CAPITULO 4.°
LOS PORTALES.
Es mui triste, pero por desgracia mui cierto, que en las ciudades populosas donde la sociedad ostenta el esplendor de la civilizacion, la miseria no dista dos pasos de la opulencia. Al pié de las soberbias columnas que sostienen el suntuoso edificio del rico propietario, se asilan los pordioseros huyendo de la intemperie. En las puertas de los palacios donde la profusion del lujo insulta a la humanidad doliente, se ven húmedas las losas del umbral con las amargas lágrimas del infeliz que busca un socorro acosado por el hambre i la desnudez.
Era, pues, en los portales donde yo debia buscar al mendigo Ricardo. En efecto, despues de esa noche en que arrojaron el billete por la ventana, en la cual no hallé a los embozados ni a él, seguí pasando varias noches por el altozano de la Catedral, pero inútilmente: no volví a ver ni a tener noticia del mendigo. Nueve meses habían trascurrido i yo no dejaba de observar con cuidado aquel sitio: las noches que solia pasar por el altozano, miraba con atencion a los rincones de los portales i cuando veía algun pobre allí tendido, examinaba si era Ricardo. Tales fueron las impresiones que me causaron, su relacion, los embozados i el billete. Porque hasta entónces no habia descubierto quien fuera el amante que se firmó «El Disfrazado. »
A veces juzgaba que el mendigo hubiera sido un espía, introducido con ese vestido a mi casa para observar mi conducta, bajo el aspecto político; pues yo habia tomado parte en los negocios públicos, como verdadero liberal i por lo mismo enterado en la prosperidad de la República. Pero, decia yo, ¿quien pudiera ser el emisario? Cierto que los conservadores i los Jesuitas adoptaban cuantas medidas les sujerian su imajinacion i sus pasiones para atacar al Gobierno, a la Administracion del 7 de marzo, i para hostilizar a los que apoyaban esta; pero reflexionaba tambien que mi posicion social no me hacia temible para nadie, i ménos cuando yo no habia hecho daño alguno, ni era tan exaltado en mis opiniones, que tuviera el defecto de ser intolerante. Tambien llegué a pensar si el amante del billete seria el mismo Ricardo, puesto que se habia firmado como dándose a conocer, bajo el seudónimo de «El Disfrazado. » En fin, corrieron nueve meses, como he dicho i aquellos incidentes, estrañísimos en verdad, no habian dado hasta entónces otro resultado; que mis inútiles pesquizas. Pero el 10 de mayo de 1850 a las once de la noche iba para mi casa: la luz de la luna iluminaba la ciudad plenamente: al pasar por los portales del altozano de la Catedral, me acordé del mendigo, como me sucedia cada vez que por allí pasaba, miré a los rincones i ví en uno de ellos un hombre sentado al que me acerqué diciendo: Ricardo! Ricardo!
- Señor; me contestó como sorprendido en el sueño i parándose dirijióse a mí. Me desengañé, pues era un mozo desconocido para mí.
-Juzgue que éras Ricardo, le dije.
-No, señor, me replicó, pero estoi aquí para lo mismo.
-¡Como!
-Sí, señor, el nombre no importa, puede U. seguirme.
-¿A donde?
-Al llegar sabrá U. donde es la casa, pues la órden que tengo es la de conducir a ella a la persona que me llamara i nada mas. Creo que ya estarán todos reunidos, pues me parece tarde.
Hallaba esto i caminaba en direccion a la antigua calle del divorcio i yo maquinalmente le seguia. Empezé a reflexionar lo que debia hacer, estuve un momento indeciso i al fin me resolví a pasar una aventura. Yo advertí que el hombre sufria una equivocacion.
Al llegar a la esquina del convento de Santa Inés, se paró i me dijo: «aquí;» i tocó en un porton mesuradamente i en el momento le contestó una voz ronca «I mi conductor dijo: Sauce i oliva, » voces que me indicaban que servian de «santo i seña.» Abrió el portero inmediatamente ¡yo sentí un terror repentino; intenté retroceder, pero un impulso interior me llevó un pié adelante del umbral i entré. Mi conductor se quedó en la calle, el portero volvió a cerrar i me dijo: «puede U. subir, están arriba en la sala, yo tengo que permanecer aquí.» Avancé, subí la escalera i llegué al corredor del segundo piso; este se hallaba decierto, pero en la sala que se encontraba cerca de la última grada, había mucha jente. Despues que observé que no habia fuera persona alguna i oyendo que discutian adentro con calor, me aproveché de esa enajenacion o de ese arrobamiento que produce en los ánimos un discurso pronunciado con entusiasmo i me acerqué a la puerta a ver i oir, para cerciorarme del objeto de aquella reunion. Confieso que fuí por demas imprudente, pero la curiosidad i tal vez el destino, me habian llevado a tal estremo: volver atras sin haber averiguado algo, me parecia una necedad.
Despues de haber visto la sala ocupada por una asamblea, comun de dos, es decir, compuesta de personas de ámbos sexos, oí que se trataba de organizar una conjuracion contra el Gobierno, con el fin de impedir que los Padres Jesuitas fueran espulsados de la República. Se debia empezar por pedir al Poder Ejecutivo, que no se llevara a efecto tal propósito. Se aseguraba que podia contarse con mas de 800 sabaneros i 600 hombres de la capital, todos comprometidos al efecto: una voz mujeril resonó en la sala i alcanzé a oír que debian tambien contar con el continjente femenino, que las mujeres harian llover piedras i tejas desde encima de los techos llegado el caso.
Al oír esto fui retrocediendo de puntinllas para no ser sentido. Bajé la escalera i dije al portero: «Abra U. que voi en comision. » El abrió, salí i me gozé con el aire libre de la calle.
No se puede dudar, decia yo, que hai demasiada libertad en esta tierra, cuando tan cerca del palacio de Gobierno se conspira. Siendo de advertir que algunos de los altos funcionarios sabian esto i no daban paso a fin de impedirlo: sinembargo que era de temer la actitud que habian tomado los conservadores con la union del alto clero i la propaganda del jesuitismo. A nadie se ocultaba que el partido conservador trataba de aumentar la fuerza moral de sus opiniones políticas por medio de esa potencia social que influye directamente sobre las conciencias en el confesonario i a la vez que trata de apoderarse de la educacion de la juventud, para dar a esta la direccion conveniente a sus miras. Aun mas todavía, para desacreditar el sistema republicano e insultar a los partidarios de este, trató el partido conservador de monopolizar los establecimientos de imprenta (c).
Llegué a mi casa despues de media noche; Rosina estaba todavía en pié esperándome. Le dije al entrar:
-¿Como que «El Disfrazado» nos causa desvelo? se sonrió i me dijo:
-Solamente U. mé ha dado en qué pensar, pues no olvidaba que U. estaba fuera de la casa i estaba con cuidado; he pensado mas en U. que en otra cosa; es bien tarde.
(C) |
Véanse los números 16 del periódico «La Civilización,» i 76 de El Neo-Granadino, año de 1849. |
