CAPITULO XXVIII

LA VISION

Volvió Gonzalo a su asiento bastantemente contristado se dejó caer en él esclamando:

-Qué hado fatal persigue mi fortuna? ¿por qué parece apagarse mi estrella aún ántes de clarear por entero?.... Quién resiste a tan noble adversario: cuando no vence con la espada, vence con la palabra i con el corazon?

-Oh! qué teneis, Gonzalo? gritó Jilma viniendo ácia él, i viéndolo pálido i desfigurado.

-No me lo pregunteis, no, Jilma querida... va a oscurcerse de mi gloria el sol!

-Es acaso de horrenda desventura algun secreto horrible?

-Me estremeceis

-Oh! Gonzalo, si hai que apurar hasta las heces repleta i amarga copa de veneno i hiel, no temais, no: mi labio sabrá apurarla junto con el vuestro, brindando por la gloria i por los amores! I luego..... triunfantes o vencidos seremos felices con la felicidad de nuestro amor!

-Llorad, Jilma infeliz! Desde este instante vamos a separarnos.

-Oh! nunca, nunca nos separaremos, mi Gonzalo, dijo la casta i amante niña rodeando el cuello del héroe con ternura casi filial; mi vida sin la vuestra es vida trunca, noche sin astros, soledad sin flor

-Oh! sí, Vamos a separarnos, que a la liza llama el cañon con furibundo acento, i sobre la alta torre, por el viento batida, jira crujiente la enseña del real podar i luego, como arrebatado por un delirio febricitante, tomando a Jilma por un brazo la llevó a una de las altas i macizas ventanas que daban a la plaza de armas de la ciudad, i estraviados los ojos, i el cabello en desórden meduseo, díjole con la voz apagada i confidente:

-¿No escuchais, Jilma, el eco vagoroso de jinetes que corren allá, léjos?..... ¿de la luna a la luz amortigüada no veis soldados por doquier cruzar? Ese ruido de armas i corceles, nuncio e combate, no os habla de muerte i de desgracias, no os rinde i abate?

-No, mi Gonzalo, por qué abatirme. El no es mas que una alucinacion de vuestra fantasía, pero aunque fuera una realidad, él seria solo un eco anticipado de victoria, anunciada a Pizarro, el adalid! Por qué habia de abatirme, cuando debeis compartir conmigo vuestros laureles en adelante?.....

-Oh! Jilma, porque para ganar esos laureles, es preciso que Gonzalo os abandone i vaya a morir.

I volviendo en seguida a su vision primera, añadió, presa siempre de los mismos tenaces presentimientos

-Aquí la espada mohosa de olvidada, se descuelga del murallon, allí se alustra la empolvada loriga por el amenazante lidiador. El ronco falconete rueda pesado; la tremenda lanza brilla siniestra a la luz de los astros nocturnos, i del arcabuz resuena la voz en la soledad! Pero esto no es todo, Jilma mia; mirad allá, en medio el bosque, circundado de soldados i tiendas, dos cadalsos i junto a ellos dos hombres que marchan a morir! Los conoceis? miradlos bien! I Gonzalo empujó mas ácia la ventana a la pobre niña, que no veía nada de lo que se le decia, i cuyos ojos empezaban a humedecerse con el estravío mental de su amante.

-Oh! no, por Dios, Gonzalo, desechad esas tristes visiones de los sentidos! Traed la valiente mano i ponedla sobre mi corazon... lo sentís tranquilo? Sus latidos no son de angustia sino de amor.

-Mirad! continuó el héroe sin hacer caso a las dulces reflecciones de Jilma, el uno es jóven; su frente se levanta orgullosa, su pié permanece firme aun sobre el cadalso.... No lo conoceis, Jilma? Míradlo bien, es a vuestro esposo a quien van a sacrificar cobardes asesinos!

-Oh! no, Gonzalo.... apartaos de ahí. La amargura forja en vuestra mente atroz presentimiento. Ese ruido i esas voces de muerte las forma el viento al soplar en el roto murallon.

-Os engañais: él ha estado aquí, i de sus labios mismos he escuchado el reto de batalla.

-Ceñios al punto el penachudo casco, vibrad el acero, e id a su encuentro; mas ¿quién es él?

-El hombre denodado, el único que puede combatirme con ventaja: Jilma, el virei!

-Qué! se ha salvado al fin?

-Oculta mano le ha abierto la prision. En cambio, esa mano ha despedazado cruel todas mis esperanzas. Le ha devuelto su libertad, pero ha comprado esa libertad con mi vida

-Qué he hecho, infeliz! esclamó Jilma revistiéndose de una palidez mortal. Fué esa mano mi mano, que del trono hoi os vuelca!

I sin poder mantenerse mas, cayó temblante a los piés de Pizarro, i casi muribunda, esclamó:

-No en vuestro encono, vayais a aborrecerme, por piedad!

-Jilma, Jilma mía, calmaos!

-Oh! sí, Gonzalo, articuló la niña sollozando: él me dió un asilo en su palacio cuando todos me cerraban las puertas de sus casas.....! él guardó mi honor como el honor de una hija suya. Perdonadme! yo no sé lo que he hecho.... pensé solo en hacerlo libre por gratitud; pero no creí que él saliese de la prision para matar a mi Gonzalo...... a quien amo tanto, i a quien no podría ver morir sino muriendo junto con él!

-Oh! cálmaos, Jilma: todo ha sido una loca vision de mi mente......  yo deliraba. Aún están mis cañones en los fuertes.......  mis caballos bufan aún i me acarician para que los conduzca al combate. Mirad, me parece ver brillar en torno de mi cabeza la aureola de luz de los heroes; levantaos i no temais.

-Así es como yo os quiero, Gonzalo, dijo Jilma serenándose de la pasada emocion: porque así sois lo que yo habia soñado. Pero es cierto que no me vais a aborrecer?

-I por qué? Lo que habeis hecho con el virei me prueba bien vuestra estirpe jenerosa; i ya no es amor lo que siento por vos, sino santa i solemne admiracion! Tranquilizaos, todavía está en mi brazo la lanza i en mi pecho, entero mi corazon.

I los dos amantes se enlazaron en un casto abrazo, que hizo sonreír de alegria al celeste ánjel de los amores.

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