El Cónsul tenía a elegancia subirse los pantalones hasta descubrir las medias, lo que convenía al pie largo y delgado, de alto empeine.

Fijándose en ello, le preguntó con sorna, una tarde al salir, uno de los estudiantes:

-¿Donde compró esos calzones?

-¿Los cojepuerco?-preguntó otro, riendo a lo socarrón.

Así le pesara de sus culpas, que más tardó en oírle el Cónsul que en atierrarle de un puño.

El provocador que ve aquello, a lugar sagrado, a la iglesia del colegio, a blasonar del arnés a todo su sabor y talante.

Préndesele al Cónsul de los cabellos un hermano de la víctima; de un soplamocos Herlindo le hace chorrear sangre. Ruedan los sombreros, caen los libros des encuadernados, sepáranse los contendores manoteando y saltando como en danza macabra: echan tajos y reveses, desafían al cielo y a la tierra.

-¡Vení, arrimá, pa mandarte a los infiernos, sinvergüenza!

-¡Arrimá vos y tocame un pelo....!

-Da un paso si sos tan gallo, pa tener el gusto de hacerte beber esta sangre.

El otro azuza desde la arcada de la puerta:

-Dále de comer tierra a ese montañero....

-¡Vos no tenés derecho de hablar! vocifera la estudiantina, que ha formado redondel, que grita excitada, que apuesta al uno o al otro, que silva y ríe.

Un cucarrón que se va apagando a medida que los estudiantes se dispersan, recibe a los policías, quienes se aparecen cuando ya los contendores están roncos de gritar.

La desventura del calabozo unió a esos enemigos mortales, que salieron de allí los tres tan compinches como viejos camaradas.

La vieja sirvienta-ña Honorata-el ministro favorito que maneja llaves de despensa y alacenas, que bravea y regaña con el derecho que le dan la crianza de los niños, su abnegación y fidelidad, el favorito y la soberana, en Floridablanca se encontraron que, mientras la señora no podía hallarse, ña Honorata cayó como en el paraíso. Cuando le daba por hablar de Floridablanca y sus encantos, era de prestar oídos.

-Aquí sí es sabroso-decía, temblequeando-aqui onde no vive uno emparamao y que se topa de cuanto mi Dios ha criao; pero eso sí, por plata.... ¿Tanté dar? ¡Por bobos! Lúnico que no se topa son bolitos de Vitoria, tan güenos que son pa sancochar Con dulce, pa incurtido, pa todo. Pero también, ¡alguna cosa había de faltar! Tan sólo en la gloria no falta nada. Vean quen Sanisidro, pa conseguir unas hojitas de lechuga p'una bebida, tiene uno que arar la tierra y contarle el cuento a todo fiel cristiano.... ¿Y qué más que no tener quechar la jiel p'alcanzar misa Bien almorzao, agarra uno pa misa e doce.... ¡Curas hay hasta pa tirar pa lo alto, y los questán haciendo! Da gusto ver esa ringlera puai en las procesiones tan queridos.... Aquí si uno se condena es porque esté dejao de las manos de Dios, que si se le mete el patas, toditos los días se gana su indulgencia plenaria....

Y la vieja hacía el recuento de las cuarenta horas, de las velaciones, del trisagio, del sermón, de las misas cantadas y rezadas, en la Catedral, en la una y en la otra, en esta y en aquella iglesia. Ella se daba tres caídas por alcanzar la bendición episcopal. ¿Pero darle ña Honorata la primacía al prelado sobre el padre Romero de Sanisidro?

-Cuando más serán iguales en lo bonitos y en lo santos. Lo mismo pensaba de la Virgen de los Dolores:

-¿Muchos santos bonitos hay puai en las iglesias, pero quini la Dolorosa de mi pueblo? Ni uno. El qu'izo esa no pudo güelver hacer otra. Es por l'único que me dan ganas de güelver allá y por mi Mono.

Se le encharcan los vidriosos ojos al hablar del marrano. Le ve tal cual era, rubio como el pelo del chócolo, rosada la trompa con manchas negras y la cola enroscada como tierno zarcillo de vid. Ella va agobiada con el pailón de aguamasa, él la sigue chillando ansioso y levantándole las faldas a las cabezadas. Flotan cual retazos de ricas telas las cáscaras de plátano, en crespos las de papa, las de yuca en escamas marfilinas. Sumerje el marrano la rosada trompa; sube en burbujas el líquido de un verde lechoso, y la retira blanca de afrecho casi hasta los ojos; ella oye el chas chas, y cual doncella que ama, conserva siempre la mirada hambrienta de aquellos ojos glaucos rasgados a lo japonés: es que ña Honorata tiene el pensamiento en ese marrano que ha de darle la mortaja, así como el cartujo en la sepultura donde ha de dormir hasta que venga a despertarle la trompeta fatal.

-Esta sí es la parte ondiay cristianos pa todo-solía decir admirada-; en ese mercao están así, quini gusanos de cosecha; por esa calle no digan nada: van y vienen quini arrieras. Tanta iglesia y a tod' hora las topa uno quini si juera publicación de bulas.

Se le volvía a la vieja cuesta arriba, el que doña Santos no se acomodara en Floridablanca, ella tan amante de las flores, allí donde los patios y balcones son vergeles. -Vean q'en eso que llaman parques se topan unos arbolitos quini cajones y otros quini panes de azúcar, que da gusto, nan en los montes se ven así; y yo he andao puallá. Pues y tanta monjita y tantos frailes que viven pidiendo a Dios por uno.... A doña Santos siempre le falta una palabra del bautismo. No hay diotra.

El tope del hermano mendicante con el burrito, fue para ella una revelación.

Tanta humildad...! En Floridablanca también hay santos! El ojo turbio de carnudos párpados fulguró de fe; el arrugado rostro expresó el pasmo. No exclamó, gritó:

-Véanlo.... ¡Malaya la porquería!

Y corriendo vacia en el cesto del manso pollino lo que tiene en el suyo; hinójase y besa reverente la orla del pesado hábito.

Contó a la señora la visión y el sucedido, preguntándole admirada de que tal ocurriera.

-¿Pa qué harán pueblos?

-Pues pa vivir en sana paz de Dios, ña Honorata. Lo dijo con tal entono doña Santos, que la vieja no se atrevió a replicarle.

Carmen, si no tenía, como ña Honorata, el atractivo del pasto espiritual, tenía la vanidad de vivir en Floridablanca; y no vivía, si es cierto aquello de que «donde está tu tesoro allí está tu corazón», que el suyo allá estaba en Sanisidro con Javier a quien la ausencia idea lizaba, y con las amigas Ana y Enriqueta, cuya amistad cultivaba con decidora y larga correspondencia. Quejábase en ella de las Origallas-farnilia de Floridablanca que estuvo una temporada en Sanisidro y que fue con las Castañedas uña y carne-. «Esta gente de Floridablanca, le parece que todo se lo merece: van a los pueblos, los abruma una a atenciones, viene una aquí. y como si no la hubieran conocido. Somos muy bobas en los pueblos, que nos ponemos a visitar estas merecidas». Carmen hablaba de modas y describía la ciudad. El nombre de Javier no aparecía en las cartas a Enriqueta y Ana- palomas mensajeras- a pesar de estar muchas de ellas a él sólo consagradas. En una decía: «¿Vendrá? Aquí he visto muchos cachacos elegantes y bien vestidos, que han tratado de que yo les corresponda, pero a ese mono no lo rivaliza nadie. No se lo digan porque se pone persuadido. Oprimí contra el pecho el sobre que él puso en tu carta, Ana, y guardé esa cubierta con la rosa que me dio el día que estuve en su casa a despedirme. Me dices que puso mi nombre y lo besó; si yo fuera tan bonita como su letra».... En otra: «No, no, que no me vaya a escribir. Una cosa de esas tendría que saberla mi mamá. ¿Y el retrato? ¡Imposible! Mi mamá no me daría el permiso, y sin él no soy capaz... Y si no viene pronto, voy a enojarme.... En la semana pasada que Herlindo no recibió carta y que el sobre de la mía vino con tu letra, mi querida Ana, me puse tan pálida del susto que Rosinda me preguntó si me había dado algún dolor. Me figuré que algo muy espantoso le había sucedido. Respiré cuando supe que era que no estaba allí.... Ese picaronazo me va a matar; si supiera que me pone el espejo, como decimos allá, que voltea a ver a otra, no sé lo que haría».

El gusto de «las princesas» era el de Rosinda, y las princesas eran felices con sus muñecas y con las golosinas que Tita compraba a «la cajonera».

¡Ah! Rosinda era feliz viendo salir las niñas para el colegio con el algo en el cestito de mimbres, y tocadas con graciosas pavas o cachuchas de grana; era feliz cuando se volvían en reclamo de otro algo por haber dado cuenta en el camino del que llevaban, era feliz oyéndolas repetir lo que habían aprendido.

Irene, la menorcita, feble y blanca como un rayo de luna, de pelo ralo, incoloro y lacio, tenía toda la vida y la belleza en los ojos, en aquellos ojos azules orlados de rizos, que sonríen alegres y relampaguean enojados; que flotan en un mar de lágrimas cuando están tristes; que remedan lagos de aguas serenas cuando se fijan pensativos.

-A ver, Irene, ¿qué aprendió el angel hoy en el colegio?

La niña, apoyada de codos en el regazo de Rosina, empieza con apagada voz y trocando en ele la erre de las palabras.

-Eva se dejó engañal de la culebla, comió manzana y le dio a Adán.

La niña se distrae jugando con los zarcillos y los cabellos de Rosinda. Esta, cogiéndola de los delgados bracitos, la interroga:

-¿Y Adán por qué comió? La niña, sonriente:

-Pues polque le pilió, y ella no ela pelecida.

-Pero no me arranqués el pelo, belleza, y contame eso que yo no lo sé.

-Les dio vergüenza, polque no tenían bata, y se mudalon con hojas....

-Con hojas ¿de qué, Tita?

-De brevo, contesta Sofía, que está cual madre cariñosa dándole tetero a la muñeca.

-De eso no es. Vos no sabés.

Se queda un momento pensativas y de repente, grita:

-De higuela, de eso, ¿no es cielto, Tita?

-Y ¿qué más? No se ponga a ver a Sofía, que no sabe por desaplicada. Estese así bien quietecita.

La narradora jugando con los pies como si los estregara y con los botones de la blusa de Rosinda continúa:

-El señol mando un angel con un cuchillo así glandototo. Vea Tita así (con el brazo extendido y los ojos, esos ojos que parecían dos lagos de aguas azules desmesuradamente abiertos, indica el tamaño del cuchillo) y les dijo que se fuelan y ellos se fuelon llolando pa que no los coltala.... Poblecitos, ¿no Tita?

-Pues muy bueno, porque a los que no obedece ni son formales hay que castigarlos.... pero no me arranqués el botón, querida, Y si me contás, sin distraerte y bien quietecita, te doy confites, que allí tengo en el escaparate.

-Y a mí también, ¿Tita? reclama Sofía.

-A vos no, grita la narradora, avanzando a su hermana y dándole una palmada en la cabeza.

-A ella no, barbota Rosinda, atrayendo a Irene y diciéndole a Sofía con lo ojos que sí, para conjurar la tempestad que presiente.

Irene torna al regazo de Rosinda, suplicando:

-Toítos pa yo, ¿no es cielto Tita?

Rosinda dice a la una que sí con la boca, y a la otra que no con los ojos.

-Bueno, princesa de los Ursinos, qué hicieron Adán y Eva así que el ángel los echó del paraíso?

-¡Eh ya no dije, pues..

-No oí. Volvémelo a decir.

-Se fuelon llolando.... Yo no llolo, ¿no es cielto que yo no llolo?

-Usté no. Qué tal. Y cómo lloraban, ¿a ver? La niña se cubre los ojos con las manos, finge ulular lastimera clamando ¡mamá! de vez en vez

-Pero si ellos no tenían mamá, hermosa, exclama Rosinda, dándole en la frente un sonoro beso.

La niña retira las manos de los ojos que parecen encharcados por las lágrimas y se queda pensativa mirando al vacío. Súbito, parpadeando afanosa y agitando los brazos, como ave que ensaya el vuelo:

-Sí tenían, sí tenían, Tita.

-¿Pero quién? belleza de la vida, si mi Dios hizo a Adán de la tierra y a Eva de una costilla de Adán....

-Y sacate los dedos de la boca, que no te quiere el Niño Jesús.

-Sí los hizo, afirma la niña con viveza, y la Vilgen es la mamá. Sí tienen, ya ve, sí tienen, repetía, sin dejar de agitar los delgados bracitos y todo el cuerpo. Y cogiendo a Tita de las mejillas y besándola en la boca, le suplica acariciadora e irresistible:

-Tita, me compla manzana y soy folmal, ¿quiele?

-¡Ah encanto! y si mi Dios se enoja y nos castiga?

-Yo digo el bendito, sin dolmilme.

-A ver cómo reza usted el bendito, y le compro manzana.

-Así, vea:

Póstrase de rodillas «la belleza de la vida», junta las manos sobre el pecho y levantando la cabeza y los ojos al cielo, reza, palabra por palabra, como se lo habían enseñado.

-Bendito-alabao-sea-el señol-santísimo....

-No hay remedio, yo me como este ángel! -Y Rosinda le muerde los brazos con los labios.

La niña, riendo y gesticulando, barbota:

-Cómame la cala, los ojitos, las olejas.

Rosinda, loca, le besa los ojos y la frente, le chupa las mejillas, y le aprieta con los labios las orejas, esas orejas pálidas y blandas.

Para que Sofía no se perciba, la muy pilla se salta a las piernas de Rosinda y acercándole los labios al oído, le dice quedo, muy quedo:

-Caminá dame los confites.

La caricia de los labios y del tibio aliento de la princesa, no la diera Rosinda por ningún tesoro del universo.

***

Ño Milagros, «rescatante en frutas», como él se titulaba, porque surtía el mercado de Sanisidro de mangos y aguacates, totumas y vajilla de madera; que levantaba el gallo cuando se oía llamar ño, pues blasonaba de tener la sangre azul, como viznieto que era de don Candelario de los Vahos, alcalde pedáneo que fue de San Isidro, donde aun se hace memoria de lo gallardo de su porte, de sus enhebillados zapatos, y sus calzones a las corvas, el cual don Candelario descendía nada menos que de alcalde de hijosdalgo allá en la madre patria. Por derecho de nobleza don Candelario llevaba el guión en las renovaciones y era el depositario de las sagradas llaves que encierran a Jesús Sacramentado los jueves santos en el monumento. Su nieto, el rescatante en frutas, convencido de tener buenos papeles, solía decir, templando la ruana por los cantos y mirándose de abajo a arriba;

-No estén pensando que yo soy cualquier pintao en la paré; es que la pobreza es un borrón.

Seguramente por la mácula de la pobreza, ese hijodalgo, si rechazaba el ño, no exigía el don, pues se contentaba con que le llamasen Milagros a secas.

Los Castañedas esperaban al hijodalgo, como al deseado de los patriarcas. Qué tazones de chocolate, y qué almuerzos y comidas le regalaban para no caer de su gracia «Milagritos» era el correo de cartas y encomiendas, de los tabacos «juanos» que doña Santos esperaba siempre con tanto gusto, pues sentarse por ahí a descansar de las faenas fumando su tabaquito, era la única huelga que se permitía la señora. Con Milagritos mandaba ella «los cariñitos» (bocadillos, cajas de arequipe y colaciones) a sus hijos, a doña Catalina, y a doña Victoria, la amiga siempre lamentada.

Lo que era a los señores, el noble rescatante no les escatimaba el don; pero a los hijos....

-Eso se quisieran, si yo soy mejor qu'ellos.

Salían las cartas de aquel carriel que apestaban a cabo de tabaco (¡las para Carmen que eran un idilio....!)

En uno de los días de la llegada del viejo, doña Santos leía sus cartas sentada en una banqueta del costurero; Carmen de pie, recostada a una puerta, y Herlindo a un pilar del corredor. Rosinda pasaba la vista por las de su madre ayudándole a interpretar las palabras que no entendía.

De repente levanta la cabeza doña Santos mirando por encima de los anteojos.

-Pero vean cómo estuvo de muerte Miguelito, el de Ramón, y uno aquí bien tranquilo. Esto no es vida, así separado uno de los hijos. Cómo sufriría Doloritas que es tan poquita cosa!

-Se murió ño Lucas, Rosinda-anuncia Carmen sin dejar de leer.

-¿Se murió? No digas.

Irene, que se anda por ahí medio matándose en las alpargatas que ña Honorata secaba al sol, al oír mentar a ño Lucas se arrima a Rosinda diciéndole:

-A yo no me lleva el viejo. No me lleva, no me lleva, polque soy folmalita. ¿No es cielto, Tita?

Rosinda, empecinada en la lectura, se contenta con abrazarla.

Herlindo, en alta voz y como noticia muy sensacional:

-Javier cambió la yegua por la mula de don Pío.

Ligero rubor colorea a Carmen, pero nadie contesta.

-Y se arregló el matrimonio de Camila.

-¡Por fin! Sí que estará Contenta, tanto como ha luchado.

-Ah.... sí. Aquí también me lo dice Ana.

La carta de ésta a Carmen es portadora de la fatal noticia: que el señor cura está de muerte y el pueblo consternadísimo; que el domingo se hará por el una velación y que se eligió ese día para aprovechar las oraciones de los campesinos; que en casa de doña Victoria se reza todas las noches la novena de la Santísima Trinidad con nueve velas y nueve personas; que doña Catalina se pasó de «asiento» a casa del enfermo.

Comentarios (0) | Comente | Comparta