EL COLERA
Estamos en el seno de una floresta desconocida, o, para hablar
con más propiedad, en una de esas junqueras de la India que se
estienden, en plano hoiizontal, hasta donde alcanza la vista.
El suelo fangoso de esas junqueras es una tumba para el que ose
pisarlo, i la nudeza es en ellas tan grande, que oculta a los
tigres i llega casi hasta el lomo de los elefantes. Meterse, pues,
en ella, es ahogarse. Grupos de bambús, antiguos corno el inundo,
ocupando centenares de leguas, impenetrables hasta para los
reptiles, i de más de cincuenta piés de elevacion, se destacan acá
i allá, como otros tántos oasis del herboso desierto pero esos
oasis no tienen agua; ni brisas, ni aves, i son medrosos corno las
selvas malditas.
Vapores flotantes en forma de sábanas o de espirales tenues --
remedo de humos de escondidas i rústicas cabañas, pero, en verdad,
efluvios deletéreos, arrancados por los rayos del sol a aquel suelo
húmedo, pútrido i
lleno de despojos animales i vejetales marcan los cenagales, i
sirven de norte a las fieras, que buscan el agua o el fresco
durante los ardores del mediodía.
Infinidad de huesos de cocodrilo, de chacales i de aves - blancos i secos en menor número, negruzcos í podridos en número mayor - colmillos de elefante i esqueletos enormes de boas; huellas de tigre, cerdas de búfalo (tintas de sangre) e infinidad de cuervos volando i revolando sobre finjidas i concéntricas órbitas; hilitos malsanos ahullido terrinos; estertores, ruidos, tropeles; todo dice que se está en un país de combates de muerte, donde impera la fuerza animal, i donde es lei la de destruccion.
El Ganjes, pie recorro la rejion de que hablamos de noroeste a
sudaste, i que la fecundiza en un trayecto de mis de mil
kilometros, aunque mui cercano, no es oído ni visto. Tampoco
alcanza a ser divisado el Imaus, hoy Imalaya o "mansion de las
nieves," críjen de ese rio, cuyo ápice, llamado Chaina-
- de 9,000 metros de altura - es tambien el ápice del globo. Hácia
esta parte de la gran península, están Delhi i Agrah; pero no se ve
nada., en torno de la escena, que revele la presencia mediata ni
inmediata del hombre.
Delhi, morada de Indra, ciudad en otro tiempo, de dos millones de
habitantes, i hasta 1858 residencia del heredero nominal del Gran
Mogol rica en soberbios edificios, i tomada i pifiada por Tamerlan,
no es, una simple dependencia de Calcuta, de la cual dista 260
leguas, como dista 36 de Agrah. Esta, que fue tambien, alguna vez,
capital del imperio mogolito, i una de las ciudades
más hermosas i opulentas del universo, no es hoi sino un monton
de ruinas.
En el corazon de aquel juncal sin término, al pié de un árbol,
junto a un arroyo i bajo un improvisado cobertizo, se habian
detenido dos personas, al parecer de tránsito por aquellos
terribles lugares. Esas dos personas eran una mujer i un hombre.
¿Qué los habia hecho parar? Era el cansancio? Era el peligro? Nó
los detenia la enfermedad.
Esas dos personas venian siguiendo, aguas arriba, el curso del
Ganjes ; pero habian tenido que saltar a tierra i que internarse en
el bosque, donde la una cuidaba de la otra, quien habia enfermado
súbitamente.
-Saltemos a tierra, habia dicho el hombre. Siento el cuerpo frio,
pierdo el pulso, sudo i va a venirme el vómito.
-Estabas sano, hace poco.
-Sí, lo estaba; pero yo no lo estoi: tengo el cólera.
-El cólera?
-Vamos! a prisa dentro de una llora seria tarde, i no quiero morir
aquí. El Gaujes no es para mí sino un rio como cualquiera
otro.
Miéntras desembarcaban de su balsa, la que ataron a un tronco, i
miéntras buscaban el sitio en que se hallaban ahora i la mujer
construia el cobertizo, el hombre habia dicho:
-Me pondrás en el rancho i me sangrarás, siempre que el pulso
tenga aúu alguna fuerza: si no, nó; i ménos aún, si yá hubieren
aparecido los calambres. En ese estado, una gota de sangre que me
sacáras, no causaria la muerte. Tratarás de arroparme bien, porque
senti un frio insufrible, i combatirás
los calambres con fricciones duras i constantes, pero siempre sin
descobijarme. . . . Si la sangría me sienta bien, me darás dos
granos de opio (debiera ir mezclado con calomel pero no lo
tenemos), i de cuándo en cuándo un poco de sal, mezclada con
aguardiente.
Si nada do eso me hiciere provecho, procára no dejarme sufrir, i
frotando continuamente, pues los calambres son mui dolorosos. Si
muero, como lo temo, no me arrojes al rio ni dejes mi cuerpo
abandonado, porque no quiero que me coman las fieras: haz un
esfuerzo, i sepúltame en la tierra.
El cielo te lo pagará… Quisiera decirte otras cosas ; pero
esperaré unos! momentos.
Tal vez me salve, i entónces…
Habia algo de cruel en aquella situacion.
La mujer estaba asustada en estremo; el hombre desfallecia por
momentos, i el dia empezaba aún.
Construido el cobertizo i sangrado el enfermo, segun el mismo lo
había indicado la mujer le preguntó?
-Te sientes mejor
-Nó: la enfermedad me ha atacado atacado la madrugada, ¡ esta
circunstancia es fatal.
De repente, sobrevino el vómito, i el enfermo tuvo movimientos
espasmódicos en los dedos de las manos i de los piés; por lo
cual
dijo:
Frótame! frótame los piés i las manos!
La mujer apartó imprudentemente la manta que cubria al hombre, i
los piés de éste, al simple, contacto del aire esterior, se
pusieron tan frios como si fueran de hielo.
-Qué haces, pues me hielo? dijo el hombre.
La mujer comprendió la falta que le habian hecho cometer el afan
i el terror de que estaba poseida, i arropó bién los piés del
enfermo. Era ya tarde.
En aquel momento apareció el dia, i la pobre criatura pudo
observar al paciente. Tenía éste la cara llena de manchas azules, i
las manos eran iguales a las de un esqueleto; espasmos empezaban a
perder su fuerza ; parecia sufrir del pecho; la piel se le habia
vuelto insensible, i ha evacuacion - era inodora. - habia sido tan
copiosa, que el infeliz estaba hundido en un charco lechoso, lo que
había sido un hombre, hacia dos horas, no quedaba yá mas que un
pellejo áspero (insensible hasta para los vejigatorios, el agua
hirviendo i los ácidos minerales mismos) i un monton de huesos, que
producian un sonido ronco i doloroso. La mujer lanzó un grito i se
cubrió la cara con ambas manos. Hjzo más: quiso huir.
-Nó, se dijo no permitiré que el miedo sea superior al deber.
Llenaré este hasta el fin.
Inclinándose, trató de buscar el pulso del enfermo. Fué en vano: el enfermo yá no tenia pulso, al ménos en las estremidades. La mujer le puso la mano en la frente ésta estaba fría i húmeda. Trató de examinarle lo ojos, pero éstos no tenian espresion; i lo hubiera creido muerto, si uno que otro estremecimiento, mui débiles a la verdad, no le hubiesen manifestado que vivia aún. Pocos momentos despues apareció el estertor, el cual duró mas de una hora, i por ultimo el enfermo dejó de existir. La mujer, que a veces lloraba i a veces oraba, no lo abandono un sólo instante.
La terrible emfermedad llamada cólera norbus es un secreto aún,
como lo es la elefantitis, para la medicina. Apareció por primera
vez - en los tiempos modernos - en 1817, en el delta del Ganjes, i
de ahí el que se le haya dado tambien el nombre de cólera
asiático.
Esta enfermedad, si no mata con prontitud del rayo, tiene, al
menos, la actividad del veneno. Esas tradiciones i aun los libros
indostanicos antiguos hablan de ella i le dan por causa la
fatalidad. En 1629 apareció entre el Indo í el Ganes, i en 1781 en
Ganjan pero la epidemia que ha dado la mas terrible celebridad
conocida a este azote funesto, fué la de 1838 a 1840.
Segun M. Moreau de Jonnés, distinguido observador i estadista, la
epidemia de que hablamos se orijinó en el distrito de Nnddea- delta
del Ganjes - de donde se esparció, en 1817, por todo el Indostan,
caminando a razon de un grado, tanto de latitud como de lonjitud,
por mes. En 1819 llegó a los territorios situados al Este del
Ganjes, i en 1820 entró en la China. En 1821 recorrió las islas de
Asia, desde las Filipinas hasta Mauricio, i fué a la Persia, a la
Arabia, a la Mesopotamia, a la Siria i a la Judea, i empezó a
amenazar la Europa. En 1822 entró en el imperio Otomano i avanzó
hasta Astracan, en Rusia. En 1830 llegó a Moscu, de donde pasó a
San Petersburgo, a Polonia i a Alemania. En 1831 pasó a la
Inglaterra, i de allí a la América del Norte, en 1832. En 1833
apareció en Paris, donde hizo estragos. En 1835 en España i en
Portugal; i en 1837 en Sicilia, en Nápoles i costas del
Mediterráneo. De la América del Norte, el cólera pasó.a la América
del Sur, pues se dice de él que no respeta zona, ni altas ni bajas
latitudes, climas ni temperaturas, aunque si esté sujeto a
modificado, pues, segun los lugares, como lo está segun los
individuos i los preservativos. Esto lo prueba el hecho de que en
donde hace los mayores estragos es en la India misma i en los
países adyacentes a ésta. En Bassora murieron 14,000 personas en
solo quince dias, i en Boshire murió una sesta parte de la
poblacion. Cachemira quedó despoblada, en tanto que Moscu no perdió
sino 4,000 individuos, i Lóndres un dos por ciento de sus
habitantes. Mas, ¿qué es el cólera? Hé ahí lo que los médicos no
han podido decirnos, ni por los síntomas de la enfermedad, ni por
el exámen de los cadáveres.
Eran las once de la mañana cuando espiró el enfermo. La mujer lo
despojó del vestido que tenía puesto, lo lavó i enjugó. observando,
con asombro, que el cadáver estaba acardenalado, que el pellejo de
las manos i de los piés se habi arrugado en estremo, que las uñas
se le habian puesto azules, i que se le habian crispado los dedos ;
pero que no despedia ningun mal olor, ni presentaba síntomas de
pronta descomposicion.
Lavado i enjugado el cadáver, la pobre mujer lo secó i envolvió en
una manta, le peinó la barba i los cabellos, i lo perfumó con
hierbas aromáticas, las que buscó i supo hallar en la selva, hasta
ahi todo iba bien; mas ¿que hacer para darlo sepultura?
La mujer no tenia instrumento ninguno apropósito, i ademas le
hubiera sido difícil abrir una fosa, pues era persona jóven,
delicada, i estaba en un estado de angustia que. la imposibilitaba
pura todo. En lo que habia hecho.
habia escedido a sí misma.
Volvió, pues a sentarse junto al muerto como se habia sentado junto
al enfermo, ocultando el rostro entre sus manos, permaneció así
todo el resto del dia i toda la noche que siguió a éste,
suspirando, jimiendo, i esclamando de tiempo en tiempo.
-Cuán desgraciada soi! Cuán amarga ha sido mi vida! ¿Qué haré para
cumplir con su última voluntad?. . . Abandonarlo, seria tanto como
entregarlo a los chacales. Llevarlo no puede ser... No puedo hacer
otra cosa sino quemarlo Está bien, lo quemaré al venir el
dia.
La noche fué larga i triste; pero al fin salio el sol, i como la
mujer habia tomado partido, preparó una hoguera, le puso fuego i
quemo en ella el cadáver del hombre.
El muerto desconocido era Zafré, i la mujer desconocida era Imina, la cual al volver a la balsa, habia arrojado al rio canastillos de las serpiente, las serpientes, el tamboril.
Aquélla era la jrimera sonrisa de Imina.
Seria tambien la ultima?
Hé aquí lo que habia pasado.
Los antídotos suministrados a la mujer del encantador por el
jayanes, habian sido eficaces, por lo que pronto estuvo aquélla
fuera de peligro, contra lOS intereses del Sabio, quien de ese
modo, cuando lo supiera, iba a perder sus ilusiones respecto de la
fuerza supernatural del úpas. Una vez la isleña fuera de peligro,
tanto el jayanes como Zafré pensaron en la imprudencia que habian
cometido dejando sin recojer los cuerpos del mono, del raton i del
gato, pues eso podia esponerlos a un grande accidente en un país en
donde los animales son tenidos por séres sagrados. Fueron pues en
su busca, casi con la misma premura con que habian ido el Sabio i
Ayax; i como no los hallaron, dedujeron que habian sido
descubiertos i denunciados i que iba a venir sobre ellos la colera
de los bramanes. La cosa ola tanto mas probable, cuanto
esperimentos habian tenido lugar hácia la parte de Calcuta llamada
la ciudad negra, centro de los habitantes indjenas, cuyos ojos
celosos i escudriñadores no habrian dejado cometer, sin
descubrirlo, un atentado semejante. Volvieron, pues, a donde Imina,
quien fué de concepto que se mantuvieran todos ocultos hasta bien
entrada la noche, hora en la cual iria Zafré a participar al Sabio
sus temores. Así se hizo; pero al rato no más volvió Zafre, a la
cabaña, a avisar que el Sabio i su compañero habian salido de
Calcuta precipitadamente i sin decir hácia dónde iban. Esto
confirmó, en todas sus partes, los temores i las angustias de
aquellas jentes: era claro que los europeos huian porque habian
sido descubiertos, i quedó resuelto que también huiria ellos en el
momento mismo.
Recojido su corto equipaje, el mascareño fue a buscar un punto
solitario del rio, apropósito para construir una balsa. El jayanes,
por su parte, manifestó que tenia un sitio seguro en donde
ocultarse por algun tiempo.
En la huida va, dijo Imina a su con las lágrimas en los ojos
-Zafré, ¿a dónde vamos?
-A Cachemira.
-Tan léjos?
-No es mucho. Ademas, Cachemira es la ciudad de la felicidad; i es
yá tiempo de que pensemos en ser felices.
Los dos encantadores se embarcaron en
Ganjes dos dias despues. Lo demas lo sabe el lector.
FIN DE LA PARTE PRIMERA
