-Pues qué! ¿os servís de los elefantes para cojer a los elefantes?.
-Ciertamente; o mejor Ios, que los cojen.
-Ah! ah!
-Prónto vais a persuadiros de que a lo elefantes no les falta más sino la palabra aunque yo pienso que sí la tienen,-solo que…
-Concluid!
-Que no hacen uso de ella, por ser mucho su juicio i su prudencia.
Sir Ronald se rió.
-Mirad, continuó el cornac los elefantes son orgullosos, ambiciosos, agradecidos i dóciles. A las buenas, se dejan gobernar por un niño; i cuando estan en presencia de un superior, saludan con la trompa o doblando una rodilla. Cuando tienen pereza o están de mal humor, basta hacerles algunas reflexiones i se ponen a trabajar con gusto.
Las conversaciones del cornac con Sir Ronald sobre la intelijencia de los elefantes, impresionaron a éste algun tánto, i en la primer parada que hicieron, consultó si biblioteca portátil sobre el particular; i en la obra de Armandi, titulada "Historia militar de los elefantes, desde la antigüedad mas remota hasta la invencion de las armas de fuego," se impuso con sumo placer de lo siguiente
Que en las guerras de Alejandro con Darío empezaron a figurar los elefantes como elemento o fuerza de combate, aunque debe suponerse que su aplicacion a la guerra fué más antigua, en la India. Con efecto,  en Arbola hubo 15. Los sucesores de Alejandro los emplearon despues hasta la caída del imperio romano, prefiriendo los asiáticos para la guerra i los africanos para los espectáculos.
Pirro fué el primer soldado que llevó elefantes a Europa. En la batalla de Túnez los
romanos cojieron prisioneros 104 elefantes.
Aníbal tenia 37 cuando pasó el Ródano; despues de Cannas los cartajineses le enviaron 40. Este mismo Jeneral tenia 80 en Zaina.
César cojió en Tapso 64, o sea una falange entera.


El oficio de los elefantes en la guerra, era desordenar las fijas enemigas i hacer estragos en ellas; lo que conseguian a veces, i a veces nó. La intrepidez del caballo vacilaba, por lo comun, ante el elefante. Dirijian a estos sendos conductores, montados en su nuca i armados de una varilla de hierro. El anima! iba ricamente vestido, con casco i coraza, i llevando en su lomo una torre, con cuatro o seis soldados escojidos. Tambien solian pintarles el cuerpo de brillantes colores.
Segun Eliano, a los elefantes guerreros se les daba la siguiente organización: media sección, dos elefantes ; seccion entera, ocho; doble seccion, diez , média falanfe, treinta i entera, sesenta cuatro.
Lo que leyó sir Ronald en la obra de Armandi, fué que hoi no se emplean los elefantes en Asia sino para conducir armas, tiendas, municiones, víveres, equipajes, i las servidumbres de los jefes i de los oficiales.

En la isla de Ceilan hai, por millares, historias de elefantes guerreros, dignas de la epopeya.
Jaquemont, viajero frances, encontró en 1831, en Bengala, a lord Bentinck, gobernador jeneral de la India, que iba de visita con un equipaje de 1,300 camellos, 800 carros i 103 elefantes,
¿Qué sucederia si la Emperatriz dias visitase sus colonias de Asia?
i Asia i  Africa mui difícil dar pronto con los parajes en donde habitan los elefantes, pero no, así en Ceilan, de donde, se cree, son originarios. En esta isla abundan mucho, por lo que los cazadores se dirijen, indistintamente, a cualquier bosque, seguros de hallarlos. Llegados al sitio escojido, Sir Ronald vió que rodeaban ese sitio, en una etension de más de ocho leguas, cerca de tres mil cingaleses, quienes llevaban hogueras portátiles, las que colocaban de bien en
metros, e iban aproximando a medida iban estrechando el campo de la batida. Como los elefantes tienen mucho miedo i fuego, fuéronse agrupando poco a poco, hasta que al cabo de dos o tres dias se les pudo arrinconar completamente hácia unas fuertes palizadas, en forma de embudo, que eran la trampa que se habia preparado para cojerlos. Una vez allí, los más osados de ellos, que riendo escapar, ganaron el cuello del embudo; mas como éste era tan angosto que les permitia volver hácia atras ni moverse en la zaga, fué cerrada la puerta de la trampa (que se componia de dos vigas mui fuertes), i se hizo caminar mas desconfiados, aproximando, a uno i a otro costados, hogueras portátiles. En seguida se les separé  medio de vigas enormes, de modo que quedaron aprisionados como con otros tantos torile8, i se procedió atarlos a los piés i las manos al cuello, con fuertes maromas de
mimbre.
En este estado, los elefantes empezaron a enfurecerse, pero fueron impotentes; pues aunque la trompa les quedaba libre, los cazadores se la herían con sus garrochas. Sucedió sí que alguno cayó o so echó voluntariamente en el callejon, ¡como es posible levantarlo, hubo que matarlo i que sacarlo en piezas, lo que fué hecho con gran disgusto de los cazadores, quienes, aunque  se comen con deleite la trompa i las patas del animal, no los cazan para comérselos, sino para servirse de su estraordinaria fuerza.
Llegado el momento do sacar a los elefantes de la trampa, se trajeron dos de los mansos, de una corpulencia proporcionada a la de cada cautivo, i a sus collares suavemente uno de éstos, despues de colocarlo a uno i a otro lado o la puerta del toril. Hecho eso, abrieron los cazadores la puerta, i el elefante cautivo se lanzó al campo, mira escaparse, con la violencia i la fuerza, espantaba ; pero sin poder hacer nada, que los elefantes mansos lo sostuvieron con dos postes inconmovibles.
Durante la terrible lucha, dos naires montaron las dos bestias mansas, para acostar las maromas i hacer entrara la bestia brava entre los cuerpos de aquéllas. En esta operación la presa recibió, por ambos costados, terribles trompazos, dados por aquellas, hasta que el cansancio, o, mejor dicho, el convencimiento de su impotencia, hizo que el cautivo se entregase, resignando, a sus verdugos.

El elefante es un animal gregario, hasta el punto de que los pequeñuelos, aunque conocen  a sus madres i éstas los conocen a ellos, maman indistintamente de todas las hembras, i éstas los reciben i acarician como si fueran sus propios hijos.
En el estado doméstico, los elefantes estan sujetos a una especie de frenesí, el cual les acomete todos los años, i es tan violento, que no respetan nada, llegando hasta matar a sus mismos guardianes. Por fortuna, la aproximacion de este acceso es conocida por una especie de aceite que les corre por las mejillas. i entónces sus dueños los amarran i sujetan por algunos dias. Las hembras no padece de esta enfermedad. En 1827 hubo que matar en Lóndres un hermoso elefante, al que acometió el furor de improviso, i como no hubo modo de contenerlo, se llamó un piquete de soldados, el cual logró acabar con él, despues de haberle metido más de doscientas balas en el cuerpo, disparándole a veinte varas de distancia.
La cacería que presenciaba Sir Ronald era una batida en grande, pues para cojer  un par de elefantes no emplean lo cingaleses, hoi en dia, ningun aparato. Les basta salir al campo con dos o tres elefantes cazadores: éstos atacan i cojen sólos i directamente a los elefantes bravíos. Para eso, se les arriman como amigos, i tomándoles, entre dos, trompas i los colmillos, i sujetándolos con sus cuerpos, los rinden hasta el punto de que el azador, sin peligro alguno, les sujeta la patas con unas fuertes manotas de hierro.
Los elefantes cazadores gozan mucho cuando se les lleva al bosque a cojer a los elefantes bravíos; i aunque todos se entristecen en la vida doméstica, no hai ejemplo de que ninguno de los yá amansados se vuelva a las junqueras. Esto hace que se les deje en completa libertad un mes despues de cojidos.
Sir Ronald fué presentado por el cornac a los jefes de la batida, a los cuales compró, pagándolo muí bien desde luego, un elefante gris. Ajustado el trato, sir Ronald preguntó al jefe principal qué debia hacer para obtener el elefante rojo. Este le contestó
-En cuanto a eso, creo que padeceis un error. Por mucho tiempo se creyó en la existencia del elefante rojo, por haber sido vistos algunos en las partes limpias de las costas pero despues se vino en la cuenta de que ese color no era el de su piel, sino el de cierta arena en que gustaban revolcarse.
Sir Ronald quedó como aturdido con esta respuesta; i cuando yá pudo hablar, murrnuró:
- I el elefante negro, negro absoluto?
-No existe, señor.
Este segundo golpe estuvo a punto de acabar con él.
-El blanco mismo, continué el cazador, que es el más intelijente de todos, casi no se halla sino en Siam, país de la Indo-China, en donde se le venera como a un dios.
-I el amarillo? el amarillo de oro? preguntó, casi ahogado, Sir Ronald.
-El amarillo! esclamaron a úna los cazadores.


-Si, el amarillo naranjado, o siquiera el amarillo caña.
-Esos son sueños, señor.
Sir Ronald cayó en un profundo abatimiento.
-Consolaos, señor, le dijo el jefe, con el hermoso animal que os he vendido. Es, tal vez, el mejor de los de Ceilan, i se puede conversar con él, mejor que con cualquiera otro.
-Conversar? preguntó sir Ronald, como despertando.
-Vais a verlo.
El cazador se volvió hácia donde estaba el
elefante en cuestion, i le dijo:
-Zula, álza tu trompa, cóje aquella flor de aquel árbol, i preséntala al señor, quien es yá tu amo.
El animal hizo lo que se le decia.
-Zula, volvió a decir el cazador, tóma con la trompa al señor i ponlo sobre tu cuello.
El elefante no obedeció.
-Ah no lo haces porque no lo conoces. Sinembargo, él es yá tu amo, i por su órden, i haces lo que te digo, voi a darte un pan mojado en azúcar de palmera.  


 Zula tomó en el acto a sir Ronald con su trompa, i lo puso suavemente sobre su cuello. Un momento despues lo volvió a poner en tierra, i estiró la trompa para recibir la torta prometida. Esta le fué entregada, i Zula la comió con voluptuosidad. Sir Ronald quedo convencido.

Aquí en la isla podeis ver que son los ayos de los niños de las familias ricas, i a quienes, cuando los sacan a paseo, obsequian con las floresi con las frutas que hallan a su paso. Tambien cojen las mariposas o los pajaritos que los niños les piden; i si hai algun peligro, los meten a todos entre sus patas delanteras i los escudan con su pecho.

En esta actitud se les ha visto luchar contra tigres i leones, despedazarlos, defendiendo a a debiles criaturas que tienen a su cuidado.


-Tambien defienden los ganados, la casa i los criados de su amo, i ¡ai de los que los molesten o se acerquen a ellos contra su voluntad! Aman mucho todo lo que es de la familia a la cual pertenecen.
-I tambien aborrecen, aunque no son malos. Cuando antipatizan con alguna persona, cojen agua sucia en lo pantanos i la barjan de pies a cabeza, o la suspenden en el aire, o le quitan lo que lleva consigo.
-I adoran al sol.
-Lo creeis?
-Uno cree siempre lo que ha visto. Todos los dias, al salir el sol, los elefantes que n están en cautividad, i hasta algunos de éstos - siempre que no están en marcha o entregados a alguha faena- se ponen do rodillas, i con la trompa envuelta en sus colmillos, permanecen largo rato en extasi o en oracion.
Es demasiado esclamó Sir Ronald;  como habia terminado y la cacería, pidió permiso a lo cazadores para volverse Candi.
La no existencia del elefante rojo le habia quitado la mitad de su entusiasmo, al par que todas sus ilusiones.
Ocho dias despues, se embarcó para Calcuta, en donde debia reunirse con su hijo Ayax, i en donde pensaba hacer una larga visita al dr. Wise, el mejor i el más antiguo do sus amigos.
 

"Los destrozos causados por los elefantes Salvajes eran todavía mi mayor escala; i el esterminio de estos animales fué uno de los deberes más importantes do los oficiales ingleses. Tigres, leopardos i lobos devoraban res i ganados. Pero los elefantes salvajes que andaban en manadas, eran irresistibles. Arrojaban al aire los tejados, derribaban las paredes, i cuando pasaban por una aldea, la pisoteaban i destruian como si fuera un edificio de arena, fabricado por algun niño. Solo en dos parroquias, durante los ultimos años de la dominacion nativa, fueron arruinadas cincuenta i seis aldeas, junto con sus tierras de labranza: todas desaparecieron i se convirtieron en campos incultos, debido a las devastaciones de los elefantes bravíos. Otra relacion oficial dice cine en el distrito de Burunrenta. aldeas, en donde se tenian ferias, fueron abandonadas por la misma causa. En los tributos sobre las tierras s hicieron muchas reducciones ; i la Compañía de las Indias Orientales tuvo que pedir prestados, a los Virreyes del país, elefantes domesticados, con el objeto de cazar a los que andaban errantes. 'Tengo una prueba ocular de sus destrozos,' escribía en 1791 un oficial inglés. 'Los pobres i medrosos nativos cuelgan su hamaca en un árbol, a donde se retiran cuando los elefantes se acercan ; i desde ahi contemplan, silenciosamente, la destruccion de sus cabañas i de los productos de su trabajo.' 'Una noche.' dice un agrimensor inglés, 'bien que tuviese apostado un centinela, observé que los hombres de la aldea cercana a mi tienda subian a los árboles, i que las mujeres se ocultaban entre el ganado, dejando sus chozas presa de los elefantes, porque se temia que éstos llegasen. Pos noches ántes, uno de aquellos animales habia destechado una casa, i se habia comido todos los granos que poseia una pobre familia.' 'Pero por fortuna para los habitantes del país,' dice el más notable de los cazadores de elefantes, ' éstos se deleitan en los más apartados lugares de las montaña si prefirieran la llanura, el reino entero correria peligro de ser devastado.
"Todo esto ha cambiado. Uno de los motivos de queja que tiene hoi un inglés en la India, es la dificultad de poder cazar un tigre. Lobos, apénas hai, i el antiguo leon de la India ha desaparecido. El elefante salvaje es tan raro, que yá goza de la proteccion del Gobierno; i en la mayor parte del territorio no puede ser cazado sin especial licencia o bajo la vijilancia de la autoridad. Varios distritos han pedido que no se permita la caza en toda razón, a fin de preservar los elefantes, junto con los animales que sirven para el alimento. El único animal que ha desafiado i resistido a la enerjía del oficial británico, es la culebra. Podemos, sinembargo, calcular la pérdida de vidas causada por los animales dañinos en la última centuria, tomando en cuenta las muertes que, orijinadas de las mordeduras de culebra, hoi acaecen, i que son las mui numerosas. En el año 1875, de las 21,391 personas que fueron víctimas de los animales feroces, aparece que 17,000 dejaron de existir a consecuencia de mordeduras de culebras. No será, pues, aventurado suponer que en el siglo pasado perecerian anualmente 150,000 personas por causa de los animales bravíos.

Comentarios (0) | Comente | Comparta