EL "COLISEO" - PRIMERAS REPRESENTACIONES TEATRALES
Don Tomás Ramírez, comerciante bogotano muy aficionado al juego, en el cual la fortuna se le mostró propicia, era dueño de un capital considerable ganado sobre el tapete verde, y se pro puso edificar un teatro en Santafé, que no desmereciese en mucho del De La Cruz, de Madrid. Esto pasaba en el año de 1792, y el Arzobispo, D. Jaime Martínez Compañón, se opuso de todas maneras a la proyectada idea del coliseo, llegando en su empeño hasta ofrecerle a Ramírez que le daría de contado la suma de cuarenta mil pesos si desistía de tan loco y temerario empeño. Pero el otro ya estaba encaprichado en su proyecto y no quiso desistir, antes dio comienzo a la edificación el 20 de agosto del mismo año apuntado, logrando que para el mes de enero del siguiente, aún sin estar concluído el edificio, se diesen las primeras funciones. Las tragedias fueron las llamadas a formar el gusto del público, y en los patéticos asuntos de muchas de ellas debió de engendrarse ese apego a la libertad que desde largos años atrás viene siendo el sello distintivo del carácter bogotano.
Pasada la guerra de Independencia, esos acentos debían tener un tono de mayor precio y resonancia. El año de 1819 el General Francisco de Paula Santander exitó a su amigo José Domingo Roche a que compusiese una tragedia sobre la Pola. Se acordó de que en el colegio habían sido condiscípulos, y de que Roche era desde entonces afecto a pulsar la lira.
Roche vino en ello y calcó su obra en el formato de las tragedias antiguas. Escribió una pieza en cinco actos, en verso, que él llama "sacada de su verídico suceso", y en la que figuran como partes principales: Pola, Arcos Arellano, Sabaraín, Díaz y Del gado, militar. El primero y segundo acto pasan en la casa de Pola; tercero y cuarto, en el Colegio de San Bartolomé, y el quinto en la Huerta de Jaime (hoy Plaza de los Mártires).
Este asunto de La Pola y su trágica muerte no interesan sino por el hecho mismo. Hay tal grandeza y majestad en esta noble hija del pueblo, se impone ella a la admiración de modo tan elocuente que el recuerdo de su gloria y de su sacrificio, nos acompaña de por vida. Pola ha sido cantada por los más egregios poetas sudamericanos. El General Mitre, en la Argentina; Heraclio Martín Guardia y Eduardo Calcaño, en Venezuela, han llevado a la escena a la apuesta y gallarda heroína. Entre nos otros, después de Domingo Roche, mérito que despierta la curiosidad del lector, transcribimos la penúltima escena de la obra, cuyos verídicos acentos son dignos de alabanza:
Delgado, Teniente 10 de Granaderos del Batallón de Numancia, afecto a los españoles y Pola.
Delgado.
POLA.
Dispénsame, señora, ya es forzoso,
Tu sola faltas ya, que no te ofenda,
Quien su obligación cumple, y en el caso
Que lo perdones, con dolor, te ruega.
Si, te perdono a tí, perdono a todos
Porque mi corazón solo detesta
La injusticia, el error, la tiranía
Con que habeis oprimido aquesta tierra;
(Dirigiéndose a Leal)
Y tú, español servil, ve, dile a tu amo
Que una triste mujer aquí lo espera,
Que si tuvo el placer de sentenciarme
Venga a yerme morir; si le deleita
Verter sangre inocente; que camine
A alegrarse de ver correr la nuestra;
Aligerad el paso sanguinarios,
Soldados de Numancia Qué vergüenza!
Atar a una mujer y conducirla
Encerrada entre tantas bayonetas
Porque quiso ser libre! ¿Qué otra cosa
Hizo aquella ciudad llamada Excelsa
De quién tomáis el nombre? Entre las llamas
Ella se sepultó, pero hoy se veda
Emitir esta acción esclarecida
Bajo la horrible y espantosa pena
De morir al momento quien la imite.
Contemplad la injusticia, pueblos, vedla
Ya advierto me señalan el camino
¡Oh! Con cuanto placer sigo la senda
De mis antecesores, aunque vaya
Del olvido a la mansión eterna.
Adiós, ilustre pueblo granadino,
Adiós, ciudad amada, patria bella,
Atended a vuestra hija que este día
El nombre bogotano desempeña
Porque muere abatiendo a los tiranos,
Y a morir con valor al hombre enseña.
Además del nombre de Domingo Roche cabe señalar el de tres o cuatro más que con vacilantes pasos invadieron la escena a principios de este siglo. José María Salazar, quien, como tantos otros, produjo himnos en prosa y en verso en loor de la dependencia y de sus héroes, ensayó su pluma en la composición de los monólogos, El Soliloquio de Eneas y El Sacrificio de Idomeneo, que se dicen fueron representados en el Teatro de Bogotá y de lo cual apenas hay memoria. El celebrado D. José Fernándo Madrid vio subir varias veces a la escena sus tragedias Atala y Guatemoc o Guatimocín. De esta última hizo una esmerada edición en París, en 1827, y la dedicó a Bolívar en términos de muy expresiva admiración. Vargas Tejada, el ardoroso joven que sucumbió víctima de su amor a la libertad, pretendió encontrar en el molde poético y en la ficción de Apolo acentos bastante fuertes e intencionados que ayudasen a desmoronar la autoridad y el prestigio del inmortal Bolívar.
Hacia 1828 escribió dos monólogos: Catón en Utica y La Muerte de Pausanias. Uno y otro se representaron y fueron publicados. El segundo se imprimió en la Imprenta de N. Lora, el año de 1831, y luego fue reproducido en la Semana Literaria de El Símbolo. La Muerte de Pausanias, nos parece de la más valiente entonación. Comienza así:
¡Cielos! ¿Qué escucho? El hijo idolatrado
Que de gloria y de orgullo me llenaba,
Destrozando en los campos de Platea
Las huestes invasoras de la Patria;
Cubriéndome hoy de afrenta y de ignominia
En ambicioso y en traidor se cambia!
No hay duda, no. De su perfidia impía,
Son las pruebas tan fuertes como claras,
Y a disculparle el maternal afecto
En mi afligido corazón no alcanza.
Cinco o seis años después de la muerte de Vargas Tejada se estrenó en el Teatro de Bogotá, por una compañía de aficionados; que era la que en aquella época rendía culto a Talía, la tragedia del autor de las Convulsiones, titulada Doraminta; no agradó al público. Igual o peor suerte tuvo La Pirámide de Fabio, interpretada pocos días después. Esta tragedia es de la pluma de un cartagenero muy dado a las bellas letras, José Manuel Royo, quien vivió largos años consagrado, con provecho, a la enseñanza de la juventud. Del mismo autor son las obras tituladas Eudoro Cleón, El Médico Pedante, El Doncel, El Cristiano Errante, El Romántico y Balboa, o el Descubridor del Istmo.
Con la poesía y la gramática antigua sucede algo parecido a lo que acontece en relación a los trajes viejos: por vistosos quesean, se hacen a un lado después de apreciar con un solo golpe de vista el corte particular que tienen y los ricos pero empolvados alamares con que están recamados. Tarea algo más que ingrata la de esforzarnos por penetrar en el argumento y verdadera expresión estética de piezas del todo pasadas de moda. Bastará observar que en esto los gustos son tan exigentes, que en el día aún las mismas obras dramáticas del popularísimo Fígaro, tales cómo la comedia No más mostrador y el sentimental melodrama Roberto Dillón, no son pan de todos los paladares. Hay un eolo particular que sopla incesantemente sobre todas las cabezas, produciendo antojadizos gustos y cambiando en frases frías, desatinadas o de una dulzura empalagosa, las que enantes sonaban a nuestros oídos con un ritmo de música celestial. Por esto no debe sorprendernos que obras que fueron en su época acogidas con agrado y las que quizá lograron despertar en el público un entusiasmo sincero al cabo de los años no resisten ni siquiera una simple lectura de Amateur.
Las producciones de Royo debieron de lograr relativa boga, cuando el autor las coleccionó y dio a la estampa en Cartagena en dos volúmenes, en 1838, en aquellos tiempos en que no era de uso diario el ocupar las prensas y cuando los autores temían mucho el juicio del público sobre sus obras, puesto que de ordinario, no confiados en sus propias fuerzas, buscaban el consejo y dictamen de los amigos, sin lo cual no se arriesgaban a darlas a la publicidad. Hoy vemos que sucede todo lo contrario y que cualquiera improvisa un libro. De algo han de valer la moda y, sin duda, la mayor y más general cultura.
Como es de suponerse que algunos quieran satisfacer la curiosidad de saber algo más sobre el dramaturgo cartagenero, en seguida encontrarán los lectores la introducción que escribió para sus obras dramáticas.
"Bien se que es demasiado atrevimiento molestar la atención pública con varios y mezquinos conceptos, hijos precisamente de una imaginación estéril, cual confieso ser la mía. Mas no seré yo el primero en probar la bondad y la prudencia de mis conciudadanos si se me concede la gracia de dispensar tan tremendo arrojo. ¡Ojalá estas toscas producciones formen el primer eslabón de una cadena cuyo término pueda ofrecerse al mundo como el colmo de la perfección. . . Entonces habré conseguido mi objeto. No soy tan presumido que aspire... a la celebridad!... ni aún al simple título de compositor mediano; pero me cabe la satisfacción de haber descorrido el velo, ante el cual flaqueado por tanto tiempo las fuerzas de muchos hombres de talento. Dígase, en buena hora, "la ignorancia es atrevida", y tracen las plumas cartageneras mejores obras que las mías; "que yo entretanto diré para mí: ya comienzan a realizarse mis intentos".
La primera escena de El Médico Pedante, comedia del mismo Royo, comienza de esta manera:
Don Mauro:
¡Ah! es cosa de reventar
Y hasta de morder la tierra!...
Verse un hombre de mi rango,
Un bachiller de mis prendas,
Hecho el juguete de Venus?..
Ay! amor… maldito seas!...
Desde el ventrículo izquierdo
A la aurícula derecha,
Tengo el corazón llagado...
Ya mi cerebro se aqueja
Y el trisplánico también…
Ahora querrá la jaqueca
¿Complicarse de gastritis?
No hay duda, todas las penas
Se conspiran contra mí!...
Y que la ingrata Deselia
Se complazca en mi tormento
Aspirando a que me vea
rabiando de amor y celos?...
Eudoro Cleón, drama sentimental, en cinco actos y en prosa, fue representado por primera vez en el Teatro de Cartagena el 20 de mayo de 1838, por la Compañía Dramática Española del señor Pedro Iglesias. Igualmente lo fueron en el mismo teatro las demás producciones dramáticas de Royo. La escena de Eudoro Cleón pasa en Madrid, y el lenguaje es bastante natural y adecuado a las tablas.
El ínclito Rafael Núñez, cuya gestación intelectual era lenta, pero comparable por su fuerza y vigor a esos grandes yacimientos que produce la naturaleza y que la industria explota, enriqueciéndose, anunció, por medio del Semanario de Cartagena, en 1847, una colección de poesías que pensaba publicar, incluyendo un poema nominado Los Cruzados y una comedia en un acto titulada Las Caricaturas.
Referimos cómo la construcción del teatro se debió a don Tomás Ramírez. El edificio lo designaban los bogotanos, hasta hace unos veinte años, con el nombre de El Coliseo. Poseía un escenario muy vasto, en el que cabía cuanto se quisiera poner y en el que las bambalinas se movían con increíble facilidad, y magníficas condiciones acústicas, de modo que llenaba perfectamente su objeto. Los espectadores no tenían que estar buscando ventajosos puntos de vista, porque la herradura de la sala era perfecta y de cualquier punto se dominaba el escenario. En cambio, la techumbre la formaban unas enormes vigas muy cubiertas con lienzo, que, dañado con el agua de las goteras, presentaba partes rotas de feísimo aspecto a la vista; los palcos estaban defendidos a una altura de un metro, por barandas de adobe, que no dejaban ver sino el busto de las señoras, y la araña del centro fue por muchos años una armazón cuasi monumental de madera y chusque, en la que ardía un centenar de nauseabundas velas de sebo. El patio, que así se denominaba la platea, apenas tenía escaños durísimos de madera hasta la mitad de la sala; el resto quedaba
