VI



La noche continuaba en calma. Huayna Capac, envuelto en un ancho manto de escarlata alamarado de oro, se paseaba tranquilamente en su aposento, i oía, al parecer distraido, a Atabalipa, que con aire hipócrita i acento humilde le decía:

- Padre, mañana es un gran dia.

- Si, hijo, es un gran dia, Huayna Capac contestó; i luego, clavando en Atabalipa una mirada penetrante, cual si quisiera leer en su rostro el efecto de sus palabras, añadió: sí, mañana es un gran dia, pues mañana sale Huascar de su primera edad, i será presentado al pueblo como su inca futuro.

Atabalipa no dió muestras de alteracion alguna, no obstante que las palabras de Huayna Capac, en boca de él mas que de cualquiera otro, le ocasionaban un profundo dolor, a causa de haber fincado siempre en el cariño de su padre no sé qué vaga esperanza al llauta inca, que ahora perdía en su totalidad.

Huayna Capac continuó sin piedad:

- La ceremonia popular de la mayoría de edad de los incas, ha sido siempre una ceremonia de grande significacion entre los de Tavantinsuyu, pues equivale a la proclamacion de su soberano; i tiene tal pompa fascinadora para los Naturales, que, ademas de llenarlos de alegría, los vincula a su señor con el doble lazo de la admiracion i del respeto.

Atabalipa se mantenía impasible. Huayna Capac prosiguió, siempre non la misma mirada, hija de la misma intencion:

- Tan luego como en la espléndida funcion del huaraco se orna la frente del primojénito con la Borla amarilla i se le calzan las sandalias sagradas, queda reconocido como hijo del Sol; i desde ese momento su vida es inviolable, i sus derechos al llauta indisputables.

- Ciertamente así lo he oído decir; i creo que hasta el presente no ha habido un solo acto si quiera de infidelidad al inca por parte del pueblo.

- Ninguno, Atabalipa, ni podrá haberlo ¿Quién osaría jamas incurrir en el enojo de los divinos descendientes de Manco?

Atabalipa se sonrió imperceptiblemente en sarcasmo.

- Quién, el Inca continuó con majestad, cuya cabeza no rodara al instante por el cieno, cuya raza maldita no fuera estinguida, i cuya memoria no fuera execrada constantemente por nuestra posteridad?

- Dices mui bien, padre mio.

- Pero, hablando de otra cosa, Atabalipa, ¿sabrás decirme qué objeto te ha traido tan tarde de la noche a mi habitacion?

- Un capricho, señor, que ya me ha pasado enteramente.

- Un capricho!

- Es propio de mi jenio: me vienen a vezes ciertos deseos, que cuanto mas vehementes, mas pasajeros son.

- I no me dirás que capricho era?

- Una bagatela, una pura bagatela.

- Quieres, por Ventura, regresar a Quitus al lado de tu madre? Estás fastidiado entre los nuestros? habla, Atabalipa, habla; sabes cuánto te amo, i no podré negarte nada.

- Ciertamente, padre mio, que deseo volver al lado de mi madre; i que me fastidio sobremanera en este mar undoso que se llama Cuzco; como que no nací yo para ... para habitar aquí; pero no se trataba de eso: mi capricho era algo mas pueril.

- Habla, hijo mio; Atabalipa, habla ¿Que quieres? dijo Huayna Capac con ternura mas que paternal.

- Una vez que lo exijes, lo diré. Aunque nacido en un pueblo tan apartado de este, como distinto en costumbres, aplaudo la fiesta del huaraco por lo que tiene de marcial; i en tal virtud, tuve el capricho de solicitar el que me dejases presentar en ella como competidor.

- Has hecho bien en abandonar ese capricho, porque era irrealizable.

Un rayo que hubiera caido a los piés de Atabalipa, no le habría sorprendido tanto como la respuesta de Huayna Capac; pues esperaba que, con el jiro que desde un principio le había dado a la cuestion, triunfaría en ella, haciendo que fuera su padre mismo el que le instase para que se presentara en el huaraco, por medio de un cambio de situaciones injeniosamente combinado. Por lo que no pudo ménos de confundirse con el sesgo imprevisto que estaba tomando su plan.

Empero, como hombre que no se daba por derrotado a la primera escaramuza, Atabalipa pensó que lo mejor seria tomar la iniciativa, diciendo:

- Es lástima que no se pueda, porque yo deseaba dar con mi presencia como lidiador en el huaraco, mayor solemnidad a la fiesta, i una prueba mas de la profunda adhesion que profeso a mi hermano el auqui.

Al hablar de Huascar, Atabalipa se inclinó reverente.

- Si, es lástima; pero tú no ignoras que las leyes de Tavantinsuyu solo dan este privilejio a los hijos de Coya, i a los de los ñusticuna al terminar su educacion.

- Por lo mismo que no lo ignoraba, era que había resuelto solicitar de tí semejante distincion.

- Pídeme otra cosa, Atabalipa, que no sabré decir que no; pero esa, te repito, es imposible. No se me escapa que, al pretender esto, no tienes en mira sino dar pábulo a tus instintos guerreros, i lo que dices con relacion a tu buen hermano Huascar; pero bien ves que no debo ser yo el primero en violar los usos i costumbres de Tavantinsuyu.

- Pero olvidas que yo tambien soi tu hijo; aunque tu hijo desgraciado, el desprecio de todos!

- Atabalipa!

- Si, Inca, yo no soi para los de aquí mas que el bastardo, el estranjero; i cuando contaba con oponer a sus burlas i sarcasmos el muro inespugnable de tu cariño, me encuentro con que él tambien me falta; siendo así que en vez de exaltarme, ayudas a deprimirme.

- Atabalipa, qué estás, diciendo?

- La verdad, señor.

- La verdad? Hubo jamas padre mas amante, amigo mas fiel que yo, para ti?

- Padre amante i amigo fiel, Cuyas bondades nunca han salvado los lindes del corazon; i que por lo tanto, son un secreto para mis humilladores, que a buen seguro no cambiarán de conducta miéntras dure.

- Nómbralos, nómbralos, Atabalipa i juro que escarmentarán.

- Nombrarlos! es tarea interminable.

- Tantos son?

- Todos los habitantes del país.

- Exajeras!

- Ah! si, exajero, repuso Atabalipa con amargura.

- Pero no te aflijas, hijo mio, que aun existo.

- I si existiendo tú, sufro tanto ¿qué será cuando no existas? Por Pachacamac, como tú dirias, padre mio, que me saques de la postracion en que estoi sumido; que me hagas valer algo a los ojos de tu pueblo: recuerda que soi el hijo de Scyri Paccha, a quien tú has amado tanto.

- I qué quieres que haga?

- Que me exhibas a los de Tavantinsuyu como un hombre capaz de poder servir de algo en cualquiera circunstancia, i no como un miserable que para nada es útil.

- Así lo haré en adelanto para que no te quejes, Atabalipa, dijo Huayna Capac abrazando a su hijo con muestras de profunda ternura.

- Luego me presentaré en el huaraco? se adelantó a preguntar este con una voz tal, que parecía ahogada por la emocion.

- Preséntate donde quieras i has lo que quieras, mi Atabalipa, respondiole el Inca con amor -

Atabalipa besó con efusion la mano de su padre, i esclamó en voz baja:

- Vaya! como que no es del todo absurda la máxima de Quizquiz.

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