Al día siguiente aun estábamos en la montaña. Yo me sentía ya en capacidad de caminar. Al caer la tarde sentimos algunos disparos de fusil a nuestra espalda. Quisimos hacer frente pero para que. Huimos más allá poco vimos que tres de nuestros compañeros caían prisioneros y allí mismo eran ultimados: solo habíamos escapado Luís y yo, los dos hicimos aquella noche una jornada de varias leguas al amanecer, una bala disparada quien sabe de donde atravesó el pecho de mi compañero. Esa desgracia me arrancó una queja amarga. Conmovido profundamente, me senté a su lado, trate de ponerle vendajes, le día agua y me dispuse a no abandonarlo hasta verle su fin.
- ¡Huye! Me dijo mira que te prenden
- Todo lo contrario quizás sean nuestra salvación.
En realidad, dos mujeres vestidas con aliño cruzaban por allí. Al vernos, sus rostros de dulces se tomaron compasivos y exclamaron:
- ¡Pobrecitos! Quizás son hermanos, llevémonos a casa
OH, en ese momento quise besar la planta de aquellos seres celestiales y Luís enjugó dos lágrimas de gratitud. ¡Y luego? Ellas mismas me ayudaron a póstrale y trataron de aliviar las heridas de aquel amigo querido, y esas mujeres ¿No las conoce?. Son los mismo ángeles que usted ve allí, y me señaló a la buena anciana, y a la joven que con ojos virginales le miraba tiernamente desde el extremo del corredor.
- ¿Y que? Repuse yo.
- ¿Y que? no se como pagarles.
- ¡OH! Cuanto les debo por mi, por Luís, las podré olvidar?
- ¡Nunca! Repique
- ¡Si! Nunca! Exclamó Carlos con frenesí, por eso…………..ya vé………………… y me señaló en su mano una sortija de oro. ¿Lo comprende?
- Si me salvó esa joven será mi esposa
- Lo será, dije, y volvimos nuestras miradas con algo que ella comprendió, y que la hizo subir el rubor a sus mejillas.
- Pero dígame, continué ¿Sufrió mucho Luís?
- Pobre, si, sufrió por el recuerdo de su tierra nativa, por la revolución, pero como le asistieron estas celestiales criaturas ¿Y no sabe usted? Dijo tras pocos momentos. Aquí hay algo suyo. Y llevando la mano a sus bolsillos me extendió dos hojas de papel cuidadosamente cerradas. Era una carta y unos versos de aquel amigo muerto la carta decía así:
- Mi querido Juan:
Se que has estado en la guerra pero no se que piensas acerca de ella ahora. Quizás no sea nada bueno. Yo, entre lleno de ilusiones y de amor a sus embates me siento lleno de dolores. Tengo dentro de mi la daga de un remordimiento con lo hecho, los colombianos hemos llenado de miserias y vergüenzas a la patria y yo pienso depositar en alguien la confesión de este sentimiento, ese alguien eres tu. A pesar de los reveses, de los infortunios, de todo me afecto no a muerto para ti. En medio de la cruel campaña que hicimos, tuve siempre tu recuerdo y tu amistad, y solo alcanzó a alterarlos la presunción de muerte sobre Carlos. Empero, ello fue mentira, y lo demás era tu deber. Más hoy me siento morir. Una herida que en el pecho tengo me arrebata la vida por momentos, se la lleva, o que triste es morir así tan joven, tan solo, sin ver a sus padres, sin ver sus hermanos, sin ver sus amigos, sin verse en su casa. Que triste es así la muerte, si al menos mi madre estuviera a mi lado…… Si ella estuviera aquí con sus oraciones mitigando su tristeza, calmando con sus caricias este asedio que me posee, si ella estuviera aquí fortaleciéndome cuando esta tos ¡Ay! Cuando esta pícara tos me incomoda, no sería así tan terrible la muerte. Pero es imposible. Mi madre está tan lejos, lo están mis amigos, lo están mis hermanos, y en tanto, la sangre se acaba en mis venas, mis ojos se nublan, mi boca se enjuta, la vida se marcha. Ya no nos veremos, adiós a mis padres: ya no les escribo, no puedo, las fuerzas ¡Ay! Huyen. Y adiós también a ti, a ti que ya comprendes cual es la confesión que te quería revelar, la de horror a estas guerras intestinas en que todos nos hemos engolfados y en las cuales si no se pone remedio naufragará la vida de esta patria triste pero tan querida.
Luís
- Pobre amigo, murmuré
- Pobre, replico Carlos
- Leímos los versos, decían así:
