El holgorio causaba frenesí. Empero, había almas tristes. Al poner a las ocho de la noche -noche por cierto oscura- mi planta en mi viva, vi allí a mi ordenanza como ajeno a todo lo que pasaba. Aquel retraimiento y aquel natural extraños en un soldado no eran, como se ha visto, el distintivo que le hubiese caracterizado en el curso de la campaña. No, como sus camaradas, había tenido sus transiciones: primero compasivo, después indiferente, y más tarde duro e inflexible hasta la crueldad; pero desde que murió su hermano, se efectuó un cambio radical en su alma. La sangre y el exterminio le atormentaban, y la tristeza lo dominó sin que fueran parte a distraerle los más extraordinarios regocijos. No obstante, al hallarle así aquella noche, no pude menos que decirle:

- ¡Ola! ¿Por qué no estás haciendo fiestas? ¿Por qué no cantas?

- Pero, Coronel ¿cómo quiere Usté que yo te alegre y que cante?

- ¡Cómo! ¿no te alegra el saber que vamos a volver a nuestros hogares?

- ¡Sí me alegra, Coronel ¿pero qué es lo que yo le voy a decir a mi madre cuando me pregunte por José?

Tenía razón el desgraciado para que yo le pudiera distraer. Vi que su rostro se contraía y que volviéndose a un lado como para que no lo notara, se pasaba la manga de su brazo por sobre sus ojos para enjuagar dos lágrimas. Esa sencilla escena me conmovió hondamente.
- ¡Retírate a reposar -le dije.

El desdichado salió, más cuando yo volvía la espalda, oí una voz que me hizo detener, y pude ver que mi ordenanza hacía lo mismo.

Era el canto de un costeño hecho prisionero la víspera. Era su voz tan dulce y su acento tan sentido, que toda la tropa, enternecida, le prestó atención. Decía así:

A la guerra tooj marchan

Manque sea sin voluntá……

Maj de ajá muy pócoj vuelven

De ésoj múchoj que aiá van.

Al concluir esta rima melancólica, Esteban lanzó un sollozo.

- ¡Vaye! ¡vaye! Le oí decir. ¿Pa qué carazos harán las guerras?

El costeño continuó:

Ya volvémoj -digcen tooj-

Ya volvémoj de guerriá……

¡Nuéstraj mádrej trígtej bucan

Sin podegno zancontrá!

Y al mirá que no tuitícoj

Loj que juígmoj han hallá,

¡Como ioran, pobrecígtaj!

Cómo ioran sin sesaá!

Aquí cortó el canto.

- ¿Ese también lo van a fusilar? Preguntó Esteban.

- ¡Quién sabe! Respondí.

- ¡Ay! ¡pobres madres! Exclamó, y ahogando un suspiro, se retiró a dormir.

Comentarios (0) | Comente | Comparta