CAPITULO III

 

En los primeros días de marcha no sucedía nada de particular: Todos afectábamos estar contentos con nuestra suerte, y por todo el camino íbamos derramando hurras al Gobierno y vivas á la Constitución del 86, todo ello mezclado con férvidos cantares y baladronadas de más de un novicio.

Sin embargo, por mi espíritu cruzaban infinidad de ideas y suposiciones, que me robaban todo el entusiasmo de que un joven de veintidós años pueda disfrutar en semejantes peregrinaciones varias veces me preguntaba á mí mismo si esa revuelta la cual marchábamos nosotros no sería algo peor que la del 95 y acaso que la del 85. No se me ocultaba que el Liberalismo con un jefe tan experto como el que había tenido en la persona del Dr. Aquileo Parra se 'hallaba bastante disciplinando, y que aunque el General Uribe' y demás compañeros revolucionarios hubiesen apresurado un movimiento que dilatado siquiera cinco Inés es más hubiera .dado fácilmente en tierra con el Gobierno, la Guerra' revestiría caracteres poco halagüeños para el bando gubernativo. Cruzaban también por mi mente, reforzando estas suposiciones, las frases que á mi padre había oído constantemente y la ciega inercia ó desdén con que el Gobierno mi raba el desafecto reinante; y así, engolfándome en este mare mágnum espiritual, iba echando de menos nos mi casa, mis amigos, iba repasando en "la memoria los lugares que me habían sido gratos, iban destacando, revestidas de grandeza, muchas cosas que me habían parecido insignificantes tomaba vida todo lo que había creído fútil, (palpitaba todo! lo que antes juzgaba, muerto, y por sobre todo ello, la figura de Inés purgía hasta, embriagante, arrobadora. miraba- al vivo el lugar donde por primera, vez la percibí allá, en el Parque de Sucre, una, bella tarde de Diciembre en que yo andaba con un! amigo mío, un-soñador, un alma, que yo quería: Luís Suárez Recordaba: la grata impresión que en nosotros produjo y se avivaba más y más su imagen a cada instante. Me parecía ver sus ojos tan negros, tan grandes........ tan expresivos; su boca de labios 'como tan sutiles y tan puros; sus dientes' tan blancos; sus mejillas tan tersas, tan suaves su abundante cabellera que en aquella tarde llevaba destrenzada y cuyos rizos la daban el aspecto de una cascada de azabaches y así su porte, su fisonomía toda; y la medida que surgían estos recuerdos, me 'parecía ¡ que mi amor por ella se ahondaba, se acrecía poderosamente,' y ya, entonces, los temores acerca de la guerra me invadían. Pensaba en por qué no accedí á sus súplicas cuándo se supo que el orden público estaba turbado, por qué no proferí la tranquilidad doméstica, por qué no/escogí la dicha de fundar hogar á la loca idea de dar un paso que por más que se dijera en contra era ,temerario y descabellado hasta lo indecible. Yo, sabía el afecto que su familia me prodigaba, tenía bastantes pruebas quE me lo hacían conocer. A más, Inés era recibida en casa con el amor con que se recibe á una hija. Desde que se supo que yo me miraba con ella; mis padres la visitaron constantemente; hablaron de la nobleza de su cuna, ponderaron su cultura y llegaron hasta decir - sin que yo sepa todavía que eso sea cierto ó sea mentira-que la mujer caucana era el, modelo de las mujeres, y esto porque Inés y toda su familia eran de esa tierra bendecida. Se proyectaba, á pesar de los temores de guerra de mi padre, un paseo á Cali, en el cual todos tomaríamos parte, cosa que yo no desdeñaría. ¿Por qué la había de desdeñar? Iríamos á gozar mucho, sería un recreo sin igual. Inés estaba, contentísima con ello; me preguntaba si á mí me sucedía lo mismo, y yo la contestaba que sÍ; y entonces eran de ver la expresión de honda dulzura que sus ojos tomaban y la indefinible y acariciadora sonrisa de sus labios. Me iría á mostrar muchas cosas de' su tierra, de esa tierra donde se desarrolló el inmortal drama de María; conoceríamos esos lugares santificados' por la pluma de Isaac; nos sentaríamos á leer en la misma piedra donde la virgen infortunada se sentaba á esperar á Efraín, esa honda historia de ternezas y pesares con que el valle caucano supo regalar los y veríamos ¡ay! tantas cosas que yo no conocía. Habría de acompañarnos Luís, pues " éramos íntimos en todo, y ya nos imaginábamos el encante que las cosas revestirían tocadas por su' mano. En verdad, el paseo iba á ser rico; y después de nuestro regreso ¿qué vecino pondría en duda que nuestro matrimonio se realizara? Bah! cómo pensaba en todo esto. Recordaba otra de aquellas bellas tardes en que ella me descubría por entero su corazón, en que me decía tantas cosas dulces, tantas cosas santas. Era en su casa. El sol, á lo lejos, descendía lentamente y había en el aire algo como un efluvio de místicas visiones. Nuestras manos se habían cruzado. Las auras que soplaban parecía que formaran susurros en rededor nuestro que lanzaran endechas misteriosas, que formaran cantinas dividas en tanto que mis ojos con mirada ávida y acariciante, con centelleos poderosos, contemplaban su rostro en el cual semejaba que se hubieran dado cita todos los encantos para presentarse complacidos. En tanto, el sol, lenta, lentamente moría, las aves, gozosas, tornaban á sus nidos, soplaban las brisas, llegaba la noche, la luna salía.

-¿Temería D., Inés, ser mi esposa? la dije en ese instante. Una bujía brilló á. nuestro frente, y Doña Rosa con otra de sus hijas el apostó cerca á nosotros. La noche llegaba, la luna salía. Inés me miró, una sonrisa supremamente casta inflamó sus labios, y sus mejillas se tiñeron como con un rosicler matutino.

-¿Por qué lo había. de temer? me dijo entre tímida y pudorosa. Yo no lo temo Yo la. miré más profundamente y ella abajo sus ojos.

-¿Quiere que hagamos un canje? la dije al ver lucir en sus manos una pequeña sortija de oro

-¿Y U. si lo hace con gusto? me contestó: si, es así, sí; si no, no.

Comentarios (0) | Comente | Comparta