CAPITULO XIII
Una parada militar de algunas horas en la Plaza de Bolívar, se sucedió. La voz de algunos oradores se dejo oír efusiva y gallarda al encontrar nuestras hazañas y como antes, los vivas estentóreos resonaron al aclamarnos salvadores de Patria y de la Constitución. Empero ¿ aquello que me importaba a mi?. Sentía que el mismo sudor frió de antes me iba poseyendo, que un temblor desconocido sacudía hasta allí tan resistente y que en la vista se efectuaba un cambio repentino y desgraciado. Experimente un vértigo terrible, mi rostro se demudo, y casi sin fuerza me incliné sobre mi caballería, y así, desfalleciente, espere hasta el fin de la parada. De allí, seguido por algunos camaradas y por mi propio padre quien anhelo febril había venido a abrazarme, fui conducido a mi hogar.
Después ¿Qué pasó?. Un fuerte dolor de cabeza golpeó crudamente sobre mis sienes, la sangre brotó en raudal copioso por mis narices, las pulsaciones se hicieron violentas, los oído se afectaron, la sed pareció ahogarme y los mas fuertes accesos de tos vinieron a confirmar la presencia cierta de la fiebre tifoidea; y a que seguir describiendo los periodos de una enfermedad ¿que sin duda a nadie habrán de importar? Baste saber que a los 15 días de mi mal había quebrado en mucho y que los diagnósticos que sobre el se hacían eran todos favorables. Pero ya en este periodo pude darme cuenta precisa de una cosa que para mi revestía importancia capital; y era que en el rostro de mis padres sorprendía algo que yo nunca había llegado a ver. ¿Era a caso la huella de tristeza producida por mi enfermedad? ó ¿Qué era? En el momento me di cuenta de otra cosa que me mortificó más que la primera. ¿Qué había sido de Inés? ¿Cómo preguntarlo? ¿Quién me lo había de decir? Todas estas interrogaciones se revolvieron en un instante dentro de mi alma, y sentí horro, y en medio de esa lucha pavorosa resolví aventurarlo todo en una pregunta, lanzada a mi madre con mano cariñosa ponía sobre mis labios un cordial cuyos efectos por cierto conocía:
-Dime, madre ¿Qué fue de Inés?
La dulce anciana, al oír ese nombre así lanzado de manera tan intempestiva, palideció bruscamente, quiso como contestar se llevó su delantal a sus ojos y dejo escurrir una lagrima que como gota de fuego surco sus mejillas desangradas.
Los temores, las dudas, los locos deseos hirieron como puñales que se aúnan lo más hondo de mi vida, y en ímpetu salvaje quise ponerme en pie y salir, correr y llegar a la casa de Inés y saber…. Saber todo lo que necesitaba saber, pero el esfuerzo fue inútil, mi deseo se frustro y mi madre, lanzando un gemido, ahogo una amarga vociferación que palpitaba violenta dentro de mi alma.
En estas entró el facultativo que me medicinaba, y yo, estático, mudo, sombrío, ni supe lo que me preguntó, ni supe lo que dije, si supe lo que pronostico. Solo supe que mi madre se retiró azorada al oír mis palabras, que tuvo miedo como si yo fuese a lanzar una maldición, y que de entonces para acá, durante mi enfermedad, fue para conmigo más solícita, mas conmovedoramente tierna, pero también más silenciosa, más hondadamente indescifrable en su mutismo. ¿Por qué?
