo que se desliza y ondula: "el río de los mantos suntuosos": la respuesta se convierte en pregunta. Toda está surcada por fulguraciones que a través de los años han mantenido viva su precariedad, su incertidumbre y, al mismo tiempo, su certeza conmovida:

Hay un caballo, el mío, y oigo una voz que dice:
"Es el potro más bello en tierras de tu padre".

Presencia viva; esta poesía, tan sustancial -"los días que uno tras otro son la vida"- no ha padecido la uña del tiempo, su incuria. Está ahí, fresca, palpitante, aromada, fundando el ámbito que le es propio; marcando, ella misma, su límites. En 1973, treinta años después de publicado el poema que comentamos, Aurelio Arturo continúa aferrado a su visión; a la fe que lo anima. "Y cuando es alegría y angustia/ y los vastos cielos y el verde follaje/ y la tierra que canta/ entonces ese vuelo de palabras/ es la poesía/ puede ser la poesía"7: no un juicio, sino una apertura; lo que abriéndose hacia el mundo nos trae, evasivo, aquello que no cambia ni se modifica; aquello que parece carecer de nombre que lo designe. "Tierra que canta", "país que sueña": ambas sentencias son indescifrables y nítidas: dicen lo que dicen y, al mismo tiempo, algo más. Se complementan, además, armoniosamente: cierran un círculo. Recobran lo perdido, sí, pero también inauguran el mito. Y este último es fundamental en la poesía de Aurelio Arturo.

Una poesía anterior a la historia

Concentrada en poemas como "Morada al Sur", "Canción del ayer", "Canción de la noche callada", "Interludio" y "Nodriza", la poesía de Aurelio Arturo puede desplegarse, en tono algo distinto, en poemas como "Sol" (recuérdese el poema LXXXVII de Las flores del mal: "Ce pére nourricier..., Éveille dans les champs les vers comme les roses"); o "Rapsodia de Saulo", cantos al trabajo, pero retomará, siempre, sus motivos inconfundibles, cerrándose en torno a su eje: "el viento fiel que mece mi poema". ¿Por qué esto? Todo auténtico poeta escribe un solo poema; y es allí, precisamente en el titulado "Clima", donde un verso sorprendente queda vibrando: "La vida es bella", base de toda la creación de Arturo. Esta afirmación, tajante, y la explicación que sigue -como toda explicación, superflua- muestra hasta qué punto Aurelio Arturo es un poeta original, dentro de nuestra lírica: un poeta que canta -la reflexión, pero también el júbilo; alborozo lúcido, alguien que celebra y exalta; alguien que justifica y da existencia a aquello que crea-, que cree. Una mirada que se despliega: "cual dos aves rapaces, persiguieron mis ojos el rebaño de horizontes" y que luego se concentra, extasiada, en la contemplación de lo que parece más nimio: "verde algarabía de las hojas menudas", haciéndolo estallar: todo un mundo. Este proceso, el proceso de su poesía, radica en su sentido que es también un sonido: la luz. "En mi corazón una gran luz de sol y maravilla": una luz que nunca es súbita, como aclara en "Interludio", y que le ha permitido, en forma infinitamente lenta, de maduración interior, cristalizar en muy pocos poemas (diría que cuatro o cinco) todo un territorio inconfundible: el nuestro -el suyo. Ese libro a través del cual leemos la realidad y mediante el cual la realidad nos mira.

Recuerdo como tres antorchas áureas nuestras
cabezas inclinadas
sobre aquel libro viejo que rumoraba profundamente en la noche.
Y la noche golpeaba con leves nudillos en la
puerta de roble.
Y en los rincones tantas imágenes bellas, tanto
camino soleado, bajo una leve capa de sombra
luciente como terciopelo.

La aventura que nos proponen estos versos, su armonía, sus ritmos, es la espléndida aventura del modernismo, que adquiere aquí una connotación distinta: otro espacio, otra búsqueda: "Un largo, un oscuro salón, tal vez la infancia". A Aurelio Arturo no le interesa salir de viaje: comarcas exóticas. París o las ruinas indígenas. Grecia, tan trajinada en su época. A él lo que le obsesiona es tornar habitable la tierra en que vive: humanizarla, enumerando el contorno que está alrededor suyo, interiorizándolo: "Te hablo de una voz que me es brisa constante"; "te hablo de días circuidos por los más finos árboles:/ te hablo de las vastas noches alumbradas/ por una estrella de menta que enciende toda sangre". De este modo, lo que él nos narra -el deslumbramiento, el avance perpetuo, la invasora presencia de la naturaleza- se va tornando caja de resonancia; eco, apenas, de sonidos que son versos; rumor, murmullo, diálogo del follaje. vuelo de pájaros, agua, niebla, rumor lento: estos idiomas, que Aurelio Arturo ha descifrado, apropiándoselos, son la clave; gracias a ello ha podido regresar: "Y yo volvía, volvía por los largos recintos/ que tardara quince años en recorrer". Vuelve allí, a ese punto de confluencia, al corazón de su poesía "con un pie en una cámara/ hechizada, y el otro a la orilla del valle", logrando la conjunción de lo que fuera y lo de adentro, armonizándolos: naturaleza y cultura: la casa en mitad del valle. Puede, ahora sí, urdir "la feliz cantinela"; "la habla pulposa, casi palpable"; puede convertir todo en verbo encarnado: es dueño de su lenguaje.

De ahí que al concluir este primer periplo (el de la memoria) diga, en un poema de título lo suficientemente expresivo, ''Remota luz": "Si de tierras hermosas retorno,/ ¿qué traigo? Me cegó su resplandor". "No traigo nada: traigo una canción". Ese poeta encantado -"las doradas abejas de la fiebre"- no trae nada; unos destellos, apenas, con ellos es factible reconstruir un reino -el reino de la imaginación.

Fabulista atrapado por lo asombroso de su invención: "Un hombre viejo en el sur, contando historias!": quien cuenta, no muere -como Scherezada. Cada día logra que lo familiar se torne en leyenda; cada día recrea la saga de aquellos que edificaron un imperio -el vasto imperio de la palabra: "Juan Gálvez, José Narváez, Pioquinto Sierra,/ como robles entre robles": Aurelio Arturo, lector de Hornero, nos narra otra Odisea: la nuestra. "Pablo Garcés, Julio Balcázar, los Ulloas": nombres -hombres- héroes: "de ágiles remos por los ríos opulentos". Estas son sus hazañas: "trabajar entre ricas maderas"; "ir por los ríos en el sur"; "decir canciones". La conquista de la tierra, su colonización, el hecho de poblarla: Morada al Sur. Y sus cimientos, los muertos: "los que no volvieron viven mas hondamente,/ los muertos viven en nuestras canciones". Los hombres no vuelven a la tierra, convertidos en polvo; adquieren otro rostro -el definitivo rostro de la poesía-. Fantasmas, sobre ellos comienzan a brillar "las grandes lunas llenas de silencio y espanto".

Hijo y cronista, Aurelio Arturo ha justificado el esfuerzo, "grata fue la rudeza", exaltando su región nativa, trocándola en melodía. Resurrección y síntesis:

(Yo miro las montañas. Sobre los largos muslos
de la nodriza, el sueño me alarga los cabellos):

el sueño, el cuento, siguen: misterio y erotismo, hay allí una profundidad insólita: el desciframiento de nuestro paisaje anímico. Octavio Paz, en Los hijos del limo8, cita un verso de José Martí: "El universo/ habla mejor que el hombre". Esto lo sabe muy bien Aurelio Arturo: un poeta que asiente, que dice sí a la tierra, y que logra que ella se exprese a través suyo. Él no habla: habla la brisa:

¿Por qué ya no me arrullas, oh noche mía
amorosa,
en el valle de yerbas tibias de tu regazo?
En mi silencio a veces aflora fugitiva
una palabra tuya, húmeda de tu aliento,
y cantan las primaveras y su fiebre dormida
quema mi corazón en ese solo pétalo
Una noche lejana se llegó hasta mi lecho,
una silueta hermosa, esbelta, y en la frente
me besó largamente, como tú; ¿o era acaso
una brisa furtiva que desde tus relatos
venía en puntas de pie y entre sedas ardientes?
Tú que hiciste a mi lado un trecho de la vía
¿te acuerdas de esos viajes bordeados de fábulas?

La poesía está aquí: basta con oírla. Por eso, prefiero concluir: los primeros comentaristas que tuvo la obra de Aurelio Arturo -Hernando Téllez, Fernando Charry Lara9, Fernando Arbeláez- están acordes en señalar el don que posee para humanizar la tierra, tornándola elocuente, logrando que los límites entre la persona y el ambiente que la rodea cesen; puente entre nosotros y las cosas, ésta es una poesía anterior a la historia. Una poesía que amplía, al máximo, el registro de nuestras sensaciones, ofreciéndonos la manera más segura de conocer, a fondo, nuestra realidad: visión primordial. Es esta, finalmente, una poesía que nos constituye.

De ahí que el puesto que ocupa, dentro de nuestra literatura, sea central; debido, obviamente, a su marginalidad. Inclasificable, su influencia ha sido vasta y fecunda, pero lo que importa, en esta ocasión, no son tanto las relaciones y sus contrastes, sino reiterar su signo: solitaria, única, a ella habrá que volver. Escuchémosla, una vez más:

Desde el lecho por la mañana soñando despierto,
a través de las horas del día, oro o niebla,
errante por la ciudad o ante la mesa de trabajo,
a dónde mis pensamientos en reverente curva?

Cuando W. H. Auden fue nombrado profesor de poesía en Oxford, concluyó su lección inaugural con estas palabras: "La poesía es capaz de hacer mil y una cosas, puede complacer, entristecer, turbar, divertir, instruir, puede expresar todos los matices de la emoción y describir todo tipo de acontecimientos concebibles, pero sólo existe una cosa que toda poesía debe hacer: debe alabar su propia existencia y su propio acontecimiento"10. Esto, precisamente esto último, es lo que ha hecho Aurelio Arturo. Y sólo hay una manera de celebrarlo: leyéndolo.

1
Todas las citas corresponden a Aurelio Arturo: Morada al Sur (Bogotá: Ediciones del Ministerio de Educación, 1963), 109 p. En 1975, con destino a Monte Ávila Editores de Caracas, preparé y prologué una nueva edición de Morada al Sur corregida por el autor.
2
Citado por Guillermo Sucre en Borges el poeta (Caracas: Monte Avila Editores, 1968), p. 139.
3
Fernando Arbeláez: "Morada al Sur, de Aurelio Arturo", en Cuadernos, 84 (París, mayo 1964), p. 101.
4
Aristóteles, citado por Matthew Arnoid, Poesía y poetas ingleses (Buenos Aires: Austral, 1950), p. 30.
5
Eduardo Camacho G.: "Poesía Colombiana, 1963", en Eco, 43 (Bogotá, noviembre-1963), pp. 1-12.
6
Aurelio Arturo: "Canción de hadas", en Eco, 40 (Bogotá. agosto 1963), pp. 273-274.
7
Aurelio Arturo, "Palabra", en Golpe de Dados, 1 (Bogotá, enero-febrero 1973), pp. 4-5.
8
Octavio Paz: Los hijos del limo (Barcelona: Seix Barral, 1974), p. 140.
9
Fernando Charry Lara: "El poeta", en "Lecturas Dominicales", El Tiempo, diciembre 8 de 1963, p. 4. Recogido luego en Lector de poesía (Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, Colección Autores Nacionales, 1975).
10
W. H. Auden, "Hacer, conocer y juzgar", La mano del teñidor (Barcelona: Barral Editores, 1974), p. 69.
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