XX
 

Han pasado quince días. Es lunes. Jacinta, puede asegurarse, viste la camisa del hombre feliz. Cómo no, si desde esa mañana es la esposa de Angel.

Por la noche, a la hora de recogerse, con el tono más dulce de su repertorio, manda a su hija que se acueste en la cama, en esa cama donde el ánima del difunto estuvo bebiendo el agua de la taza. Inocencia lanza un suspiro entrecortado, y se queda en pie en la mitad del cuarto, cruzados los brazos e inclinada la cabeza sobre el pecho. Allí, en la cama, estaba su padre, ella le veía, y percibía el estertor.... A sus pies, la tierra pronta a tragársela viva....

-Acostate cismática,-ordena Jacinta, que no sabía rogar.

Inocencia no se mueve.

-Acostate-repite la madre. Y no contenta con orden tan terminante, levantando la niña en volandas, la tira en la cama; y, gozosa, se acomoda al rincón del lecho conyugal. puesto que ocupó Inocencia desde la muerte de su padre, convertido ahora en lecho nupcial.

Apaga la luz para desnudarse, que jamás lo hizo a la vista de su marido.

Angel se está sentado en la tarima de la sala, con las manos entre las piernas. Viendo la esposa que no da trazas de acostarse le dice melosa e insinuante:

-Tiene vergüenza m'hijo? Camine acuéstese....

Con el rumor de besos se mezclan y se confunden largos y tenues suspiros, crujir de dientes y el ruido de un cuerpo que cae.

Acuden los esposos con vela encendida, y hallan a Inocencia tirada en el suelo.... muerta.

-¡Socorro! ¡Socorro!-grita desesperada aquella madre, tan dichosa un momento hacía.-¡Se la llevó! El me en cargó que no le pusiera padrastro a la muchachita.

Los que estaban al tanto de la recomendación del padre moribundo, contemplando el cadáver cárdeno, como un lirio cárdeno, al que la serenidad de la muerte no pudo borrar la huella de inmenso dolor, exclamaban conmovidos, a media voz:

....«¡Cita! se la llevó, se la llevó. ¡Dichosa ella!»

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