Pero acallá tu hondo lloro,
No güelvas así a llorar…
Ya porque la cuesta bajamos
Pes de la guerra tornamos
Pa no volver á guerrear….
Y pa mirar a mi madre
Y para 'star junto a ti.
¡Cesa, Cesa! Ya no llores…
que se troquen tus dolores
en una fiesta sin fin.
Esas coplas vibraban tenazmente en aquella campaña donde nos hallábamos. El horizonte, allá, azulado, majestuoso, límpido, ese horizonte que cierra la Cordillera Central y hacia donde nuestros ojos se volvían entusiasmados, llevaba a nuestros corazones un efluvio de mística tristeza.
Parecía que en él iban aromas de nuestras montañas, reflejos de nuestros campos que llegaban brisas saturadas de perfumes silvestres, de dalias, de helechos, el grito de los labradores, la mirada de las campesinas, el ladrido del perro en el boscaje y que mirábamos a soñar risueñas, dulces primorosas, las cabañas medio ocultas entre brevos y maizales, las cabañas de ancho patio donde las vacas se desemperezan voluptuosamente al ser ordeñadas y donde entonan las jayanes sus cantos llenos de rusticidad pero alegres y expresivos ¡que tristeza para nosotros hallarnos tras esta breve soñación! Allí en presencia del escueto Llano de Mariquita, donde a penas uno que otro guayabo alzaba mustiamente su follaje, y donde uno que otro ceibo formaba alguna sombra que a medias lograba atenuar los quemantes rayos que el sol nos derramaba.
Esteban semejaba revivir todo su pasado en aquel canto, y sus ojos brillaban delirantes. Corría por su rostro un destello de esperanza y sus labios, esos labios gruesos y pulposos, se salpicaban de una sonrisa que tenía como radiaciones ecuatoriales y mimos no previstos.
- ¡Lo haces bien! - dije - mereces un buen trago.
El buen negro fue encontrarme, pero ese instante cruzó por el campamento algo como una ola de resultas y todos corrimos a coger nuestros fusiles.
- Que pasa! ¡que pasa! Se gritaba por todas partes.
- ¡¿Qué la comisión de ayer fue toda asesinada murmuró alguien.
Esteban lanzo un rugido, en esa comisión, que había asido en busca de víveres tropa, iba José; luego José, su hermano también había sido despachado. La conmoción fue terrible. Al momento se envío una compañía de cien hombres a castigar a los bandidos. Esteban se pidió para hacer parte de ella y el permiso fue concedido. Iba furioso. Nosotros a partir el, le oímos una frase sombría. Era una frase de venganza. Desgraciado del que cayera en sus manos. No le daría cuartel. ¡y como le brotaban las lagrimas al decir esto, como se contraía su rostro.
La noche llegaba. Los reflejos de la tarde tenia algo muy melancólico. Quizás nuestra ira nos los hacia mirar así, pronto la sobra lo invadió todo. Las montanas a lo lejos, se desvanecían como agobiadas de cansancio, algunos pálidos luceros tachonaron la bóveda celeste como temerosos de mirarnos, unas cuantas luciérnagas brillaron en el suelo y algunos disparos resonaron.
La tropa, poseída de algo que semejaban tener arranques neuróticos, esperaba anhelante.
- ¡Que habrá habido! Se murmuraba.
Pronto se supo. Un alto dado por Esteban, un disparo, un cuerpo que cae y después… ¡ah!.... era José que huía y era recibido a balazos por su hermano.
