Carajo - me decía - esos rojos migad balas de manera sumamente puerca. Quien había de creer esos condenados fueran tan desalmaos Pero ya se ve, unos malditos que tenían a misa van, tiene que ser así.

- Malas fichas, réhuese, malas flechas.

- Tan alas, que si por yo fuera, ya estuvieran lejos d' ellos.

Las zozobras, las angustias continuaban y el drama se arriaba horrorosamente. Las escenas más salvajes se sucedían y se esfumaban de manera trágica el prólogo generoso y bello que la Revolución había tenido. Ya ningún acto trataba de ser noble, la villanía y la crueldad eran los distintivos que caracterizaban al soldado. Todo lo que restaba de tierno en su corazón, había muerto. La caridad para el vencido se traducía ya en una mueca de lúgubre zarcazo. No había piedad para ninguno. En el que aun quedaba algún recuerdo de hidalguía era mirado con perfidia por sus camaradas,. El mismo sentimiento religioso no había sido óbviese para las más amargas tropelías ni había sido suficiente para contrarrestar el fatal desenlace que la Nación angustiada habría de presentar. Un soldado lazo en una ocasión un frase que se me quedó gravada profundamente, al saber la conducta de un capitán para con un vencido.

- Me dijeron - decía el soldado - que veníamos a defender la religión. Si la religión se defiende matando de ese modo, juro que estamos sin religión.

Si yo nunca había odio frase mas terrible si mas cierta que esa en parte alguna. La religión el lazo con que habíamos tratado de arrastrar algunas almas incautas, no podía defenderse de ese modo. La misma religión del profeta que predica el alfanje y la cimitarra, habría huido aterrorizada ante lo que nosotros hermanos nos hacíamos. No eran esos hechos los que había de defender a una parcialidad que como la nuestra se decía a veces depositaria de la defensa de las sagradas tradiciones,. El ser mas obtuso en tales achaques necesariamente había de comprender lo contrario. La era se mostraba llena de sangre y de odio, y el odio y la sangre o es lo que caracteriza a la religión del crucificado. Jamás hagáis uso de la espada para defender el evangelio". Nos, dice Él en uno de los mandamientos de su serón en el Monte. Es cierto la Religión no necesita de tales arquitrabes para vivir, es divina, y como divina las pasiones y las represalias desatadas no harán otra cosa que ofenderla.

También la tierra que pisábamos parecía estar descontenta con nuestra contienda. La escasez había sucedido a la presencia de las cosechas, y los sembrados de plantas alimenticias habían muerto. Los cañaverales no existían, los cafetales habían desaparecido, las plantaciones de tabaco se habían desapareado, las plantaciones de tabaco se habían arruinado y sus propietarios yacían quien sabe donde. A los labradores que antes fecundaban la tierra ya no se les oía partir para el trabajo entonando alegres coplas, y ni en los potreros y dehesas se apacentaban como antes, las manadas de mulas y novillos representadoras de riqueza. El comercio estaba perdido. Nadie se atrevía a ello pensando como estaban amenazados de muerte. El latrocinio había echado sus raíces y era imposible tratar de destruirlo. Los hogares estaban desiertos. Allí donde había almas que cantaban, no quedaban ahora mas que vanos restos esparcidos. Las madres que arrullaban hijos para su socorro en los reveses, lloraban ahora desoladas. Las cunas estaban vacías parecía que los vientres estuvieran malditos el hijo que nacía era casi como un sarcasmo a la vida. Los pechos estaban exangües. Un aire miasmático invadía todos los lugares no había punto que no estuviera salpicado de sangre. Las lagrimas andaban también mezcladas a éste. Las imprecaciones de esos que Víctor Hugo apellida abogados terribles, formaban un susurro que a veces tocaban en vendaval. La blasfemia era la música pre que se elevaba en lo alto. Dios mismos había llegado a ser u mito en las conciencias sus altares estaban profanados, sus aras derruidas. El incienso que ahora se quemaba arrojaba un olor nauseabundo. Todo día un aliento moral. Parecía que los bandos contendores fuesen dos genios infernales disputándose el cadáver de la patria. Nosotros, por más que fatigas y las luchas hubiese endurecido nuestro corazón no podíamos mirar imposibles aquel cuadro. Yo, a veces sentía espasmos que tocaban en ridículo. Sin embargo, un acontecimiento desgraciado me vino a tocar ajeno a todo sentimiento generoso. Helo aquí.

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