A las once, cuando ya se la sed y el cansancio principiaban a atormentarnos, dispuse una estratagema militar que produjo buen efecto, pero que no obstante no alcanzó á mermar en nada el valor del enemigo. En ese momento oi á mi espalda una y una que !me decía:-Coronel! coronel! Miré con avidez, y pude notar que una de aquellas mujeres que nos acompañaban de"!de el principio de la guerra, caía atravesada de un balazo.' Percibí en sumamos algo de lo cual no podía desasirse, me acerqué á ella y comprendí que era nada menos que una criatura de unos cuantos meses de nacida lo que apretaba.-¡Pobrecilla! dije, y apartándola de su madre muerta la día un ¡roldado; pero no bien la hubo recibido ésta una bala puso fin á ambas existencias.

La lucha continuaba. Seres heridos' se arrastraban por todas partes en busca de agua, de alivio; y por doquiera, en medio del tronar de los, fusiles y el tañido de cornetas, se escuchaban imprecaciones desesperadas,.. ayas profundos, súplicas amargas. Empero, á las cuatro de la tarde había mas arrebatado al enemigo muchos de sus parapetos y columbrábamos que ya el triunfo batía majestuosamente solo las alas sobre nuestros brayos.

Ernesto, aquel otro compañero que en .Manizales: se había presentado conmigo á tomar las armas, hacía ondular enfáticamente su sombrero en el aire ¡desde lo alto de una peña y su voz arrogan que y alborozada cruzaba el espacio saludando la victoria.

-¡Ah carajo! prorrumpió intempestivamente, y su cuerpo, como una estatua egregia herida por un rayo, se desprendió de lo alto de esa peña á n golpe de máuser, se agitó unos breves instantes sobre el césped, y luego se quedó fijo, fijo en el firmamento como si tratase de escudriñar con sus ojos algún arcano.

Por fin, á las seis, resonaron alegremente las dianas anunciando triunfo en toda la línea. Los enemigos que quedaban se dejaron por donde pudieron, y nosotros nos dimos á requisar el campo.

Cincuenta y seis muertos se contaron de una y otra parte, cincuenta heridos, y veintinueve prisioneros, entre ellos Luis Suárez, mi amigo de una y otra parte cincuenta heridos y veintinueve prisioneros, entre ellos Luis Suárez, mi amigo de otros días el cal se escapo al ser traído a u lugar de encierro, sin que por fortuna una lluvia de balas que se arrojo le hubiera turbado su carrera. Como me alegre con ellos, pues la orden que tenía era de picar menudo á los jefes-oficiales como decían en la 'tropa; ¡mas que desgracia la mía No bien había, acabado de despachar un posta con¡ la noticia de nuestro triunfo, me llegó un oficial y me dijo:

-Coronel, hemos hallado un muerto vivo.

-¿Cómo así? pregunté.

-Uno que se quería hacer pasar por muerto pero que por desgracia para él está muy vivo.

Lo miré detenidamente á los rayos de la luna:

Creí encontrar en su rostro cierto parecido con aligo que yo conservaba, me estremecí ligeramente! di la orden de encierro, y me retiré. En ese momento, unos de los cuervos que graznaban en medio de los muertos, aleteó fuertemente cerca á mí, y se perdió en fantástica espiral en las brumas de un ligera hondonada.

Ya en esto dos reses habían sido descuartizadas para racionar la tropa, y las hogueras proyectaban su rojiza luz en frente de los vivaces y toldas de campaña.

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