EPÍLOGO

Cepeda no tuvo mucho tiempo para disfrutar de su negra traicion. Mandado poner preso por el licenciado sobre el mismo campo de batalla, fué remitido a España en calidad de tal, i allí murió en la cárcel pública despues de haber hecho los mayores esfuerzos i puesto en juego las mas grandes astucias para salir bien ante la Córona.

Su traicion pues no sirvió sino para perder a Pizarro, sin ser bastante a salvarlo a él.

Refieren las crónicas de aquel tiempo que fueron mui crueles sus últimos momentos. El amor le habia sido contrario en Jilma, i la política amarga en el desenlace de todos sus intentos.

Murió pues como los infames, i no hubo una lágrima siquiera para su memoria ni una modesta flor para su tumba. Sobre ella no vinieron a cantar las aves ni a detenerse los céfiros; pero sí sopló el huracan, i la rodeó el yermo glacial de los lugares malditos.

Hinojosa murió asesinado a los dos años; i Pedro Valdivia, despues de haber dado asunto a la epopeya con sus inauditas hazañas en Chile, fué muerto por los indios indómitos de la Araucania, con una muerte mejor que todas las inventadas por los griegos en sus fantasías admirables sobre el Olimpó. Le hicieron tragar un crisol de oro derretido.

Esa muerte no es envidiable sino por los avaros.

En cuanto al Presidente Pedro de la Gasca, despues de haber marcado su paso en el Perú con la huella de sangre de sus ejecuciones, arregló el gobierno de las colonias segun los conséjos de una sabia política - sabia segun los sistemas i los alcances de entónces, i regresó luego a España envuelto en el mismo manto con que habia pasado a las Indias, a los cuatro años de haber salido de San Lucar, i conduciendo nada ménos que diez i nueve buques cargados de oro... Apesar de esto, Gasca no llevaba para sí ni un solo ducado. Los caciques peruanos i los caballeros de Lima le habian ofrecido a su salida enormes cantidades de plata i oro, pero él las habia rehusado siempre con el mayor desprendimiento.

Llegado a España pasó a Flándes donde estaba el Emperador, quien lo recibió con los mas lisonjeros como justos elojios, nombrándolo despues obispo de Palencia, silla que dejó en 1561 por la de Sigüenza, para venir a morir luego (año de 1567) en Valladolid despues de una vida ejemplar i ajustada siempre a los mas sanos principios de la relijion verdadera. Fué enterrado en Santa María Magdalena, iglesia que habia hecho construir a sus espensas i dotado mui liberalmente. Su estátua, colocada en este templo en hábito sacerdotal, llama la atencion del viajero por la belleza de su ejecucion.

Sobre su sepulcro fueron colocadas las banderas que ganó a Gonzaló Pizarro, i de las cuales no queda ya, como no queda del Pacificador, sino el polvo de la memoria entre los hombres.

En cuanto a la desolada Florazul, sabida la muerte de Candia, sacó los tesoros de Luque en compañía del fiel Perico, i pasó a España, donde los invirtió en fundaciones piadosas despues de haber tenido la desgracia de perder a su hijo Francisco de una enfermedad comun.

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