CAPITULO IV
EL RETIRO
Si hemos de decir verdad, la casa de Candia en el Cuzco era una mancion deliciosa. Pensando en retirarse algun dia del servicio, habia buscado a Perico, el escelente criado del obispo de Túmbez, a quien habia conocido en Panamá, i le babia dicho:
- Toma, Perico; ahí en esa bolsa hai mil i tantos ducados, escoje en la ciudad la casa que mas te acomode, con tal que no sea de las del centro, i hazla reparar a estilo de España. Puede que yo vaya a habitarla un dia, pero de no, pro te haga.
El pobre de Perico, que jamas habia visto tan gran cantidad de dinero, espresó a Candia del mejor modo que pudo su agradecimiento, i despues se puso a recorrer el Cuzco de norte a sur i de oriente a occidente, a fin de encontrar una casa digna de su amo. Hallóla pronto sin dificultad mayor, pues acababa de pasar el mortal sitio de la ciudad, i dos terceras partes de las casas estaban abandonadas. Sus dueños habian muerto o huido, que todo era o venia a ser uno.
La casa hallada por Perico tenía la forma caprichosa de un exágono, i estaba situada en el centro de unos solares por entónces desiertos, pero amenos i regados por dos arroyos de las sierras vecinas.
Indudablemente dicha casa habia sido un templo del sol en tiempos mas afortunados para los peruanos; pero el ajente de Candia no se curó de eso, i tomando posesion de ella en nombre del rei de España e Indias, estuvo trazando en su mente el medio mas apropósito para sacar todo el partido posible del albergue que la suerte le destinaba.
Perico habia sido sirviente de Luque diez años, es verdad, i diez años completos, sin faltar un dia, una hora ni un minuto; pero su imajinacion no habia alcanzado a esterilizarse del todo. Pensó pues que su nuevo amo tardaria dos, tres i hasta cuatro años en venir a habitar su propiedad, i que ese tiempo seria suficiente para rodear los solares de frondosas i agrestes arboledas, por entre cuyo follaje se divisase apénas la casita de piedra amarilla i tallada que iba a reparar, como un nido de amores en el fondo de un bosque salvaje.
Imajinó en seguida cubrir el techo del templo abandonado con una azotea semejante a las que habia visto en las casas de Panamá, ancha i rodeada de balaustres, a fin de poder divisar desde su cima la ciudad, el monte i la campiña. Pensó despues en dar a los arroyos nuevas i mas graciosas direcciones, de suerte que, pasando por frente de cada uno de los lados del exágono, pudiesen prestarse para levantar una pila i humedecer los senadores que debia plantear con su mano.
Imajinados los cuadros del jardin, i escojidos sus árboles i sus flores, Perico pensó mas detenidamente en las disposicion de las habitaciones de la casa, pues el templo se componia solo de una sala o gualpon, como la llaman los indios, No era Perico un arquitecto que digamos, pero bastóle echar una mirada en el interior de la casa para convencerse de que trazando un círculo en el medio i tirando radios a los ángulos del exágono, tendria una estancia central, que seria la del amo, i seis mas, laterales e independientes, de las cuales tomaria dos para los quehaceres domésticos, i dejan cuatro por si al levantino le daba el negro humor de casarse, o le venian amigos que hospedar.
Todas estas i otras muchas ideas que no determinamos por no ser prolijos, pasaron en ménos de un segundo por la cabeza de Perico, habiendo llegado a ser tan grande su exaltacion que ese mismo dia comenzó los trabajos ayudado de una veintena de peruanos, sus amigos, i entre los que habia arquitectos i horticultores de primer órden.
La obra adelantó bastante en los primeros meses mas apénas se habian planteado los árboles, héchose las fuentes i medio arregládose la casa, cuando una tarde, entre tercia i nona, se presentó Candia en los imperfectos umbrales de su última mansion.
Su caballo era rucio i estaba flaco como el del héroe de la Mancha; traía los arreos rotos i sucios, i el cuento de la lanza enlodado. Era pues indudable que su señoría acababa de hacer un largo aunque no sabernos si penoso viaje.
El primero que salió a su encuentro fué el dilijente Perico, quien mostró toda la sorpresa que le causaba la llegada de su amo, con la siguiente esclamacion, arrancada por el trastorno de todos sus planes:
- Tan pronto!
- No es tanto, respondió Candia desmontándose del bridon i pensando en sus meses de cautividad.
Recostó en seguida su lanza contra la pared, quitóse el yelmo, i empezó, con ayuda de Perico, la tarea trabajosa de su desarme. Tras del yelmo siguió la coraza, las espuelas i demas piezas que hacian entónces de los guerreros no unos hombres, sino unos monstruos de hierro.
Notables, por otra parte, eran los cuidados de Perico por recojer las piezas de la armadura de su señor, i el desprecio i aburrimiento con que este las iba tirando léjos de sí con riesgo de abollarlas.
Terminada la operacion, Candia mismo desensilló su cabalgadura i dándole una palmada cariñosa en las ancas, la echó ácia el primer surco de legumbres que habia, no diremos sembrado, sino fecundado Perico con el calor de sus entrañas. Ai! i que dolor no sintió cuando el caballo levantando uno a uno sus cuartos cansados, ramoneó las primeras que encontró al paso, i se estercoleó en el resto al ir a abrevar en la fuente mas hermosa de las seis que rodeaban el palacio de sus ilusiones. Su mirada lánguida i agonizante se clavó espantada en la faz de Candia, como para decir: i lo permitis? pero Candia apénas sodignó repararlo entretenido ya en la contemplacion de su bello retiro.
Candia no estaba ménos flaco que su caballo, i su hermosa barba cayendo descuidada sobre su pecho, ajitado por mil sentimientos diversos, i ostentando una que otra cana, como los primeros hielos del invierno, probaba bien que sus últimos años no habian sido mui dulces que digamos, i que ya su planta habia entrado en ese corto i rápido sendero que de la virilidad guia derecho al sepulcro.
El guerrero estaba mui cansado o mui preocupado sin duda, porque por el espacio de muchos dias sus arreos continuaron tirados en el mismo sitio donde los dejó el primer dia, i no hizo mas caso de su espada que el que habia hecho de su caballo i su morrion.
- Dejadme alzar todo esto, señor, habíale dicho Perico mas de una vez.
- Déjalo ahí, habiale contestado Candia; ahí está bien para lo que ha de servir eso en adelante.
Así pasaron hasta dos meses, pero despues Candia empezó a aburrirse, i no encontró mas recurso que seguir los consejos de Perico i dirijir él mismo las obras emprendidas.
A los mil ducados del primer presupuesto siguiéronse otros mil i otros mil, hasta que la casa vino a quedar convertida en un palacio, pero un espléndido palacio, donde, Sin que prevaleciese ningun órden de arquitectura, se observaban todos los órdenes, gótico i griego, en mezcla caprichosa i encantadora.
Candia no era rico, pero no le faltaban veinte o treinta mil ducados en buen oro español, i siendo solo como lo era en el mundo, podia mui bien gastarlos todos en su especial regalo.
Antes de un año estuvo la mansion de el Retiro concluida del todo, i Candia pudo obsequiar en ella a varios de sus mejores amigos.
Los árboles crecieron pronto, arregláronse las fuentes, produjeron las hortalizas, los naranjos, los limoneros, la palma i las flores; i ya no se podia entrar el Retiro sin gozar con el arrullo de los pájaros, el triscar de los huanucos, el jemir de las aguas, corriendo entre céspedes i cañaverales, i ese cerco de verdura eterna que rodeaba el antiguo templo como un marco de esmeraldas i perlas.
Calles enteras de floripondios entretejidos de enredaderas azules, mústios cipreses, capulíes descarnados de hoja, pero abundantes en fruta, cisnes blancos i negros, pavos silvestres, i palomas de cuello de nieve i patitas rosadas, cuyo nido de pajas batia el viento en lo mas hondo i fresco del follaje de las alamedas, todo llenaba en el Retiro el corazon de un supremo encanto, i convidaba a pasar en él los años de una existencia siempre corta para gozar de toda sus delicias. El gusto esquisito de su dueño no parecia sino que todos los dias inventaba alguna sorpresa mas para halagar a sus amigos, i ya era un senador ocultando en su seno una Vénus afrodita, tallada en rico mármol de Páros, ya una náyade, cuya cabeza de ánjel coronada de algas i espadaña se dejaba ver al traves de las espumas de un arroyo secreto.
Agréguese a esto una jauría selecta i algunos aleones diestramente preparados para la caza de aves, hermosos caballos i lindas armas, i no podrá ménos de observarse, que si Candia habia tenido una juventud ajitada i batalladora, gozaba, en cambio, de una vejez capaz de ser envidiada por el mismo Aristipo.
Sinembargo, era de notarse que entre los que mas frecuentaban el Retiro, que por cierto no eran tantos que pasasen de una docena, era de contarse un viejo sacerdote de cabellos blancos i barba venerable, quien tenia todo el aire de un santo por su ademan de recojimiento i por sus palabras de paz.
Este justo varon, a quien llamaban el padre Modesto, i por quien mostraban el mayor respeto los amigos de Candia, no era otro que Alí, el domador, cuyos últimos años consagrados al amor del prójimo i a la penitencia, le habian granjeado una popularidad cristiana i ejemplar.
El antiguo pirata, azote del Mediterráneo, solo vivia con Dios i para Dios.
Pasaba frai Modesto seis de los siete dias de la semana con Candia, hablándole de la virtud i de la gloria eterna, i el dia restante lo empleaba en los cuidados de su grei, que era uno de los pueblos comarcanos.
I era durante aquellas ausencias que el impenitente Candia reunia como a hurtadillas a Ruíz, a Molina i a diez mas de sus antiguos camaradas, ya demasiado viejos para andar en disputas i bandos, i soló amigos del buen vino, el ocio i la charla sobre sus pasadas hazañas.
Reuníase el domingo despues de misa a la salida de la iglesia de santo Domingo, i llevando a Candía en el centro, se encaminaban al Retiro, donde el dilijente Perico les servia un escelente almuerzo a la española.
Pasaban el dia entre los dados, la caza i los recuerdos, i a la caida del sol regresaban a sus casas pidiéndole mui sinceramente a Dios que volviera todos los dias domingos, o, por lo ménos, que se llevase a frai Modesto al seno de los justos, a fin de entrar ellos al Retiro para no abandonarlo jamas.
