CAPITULO XXXIV
PEDRO DE LA GASCA
El eminente inquisidor conocia mui bien las jentes con quienes tenia que habérselas: con españoles, fieles hasta la exajeracion a su príncipe i timoratos como decididos católicos. Acostumbrados al despotismo político formulado en las breves palabras yo el rei, no se tomaban el trabajo de discutir las órdenes de su soberano, i subian con la misma humildad al cadalso para que los degollasen, que besaban la mano al rei, su señor natural.
Despues de un viaje no muí largo llegó Gasca a Santamarta, i supo allí la muerte del virei Núñez Vela i las consecuencias precisas de la batalla de Añaquito. Afectáronlo estos hechos de una manera profunda, pero cuidóse bien de darse por entendido; i haciendo uso de sus facultades ilimitadas, hizo estender la voz de que venia autorizado para derogar las ordenanzas i perdonar a todos los que confesasen su falta i se afiliasen nuevamente en las banderas del rei.
Dado este paso de profunda sagacidad, el inquisidor se ocupó en pensar qué puerto del Perú escojeria para su desembarco, pues todos estaban en poder de Pizarro, i bajo las órdenes inmediatas de sus mas comprometidos subalternos. Decidióse al fin por Nombre de Dios, ocupado en esos momentos por Hernan Mejía. Si el astuto clérigo se hubiera presentado allí al frente de una escuadra poderosa i con pretensiones de mando, no hai duda que Mejía lo hubiera recibido a balazos; pero llegó casi corno un simple particular, i sin la fastuosa ostentacion de los vireyes de Indias. Saliólo a recibir el ajente de Pizarro a la cabeza de sus soldados, i todos lo saludaron con aclamaciones ridículas, nacidas del desprecio que les inspiró su persona i su traje talar. No se ocultó este escarnio al ojo sereno de Gasca, i léjos de incomodarlo, hizo todo lo que estuvo de su parte, por exhibirse como un clérigo estúpido, i en quien la mision de la corte era mui inadecuada.
Los primeros días del desembarco, Gasca no hizo nada que pudiera llamar la atencion, i todo sus pasos se dirijieron a disputas teolójícas con los sacerdotes del puerto, a misas i a rezos, que no hacian mas que despertar el sarcasmo de los soldados, quienes se reían mui cordialmente del fraile pacificador. No obstante esto, Mejía empezó a entrar en sospechas, i acabó por tener una conferencia secreta con el inquisidor. Dijole en ella Gasca, que en el fondo creía hallarse de acuerdo con Gonzalo Pizarro, puesto que él tambien abominaba las ordenanzas, i que si Núñez hubiera sido tan prudente como Mendoza, el virei de Méjico, quien las habia suspendido luego que habia visto sus perniciosos efectos, todo se hubiera evitado. Habló en seguida de la razon que asistia hasta cierto punto a los que se habian sublevado; i concluyó por consultar a Mejía si seria oportuno espedir ya un decreto de perdon jeneral.
Hernando cayó en la red, como hubiera caido cualquiera, i dijo a Gasca que era indudable que Pizarro iba a encontrar en él un ausiliador mui eficaz. Le dió la bienvenida, i acabó por ponerse a su entera disposicion, admirando sus talentos i su humildad.
Aquel primer triunfo alentó sobre manera al paciticador, i siendo Panamá la verdadera llave del Pacífico, despachó de precursores a donde el caballero de Hinojosa, que mandaba la escuadra de Pizarro compuesta de veinte i dos buques, a Hernando Mejía i a su compañero Alonso de Alvarado. Espusieron estos al teniente el objeto del viaje de Gasca, i le hablaron de su talento i de su virtud con un entusiasmo que honraba su celo. Oyóles Hinojosa con atencion, pero no se dejó convencer por lo pronto, pues era un caballero de ánimo mui superior para no comprender que habia algo de tenebroso en la mision del teólogo para todos los que habían seguido las banderas de Pizarro, i que Gasca los ahorcaria aunque fuese con un lazo de seda i flores. Sinembargo, no dijo nada de su pensamiento a Mejía i Alvarado, i al presentarse el pacificador en Panamá lo recibió con una esquisita distincion.
Tendió Gasca mil trampas maravillosas a Hinojosa, pero el leal caballero se libró de ellas con una destreza de oportunidad i de espíritu que pasmaron a aquel. Por fin un dia Hinojosa no pudo contenerse mas i dijo al pacificador:
-Mucho me habeis hablado, señor, de vuestras facultades para hacer el bien, pero no me habeis dicho todavía si venís tambien autorizado para reconocer i confirmar a Pizarro en el mando del Perú ; pues solo de ese modo seremos buenos amigos.
El golpe era fuerte, pero mas fuerte era el antiguo guerrero de la puerta de Alcalá, quien respondió sin pararse a su interlocutor:
-No sé si, bien enterado del pormenor de los sucesos, deba dar a Pizarro el premió que merece; pero lo que sí puedo aseguraros es que estoi dispuesto a pagar mui bien a los buenos servidores del rei.
Paró aquí la conferencia, e Hinojosa comprendió todo lo ambiguo i corruptor de la respuesta de Gasca, i se separó de él para despachar un buque a Pizarro con las noticias de lo que pasaba. Partió el buque en efecto con la infausta nueva, pero en él no fué solo el ajente de Hinojosa: fué tambien un pobre fraile dominicano, de aspecto casi santo, que llevaba sus maletas provistas de cartas i proclamas de Gasca para los personajes mas notables del Perú, i todas las dignidades eclesiásticas, a quienes se daba parte de la mision del rei i se los exhortaba en nombre de la fe a que ayudasen por todos los medios a su buen fin.
Este fué el primer disparo del ejército invisible de Gasca contra Gonzalo, i no hai duda que fué de un efecto mortal.
Aparte del fraile domínico salió tambien para Lima el caballero Paniagua, portador de una carta del Emperador para Gonzalo i otra de Gasca; lo mismo que de una mision secreta para cerca del licenciado Cepeda. Como se ve, el pacificador no habia podido pasar de Panamá, pero sus avanzadas habian penetrado ya hasta mas allá de la metrópoli de los reyes.
Las cartas dél Emperador i de Gasca para Pizarro estaban vaciadas en el mismo molde. Ambas lo colmaban de elojios como a un gran capitan, i le decian que esperaban de su lealtad a la Corona su docilidad i buen comportamiento; pero nada que pudiera interpretarse como una aprobacion a su conducta. La palabra, si se hubiera soltado, era mui sagrada para haberla recojido despues: por eso no se pronunció.
Pizarro comprendió al punto su situacion, i se decidió por oponer a la diplomacia, la lanza.
Así pasaron hasta algunos meses; pero siempre sin tomar noticia de Pizarro, e Hinojosa creyendo que tenia preso al pacificador, i este esperando que la mision del fraile domínico surtiera sus efectos.
Gasca se los habia ganado a todos en Panamá, escepto a Hinojosa, pero todos los dias tenia propuestas de sus subalternos para entregarlo preso i adueñarse de los buques; propuestas que Gasca rechazaba de ordinario diciendo: que su mision era de paz, i que lo que no alcanzase por la voluntad no lo intentaria por la fuerza. I aun agregaba con una profundidad de talento que sus compañeros no comprendian:
-Que Hinojosa hacia bien en ser fiel a Pizarro, puesto que la fidelidad era el distintivo de las almas nobles.
I por supuesto que se cuidaba bien de decir estas cosas de manera que llegasen a oidos del sostenido capitan.
Habian llegado entretanto a Lima las cartas de Hinojosa i del rei. Gonzalo se sorprendió sobremanera de su contenido, i empezó a comprender que habia perdido un tiempo precioso en danza, convites i versos; i se dispuso para repararlo.
Carvajal estaba distante, en las minas del Potosí; su hija Jilma no era adecuada para tomar consejo de ella: tales eran las perplejidades de Gonzalo, cuando se presentó en su busca el licenciado Cepeda, i díjole:
-Comprendo mui bien lo que está pasando en vuestro interior, pues yo tambien he recibido algunas cartas del pacificador; pero creo que hasta ahora no hai nada perdido.
-Esplicaos, repuso Pizarro con interes.
-Ved aquí mi plan. Gasca no es mas que un comisionado de Castilla a Lima, mandad vos uno de Lima a Castilla.
-I bien?
-Ese comisionado, hombre prudente i avesado en los negocios de la corte, puede llevar algunas gruesas sumas de oro: hablar al rei decididamente, i alcanzar la confirmacion de vuestro poder. Entretanto entretendremos aquí al señor inquisidor del modo que le sea mas agradable.
Pizarro comprendió al punto toda la importancia del consejo del oidor, i aún llegó a ofrecerle a él mismo la embajada; pero Cepeda, que tenia sus motivos para quedarse en el pais, se escusó diciendo que al que debia mandarse era al caballero Lorenzo de Aldana, personaje discreto i valiente, i acaso el mas decidido de sus partidarios.
Convino Gonzalo, i pocos dias despues salió Aldana para Castilla, acompañado del arzobispo de Lima, i de dos o tres caballeros mas de los mas notables de la ciudad.
Llevaban los comisionados, aparte de las cartas para el rei, una para Gasca firmada por setenta principales, en que le decian con mui buenas razones que ya su mision no tenia objeto en el Perú por estar completamente tranquila la colonia, i que lo mas prudente que podia hacer, era volverse a la península a llevarle la nueva al rei. Que la continuacion de su viaje hasta Lima no podria ménos de suscitar embarazos entre él i Pizarro, i tal vez concluir con su muerte.
El redactor de esta carta fué el nuevo consejero de Pizarro, el licenciado Cepeda.
Escribió este tambien de su puño al inquisidor, i su carta estaba concebida en los siguientes términos:
- Señor.
- La carta firmada por los setenta vecinos ha sido dictada por mí, pues he dado a Gonzalo el consejo de la embajada o España pura que descuide aquí i ganeis tiempo vos. El creerá que el Emperador lo confirma i no levantará soldados para resistiros.
- Aldana es el jefe de la comision; i lleva cincuenta mil pesos para compraros, e instrucciones pura desembarazarse de vos caso que seais incorruptible. Soi de opinion que recibais estos cincuenta mil pesos, pues al fin son de los fondos de la Corona, i pueden serviros para comprar al mismo embajador.
- Adios, señor Presidente, creo poder prestaros muchos i mui importantes servicios; i aunque quedo al lado del tirano, estad seguro que es para el mayor provecho de la monarquía.
- DIEGO CEPEDA.
- Adicion.-Olvidaba deciros que he dejado la profesion del foro por la de las armas; gano cada dia mas terreno en la privanza del usurpador, i creo que, llegado un caso decisivo, puedo prestaros un servicio bien grande.
Gasca leyó esta carta con un vivo interes, i aunque de mucha utilidad para él, no pudo ménos que despreciar la mano vil que la habia escrito.
-No hai duda, díjose, que Cepeda va a, jugar dos papeles. Quedándose al lado de Pizarro, sigue la estrella de este hasta el momento de apagarse, i cuenta con buenos amigos en los representantes de la Corona... No importa, mi posicion es mui delicada, i yo tengo que aprovecharme de todos los recursos que se me presenten.
Dió despues una cita al caballero Lorenzo de Aldana, i en ella se espresó de la manera siguiente:
-Con otro que no fuérais vos, yo me cuidaria mucho de indicarle todo el valor de mi comision al Perú; pero vos estais en viaje para la corte; vuestra vida, como emisario de Pizarro corre un gran peligro, pues el Emperador lo sabe todo, i su indignacion ha sido tal, que me ha enviado aquí con poderes ilimitados para que haga en su nombre todo lo que me venga en voluntad i sea conforme con los intereses del reino. La vida de Pizarro, lo mismo que la de todos los que le han seguido en su traicion, está en mis manos, i basta solo que yo pronuncie una palabra para que mueran. Empero, yo no he venido a guerrear sino a pacificar, i el que reconozca sus errores i me siga, seguro puede estar de su favor con el rei.
Mostróle en seguida las cédulas en blanco que llevaba del monarca, i le habló en términos tan decididos i corteses, Que Aldana no pudo ménos que acabar por admirar al que habia empezado por temer. La conferencia se prolongó mucho rato, i en ella supo Aldana cómo Gasca estaba ya informado de todos los puntos de su mision a España, de su gran prestijio i autoridad en toda la corte, i de su pensamiento incontrastable de no parar hasta la ciudad de los Reyes. Entrególe pues los papeles de que era portador, dióle el dinero con que debia comprarlo como en depósito; i sin salir de la estancia del inquisidor, escribió a Pizarro dándole cuenta de su sometimiento al representante del rei, i aconsejándole que hiciese otro tanto porque de lo contrario estaba perdido.
La entrega de Aldana produjo una gran sensacion en Panamá; amaneció la escuadra cubierta con la bandera de Castilla, i las de Pizarro echadas a la agua i flotando en ella como aves muertas despues de una borrasca. Gasca recibió un pliego, i ese contenia la renuncia de Hinojosa i de todos sus oficiales de los empleos que tenian a bordo, i su adhesion a la Corona. Gasca no admitió estas dimisiones, i media hora despues se halló en capacidad de cruzar el océano e ir a vérselas cara a cara con Gonzalo Pizarro.
Tales fueron los primeros pasos del cleriguillo contrahecho que la mano jigantesca de Cárlos V habia lanzado sobre el ensoberbecido leon de la conquista.
Los secretos planes de Gasca habian madurado lo bastante, i este cambió enteramente de pensamiento. No era Pizarro uno de esos hombres a quien pudiese intimidarse con pliegos en blanco, astucias ni sangre fria: eso estaba bueno para sus subalternos, i ya los mas temibles de la costa estaban vencidos. A Gonzalo Pizarro habia que combatirlo con pura metralla, i Gasca pensó en organizar un ejército. Buscó fondos, levantó jente, i escribió a las autoridades de Méjico i Guatemala pidiéndoles ayuda. Poco tiempo despues se halló en una actitud respetable para embarcarse i envió adelante a Aldana con cinco velas a que se mantuviera a la capa delante de Lima, i prestara socorro a todos los buenos vasallos del rei que se refujiaran a bordo.
Miéntras Aldana recruzaba las aguas del Pacífico en comision contra el hombre aquien hasta alli habia estado sirviendo, el fraile domínico ajente de Gasca, no se habia estado manicruzado. Las proclamas de Gasca i sus cartas a los principales señores del Cuzco i Lima, habian llegado sijilosamente a su destino. Los clérigos los frailes españoles eran los mas interesados en el buen suceso del inquisidor, i él mismo les había escrito que, sin ellos, él se consideraba incapaz de salvar la Corona del inmenso riesgo que la amenazaba. He ahí porqué los claustros, las sacristías i los confesionarios eran otros tantos focos de sedicion; i la ola crecia rebramante sobre la cabeza i en torno de Pizarro, i este no la sentia venir ni zumbar.
El domínico estuvo personalmente a ver a todos los individuos principales. Les habló de Gasca i de sus tremendos poderes, acabando por arrancarles la promesa de no moverse ni darse por entendidos hasta que el Presidente se presentase en las puertas de Lima i diera él mismo la voz de ataque. I esta precisamente era la conducta que convenía a los conquistadores, pues no deberian sacar la cara sino hasta el último momento, i ellos la sacarían si Gasca se presentaba como vencedor; de lo contrario no. Hacían pues su juego, i no arriesgaban por lo pronto ni su vida ni su hacienda. Lo mas que se exijia de ellos era que se mantuvieran a la espectativa, miéntras Gasca acababa, a semejanza del terrible boa constrictor, de arrojar su aliento envenenado sobre Pizarro; i el sacrificio no era mui grande para unos hombres que se sentían criminales por su rebeldía, i que no tenian mas grito público que "viva quien venza."
Estaban ricos i querian conservar sus riquezas: el deseo no podia ser mas natural.
He ahí el secreto de la caida de todos los poderes del mundo. Los soldados rasos pelean como héroes, pero los mariscales se quejan de la gota i huyen de las batallas como el ciervo de la trahilla.
Carvajal fué el primero que penetró el tenebroso plan del Presidente, i dijo a Gonzalo "que se previniesen, puesto que para él eran mas de temerse las cartas i las oraciones del fraile, que todas las buenas lanzas del rei de Castilla."
A esta sazon llegó a Lima el comisionado Paniagua con los pliegos de Gasca i del Emperador, i los consejeros de Pizarro se dividieron en dos bandos. Carvajal i los suyos opinaban porque se reconociese al Presidente. Este era el consejo leal de la amistad. Cepeda i sus compañeros, que tenian en mira otro interes, estuvieron por la resistencia armada.
Nació de aquí una acalorada disputa entre los dos privados, i en ella Cepeda acusó de cobarde a Carvajal. Este desistió pues de aconsejar el sometimiento, i mirando de reojo al oidor, díjole:
-A mí, señores, no me gusta la rebelion, pero si la quereis hagámosla; mi pescuezo es tan bueno como el de Cepeda u otro cualquiera para una soga. Por otra parte, mis años pasados son muchos, i los porvenir ningunos. Pensadlo vosotros que sois jóvenes.
La verdad era que Cepeda quena perder a Pizarro, parte por envidia de poder, parte porque era el único medio de adueñarse de Jilma, a quien amaba entónces con mas idolatría que nunca.
Pizarro, por su parte, miraba el sometimiento al clérigo, como él decia, como la mas triste de todas las humillaciones, i quería luchar hasta el fin como buen corazon. Su conducta no era por cierto la mas prudente, pero era la mas conforme con su orgullo militar.
Se convino pues en negar la obediencia al pacificador, i los sucesos se precipitaron estraordinariamente. Un mes despues se supo en Lima la entrega de la escuadra. A esta nueva fatal siguióse la del asesinato de Puélles, teniente de Pizarro en Quito. Centeno volvió a levantar bandera por el rei, reunió mil hombres, tomó al Cuzco i fué a sentar sus reales sobre las estensas orillas del lago Chucuito.
Estos contratiempos no sirvieron mas que para alentar a Gonzalo, quien, de una naturaleza igual a la del águila, no gustaba remontarse a las nubes sino cuando ruja el viento i sacudia el rayo sus crines de fuego. Abrió pues sus arcas repletas del magnífico oro de América, i vistió a sus soldados de terciopelo i joyas. Eran sus comidas banquetes espléndidos, i sus paradas espectáculos de lujo capaces de eclipsar los mejores dias de Babilonia. Caballos, armas, trajes, todo era raro, i el Potosí vertía torrentes de plata líquida capaces de repeler el océano de fuerza que el inquisidor iba a arrojar sobre los rebeldes, como los jigantes arrojaban en otro tiempo un monte sobre otro para escalar los cielos.
El orgullo herido del héroe habia llegado a su colmo, i dando cabida al fin al pensamiento que siempre habia rechazado en su corazon, repartió una bandera nueva a cada batallon, donde se veían las armas de los Pizarros al pié de una corona de rei. Tambien mandó acuñar moneda con su busto i su nombre. La provocacion no podia ser mas violenta; Gasca o Gonzalo tenia que morir en medio del estridor de las batallas, que es el modo mas solemne de jugar sus destinos que tiene el hombre.
Cepeda mismo llegó a fascinarse con el valor, la enerjía i la opulencia desplegados por Pizarro, i acobardado de haberse puesto en relaciones secretas con el inquisidor, quiso dar un golpe maestro de adulacion a Gonzalo, i cierto dia se le apareció con un proceso firmado por él i otros licenciados, en que se condenaban a muerte a Gasca, Hinojosa i Aldana.
-I bien, señor oidor, dijo Carvajal con marcada chocarrería ¿qué objeto tiene vuestro proceso?
-Evitar dilaciones cuando cojamos a esos tunantes, pues ya no habrá mas qué hacer que cortarles la cabeza.
-Yo creía, repuso Carvajal, que ese proceso tenia alguna virtud secreta para matarlos como rayo; de lo contrario reniego de él. Yo por mi parte os prometo, Cepeda, que si alguno cae en mis manos, no necesito de vuestro proceso para hacerlo picadillo.
Esta salida de Carvajal no pudo ménos de poner en ridículo al acucioso licenciado.
Entretanto Aldana habia llegado al Callao despues de haberse puesto en relacion con muchos capitanes notables, quienes se apresuraron a reconocer al enviado del rei, dándose cita para Cajamarca.
Pizarro salió de Lima con sus fuerzas i se acantonó a la vista del mar, de manera que al mismo tiempo que invijilaba los buques de Aldana, le impedia toda comunicacion con las jentes de tierra firme.
Cepeda no sabia cómo someter la opinion a pruebas decisivas, para resolverse a escojer entre el partido del rebelde i el de Gasca, i concitó a los parciales de Pizarro para que jurasen obediencia a sus banderas. Los soldados de Gonzalo estaban mui envalentonados para denegarse a reconocer a su amo, i todos se apresuraban a prestar el juramento exijido. Formalidad de que se reía Carvajal, diciendo a Cepeda:
-Cuánto tiempo pensais que durarán esos juramentos? Luego que salgamos de la ciudad, el primer viento que sople de la costa se los llevará.
El viejo batallador sabia bien que no se equivocaba. Aldana repartió escritos por todo el litoral, en que se hablaba de las tremendas facultades del pacificador i de sus deseos de perdonar a todos los que siguiesen la causa del rei. Esto solo bastó, i las lucidas tropas de Pizarro empezaron a desbandarse por centenares. Carvajal castigaba de muerte estas defecciones, pero su brazo usurpador era ménos fuerte que el brazo de Gasca; i el antiguo soldado de Ravena se medio consolaba cantando delante de Cepeda con una voz bastante infeliz:
-
- "Estos mis cabellicos, madre,
Dos a dos me los lleva el aire."
- "Estos mis cabellicos, madre,
Pizarro llegó a encontrarse mui mal. Tenia por el frente a Aldana, cuya vijilancia le impedia toda operacion por el lado de los mares; por el norte a Gasca, que se avanzaba sobre Lima, i por el sur a Centeno, con numerosos soldados, que guardaban el paso de todos los desfiladeros de los Andes. No le quedaba ya mas pueblo fiel que Arequipa, i se retiró allá con las reliquias de su ejército. Llegaba este entónces a quinientos guerreros; pero Gonzalo no se desanimaba por esto, ántes bien decia, con todo el valor del hombre que cree que el mayor poder de la tierra está en la punta de una lanza bien afilada:
-Con solo diez hombres que me queden yo sabré reconquistarme el Perú.
Todo fué abandonar Gonzalo a Lima i ocuparlo Aldana: tanta así era la fuerza del juramento provocado por Cepeda!
En esta sazon el pacificador era contenido en las costas peruanas por la mas deshecha i prolongada borrasca. Los buques, rotos los mástiles i el velámen en jirones tendidos al viento, habian perdido rumbo i concierto. No parecia sino que un mar del cielo caía sobre un mar de la tierra, i los relámpagos eran tan continuos que las naos osadas parecian otros tantos pájaros náufragos revoloteando en una atmósfera de llamas. Dió el miedo valor a las tripulaciones, i en el mismo tono en que otros nautas, igualmente cobardes, habian pedido cincuenta años ántes a Cristóval Colon, sobre las ondas del mar de Alcídes, que se volviera atras, pidieron a Gasca que hiciera lo mismo; pero el inflexible clérigo, apoderándose del timon, impuso con su valor a los costernados marineros, i dos dias despues entró en el puerto de Túmbez. El habia dicho: "Morir, pero no retroceder," i lo habla cumplido.
Pronto no quedó a Pizarro mas recurso que una retirada. Operacion la mas difícil de la guerra, pues tiene no solo los caracteres de la derrota sino los de la dispersion. Pero estaba cercado i no podia hacer mas. Levantó en consecuencia bandera para Chile.
Era el 26 de octubre de 1547, i Centeno le salió al encuentro en las llanuras de Huarina. El encontron tenia que ser reñido, i en efecto lo fué.
Centeno mandaba mas de mil i tantos soldados, i su oficialidad se componía toda de nobles españoles.
Pizarro no tenia mas que cuatrocientos, escasos pero las batallas eran el mejor elemento de su gloria. Vestía aquel dia el héroe cuyo astro empezaba su rápida declinacion, una cota cubierta con una túnica de terciopelo carmesí con acuchillados, i montaba un caballo cuyos ricos jaeces lo denunciaban al campo enemigo como el paladin de la jornada. Su puesto era, como de costumbre, en la primera fila de sus lanceros.
Carvajal, que debia conducir la infantería, estaba desairado en su traje, i la jaca que montaba, a semejanza de algunos caballos hijos del desierto, era de triste apariencia, pero de prendas rarísimas para la pelea.
Fué esta desesperada i sangrienta por una i otra parte, hasta el punto de haberse visto Gonzalo cercado varias veces por el enemigo i tenido que abrirse campo por entre la multitud con el hacha, del mismo modo que se lo abre un leñador al pié de las vírjenes selvas de los Andes.
Cepeda sacó una cuchillada que le dividió en dos la cara interesándole la nariz; pero la victoria fué por completo de Gonzalo. Todavía el sol de su fortuna vertia algunos rayos sobre su frente.
Los historiadores califican la batalla de Huarina como la mas cruel que habia ensangrentado basta entónces el suelo del Perú.
Centeno logró huir con tiempo del campo de batalla i llegar a Lima por entre los bosques. Los otros compañeros, ménos dichosos que él, fueron pasados a cuchillo por Carvajal, pues "ántes habian militado bajo sus banderas, i era justo que pagarán su traicion."
Gonzalo Pizarro, desistiendo por completo de retirarse a Chile, se encaminó al Cuzco, donde entró a pié i sin pompa alguna, i fué a la catedral donde se cantó un Te Deum en accion de gracias al Señor.
La noticia de la derrota de Centeno llegó al campo de Gasca tanto mas desastrosa, cuanto mayores habian sido ántes las esperanzas en contrario. Gasca mismo palideció i guardó un silencio entristecedor.
La opinion cambió de pronto, i ya todos pensaban que era una locura vencer por las armas al Marte moderno.
Empero, si Gasca palidecia en el rostro, su alma de acero no temblaba de espanto. Dictó providencias enérjicas; hizo traer los cañones que estaban a bordo, i el 29 de diciembre de 1547 levantó su campo de Xauja con direccion a la sagrada capital de los estinguidos incas. En el tránsito, que fué detenido, se unieron a Gasca, Centeno, Benalcázar, que ocurria desde Popayan al desagravio de la Corona, i Pedro Valdivia, el conquistador de Chile, i famoso soldado en las guerras de Italia. Valdivia habia sido en otro tiempo amigo i compañero de armas de Gonzalo, pero, leal vasallo, su partido estaba determinado al lado de las huestes del rei.
Aparte de esto, el pacificador no se descuidaba i mantenia a su lado a los obispos del Cuzco; Quito i Lima, los cuatro jefes de la nueva Audiencia, i una infinidad de clérigos i frailes, que aunque inútiles como hombres de pelea, daban a la causa cierta incontrastable autoridad, i no sabemos qué de sagrado.
Durante la marcha a la capital del antiguo imperio no se presentó a Gasca ningun obstáculo por los soldados de Pizarro. Se hacia traicion por las tropas, o se habia olvidado por entero la defensiva.
Un simple cuerpo de observacion situado en cualquiera de las orillas del rio Abancai, hubiera sido bastante a detener las fuerzas realistas; pero no se habia hecho mas que cortar el puente. I esto sin objeto, por que el rio era vadeable por aquel punto.
Despues del paso del rio, el camino cambiaba de aspecto. Era tortuoso i cubierto de bosques. El viento helado que soplaba de la cresta de los Andes era tan sutil que estremecia los cuerpos de los soldados. Multiplicábanse los abismos, i en partes se estrechaba tanto la via, que los jinetes tenian que apearse i conducir las bestias por la brida; presentando de esta suerte un cuerpo desorganizado, mui fácil de ser batido por un puñado de hombres resueltos. Pero nada; ni un guerrero solo se presentaba a impedir el paso a las jentes del pacificador. El jénio militar de Gonzalo parecia dormido era el sopor de la desgracia que se habia apoderado de él? Dios habia pesado en su fiel balanza su causa i la habia hallado falta? Debia caer, i él mismo daba los pasos para ello? Tal fué la marcha activa del agresor i la inmovilidad del rebelde...
Los sucesos se habian precipitado i era ya tiempo de librar a batalla jeneral, dió pues Gasca el mando a Hinojosa, el prudente jefe de Panamá, hizo segundo al mariscal Alvarado, que lo habia acompañado desde España, i se convino en que Pedro Valdivia, con el título de coronel, seria consultado en todos lo negocios de entidad.
