Se cavó en la vera del sendero una fosa para aquel desgraciado, y se continuó al marcha en medio de un día frío y brumoso. Por la noche acampamos en el Fresno, donde otro enfermo feneció. La tropa se abasteció de víveres allí, y al siguiente día continuamos, casi en las mismas condiciones que la víspera, hasta llegar a acampar en Los Sauces; al tercero dormimos en El Zancudo; al cuarto trasmontamos una gran parte de La Cordillera Central, y al quinto, al son de una diana marcial, pudimos ver dibujadas como palomas que el día sorprende en nidos de esmeralda, las blanquecinas cabañas diseminadas caprichosamente por sotos y collados, y acá, cual un santuario de pórticos ondulantes , esta ciudad querida que tantos recuerdos nos merecía. Un viva resonó entonces de todos los pechos, un viva hondo y frenético como una alegría maternal. Los mismos enfermos pareció crearan fuerzas desconocidas, y brilló por relámpagos la alegría en sus ojos.

Nos deleitamos contemplando los soberbios paisajes que a la vista se ofrecían: El Ruiz, el Tolima, el Santa Isabel, con su cimera de nieves queriendo como confundirse con el cielo, sus costados regados por luces como de oro, el azul de las colinas lejanas descomponiéndose en grasas hermosísimas, de el enlazamiento de esos ramajes gigantescos montañas que ya parecen prontas a correr al precipicio y ya arrogantes hasta desafiar a las nubes, el serpenteo luminoso que como una cinta de mercurio forman los torrentes al arrastrarse, la imponente actitud de los árboles remeciendo suavemente sus ramajes en donde se desprenden constantemente inmensas bandadas de torcaces en peregrinación al espacio, las bramantes vacadas y ovejas que nos recuerdan las que arreábamos cuando éramos niños , diseminadas en los pastares como blanquísimas motas de lino, todo, todo arrebataba nuestra fantasía.

En el momento gentes y más gentes fueron apareciendo a nuestro encuentro. Unas saludaban a éste, otras al de más allá, y otras, como taciturnas, nos contemplaban desde la orilla del camino.

La marcha continuaba, mil mujeres del pueblo ¡benditas ellas! Corrían con sus cestas a ofrecernos, radiantes de gozo, aquellas dulces comidas antioqueñas y a traernos noticia de que allí, a pocos pasos, nuestros pasos, nuestros padres, más ancianos que ellas para poder avanzar, nos esperaban llenos de regocijo.

Así sucedía, pero como aquello que dice el poeta:

Siempre el dolor con el pesar unido……….tiene lugar en todas partes y en todos los tiempos, principiaron a efectuarse escenas desgarradoras.

La primera fue la de mi ordenanza.

- Esteban -le dije señalando hacia el Carretero- ¡mira qué tan hermoso se ha tornado aquel sauce que estaba tan chico cuando partimos! Pero el pobre negro no pudo contestar. Me miró con ojos henchidos de lágrimas y volvió a bajar su cabeza.

- ¿No te parece? Le dije ya todo desconcertado.

Miró de nuevo al punto indicado, y exclamó:

-¡Ah, sí! ¡es el mismo…….! ¡allí nos despedíamos nosotros de ella -proseguía como hablándose en un sueño- allí nos dio su bendición!

- ¡Quien grito delirante!

- ¡aquella! y se lanzo como un epiléptico en brazos de una pobre negra, que no era otra que le había llevado en sus entrañas.

- ¿Y José? Exclamó esta delirante.

La mirada que el infeliz le dio fue tan profunda y decidora, que no tuvo más que agregar que un abrazo en el cual sus almas se confundieron como en un mismo gozo y en un mismo dolor.

Tras esta, un sinnúmero nos asediaron. Allí oíamos exclamar a un adolescente:

-¿Conque es cierto que mi hermano, mi dulce hermano ya no viene?

Allá era una pobre muchacha, de ojos tiernos y melancólicos, de labios en que la pureza de su alma corría en húmeda procesión de encantos angelicales, y de cabellos rubios como un campo de resplandores, que gritaba a cada uno de nosotros:

-¡Señor, señor ¿U, no sabe si mi padre viene también?

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