II
 

En el ancho peldaño de la cordillera, arrullada por el rumor voluptuoso del río, que allá abajo corre dándose contra las piedras, espumoso y cristalino, está la casa. Los corredores de teja y árboles que la rodean, denuncian ser la mejor de la comarca. La sala apareciera escueta con sus dos taburetes de cuero de novillo, que tienen todos sus pelos y hasta la marca del dueño del animal; con su tosca mesa que hace de altar; con su escaño decrépito; con su granero de bisagras de cuero igual al de los taburetes, si no la llenasen los carros de costales de granos y los utensilios de labranza arrimados a las paredes. La alcoba sí está atestada: baúles aquí; allí dos camas-la conyugal y la de Inocencia- con sus colchas de retales y enfranjados rodapiés; dos varas, semejantes a trapecios, de donde cuelga todo el traperío de sus dueños, les forman dosel. En el medio de las camas la indispensable alacena-una de esas alacenas que traen a la memoria los botiquines legendarios de las brujas; puestas al acaso se hallan en ella calabacitos de cebada y especias, tapados con tusas; botellas despicadas y polvorientas con los aceites de sal y de canime; el coco de caraña de olor empalagoso; el frasco de enjundia; totumas plantadas en roscas de bejuco, llenas de flores secas y de pastillas de chocolate de harina; haces de tabacos; cucuruchos despachurrados y hasta una muñeca de trapo, los brazos anquilosados en cruz, chapas de dama galante en decadencia, de pie sobre enaguas de papel acartonado.... Cual arañas, penden del zarzo orquetas de muchos brazos cargadas de líos y sombreros.

En el costillal del techo, las mazorcas de maíz, unidas por las hojas del capacho, montadas a la jineta, remedan mazos de perlas. Se andan por las paredes, que conservan la cal del bautismo, las acuarelas del genio campesino: el caballito de los siete colores, galopando en el espacio; pájaros que tienen en el pico gajos de uvas o que andan en ramilletes de flores, y corazones traspasados por agudas flechas, símbolo sin duda de amor desgraciado, con todo y estrofa lacrimosa. Alternan allí con las escopetas, machetes y sobrecargas, las litografías sagradas. Entre éstas descuella la del humilde y divino Antonio, el santo popular por excelencia. Tiquetes de ultramarinos; de ovillos de hilo y cajetillas de fósforos adornan las puertas y el interior de las tapas de los baúles.

Del techo de la despensa, situada en uno de los extremos del corredor interior, penden una excusa y un racimo de plátanos hartones.

La cocina lo es todo en el campo: sala, comedor, punto obligado de cita. La de Jacinta, es, si puede decirse así, su taller. Del gran fogón de piedras calcinadas, que ocupa todo un costado, jamás se apeó el perol en que se cuece el jabón de la tierra. Sentada como una pitia en trípode de recios palos, la ollaza de barro desbordada destila, en otra, gota a gota, la lejía para el jabón. Sobre palanquín, tres pesadas piedras, encocadas a los golpes del picador. Una tabla sostenida por rejos retorcidos, agobiada con la vajilla de madera y los carros de totumas amarillentas como cráneos de osario, se levanta sobre el palo desgastado, que es el banco donde se sientan las visitas, y donde el matrimonio pasa las veladas alumbrado por las llamas del fogón. Callanas, cuyabras y bateas yacen arrumbadas contra las paredes de bahareque que el tiempo roe. El pilón en forma de gran copa de madera se arrima a la puerta, y el hollín, que todo lo curte y lo acharola, cuelga en mechones de pelo de negro.

En el patio que separa la cocina del resto de la casa, la aroma y la albahaca, en ollitas medio enterradas, mezclan su delicado perfume con el olor acre de la ruda de castilla de hojas esmaltadas; el eneldo de copos de oro; el espárrago desmelenado y la gota de sangre, esa planta sagrada para el montañés, que el Crucificado salpicó con la que vertió en el Calvario, aspiran los olores a ensalada de las éras de cebolla, culantro y orégano. El girasol, cursi como un ricacho de nueva data, se yergue junto a las vivas macetas de clavel de España, que se empinan dentro el cerquillo en forma de humilde sepultura, donde viven en amor y compaña de la siempreviva y del alegre caracucho. Anidan los tominejos en el secreto del rosal de Alejandría, a cuyo pie, como si fuese ella sola, se extiende la flor de muerto, que repele como una hermosa mujer de aliento nauseabundo. Busca apoyo la tomatera de rojos racimos en la cerca de palos cenicientos y barbudos de puro viejos, que separa el patio de la huerta. El aji parece amenazar con las lenguas de fuego de su fruto a la pepinera que se extiende en su cama de chamizas, escondiendo sus hijos bajo el lívido follaje.

Parece un jumento con su cobija de bagazo el trapiche de manos, que levanta los brazos al cielo, allá detrás de la cocina. Le dan sombra la higuera y el mango; el cidro y el limonero le perfuman; las hojas de la yuca le abanican; le arrulla el aleteo del platanar, el murmullo de las cañas y el chorro de agua.

Cual festones de cardos ciñen el corralejo de adelante setos de fique sobre vallados de piedra: allí está el bramadero para uncir el animal gusanoso, al tiempo de la cura o al ternero en el momento del ordeño; allí comen los marranos; allí se pasea el pisco ostentando con vanidad de mujer su plumaje sarabiado, ante las gallinas que, mirándolo con ese qué se me dá a mí que les es genial, continúan picoteando y escarbando; allí el gallinero que semeja un quitasol; y ranchítos de vara en tierra como libros entreabiertos boca abajo, donde habitan las cluecas, anidan los palomos y ponen las gallinas-menos la de Inocencia, que ésa goza el privilegio de poner en la cama de su dueña. Cerca, atado al aguacate, pasa las horas de bochorno, entre el pienso y las caricias, el corcel aquél de Jacinta, a quien llaman el amarillo.

Ahuyenta a los gallinazos el espantajo de sombrero de caña y arreador en mano, ahorcajado en el totumo, cuyos brazos agobiados de verdes tumores se inclinan a la tierra. La cruz tosca, desde la falda pone miedo, no en aquellos negros alguaciles del aseo, sino en el corazón de Lucifer en persona, y el ramo de palma bendita, enredado en las ventanas, espanta el rayo. Medio escondido entre las breñas se ve allá arriba en el camino real la barraca donde Jacinta expende los sábados de cada semana los comistrajos, el aguardiente y la chicha.

En aquella casa sólo el gato lleva la gran vida. A cuál de todos le mima más; y él, haciéndose siempre de mi alma. Cada noche, a lo gran señor, se echa por esos mundos: callandito y pasito a paso, cuando es la rata la víctima escogida; gallardo, ligero y juguetón cuando le da por pelar la pava. Lo que es al mano Lorenzo jamás le faltó el portillo para tapar, o la mala yerba para destruír o el grano para secar al sol. De Jacinta no se diga, que entre las tareas caseras y el negocio vivía-era el decir de ella-hasta los ojos. A Inocencia no le alcanzaba el día para recoger huevos, cuidar pollos, barrer, cuándo con la escoba de iraca, cuándo con el manojo de ramas, y para colaborar con su madre en lo de la cocina, en el remendar y el lavar.

Comentarios (0) | Comente | Comparta