JOSE MARIA GARAVITO A.
 

 

LA TUMBA DE EMMA-DIME...
 

 

LA TUMBA DE EMMA.

CUÁNTAS veces cargado de recuerdos,

Del camino á la vera

Bajo el ramaje del frondoso pino,

Que una tumba sombrea,

Me siénto, al declinar la tibia tarde !...

                En la tallada piedra,

Tras el espeso manto entretejido

De rosa y madreselva,

Un nombre de mujer en letras toscas

Se puede ver apenas!

 

Parece que las tórtolas viudas

Que gimen en la selva,

Y las brisas del valle vagarosas

Que en la enramada juegan,

Y las rugosas olas del torrente

Que muy cerca se estrellan,

Modularan allí de tiempo en tiempo,

                Con funeral tristeza,

En quejas, y suspiros y murmurios,

                El dulce nombre de Emma!

Emma !.. perfume de mi alegre infancia!

                Ilusión que recuerda

Mi mente con encanto indefinible

                Tras dolorosa ausencia !

¿ Cómo no recordarla, si en la vida

                Sólo se ama de veras

Por la primera vez, y ella fué el sueño

                De mi pasión primera ?

 

Ella niña y yo niño, nos amámos

                Con ternura secreta,

Con un amor más puro que su alma,

                Sin sospechar siquiera

Que hubiera voz en el lenguaje humano

                Para nombrar aquella

Misteriosa atracción de nuestras almas !

                La amaba sin conciencia,

Jamás la pregunté si me quería,

Jamás pensé que fuera

Necesario contarle las congojas

De que mi alma era presa.

 

Mi amor, mi casto amor se reducía

                A juntarme con ella,

Para vagar por los floridos prados

                De la cercana vega,

Y á servirle de esclavo en sus deseos !

                Era la compañera

De mis sencillos juegos en el día,

                Y después de que tierna

Mi madre idolatrada por las noches,

                De santo fervor llena,

Me hacía levantar á Dios los ojos,

                Con ambas manos puestas,

Y sellaba mis labios con un beso,

                La dulce imagen de Emma

Con sus ojos de cielo y con sus bucles

                Como el trigo de la era,

Se presentaba esquiva, y en mis sueños

                Me engolfaba con ella

En la vaga penumbra de esa aurora

                Que anuncia dichas nuevas,

Que si no se conocen todavía,

Al menos se sospechan.

¡Cuán dulce es el amor sin comprenderlo!

¡Cuán hondas son sus huellas!

 

Jamás se borrarán de mi memoria

                Los rastros de la pena

Que sufrí aquella tarde en que una espina

                De guindo traicionera

La hirió por el camino tortuoso

Que conduce á la aldea...

 

¡Cuánto sufrí al mirar humedecidos

                Sus ojos de gacela!

Tomé su pié desnudo, y suavemente,

                Con la rodilla en tierra,

Le sustraje la espina; y nunca olvido

                Que al borrarle una perla

Roja que se asomaba, con mis labios,

                Dió un grito de sorpresa,

Retiró el blanco pié toda confusa

                Con infantil presteza,

Y se cubrió los ojos con las manos;

                Y se quedó suspensa,

Mientras vagaba por su dulce boca

                Una sonrisa llena

De misterioso asombro confundido

                Con llanto y con vergüenza!

No sé lo que sentí, pero recuerdo

Que por calmar su pena,

Por haberle evitado aquella herida,

                Entonces dado hubiera,

Yo, rapaz inocente de nueve años,

                La sangre de mis venas!

 

Otra tarde también vive en mi mente:

Esa tarde serena

En que, bajo la parra del molino

Y al ruido de la rueda,

Ella en mis brazos se quedó dormida !

                Hoy bajo tosca piedra

Duerme también...y cuán distinto sueño!

                Ayer junto con ella,

 

Después de discurrir por la campiña,

                Volvimos á la aldea!

Hoy reclinada bajo oscura fosa,

Sobre un lecho de arena,

No quiere acompañarme, ni hace caso

                De mis sentidas quejas!

Esta brisa que ayer me arrebataba

                Sonrisas placenteras

Y que iba á destrenzarle los cabellos,

                Juguetona é inquieta,

Se lleva hoy mis sollozos y sacude

                La espesa enredadera

Que cobija su tumba solitaria !

 

Ay ! con cuánta tristeza

Hoy, joven ya, cargado de recuerdos

                Vuelvo solo á la aldea !

 

DIME . . .

EN las tardes de invierno

                Cuando importuna

Se oye distintamente

                Caer la lluvia

Y el agua empaña

Los nítidos cristales

                De tu ventana ;   

 

Cuando gimen los vientos

                Y por la calle

Húmeda y silenciosa

                               No pasa nadie...

                Y anuncia el eco

De lúgubre campana

                Que alguien ha muerto;

 

Cuando impregna el ambiente

                Vaga tristeza...

Entonces... niña, dime,

                Dime ¿ en qué piensas

                Sola y callada

Tras los húmedos vidrios

                De tu ventana?

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