CAPÍTULO XXI

VALOR I DIGNIDAD

El sordo rumor de la caida de Núñez llegó hasta el apartado rincon que habitaban Jilma i su esclava. Las pobres mujeres asomándose al balcon i viendo tanta jente amotinada en la plaza, temieron por su suerte i se encaminaron en busca del virei. Sinembargo, media hora habia sido mas que suficiente para que las cosas cambiaran de aspecto en el pais, i durante esa media hora su protector habia pasado del palacio a la cárcel. Así dispone la alta sabiduría de Dios de la suerte de los pueblos!

Jilma entró la primera en el salon, teniendo antes el cuidado de velarse el rostro con la manta de su turbante. Cepeda reparo en ella con asombro, i esclamó:

-Una india aquí!... mis ojos no se engañan?

Jilma esclamó tambien por su parte i a media voz:

-Gran Dios! Cepeda aquí! e hizo un movimiento para retirarse.

-Oh1 soi mui feliz! pensó Cepeda con un cinismo atroz, parece que el dia va a ser completo! I adelantándose a recibir a Jilma, la dijo:

-Oh! i qué buscais aquí?

-Lo que el patrio suelo me niega por doquiera.

-La libertad acaso?

-Hai, replicó Jilma con marcado acento de entereza; hai para las mujeres de mi linaje algo antes que la libertad: el honor. Busco pues una guarida donde preservarlo.

-Qién sois, entónces?

-No creo que importe para nada saber quién soi. Sabed solo que soi mui desgraciada, i que vengo huyendo del bosque natío, donde se me persigue como a la alondra el gavilan. Pero no estoi sola, el virei Blasco Núñez me ha ofrecido su proteccion. Mas ¿dónde está? qué es que no lo veo?

La palabra proteccion hizo sonreir lijeramente al licenciado, pero queriendo ir recto acia su objeto, dijo a la desamparada niña:

-No dudo, hermosa, que habeis escojido un buen protector, pero hubiera sido mas cuerdo no ocurrir a donde hombre tan malvado.

-Qué! malvado lo llamais? permitid que os recuerde que es el virei.

-Ya no lo es por fortuna, Justo el pueblo, acaba de bajarlo del mando.

-A él, tan bueno i tan noble?

-Le lisonjeais.

-Le hago justicia; no podré olvidar nunca que sostiene nuestra causa con caballeroso desprendimiento. Quién fué su acusador?

-Parece que vuestra voz tiembla al preguntar? Lo amabais acaso?

-Respondedme, insistió la doncella real sin dignarse contestar a la villana pregunta del oidor.

-Perdonad, pero no quisiera aflijiros.

-Su acusador! su acusador! insistió Jilma.

-Fui yo, dijo dulcemente Cepeda.

-Necia de mí que pregunté lo que debia haber adivinado! Bastaba veros profanando su puesto para comprenderlo así. Blasco infeliz!

I los ojos de Jilma lanzaron llamas, que se vieron brillar al traves del encaje que los cubria.

-Era su amante, sin duda, pensó Cepeda.

-Mas, de qué lo acusásteis? preguntó con arrogancia i desprecio la hija de Manco.

-De asesino, respondió friamente el oidor.

-Es una impostura infame.

-Es hecho probado.

-Con qué?

-Con un cadéver

-El nada prueba.

-Hai testigos.

-Oh! testigos! testigos! esclamó la niña con un acento próximo a ser ahogado por las lágrimas. Ese es el gran recurso de vosotros los españoles. Porque hubo testigos, hicisteis morir en una hoguera al grande Atahuallpa, i al heróico Almagro en un patíbulo. Cuidado con vos, señor oidor, no sea que se encuentren tambien testigos para colgaros.

I luego, como plegando a un pensamiento súbito, añadió:

-Quién fué el asesinado?

-Illen de Suárez.

-Ai! oidor, ya pasa de infame tan injusta acusacion. Yo presencié la muerte de ese infeliz anciano, i os juro que el virei está inocente.

-Es cierto lo que decís? preguntó turbado Cepeda a la indiana.

-Ya veis que pronto han empezado a hallarse los testigos...

-Temblad, infeliz! dijo Cepeda, levantándose amenazante i viniendo ácia Jilma. Temblad si tal secreto llegais a revelar: moriríais

-Jamas cómplice yo de infamias i maldades! Oidor, hablaré mas alto que todos. Fué mi protector, i quiero pagarle con algo.

El golpe era tan inesperado para Cepeda, i era tan terrible al mismo tiempo, pues si Jilma hablaba podian trocarse los papeles entre él i el virei, que, no obstante su gran serenidad, quedóse algunos momentos como aturdido, cuando no buscando en su imajinacion un medio para traer a la desconocida india a su partido. Hallólo al fin a su parecer, i acercándose galantemente a Jilma empezó a hablarle de esta manera:

-Perdonad, india hermosa, mi inusitada arrogancia, i tened a bien no acusar mi razon, pues la he perdido.

-Oh! dijo Jilma riendo apesar del dolor que reinaba en su corazon. ¿Conque es decir que mi belleza os ha herido de amor, sucio reptil?

-Oh! esclamó Cepeda sobresaltado por una idea que parecia romperle el craneo por su inmensidad, i sin pararse a examinar la burla ni el desprecio de su interlocutora, Oh! decidme al punto quién sois, por piedad, pues vuestra habla despierta en mí recuerdos de alegría!

Jilma llevó su mano a las sienes con la majestad de una reina i echando a un lado su turbante blanco, dijo al oidor desafiando su jesto i su mirada.

-Cepeda, Jilma soi!

-A el alma mia, esclamó Cepecla arrebatado, bien lo dijo lo hermoso de vuestra voz. Con que sois Jilma sí! me lo decia mi corazon con sus latidos ! Jilma Jilma! oh, la diosa de mi amor!....

I el licenciado no tuvo ya mas palabra ni mas voluntad: tanta así era la vehemencia de su pasion.

-Oh! no me digais eso, Cepeda, sierpe astuta que vivís en acecho, pues solo yo sé cuánto eres torpe i atrevido. Hacer mal es para vos la suprema de las dichas, ambicioso sin freno, hombre sin lei, conspirador infernal!

-No, Jilma, no me acuseis así; mi sola ambicion es postrarme a vuestros piés, dijo el oidor enajenado i dobló una rodilla ante la indiana acusadora.

-Oh! mui bien estais así, observó esta con altivo desprecio, así he oído decir que se rinde culto a a belleza. Inclinad, pues, la frente a mi paso, i rendidme por odioso tributo el mar entero de las lágrimas de vuestro falso amor. Yo os contemplaré, en tanto, con regocijo salvaje, me deleitaré en vuestra agonía i seré feliz con vuestro sufrimiento. Oh, Cepeda! haceis bien en permanecer de hinojos ante mí; así es como debe estar el español ante las vírjenes peruanas; i mostrais bien que sabeis medir la distancia que hai entre la heredera de los incas i el pobre aventurero togado....

-No es ante la reina, dijo Cepeda levantándose vencido, ante quien doblo la rodilla reverente, es ante el sol de luz i de hermosura que calcina mi pecho de amor. Flor de los bosques, pura, virjinal, única estrella de mi horizonte, si vos llevais corona de diamantes corno vuestros montes, cuyas cimas se pierden entre las tempestades i el zafiro, tambien llevo corona yo en la sien ! Lo que deslumbra mis ojos amantes no es, Jilma, vuestra raza jenerosa, es solo vuestra hermosura i vuestra gracia. Del palacio paterno en muelle estancia, fabricada de juncos i flores, al grato son de mil fuentes sonoras, bajo el agrio i hervoso peñascal, os vi por la vez primera; recordadlo bien, Jilma i desde entónces vuestra imájen vive en mi memoria, albo recuerdo, serenísimo encanto del corazon!

-Ahogad, infeliz, ese acento pérfido; amor no tengo yo para el villano que oprime mi nacion. Odio, si quereis, os daré en abuadancia, pues tengo de él repleta el alma; i mi convulso i enojado labio solo sabe destilar para vos ondas impuras de amarguísima hiel. Ya sabeis que aborrezco vuestros amores, que os desprecio como hombre i como amante, que huyo de vos, i que estoi dispuesta a morir ántes que a escucharos. ¿Para qué, pues, ese afan de seguirme? Sin hogar i sin padres ¿no es mi destino bastante infeliz? Pensais, soberbio, que puedo amaros, cuando solo encierra traiciones vuestra mirada, i hace latir de horror al corazon? Oh! las fieras no se aman!

-Con que fiera solo soi a vuestros ojos! respondió Cepeda con ironía, ¡vaga en mi mirada silenciosa la traicion i la infamia?...Bien! temblad, que estais en mi poder.

-Oh! si no es eso cierto, decid ¿qué hicisteis del virei?

-Ah, Jilma! i quereis que no lo odie de muerte cuando lo amais! i que aplauda vuestro amor i vuestra ardentía

-Amar yo al virei? Oh, no! mi amor es respeto i agradecimiento.

-Respeto que anubla vuestra mirada i que tiñe de muerte vuestro semblante. Guai! Jilma, de el i de vos!

I el irritado amante asió de un asiento i se puso a la mesa a escribir, diciendo:

-Voi su muerte a decretar en vuestro nombre.

-Su muerte no, delirais, Cepeda. Yo estoi aquí para salvarlo, i lo salvará. Tengo mucho oro, i al oro no sabe resistir el aventurero.

-Pero vos no saldreis de aquí, gritó Cepeda interponiéndose amenazante entre Jilma i la puerta.

-Quién me lo impedirá? preguntó la vírjen, armando su flecha.

-Yo!

-Apartaos, Cepeda, o esta flecha envenenada irá, breve i sutil, a derramar la muerte en vuestro pecho!

Cedió Cepeda ante la amenaza de Jilma, i esta i su esclava desaparecieron en el instante.

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