Di con el de Inés, un pequeño cuadro fotográfico. Si ella era. Allí no estaba con sus cabellos sueltos como cuando la vi por primera vez, pero en todo lo demás era la misma. Que rostro tan dulce, no era una figura oriental despertadora de pasantes, arrasadora de purezas, por el contrario era una concreción de castidades. Mi imaginación la vio allí al natural. Sus ojos negros, muy negros, tenían toda la ternura, todo el encanto de la mirada de un niño; su frente era blanca, ligeramente espaciosa pero tersa como un copo de seda; sus cejas abundantes y delineadas con una perfección admirable; su nariz no muy prominente, pero de ventanas proporcionadas a su tamaño y de perfiles demasiado delicados, su boca no muy grandes y sus labios teñidos de un vivo color rosa; sus diente blanquecinos y sin la menor imperfección en su alineamiento, sus mejillas ligeramente salpicadas de grana, pero rebosantes de frescura; su barba un poco redondeada y un tanto llena dejando formar bajo el labio inferior una fina ondulación que daba a su boca algo como un fino tinte de misticismo; y por sobre todo esto su abundante cabellera que dejando formar alguna suaves ondulaciones a lado y lado de crencha iba a morir por sus orejas recogiéndose en la parte posterior de su cabeza un ligero y sencillo tocado, remedo inconsistente y poético de mujer judía.
Vestía chaqueta de seda negra la cual abrochaba un pasador de brillantes en el cuello y llevaba sobre su seno un pequeño bouquet echo de violetas. Cuan encantadora me pareció, mis labios no pudieron menos que besarla, tras esto quise retirarme, pero intentar hacerlo vi algo que yo no había visto antes. Era un a gasa blanca y la levanté.
- ¡Señor! …………… gritó Simona que entraba.
Lleve el dedo índice a mis labios para indicarle silencio. Ella obedeció al tanto que yo temblaba al contemplar bajo aquella gasa una corona de hojas de laurel enlazada con una cinta blanca como la nieve
"INES A JUAN AL VOLVER DE LA GUERRA 1901"
Fue necesario que Simona se me llegara para interrumpir la lluvia de besos que sobre esa prenda depositaba. La pobre criada no podía contemplar impasible aquella escena para que me dejara proseguir.
-¿No sabe? - me dijo- que yo no creo lo que dicen de usted?
Yo sabía a que hacia alusión para que tratara de interrogarla.
- Bien - la contesté- te lo agradezco. Ahora dime otra cosa, ¿Sabes si Inés seguirá mal?
- ¿Para que se lo había de ocultar? Me respondió. Yo la he visto. Y si viera….
- ¿Si viera que?
- ¿Si viera todo lo pálida que se ha vuelto. Parece como hecha pura de cera…………¡Ay! Y yo que esperaba que cuando usted viniera se casaría con ella ¡como lo quería! ¡como lo amaba!. Desde que usted se fue no hacia mas que hablarme de todo lo triste que la tenia su ausencia y de contarme tantas cosas, que iría a hacer muy feliz el día que usted volviera; que el día en que su matrimonio me iba a regalar un vestido negro y un par de calzado para que me pusiera; que si iban al cauca me llevaría para que conociera al milagroso de Buga. La misericordioso de Cartago, a Cali; que yo sería la que le iba a hacer de comer, a plancharles la ropa, a cuidar la casa, como estaba yo de contenta, ¡como estaba de feliz¡ ¿Pero no ve? Todo eso se volvió puro sueño. Es que estas malditas guerras no sirven sino para sembrar males. Una tarde estábamos aquí todas reunidas cuando entró un muchacho gritando que a ese señor don Carlos lo habían matado, y corriera la señorita Inés a ver a doña Rosa que estaba poseída del dolor más profundo ¿pero quien lo dijo? Ella se quedó pasmada y lívida como un cadáver en el mismo asiento en el que estaba sentada al oír tal noticia. Creímos que se moría y a poco principio a dar lo ayes más lastimeros que se pueden imagina. Pobrecita. ¡como nos hizo llorar a todas!
Aquí la pobre negra enjugo con su delantal unas cuantas lágrimas que brotaban de sus ojos y luego continuó:
- Al fin don Lucas y misia Maria fueron con ella a ver si era cierto lo que pasaba, y supieron que si. Pero ¡ay! ¿Cómo puedo continuar, como puedo contarle lo que luego sucedió? D. Lucas y misia Maria regresaron como nunca les había visto yo en mi vida, las puertas y ventanas de la casa fueron cerradas y reinó la tristeza más amarga en todo este asilo. Pero ¡ay! La pobre niña Inés, como se vio. Estuvo casi loca. Esa noche, en medio de su desesperación salió dando gritos dolorosos por uno de los corredores de la casa. Desde allí quedo enferma. La noche era sumamente fría y lluviosa y como ella estaba un tanto agitada con la fatal noticia perdió por completo su salud ¡ah malditas guerras! Ellas eran la causa de todo eso. Pero ¿ya no hay remedio? ¿No se pudiera encontrar a ese señor?
- ¡Tal vez si - dije como iluminado por una chispa divina - tal vez si!
Simona me miró intensamente.
- ¿Será cierto? Exclamó.
- Si, así será - dije dando más certitud a mis palabras - así será.
- Simona salió, y a poco volvió a aparecer con una taza de caldo entre sus manos.
- Tenga para que críe fuerzas - dijo poniéndola en las mías - yo creo que es verdad lo que Ud. me dice.
