Trepe por una escalera de anchos peldaños al fin de la cual la misma joven apareció murmurando de nuevo.
- Entre usted señor. Camine siéntese.
Era esta joven de unos 15 años de edad y era bellísima, sobre su rostro expresivo y sonrosado se podían ver unos ojazos azules como hechos de lago, una frente tersa como el raso, una nariz griega que Venus hubiera enviado, unos labios parleros con su propia gracia y que se humedecían como de sonrisas, y una barba tan coqueta que provocaba acariciarla con la yema de los dedos. La arropaba en la cabeza una red de cabellos castaños, y daba término feliz a sus encantos, la sencillez de su traje hecho de paño bruno, en cuya chaqueta se adormía tocando su seno, un ramilletito de aquellas violetas que solo acababa de ver en el Jardín.
A tiempo en que ella me ofrecía un asiento apareció doña Soledad. En todo su porte se veía la matrona antioqueña tal como se le haya en nuestras montañas. Vestía traje de muselina oscura. Su cuerpo era rollizo, y su rostro uno de los más bondadosos que se pudiera imaginar.
Como se puede colegir, era madre de la joven con que yo hablaba.
- ¡Bienvenido sea usted, señor! Dijo cariñosamente, a la vez que me extendía la mano.
- ¿Es usted antioqueño? Preguntó al oír el timbre de mi voz.
- ¿Antioqueño? - servidor de ustedes
- ¡ muchas gracias, muchas gracias! Murmuraron a coro.
- ¿y que negocios le arrojan a estos lugares? Continuó la matrona
Al momento se los revelé.
- ¡OH! ¿y como se llama el joven que usted busca?
- Carlos Maldonado, señora
Al lanzar este nombre vi que la joven palideció.
- ¡patrón! Gritó mi peón. ¿Qué hacemos? Continuó
- Espérame un instante. Respondí, más las señoras le obligaron a entrar, a la vez que me preguntaban si a habíamos almorzado.
- Tomaron si quiera unas postreras de leche, añadió doña Soledad al saber que estábamos bien refocilados.
Nos fue imposible dejar de acceder.
- bien continuó ¿con que busca usted al joven Maldonado?
- Si señora, a Carlos Maldonado ¿A caso le conoce usted?
- ¡Ah! - exclamaron - ¡Pobrecito! Aquí estuvo. ¡Como lloró al
ver que su compañero moría!
- ¿su compañero……?
- Si, señor.
- ¿Y como se llamaba su compañero?
- Luís Suárez
- ¿Luís?- Exclamé yo - ¿Luís, mi amigo Luís?
Por mi rostro corrió entonces una ola de amargura.
- ¡Oh! Bien hace U. en sentirle - me dijeron. ¡Como era bueno y noble aquel joven! Veinticinco días estuvo enfermo de un balazo recibido en el pecho, hasta que al fin…. Espiró. ¡Cuánto lamentaba no haber podido reconciliarse con un amigo a quien decía haber ofendido….!
- ¿y saben ustedes el nombre de ese amigo?
- Ese amigo…… ¿Cómo era que se llamaba? Dijo Doña Soledad a la joven.
- Me parece que era Juan - Repuso esta.
- ¡Bah….! Ese Juan soy yo - exclame, a la vez que estrechaba sus manos con intensa emoción.
- ¿Y Carlos vive? ¿Qué fin tuvo? Proseguí.
- ¿Carlos……? Respondieron; y viendo que una lágrima se desprendía por mi rostro, no pudieron menos que exclamar:
- ¡Si, Véale usted!
Las alas de una puerta que teníamos al frente se entreabrieron, y él apareció.
- ¡OH mi salvador¡ gritó - ¡Usted aquí? Y me tendió los brazos conmovido.
