- Sexto día. Hallamos en el camino un individuo que nos dijo ser inútil el viaje a aquella población porque era una de las personas que tenia negocios con Carlos antes de la revolución, y a pesar de esto y de su amistad nada había vuelto a saber de él. Posamos en Iguasitos, y desesperanzados poderosamente torcemos rumbo a Venadillo, donde permanecemos el séptimo día. Nos toca presenciar el fusilamiento de un revolucionario. Muere con valentía y solo tiene palabras de entrañable afecto para su esposa, sus hijos y su patria. Pedimos informes acerca de Carlos y un jefe conservador nos augura que lo más probable es que halla sido fusilado. Tras esto, pasamos a Caldas. Allí cae enfermo Esteban. Se queja de la cabeza, de profundos dolores en los muslos, en la columna vertebral: vomita, los ojos se le infectan, el pulso se le entorna débil y frecuente, es la fiebre amarilla, pienso, se llama a un médico. Le proporciona algunas medicinas, pero en vano porque el mal hace progresos. El dolor de cabeza continúa, hay hemorragias continuas, insomnio, inquietud, y su mirada se torna triste y lánguida, la postración de fuerzas es absoluta, la sed intensa, las expectoraciones dificultosas. Comprendo que ya va a dejar la vida, sus ojos que yo no puedo mirar sin cierta melancolía me lo revelan a gritos, su rostro se desfigura, su estomago se contrae. ¡Madre! grita y queda tornado ya en cadáver. Había durado 4 días. Undécimo. La muerte de mi humilde compañero me hiere profundamente. Después de regar su sepultura con un poco de flores, quiero retirarme de Caldas, pero no soy capas. Parece que mis pies echaran cadenas, no tengo valor. Busco un buen peón, se me ofrece uno que al parecer semeja antioqueño no obstante no serlo, y parto de allí al siguiente día. Duodécimo. Debido a los prácticos conocimientos topográficos de mi nuevo compañero, de nombre Daniel, tiene respecto a aquel territorio, lo cruzamos con vertiginosa rapidez en todas direcciones, haciendo preguntas aquí, preguntas allí, y tomando indicios más o menos halagadores en todas partes. Así los tres siguientes. - al Decimosexto caminamos en dirección a I………………… encontramos otras vez infinidad de chozas miserables y nos asaltaban los arrapiezos chicuelos, demandándonos el pesito de marras. Hallamos en una abandonada uno de aquellos albergues angustiadores, y oímos como gemidos que brotan en su interior. Un grito de angustia se nos escapa. Tres niños, de los cuales el mayor tendría cuatro años de edad, se arrebujaban desesperados cabe el cuerpo inanimadote su madre, la cual yacía muerta. Los pobrecitos creían que solo dormía, y para despertarla la halaban de sus brazos y de sus vestiduras. Tomamos en nuestras manos aquel enjambre de querubines, levantamos el cuerpo de la desgraciada, y palidecemos. Todos sus poros manan sangre, su rostro amoratado se halla como contraído de una desesperación caótica y se pinta en sus labios la hiel del más amargo de los dolores.
-La mató una víbora,- dije yo.
-¿Una víbora,- me contestó.
Así era en realidad. Sin saber que hacer con aquellos huerfanillos, lo envío inmediatamente a que recoja unos cuantos vecinos y los ponga al corriente de lo sucedido, en cuanto que yo me quedo a consolarlos dándoles rebanadas de carne y galletas de las que llevamos para nuestro sustentó. Los vecinos vienen lamentan lo sucedido, se encargan de los niños y del entierro de la madre, y después de halagarles algunas monedas, nos dirigimos a F., punto cercano a I. Después de muchas pesquisas, logramos dar con una mujer que nos dice que cerca de esta ultima población, en casa de una familia antioqueña, había muerto hacia poco un joven revolucionario, que bien fácil podría ser al que yo buscaba. Tomados los datos suficientes nos dirigimos halla al siguiente día, después de desayunarnos confortablemente. Cuando ya el tocaba a su cenit, vislumbramos la susodicha vivienda. Era una quintita bastante hermosa. La rodeaban algunos sotos de árboles frutales escapados de estragos de la guerra y en los cuales hormigueaba una infinidad de lujosísimas aves. Demoraba en una especie de peseta poco elevada, a cuyos flancos se deslizaban arbolados silvestres un tanto socolados, alegrados por una multitud de estorninos y guacharos que no dejaban de gritar un solo instante.
Me llegue a un corralejo que lindaba con el patio y salude. La voz de una joven, dulce y argentina como las de una hada. Respondió
- Adiós señor, entre U.
- Mil gracias - ¿La casa de la señora Soledad de A.?
- La misma, señor tenga la bondad de entrar.
- Me apee de mi caballería, la ate a un bramadero y avance. Daniel, en tanto, quedaba atrás.
A mi transito pude estudiar la magnificencia del patio. Estaba sembrado de mil plantas riquísimas. Campanillas de flores azules y rojas que se reclinaban en gracioso desorden sobre el regazo de algunos limoneros, y formaban neuróticas convulsiones al ser removidas por las brisas; los rosales, en floraciones insinuantes como labios de virgen, desplegaban su llantos de capullos; las azucenas idalias parecía que sonrieran, las violetas se asomaban como temerosas bajo sus hojas de vivas esmeraldas, y otra multitud de flores ostentaban sus esplendor con derroches de fragantísimos aromas.
