Ya éstos me conocieron - dijo señalando esos cuerpos destrozados - ahora me van á conocer us, y se dirigió á nosotros; pero en ese instante quién sabe que más terribles pensamientos asaltaron su cerebro; y agregó:
-Sin embargo, yo' necesito hablar con Us una cosa, y eso será' esta noche. Por ahora marchemos, murmuró á sus subalternos, y la guerrilla se puso en marcha. Íbamos nosotros amarrados _ las colas de sendas mulas; ya aun no nos explicamos como fue que salimos ilesos de esas bestias en toda la jornada. José me miraba á veces, y me parecía que solo me decía: - valor, mi capitán.
Este grado tenía yo entonces - El otro infortunado sonreía. ¡Qué amarga era su sonrisa! Era una sonrisa de héroe vencido. Así apenas hubieran podido sonreír. Los espartanos, Los cíclopes le hubieran envidiado, ¡bah!........ pero era una sonrisa desgraciada, una sonrisa que nadie habría de admirar.
Caminamos varias leguas, y en todo ese trayecto; nada que calmara nuestro cansancio nada que calmaría nuestra sed, nos fue deparado. Fue una marcha en la cual se puso en, juego la crueldad más desmedida, una marcha; que aun para nosotros mismos acostumbrados como estábamos á las fatigas y. á! las largas vigilias, revestía - los aspectos; más detestable e inhumanos. La noche llegó, y ya cualquiera se pueden imaginar con qué clase de olas la veríamos llegar. Era una noche vestida, de pavor. -La guerrilla hizo alto en la vera de un pequeño monte, y á nosotros se nos acuarteló en una casa abandonada que allí había. Al sentirnos atados á sendos postes de madera, al contemplar las velas- que nos rodeaban como si fueran nuestros propios fúnebres cirios, y al ver aquel grupo de perillanes que nos servían de centinelas, el alma ya no pudo resistir, y la oración, ese parto del espíritu que consuela de manera tan profunda, brotó de nuestros pechos cándida, suprema, como sirviendo de ángel que venía á endulzar el acervo cáliz que se nos ofrecía. En esas entró Al terrible guerrillero
.-¡Qué tal, mis amigos! nos, dijo.
Nosotros no le contestamos.
-¿Están dormidos? prosiguió. Yo los despertaré; y diciendo esto pinchó con su machete las piernas de nuestro compañero. "
José y yo nos estremecimos.
-¿Despertaste? le preguntó. .
Dos lágrimas se deslizaron por las mejillas del soldado
- No llores, imbécil - prosiguió aquél bárbaro
- no llores; 'y \In machetazo horrible le desencajó la cara.
- ¡Dios mío! dijimos nosotros.
En ese instante resonó una descarga afuera.
El guerrillero se volvió.
¿Qué pasa? dijo á los centinelas.
Otra descarga resonó aún más cerca.
El revolucionario y su gente desaparecieron de nuestra tropa se presentaba.
