CAPITULO XXXI
EL CASTIGO DEL CIELO
El notable acontecimiento de que dimos cuenta en el capitulo precedente, aunque sin hacerse trascendental a la mayor parte de los parciales de Pizarro, cambió por completo la faz de los sucesos.
Segun los planes del avisado maese de campo, una vez realizadas las bodas de Gonzalo con Jilma, cosa fácil seria traer a dócil sometimiento a todos los peruanos, pues dichas bodas no debian considerarse mas que como una alianza entre los conquistadores i la familia real; i esa alianza unida a los recursos materiales que reunian de suyo los rebeldes, era bastante para sostener el trono en que Carvajal soñaba colocar a Gonzalo.
I el viejo soldado no se equivobaca en sus miras; faltóle únicamente la unidad de política con el padre de Jilma, i esta fué la causa de la caida de ambos.
Un mes habia pasado desde que Jilma bajaba los ojos ante las miradas de Pizarro, cambiando los delirios de su primera pasion por el respeto i los cuidados que demanda el amor paternal; i ese mes habia bastado para que se efectuasen importantes sucesos. Propiamente hablando no puede decirse que Gonzalo Pizarro se hubiese descuidado en consolidar su gobierno, pues babia alejado de Lima a todos los que podian hacerle daño; en el ayuntamiento de esta ciudad solo tenían asiento sus mas notorios partidarios; los soldados en quienes tenía mas confianza eran los que estaban al frente de las provincias del imperio, i en Arequipa se construian abundantes i sólidas galeras para atender al dominio de los mares; i el estado de su ejército en disciplina i riqueza era tal como no se habia visto otro en el Perú.
La situacion del personal de la Audiencia de Lima, la única que hubiera podido hacer frente a Gonzalo, era una situacion nula. Alvarez habia sido mandado a Castilla con la causa del virei; Cepeda, el mas temible de todos por su talento i por su ambicion, era el mejor instrumento de Gonzalo i el mas rastrero de sus aduladores; Zárate yacía postrado de muerte en el lecho del dolor; i a Tejada se pensaba enviar a España con una relacion de los últimos sucesos para justificar la conducta de Gonzalo i obtener el beneplácito del emperador. Paso a que se opuso Carvajal diciendo: "Que se habia ido demasiado léjos para obtener favor de la corona, i que mejor era fiar su justificacion a las lanzas i a los arcabuces"
En estas circunstancias llegó a Lima una mañana la noticia de que el buque a que habia sido trasladado Vaca de Castro en su calidad de preso de Estado, habia desaparecido del puerto, i todo el mundo temió con razon los resultados de este suceso, pues conocian la actividad i el talento del maltratado consejero.
Esta huida dió lugar a una entrevista entre Gonzalo i Cepeda, la cual pasó así.
Decía Gonzalo:
-La huida del consejero me prueba bien que aún no he hecho todo lo que debiera en el Perú. Estoi rodeado de traidores i es preciso hacer algunos escarmientos.
-Que pronta vuestra mano castigue a esos infames.
-Bien pues, Cepeda, hacedme el favor de ir nombrándomelos, pues vos los conoceis mejor que yo.
-Perdonad, señor; pero no veo las cosas lo mismo que vos.
-Es muí natural, observó Gonzalo con cierta sonrisa de amargo desprecio. Pero seria bueno que me pasaseis bien en vuestra memoria, a ver si recordais siquiera el nombre de uno de esos caballeros.
-Pueda que yo me equivoque, pero creo que ya el valiente i leal Carvajal dió a todos su merecido.
-Sí, Cepeda, os equivocais, pues yo tengo para mí que falta por colgar al jefe de los criminales.
-Bien, decid cuál es; i que su cuello corte al punto el verdugo. La severidad ante todo con los criminales.
-Oh, Cepeda i qué celo de justicia el que os anima hoi.
-Lo recto de mis intenciones me obliga a ello.
-Entónces, Cepeda, dijo Gonzalo revistiendo su voz de espantosa autoridad, preparaos a morir
-Morir! i por qué? gritó palideciendo de enojo i de soberbia el licenciado.
-Puesto que me inquirís con tanta resolucion, es necesario que sepais que no me son desconocidas todas vuestras maquinaciones. Conspirais contra mí i aspirais al imperio desde ántes que saliéseis a besar el polvo de mis piés el dia de mi entrada triunfal a esta ciudad. Os devoran los celos de mando, i quereis derribarme del poder, sin pensar que la gloria no puede alcanzar nunca a los hombres de vuestra degradada condicion.
-Gonzalo! gritó Cepeda con un acento parecido al del tigre hambriento que ha divisado i va a lanzarse sobre su presa.
-Sí, continuó Gonzalo imperturbable, ha llegado vuestro último día. Pero ántes decidme ¿por qué habeis ausiliado la fuga de Vaca de Castro? Por qué habeis conspirado de muerte contra el virei Blasco Núñez Vela? i finalmente, decidme lo que habeis hecho del factor Suárez de Carvajal?
-Desconozco el derecho que tengais para interrogarme, i en breve comparecereis ante la Audiencia a responder contra el cargo de usurpador.
-Desgraciadamente para vos, hai entre las circunstancias de hoi i las pasadas la misma diferencia que entre el virei i yo. Pero no escuseis mi pregunta ¿qué habeis hecho del factor Suárez de Carvajal?
-Nada tengo qué ver con él ni con vuestra pregunta.
-Mentís, Cepeda, porque yo os acuso de asesino del factor; i Díaz, vuestro cómplice en el delito, está pronto a denunciaros.
-No me importa! tambien podeis acusarme de hereje, pues mandais miles de bandidos, i es sabido que los tiranos no han tenido nunca mas lei que sus odios.
-Bien, sea como vos decís; pero mirad esta órden, escrita de vuestro puño i letra. Por ella mandabais dar muerte alevosa al virei.
-Ah! dijo Cepeda... es cierto; pero vos sois jeneroso i me la vais a devolver!
-No, que al verdugo vos mismo habeis regalado las cabezas de los traidores que hai en Lima.
-Perdon! perdon, noble Gonzalo! esclamó el togado cayendo vencido a los piés del héroe, al tiempo mismo que sus hojos despedian llamas de odio, como los de las víboras que se azotan en su furor.
-No, no puedo devolveros ese documento, porque él debe servirme para el caso de que os salga bien el plan que habeis concertado con el consejero Vaca de Castro, a quien habeis dado la libertad.
-Es decir que la vida?.....
-Os la perdono en cambio de esa prenda fatal.
-Gracias! gracias, Gonzalo! dijo Cepeda levantándose; pero mejor seria que quemáseis ese papel. Yo os doi en cambio mi palabra de eterna fidelidad.
-Vuestra palabra!.... Yo desprecio esa prenda por insegura.
-Empero, yo os la doi de seguir siempre vuestro pendon.
-Como os parezca, repuso Gonzalo con supino desprecio.
Hubo despues un momento de pausa i de perplejidad, el cual fué roto por el usurpador, diciendo a Cepeda:
-Andaos con cuidado, señor oidor, pues Suárez tenia un hijo, del cual no es posible que os liberteis.
-Si? i en dónde, en dónde se encuentra?
-Vió la primera luz en la noble Tordesillas, i su bautismo presencie.
-Su nombre?
-Diego Cepeda.
-Maldito estoi de Dios: era mi padre! dijo el oidor, i fué a caer casi moribundo sobre una silla del salon.
-Sí, vuestro padre, sacrificado por vuestras infamias i vuestra ambicion. Ved ahí cómo castiga Dios a los criminales: vos lo mandásteis asesinar para derrocar al virei, i con ello no hicísteis mas que derramar vuestra propia sangre. Meditad sobre ese hecho horrendo de vuestra historia.
I Pizarro salió de la pieza despues de lanzar esa terrible espresion sobre el oidor, quien, fuera de sí, sufria en aquel momento todos los infortunios del infierno.
