CAPITULO XVII
Rosa, atenta por una parte con su prima Magdalena, y por otra esperanzada en que quizás ésta tuviera alguna luz para arrojar en el enigma de su carta, informó a su madre de la visita que pensaba hacer, a lo cual doña María accedió gustosa.
Hacía poco rato que el sol, siempre centelleante, había cruzado el meridiano, cuando ella, sencillamente ataviada, pero bella como nunca, salió de su casa en dirección a la de su tío José.
No dejé de notar al cruzar por las calles, y sobre todo al descender hacía el sur por uno de los costados del «Parque de Bolívar», que muchas miradas la contemplaban con marcada atención, y de escuchar que alguien exclamase:
-¡Bonita, lo es!
Un soplo de viento quiso recoger su falda al pasar frente al Palacio de la Gobernación, lo que no produjo otra cosa que llenar su rostro de carmín, bajo la mirada aspavientera y pilla de un lustrabotas, que gritaba:
-¡Ave María! ¡Jesús nos ampare!
A poco llegaba a casa de Magdalena. Esta, llena de encantos y sonrisas, salió a recibirla con el cariño que siempre le prodigaba.
-Temí que no te dejaran venir.
-¿Por qué?
-No sé por qué, pero a pesar de todo, te aguardaba. Debes haber estado muy contenta: todos hablan de tu felicidad, y yo, más que los otros.
-Sí, he estado contenta; sin embargo, luego te contaré algo que me tiene muy triste. Por ahora, dime ¿qué hay de tío José, y de mi tía, y de los niños?
-¡Ah! Magníficamente. Todos están bien. Quítate el sombrero. Camina siéntate. Son muchas las cosas que tenemos qué hablar.
Al -decir esto, estaban ya acomodadas en sendas sillas en una de las ventanas que en aquella casa daban a la calle.
-¿Y qué es lo que tú me tienes, qué contar a mí? preguntó Magdalena.
-Muchas cosas -dijo Rosa, con el corazón palpitante.
-¿De Martín....? preguntó ansiosamente su prima.
-Sí, se relacionan con él.
-¿Acaso mi tío....?
-No....Es algo más grave; y tratando de atenuar los puntos más salientes, la informé de la llegada de la carta, de su contenido, de la afirmación de su padre, de su propia tristeza.
-¿Pero quién puede haber hecho eso?
-¿Qué podemos saber nosotras?
-¿Y sí será cierto todo ese lío? ¡Quién sabe....! No hay qué creer todo lo que dicen.
-Mi papá lo afirma.
-¿Pero cómo hace mi tío para saberlo? Tiene qué remitirse al dicho de los demás. El no puede testificarlo por haberlo visto con sus. ojos, y es casi lo seguro que lo mismo les sucede a quienes tal cosa afirmen.
-Yo no sé, pero el contenido de esa carta me causa horror.
Un buey, de una partida que cruzaba cargada con bultos de café, principié a corcovear estrepitosamente, haciendo un reguero desconsolador de granos.
-¡Demonios, condenados, hijos de los mismos infiernos! prorrumpían los arrieros atajando toda la partida que quería alborotarse y descargando a diestra y siniestra golpes rotundos con sus machetes descomunales.
Gritaban los muchachos que por allí había, silbaban los sastres, se carcajeaban las dentroderas, se asomaban las señoras a las ventanas de sus casas, mientras bañados de sudor y anegados en ira, los arrieros vomitaban más horrores por sus bocas de dientes afilados, de dientes blanquísimos. También los bueyes, haciendo coro a aquellas vociferaciones audaces, esmaltaban el piso con la humedad de sus excrementos.
-¡Pobrecito animal! dijo Rosa, al ver que la bestia rebelde había sido domada, cogida de la ternilla, de los cuernos, de la cola, golpeada y cinchada como un bruto de acero.
-Es uno dé los bueyes de nuestro tío Cándido, que marchan para Honda. Cuando tengamos Cable y Ferrocarril, cesarán esas lidias y. esos tormentos. Pero volviendo a nuestro asunto ¿por qué dices que te causa horror la carta de que me hablas? ¿Será que así te dará miedo casarte con Martín....? Mira: no seas boba; la vida hay qué mirarla del mejor modo posible. Ya me ves a mí: me voy a casar con un viejo; eso lo dicen todos y yo también lo sé; pero vamos ¿no vale ese viejo, así bofudito y burguesito, teniendo como tiene con qué vivir descansadamente, mucho más qué otros que no traen al hogar sino deudas y miseria?
-Pero don Ricardo es de familia muy honrada.
-Si, es verdad, y esa es una ventaja ¿pero qué se le quita a Martín con ser hijo de don Miguel, siendo Martín un buen muchacho como lo es? Nada. Además, que si don Miguel ha sido malo, podemos apostar a que él no es el único que hay así. Los malos están por montones. En la guerra pasada fueron muchos los que se enriquecieron, sabe Dios cómo. No quiero decir que haya sido arrancando a tirones los zarcillos de las orejas de las mujeres, cortando manos para robar sus anillos y matando por puro espíritu de mal, como dicen en tu carta, pero se enriquecieron, según he oído afirmar, y eso nadie lo mira como un delito. Eso de la viuda sí es feo, pero nadie sabe a fondo las circunstancias o motivos que hubiera para ello. Puede que lo más sea exageración. Respecto a la conducta con Justina....yo no sé qué decirte. Acaso se avergüence él de esa vida, y quiera borrar hasta su memoria. Tú sabes que a un hombre de la posición suya no le convendrían semejantes relaciones...., semejantes cosas tan detestables.
-Si, pero una limosna, un óbolo cualquiera no le mancharía y sí contribuiría a hacer menos infortunada la suerte de esa infeliz. Bien que Justina, ya sin remedio, esté en el fango; bien que su hija Refugio, la madre de Ramona, sea una mujer cualquiera; pero malo que por esto esa gente casi muera de hambre, sin que don Miguel, en un acto de caridad, le tienda un alivio cualquiera, no menoscabando en nada sus intereses.
-Mira, en eso todos tienen su pecado. Cuando a ustedes les remataron sus bienes, se suscité aquí una conversación sobre don Miguel, y aun cuando poco cogí de ella, sí oí decir, ya ves, que Refugio, la que tú nombras, es hija de mi tío Cándido....
Los bueyes uno a uno, principiaron a desfilaren dirección a Honda cuando el animal rebelde fue nuevamente cargado con las diez arrobas que en sus lomos debía conducir por el áspero y guijarroso camino. Una densa polvareda, agitada por el viento, inundé el aire.
-Nos asfixiamos, dijo Magdalena; y llevando sus pañuelos a la boca, guardaron un breve silencio.
-Escucha -dijo ésta a poco, mirando a la vez cómo cruzaba por una solera, a una altura considerable, un armador de casas que casi al frente hacía gala natural de su equilibrio, Martín me ha dicho que si tú accedieras, él se casaría contigo!
Una llamarada de rubor subió a las mejillas de Rosa, pero luego, quizás al empuje de un recuerdo súbito, volvió a palidecer.
-¡Dios mío! grité Magdalena de pronto. Rosa, sin saber de qué se trataba, la asió fuertemente con sus manos, en un espasmo de miedo.
-¿Qué tienes? dijo ésta.
-Supónte que creí que aquel hombre que cruzaba por aquella viga -y señalaba hacia la casa en construcción- se había zafado, matándose, cuando era simplemente....que se bajaba.
-Gracias a Dios que no fue más-contesté Rosa.
Mientras ambas jóvenes paseaban sus miradas por aquel caserón que pronto habría de quedar concluido, la imaginación de Rosa, insensiblemente, iba muy lejos de donde ésta se hallaba, pues recorría la historia de don Miguel, tratando de figurarse al vivo aquellas escenas salvajes en que para enriquecerse, tuvo qué asolar hogares, arrancar llanto y derramar sangre.
¿Era verdad todo eso?
Por más que quisiera suponerse lo contrario, su conciencia, llena de pudor, le decía que si.
Con cuánto gusto hubiera visto que una esponja amorosa, pasando sobre esa vida su bálsamo de caridad, hubiera lavado todo ese cuadro sombrío que ahogaba sus conmiseraciones y deshojaba sus esperanzas. ¿Por qué Martín no era hijo más bien de un pordiosero para amarlo ardientemente como lo amaba, y no sentir tristeza ante ese amor?
Teodosia, locuaz y esplendorosa como siempre, entró en ese instante. Hubo un resonar de abrazos, de frases almibaradas, de risas dulces entre ese trío encantador; y luego, cuando la intrusa se hubo informado de todo, dijo así:
-Pues yo-para hablar con toda franqueza, si fuera Rosa no proseguiría esos amoríos. Y no es porque Martín sea un partido despreciable, ni porque su padre haya sido lo que se dice en la carta, pues todo eso puede ser mentira: es simplemente, como ya lo he dicho en otras ocasiones, porque a los enemigos de nuestros padres no se les deben perdonar las que les hacen. ¿No fue don Miguel quien los arruiné a ustedes? ¿No es él quien tiene la culpa de que mi tío Rufino se haya envejecido en ocho días? -Volvemos a decir que respecto al tiazgo que a porrillo empleaban estas jóvenes, no tenía, en veces, causa fundamental, como puede colegirse fácilmente por el contexto de la obra.
-Pues por esa misma razón-arguyó Magdalena se deben continuar: para que su amor borre lo pasado, para que sean un puente entre dos abismos, para que el hijo restituya así lo que se llevó el padre. ¿Más criminal no seria que esta niña viendo que podría hacer menos amargas las horas de quienes le dieron el ser, se quedara con ellos sufriendo hondas necesidades por una causa en que ni ella ni Martín han tenido culpa?
-¿Y si don Miguel no quiere? objeté Teodosia, la cual, pisando en falso como pisaba y anhelando de manera velada para sí a Martín, no se atrevía a exponer razones que quizás pudieran perderla ante él ser ambicionado.
-¿Y qué cuentas que no quiera? repuso Magdalena. Entre nosotras la mujer es libre para casarse cuando cumpla doce años de edad, y el hombre catorce. Todas podernos casarnos cuando nos dé la gana.
-No digas eso replicó Teodosia riendo. Si nos pudiéramos casar cuando nos diera la gana, ¡ay, hija! no habría una soltera ni para remedio.
-Pues quiero decir, cuando al novio y a la novia les dé la gana.
-Eso es otra cosa, querida; pero ¿quién arrimé al portón? ¿Don Ricardo?
-Qué don Ricardo -contesté Magdalena él no viene sino de noche, cuando se desprende de su almacén. ¡Es el Capitán Cobos quien ,llega!
-¡EI Capitán Cobos! dijo Teodosia
-Yo me voy -interpuso Rosa.
-¡Buenas tardes! dijo el Capitán en tanto; y avanzando con una elegancia quintesenciada, estreché una por una las manos de aquellas beldades.
-¿Y qué cuenta usted? preguntó Magdalena cuando el Capitán hubo tomado asiento.
-Pues no, -señorita, nada que valga. He tenido ahora un rato desocupado, y he querido darme el honor de visitar su casa.
-Muchas gracias.
-Yo también -interrumpió Teodosia, quise darme ese placer. ¡Es tan simpática esta primita mía!
-Y no es mentira -contestó Magdalena. Pregúntenlo a mamá Josefa.
-Y ella ¿qué es que no sale? interrogó Teodosia.
-Está ocupadísima - previniéndome cosas y embelecos....!
-Y la señorita Rosa -prosiguió el hijo de Marte -¿qué nos cuenta?
-No, Capitán, yo sí que no puedo contar nada.
-La vi el Veinte en las Carreras, y vi su trofeo. ¡Mis felicitaciones!
-Gracias, Capitán.
-En donde sí no la vi fue en los Juegos Florales.
-No fui, Capitán, me fue imposible.
-No quiso ir a yerme a mí de reina- repuso Teodosia. ¿Verdad que hizo mal?
-Muy mal -dijo el Capitán, sonriendo. Dejó de ver una cosa bellísima. Yo no me imaginaba que aquí hubiera tanta mujer hermosa. Todas son lindísimas!
-¿Si, Capitán? ¿Sí somos pasaderitas? preguntó Teodosia amablemente.
-¡Pasaderotas!
-No nos trisque, Capitán -objeté Magdalena hecha una guinda.
Yo no creo en las alabanzas de los hombres -repuso Rosa.
-Hay qué creer en ellas cuando son ciertas, señorita. Desde las Carreras principié mí admiración. ¡Qué rostros, Dios mío! Era de chuparse uno los dedos.
-No, Capitán, sin burlas-dijo Teodosia, haciendo un gesto almibarado.
-¡Pero si no son burlas,! Yo estaba -en la galería del cuartel, viendo tanta divinidad, cuando me fijo para «La Barranca» ....!
-¿Y qué vió? preguntó Teodosia.
-Supóngase, señorita. Las miro a ustedes y quedo anonadado.
-No, Capitán -interpuso Magdalena- ya le dije que va sin chanzas.
-Sí, Capitán -dijo Rosa- sin chanzas.
-Sí, sin chanzas -agregó Teodosia.
-Bueno. Digo que las vi a ustedes, y lo primero que se me ocurrió fue pensar en las divinidades angélicas.
-¡Santo Dios! exclamaron casi a una las tres jóvenes.
-¡Verdad, mi purísima verdad!
-Cuidado cómo aprobamos el sobrenombre que usted dijo le tenían -interpuso Teodosia.
-No, la verdad. Estaban y están bellísimas.
-No sea empalagoso, Capitán -murmuré Magdalena sonriendo.
-¿Y cuál le pareció más bonita? preguntó malignamente Teodosia.
-Pues vea -dijo el Capitán sin inmutarsevi a la señorita Rosa, y me pareció divina; a la señorita Magdalena, y divina; y a usted, divina. Lo que dije antes: puras divinidades!
Las muchachas sonrieron, pero Teodosia objeté:
-No se escurra, Capitán ¿cuál de nosotras le pareció positivamente más bonita?
Aquí la cosa ya fue más seria, y el Capitán, para dar tregua a su pensamiento, les ofreció un cigarrillo.
-No fumamos -fue la respuesta que recibió unánimemente.
-¡Ah! es una cualidad envidiable esa de no fumar: la memoria se mantiene fresca....
-Sí-dijo Teodosia -y por memorista, insisto ¿cuál le pareció más bonita?
-Voy a decirlo, pero con esta condición, que lo digo al oído de cada una, y bajo el compromiso de guardar secreto.
-iPicarito! prorrumpió Teodosia ¡para decirnos a todas una cosa igual!
-¿Y cómo hago para decir lo contrario, si todas me parecieron lo más bonitas?
Magdalena, que había tomado intencionalmente entre sus manos un álbum engalanado con vistas bogotanas, dijo, pasándoselo al Capitán:
-Nos va a decir con toda verdad qué tan bonitos son todos estos puntos.
Nuestro hombre, que parecía hubiera estado aguardando a que le hablaran por ese lado, se dejó venir en un chorro fastuoso de palabras, pintando todas aquellas maravillas. La casa de los Virreyes, la Plaza de los Mártires, los Cerros de Guadalupe y de Monserrate, el Teatro Colón, el Capitolio, los paseos a Chapinero, todo, reflejado a viva voz, engrandecido por el entusiasmo, desfilaba ante la imaginación de las tres jóvenes como un cinematógrafo que todo lo refleja, que nada deja oculto.
-Ustedes deben ir algún día. Allí serán reinas, como lo fue antier la señorita Teodosia en la velada, reinas, entre tantísima belleza.
En ese instante Rosa se desfiguré.
-Me voy -exclamó- es tardísimo y en casa me aguardan.
-¿Que te vas? objeté Magdalena mirando hacia la calle. Ya sé por qué te han entrado deseos de irte: ¡no te irás!
Martín aparecía por allí.
-¿Y por eso se va, señorita? dijo maliciosamente el Capitán. ¡El señor Peñasco me ha hablado de usted en los tonos más entusiastas!
-Si es que'ésta es boba -murmuré Magdalena, sonriendo deliciosamente. ¡Pero no la dejaremos ir!
-¡Ni por pienso! arguyó el Capitán.
- Ya, desde la ventana, Teodosia, cortésmente, había autorizado a Martín para que entrara, y entró. A pesar de que iba preparado y de que era un hombre de sociedad, le costó gran trabajo ocultar su turbación. La mujer divina, la mujer ideal, la mujer amada que enloqueció al Dante, que cegó a Paris y a quien Romeo cortejó, estaba allí. ¡Allí la que envidian las cañas por su dulzura, la que los soles arrullan en sus ojos, la que acarician las flores cuando Cha cruza a su lado y las brisas besan cuando sonríe! ¡Allí !a amada, la dilecta! Por un momento, en una radiación de lucidez, ya que el amor es ciego, le pareció al sentarse estar haciendo el papel de don Quijote cuando Sancho le indicó la labradora de marras, pero luego comprendió que el caso era muy distinto, que él estaba ante la realidad, que su Dulcinea no era la Aldonza pastoreadora de puercos saltadora de bardas, sino la Ofelia dulce, la Susana pudorosa que oculta sus palabras porque teme que el aire las empañe y cubre de rubor sus mejillas porque se cree más pequeña, más baja que las demás mujeres.
El Capitán, sin embargo, lo sacó de aquella abstracción.
-Mentábamos al rey de Roma.
-Y el que asoma..dijo Teodosia.
-¿Y qué decían ustedes de mí? repuso Martín con las mejillas tenazmente pálidas.
-Decíamos-contestó el Capitán abiertamente-que usted y la señorita Rosa merecen una felicidad eterna.
Rosa se ruborizó de pies a cabeza. El corazón -le palpitó terriblemente. Teodosia hizo un leve gesto de desagrado. Martín sonrió.
-Hablábamos-murmuré Teodosia dando a sus palabras un aire de desentendimiento -hablábamos de Bogotá y de la velada.
-Eso es-asintió el Capitán -también hablabamos de mi tierra y de la velada, que estuvo bellísima, y ya le había preguntado a la señorita Rosa por qué no asistió a ella.
-Y yo -repuso ésta- le dije que por imposibilidad. Hay veces en que está una tan ocupada....
-Pues si hubiera asistido, habría visto una cosa bien linda -dijo el Capitán. El decorado del escenario, que fue altamente artístico; la composición de su hermano Daniel que era como un torreón oriental cargado de gemas, brillando a pleno sol; y la señorita Teodosia con su Corte de Amor, que semejaban una resurrección fastuosa de las glorificaciones helenas.
-Aquí hemos prohibido las burlas -dijo Teodosia jovialmente.
-Todo -murmuré Rosa- dicen que fue una fiesta lindísima.
-Sólo hacía falta una cosa, y fue usted -dijo Martín.
Rosa casi siente un vértigo. Teodosia apretó los dientes.
-Positivo -dijo Magdalena.
-La pura verdad -añadió el Capitán. Fue una lástima. Cómo hubiera gozado el Sr. Peñasco.
-De manera desbordada! exclamó Martín.
-¡Sin burlas! dijo dulcisimamente Rosa.
-Lo que si me ha chocado de esa fiesta -agregó el Capitán- es la crítica que en un periódico he visto. Es. injusta. Yo siempre he estimado que la obra de análisis debe ser hondamente imparcial, serena, reposada y majestuosa como un vuelo de águila, aunque sea violenta como un pistoletazo en el corazón.
Rosa miró a Martín, indagando si en su rostro había algo de lo que suponía Daniel, es decir, si habla huellas de traición. Por el contrario, su rostro revelaba pensamientos nobles, y dijo:
-Esa crítica la debe haber impulsado una mano que sufre con el triunfo ajeno y halla gozo en arrojar lodo a lo puro. Afortunadamente, siempre el águila será águila.
-Eso es -asintió el Capitán.
-¡Bravo! exclamó Teodosia.
-¡Bien por mi primo! prorrumpió Magdalena.
-Gracias por él -modulé Rosa.
-Y bien, Capitán -dijó Teodosia -¿cuántas novias se ha conseguido lo que hace que usted está aquí?
-Verdad, Capitán-interpuso Martin -cuéntenos.
-Pues vean. Voy a hablárles con toda franqueza. El primer día que salí me fijé en una china linda ¡caray! y le dije pausadamente, para que medio me oyera:-iLuz de mis ojos! Ella me miré arrogante, y contestó: ¿Quién le dijo que yo soy Luz? ¿No ve que soy Mercedes....? ¡Y me hizo una cara...!
- Aquí todos, viendo lo cómico que aparecía el rostro del Capitán, rieron abiertamente.
-No se rían -prosiguió el narrador. Al día Siguiente, suponiendo yo que el nombre de Luz era muy desconocido aquí y común el de Mercedes, vi otra china encantadora, y le dije, al ver que ella se fijaba acerbamente en mi pobre figura:
-¡Merced para mí, Mercedes! y ella, abriendo tamaños ojos, me respondió:
-¡Diz que Mercedes! ¿Pero no sabe este señor que yo soy Dolores, purísima Dolores? Y arroja una de esas miradas ¡qué mirada,- Dios mío! De suerte que no he podido conseguir novia.
-¿Y es que así es como usted consigue las novias, llamándolas por su nombre? dijo Magdalena.
-No, señorita-respondió el Capitánes que hay veces en que una emoción del alma desata palabras que pintan esa misma emoción.
-Capitán -interpuso Teodosia-consigase una novia bien bonita, y cásese.
-¿Para qué, señorita? dijo asustado aquel hijo de la guerra.
-Para que nos invite a la fiesta.
-Derecho que le corresponde a usted, señorita.
-iTan chirriado! arguyó Teodosia.
-iAve María, Capitán! dijo Magdalena.
Rosa y Martín lo miraron fijamente.
-De veras, Capitán -continué Teodosia- consigase una novia y cásese para que nos invite a la fiesta. Ya ve cómo Magdalena se va a casar tan pronto.
-¡Ah, sí! De veras ¿cuándo es esa boda?
-Pues dentro de veinte días -repuso Magdalena. Ya todo está listo. Hoy mismo me trajeron mi ajuar, y espero el feliz momento.
-¡Te lo trajeron ya? interpuso Teodosia. Muéstramelo.
-Pues yo la felicito altamente -dijo el Capitán y oyendo que en ha Catedral sonaban unas horas, se despidió de la compañía, alegando tardanza y salió.
Magdalena y Teodosia se entraron a curiosear el traje blanco, señorial, cargado de azahares, simbolizador de virginidad, presagiador de ventura. Martín y Rosa quedaron solos. Se vieron frente a frente. Sus miradas se cruzaron, sus almas querían hablar; pero como sucede casi siempre cuando una emoción profunda embarga el corazón, principiaron por decirse frases triviales, frases fofas, frases como esas que emplean los amantes a rodo y que para ellos son de un valor infinito.
-¿Y qué le dijeron de mi ramo en su casa?
Rosa tuvo intenciones de mentir, contestando que a todos les había parecido encantador, pero no fue capaz, y sólo dijo:
-Lindísimo le pareció a mi madre Maria.
-¿Y a su papá?
Rosa no contestó sino con una mirada tristísima que decía todo el dolor de su alma. Martín lo comprendió, y repuso abiertamente:
-Rosa: Nuestras almas tienen un pasado que las une aun cuando haya muchas cosas que quieran apartarlas llenándolas de tristeza. Usted no sabe cómo he sufrido yo pensando en lo ocurrido en nuestras familias, pensando en los sinsabores que ustedes hayan tenido qué soportar; pero bien sabe usted que en ello no he tomado parte alguna. Mi padre Miguel dio un paso comercial con don Rufino sin intención dañada y por un apremio que sobre nuestra casa cayó inesperadamente ¿pero no habrá ¡nodo de remediarlo?
Aquí Martín guardé un breve silencio, como esperando una respuesta que palpitaba en los labios de Rosa, y que podía traducirse así:-No, Martín, no hay remedio alguno; pero ella, comprendiendo todo el trágico valor de aquellas palabras, callaba obstinadamente.
-Si usted quisiera-prosiguió él-se remediaría. El silencio fue soberano. Parecía que se estuviese sondeando en los dominios de la muerte. Sus corazones, cargados de desilusión y a la vez de esperanzas, de miedo y alegrías, de ansiedad y angustias, latían con golpes sordos que levantaban el pecho y que se escuchaban a distancia. Martín prosiguió al fin:
-¿Sí lo querría usted?
-Yo sí-contestó Rosa ahogando un suspiro ¡pero es imposible!
-Yo la haré a usted mi esposa.
-¡Sí, pero no seríamos felices! ¡No podríamos ser felices jamás!
Martín, pausadamente, silenciosamente, se fue escurriendo de la sala, como si fuese un ladrón que huyese temiendo ser aprehendido. Rosa, lela., aturdida, con el rostro congestionado por la ansiedad le siguió ávida con los ojos, anhelando gritarle:
¡Martín mío, dulce Martín, vuelve, vuelve, que sí seré tuya, vuelve a recibirme en tus brazos, vuelve por mí! pero en ese instante entraron Teodosía y Magdalena, y sólo pudieron ver un rostro que se empapaba de lágrimas bajo la cedería de las colgaduras, bajo el pomposo fulgor de los jarrones de Venecia.
