La
muchacha
La muchacha fue la víctima. Tenía diecisiete años y llegó una tarde a la mansión en
bicicleta. El primero en verla y quien la recibió en la casa fue el guardián. Se llamaba
Angela.
Tenía el papel principal en un corto cinematográfico que se estaba filmando en un vasto
hotel de veraneo, cuyos accionistas estaban interesados en promover la venta de lotes en
una urbanización aledaña a los terrenos del establecimiento. El documental mostraba a
una rubia adolescente, con el pelo suelto y un aire de Alicia en el País de las
Maravillas que recorría en bicicleta todos los lugares de interés y paseaba por entre
las avenidas que bordeaban los cafetales. Se bañaba pudorosamente en el río, a cuya
orilla había bancas de parque pasadas de moda y quioscos para picnic.
La filmación había terminado y sólo permanecían en el hotel el fotógrafo de la
película con sus dos hijos y algunos empleados de la producción. Ella se había quedado
también y se dedicó a visitar en su bicicleta todos aquellos lugares que no estaban en
el guión y que atraían su curiosidad. Uno de estos sitios era una gran casona de
hacienda dedicada al cultivo de los cítricos y a la cría de faisanes y gansos. Era la
mansión.
A primera vista parecía una belleza convencional del cine. Rubia, alta, bien formada, con
largas piernas elásticas, talle estrecho y nalgas breves y atléticas. Los pechos firmes
y el cuello largo, siempre inclinado a la izquierda con un gesto harto convencional,
completaban la imagen de la muchacha que se ajustaba perfectamente a su papel en la
película.
Sólo los ojos, la mirada, no se avenían al conjunto. Tenían una expresión de cansancio
felino y siempre en guardia, algo levemente enfermizo y vagamente trágico flotaba en esos
ojos de un verde desteñido que miraban fijos, haciendo sentir a los demás por completo
ajenos e ignorados por el mundo que dejaban a veces adivinar tras su acuosa transparencia
tranquila.
Su padre había sido un abogado famoso que se suicidó un día sin razón alguna aparente,
aunque luego se supo que sufría de un cáncer en la garganta que había ocultado hasta
cuando el dolor comenzó a traicionarlo. Su madre era una de esas bellezas de sociedad
que, sin pertenecer a una familia renombrada, frecuentan el gran mundo merced a su
hermosura y a cierta rutina de buenas maneras que oculta toda probable vulgaridad o
aspereza de educación. Al quedar viuda, la breve fortuna que heredara se le escapó de
entre las manos con esa ligereza que suele acompañar a las bellezas tradicionales. La
muchacha comenzó a trabajar como modelo y empezaba ahora su carrera en el cine con
papeles modestos en comedias musicales. Tenía un novio que estudiaba medicina y había
sido iniciada en el sexo por uno de los electricistas de los estudios, por quien sentía
esa pasión desordenada y sin amor que nos une siempre con quien nos ha develado el placer
hasta entonces desconocido y lejano. Le gustaba hacer el amor, pero se sentía extraña y
ajena a sí misma en el momento de gozar y, en ciertas ocasiones, llegaba a desdoblarse en
forma tan completa que se observaba gimiendo en los estertores del placer y sentía por
ese ser convulso una cansada y total indiferencia.
El guardián, curtido por su vida de mercenario y su familiaridad con la muerte y la
violencia, se sintió, sin embargo, apresado de inmediato por los ojos de la visitante y
la dejó entrar, olvidando las estrictas instrucciones que impartiera Don Graci respecto a
los forasteros y la tácita norma que regía en la mansión en el sentido de que el grupo
ya estaba completo y ningún extraño sería jamás recibido en él. El romper ese
equilibrio fue tal vez la causa última y secreta de todas las desgracias que se
precipitaron sobre la mansión en breve tiempo.
Sueño de la muchacha
Recorría en bicicleta los limonares a la orilla
del río. Sabía que en la realidad era imposible hacerlo, pero en el sueño y en ese
momento no encontraba dificultad alguna. La bicicleta rodaba suavemente pisando hojas
secas y el húmedo suelo de las plantaciones. El aire le daba en la cara con una fuerza
refrescante y tónica. Sentía todo su cuerpo invadido de una frescura que, a veces,
llegaba a producirle una desagradable impresión de ultratumba. Entraba a una iglesia
abandonada cuyas amplias y sonoras naves recorría velozmente en la bicicleta. Se detuvo
frente a un altar con las luces encendidas. La figura del dueño, vestido con amplias
ropas femeninas de virgen bizantina, estaba representada en una estatua de tamaño
natural. La rodeaban multitud de lámparas veladoras que mecían suavemente sus llamitas
al impulso de una breve sonrisa de otro mundo. «Es la virgen de la esperanza», le
explicó un viejecito negro y enjuto, con el pelo blanco y crespo como el de los carneros.
Era el abuelo del sirviente, que le hablaba con un tono de reconvención que la angustiaba
y avergonzaba. «Ella te perdonará tus pecados. Y los de mi nieto. Enciéndele una
veladora».
El sirviente
Cristóbal, un haitiano gigantesco que hablaba torpemente y se movía por todas partes con
un elástico y silencioso paso de primate, era el sirviente de la mansión. Compraba los
alimentos en el moderno supermercado de la urbanización vecina al hotel y bajaba a vender
las naranjas y los limones a los mayoristas que citaba en la estación del tren. El
negocio dejaba amplias ganancias a Don Graci.
Cristóbal, un negrazo cauteloso y dulce que trajera el dueño en una de sus pasadas
correrías, hacía ya muchos años, se rumoraba que en días ya olvidados atendiera
ciertos caprichos de Don Graci con esa indiferencia apacible con que su raza cumple con
las urgencias del sexo. Pero si Don Graci había prescindido de los servicios íntimos del
negro, no así de su siempre eficaz servidumbre en los asuntos de la casa. Lo heredó la
Machiche, quien buscaba en él esa satisfacción última y completa que una vida de largo
libertinaje le hiciera tan difícil de hallar. No sentía por Cristóbal ningún afecto ni
éste mostraba por ella pasión alguna. Se unían con una furiosa ansiedad, allá cada dos
meses. Se encerraban en el cuarto de Cristóbal, que estaba contiguo al del fraile, para
desesperación e irritado insomnio de éste. Los largos suspiros de la Machiche y los
furiosos ronquidos del negro se sucedían en una serie muy larga de episodios,
interrumpidos por risas y sollozos de placer.
Cristóbal había sido macumbero en su tierra natal, pero ahora practicaba un rito muy
particular, con heterodoxas modificaciones que contemplaban la supresión del sacrificio
animal y en cambio propiciaban largas alquimias vegetales. Los olores de hierbas
maceradas, que salían de su cuarto en ciertos días, invadían toda la casa, hasta cuando
Don Graci protestaba: «Díganle a ese negro de mierda que deje sus brujerías o nos va a
ahogar a todos con sus sahumerios del carajo».
Cristóbal tuvo en su momento una providencial participación en los hechos. Su agudo
instinto natural lo llevó hacia la muchacha con certera intuición del verdadero
carácter de aquélla. Supo prescindir de la mirada ausente de la joven y cuando la llevó
al lecho, ella no logró desdoblarse como era su costumbre, sino que se lanzó de lleno al
torbellino de los sentidos satisfechos y salió purificada y tranquila de la prueba. Pero
allí fue su perdición, tal fue la inicial premonición de su posterior sacrificio.
El sirviente era buen amigo del fraile, con quien se entendía en un francés con acento
isleño. Pero era tal vez con el piloto con quien mejor amistad llevaba y solía acogerlo
con una protectora actitud de hermano mayor, de la que se valía el antiguo aviador para
detentar ciertos privilegios en las comidas y algunos cuidados suplementarios tales como
agua caliente para afeitarse y sábanas limpias cada semana. Con Don Graci conservaba
Cristóbal el ascendiente de quien antaño tuviera a raya los deseos del robusto
propietario. Por el guardián sentía el negro ese sordo rencor de su raza nacido cuando
el primer blanco con casaca militar pisó tierra africana. No se dirigían la palabra,
pero jamás dieron muestra exterior de su mutua antipatía, de no ser en ocasiones cuando
una orden brusca y cortante del soldado era recibida con un socarrón «Oui Monsieur le
para».
Los Jueves de Corpus, Cristóbal preparaba un exquisito y condimentado caldo de gallina y
las mejores presas iban siempre a los platos del piloto y la Machiche. Cuando servía ese
día a la mesa, el negro recitaba una larga salmodia de la cual se conservan algunos
apartes. Decía, por ejemplo
Alabá bembá
en nombre del Orocuá
la gallina se coció.
Para el que quiera gozá
Cristóbal la cocinó.
La sirvió y no la comió
la comió y no la probó
porque el negro la mató,
la mató a la madrugá,
hoy el sol no la miró.
Aracuá del brocué,
ánima del gran Bondó
que me perdone el bundé.
La retahíla continuaba inagotable y todo el día estaba Cristóbal triste, irritable y
suspiraba con infantil melancolía.
Era zurdo.
La mansión
El edificio no parecía ofrecer mayor diferencia con las demás haciendas de
beneficio cafetero de la región. Pero mirándolo con mayor detenimiento se advertía que
era bastante más grande, de más amplias proporciones, de una injustificada y gratuita
vastedad que producía un cierto miedo.
Tenía dos pisos. Un corredor continuo en el piso superior rodeaba cada uno de los tres
patios que se sucedían hasta el fondo. El último iba a confundirse con los naranjales y
limoneros de la huerta. En el piso alto estaban las habitaciones, en el bajo las oficinas,
bodegas y depósitos de herramienta. En los patios empedrados retumbaba el menor ruido, se
demoraba la más débil orden y murmuraba gozosamente el agua de los estanques en donde se
lavaban las frutas o se despulpaba el café. Estos eran los únicos ruidos perceptibles al
internarse en el fresco ámbito nostálgico de los patios.
No había flores. El dueño las odiaba y su perfume le producía una molesta urticaria en
las palmas de las manos y en los muslos.
Las habitaciones del primer patio estaban todas cerradas con excepción de la que ocupaba
el guardián quien, como ya se dijo, había dejado sus pertenencias en el suelo y allí
permanecían en ese orden transitorio y precario de las cosas de soldado. Los otros
cuartos, cinco en total, servían para albergar viejos muebles, maquinaria devorada por el
óxido y cuyo uso era ignorado por los actuales ocupantes de la casa, grandes armarios con
libros de cuentas y viejas revistas empastadas en una tela azul monótona e impersonal.
En habitaciones opuestas del segundo patio vivían la Machiche y el piloto, y allí fue a
refugiarse la muchacha la primera noche que pasó en la mansión en condiciones, que ya se
sabrán. En el último patio vivían Don Graci, el sirviente y el fraile. La habitación
del dueño era la más amplia de todas, estaba formada por dos cuartos cuya pared
medianera había sido derribada. Un gran lecho de bronce se levantaba en el centro del
amplio espacio y lo rodeaban sillas de la más variada condición y estilo. En un rincón,
al fondo, estaba la tina de las abluciones que descansaba sobre cuatro garras de esfinge
labradas laboriosamente en el más abominable estilo fin de siglo. Dos cuadros adornaban
el recinto. Uno ilustraba, dentro de cierta ingenua concepción del desastre, el incendio
de un cañaveral.
Bestias de proporciones exageradas huían despavoridas de las llamas con un brillo
infernal en las pupilas. Una mujer y un hombre, desnudos y aterrados, huían en medio de
los animales. La otra pintura mostraba una virgen de facciones casi góticas con un niño
en las rodillas que la miraba con evidente y maduro rencor, por completo ajeno a la serena
expresión de la madre.
La mansión se levantaba en la confluencia de dos ríos torrentosos que cruzaban el valle
sembrado de naranjos, limoneros y cafetos. La cordillera alta, de un azul vegetal
profundo, mantenía el valle en sombras en una secreta intimidad vigilada por los grandes
árboles de copa rala y profusa floración de un color púrpura, que nunca se ausentaba de
la coronada cabeza que daban sombras a los cafetales.
Una vía férrea construida hacía muchos años daba acceso al valle por una de las
gargantas en donde se precipitaban las aguas en torrentoso bullicio. Los ingenieros
debieron arrepentirse luego de un trazado tan ajeno a todo propósito práctico y
desviaron la vía fuera del valle. Dos puentes quedaron para atestiguar el curso original
de la obra. Aún servían para el tránsito de hombres y bestias. Estaban techados con
lámina de zinc, y cada vez que pasaban las recuas de mulas de la hacienda el piso
retumbaba con fúnebre y monótono sonido.
La hacienda se llamaba "Araucaíma" y así lo indicaba una desteñida tabla con
letras color lila y bordes dorados colocada sobre la gran puerta principal que daba acceso
al primer patio de la mansión. El origen del nombre era desconocido y no se parecía en
nada al de ningún lugar o río de la región. Se antojaba más bien fruto de alguna
fantasía de Don Graci, nacida a la sombra de quién sabe qué recuerdo de su ya lejana
juventud en otras tierras.
Los hechos
El guardián llevó a la joven hasta el segundo patio de la casa y llamó a gritos a la
Machiche para que se hiciera cargo de ella. La muchacha pedía que le permitieran lavarse
la cara y arreglarse un poco antes de seguir su paseo, pero en sus ojos se notaba la
curiosidad por husmear y conocer más de cerca el lugar que le atraía.
Las dos mujeres se enfrentaron en el corredor de abajo. La Machiche, desde la parte alta,
miraba a la muchacha que esperaba al lado del guardián en el patio empedrado. Observaba
la opulenta humanidad de esa hembra agria y desconfiada, que la examinaba a su vez, no sin
envidia ante la agresiva juventud que emanaba del joven cuerpo como un halo invisible pero
siempre presente.
«Esta muchacha quiere saber dónde queda el baño» explicó el guardián sin
muchos miramientos y se alejó sin esperar la respuesta.
«Venga conmigo» le indicó la Machiche a la joven, quien la siguió por los
corredores del segundo piso hasta una estrecha estancia en donde una palangana y un
trípode hacían las veces de baño. En el fondo, detrás de una mugrienta cortina rosada,
estaba el escusado con su tanque alto comido por el óxido y el moho. «Aquí se puede
lavar la cara y si necesita otra cosa, el escusado está detrás de la cortina. Si lo va a
usar cierre primero la puerta» y la dejó en medio del zumbido de los mosquitos y
del húmedo silencio de la estancia.
Cuando hubo terminado de arreglarse, la joven salió al corredor y se encontró de manos a
boca con el piloto, que llevaba con aire apresurado unos papeles. Se quedó sorprendido
ante la aparición de la visitante y con esa sonrisa fácil y acogedora que se le colocaba
en el rostro, casi sin él proponérselo, la saludó con lo que a ella le pareció,
después de la acogida del guardián y la Machiche el colmo de la amabilidad. Hablaron un
rato recostados en el barandal que daba al gran silencio del patio que se oscurecía con
las sombras de la tarde.
El piloto invitó a la muchacha a que se quedara esa noche en la mansión, ya que empezaba
a caer la noche y el camino de regreso al hotel se haría intransitable en bicicleta. Ella
aceptó con esa ligereza de quien se entrega al destino con la ciega confianza de un
animal sagrado.
No es fácil reconstruir paso a paso los hechos ni evocar los días que la muchacha vivió
en la mansión. Lo cierto es que entró a formar parte de la casa y comenzó a tejer la
red que los llevaría a todos al desastre, sin darse cuenta de ello, pero con la
inconsciencia de quien se sabe parte de un complicado y ciego mecanismo que gobierna cada
hora de la vida.
Durante dos noches durmió en el mismo cuarto con la Machiche. Luego resolvió irse a
dormir con el piloto, cuya cordialidad fácil le atraía y cuyas historias de países
visitados durante una sola noche le sedujeron en extremo. Cuando, a pesar de las caricias
interminables que la dejaban en una cansada excitación histérica, el piloto no pudo
poseerla, lo dejó y se fue a dormir sola a un cuarto del segundo patio, contiguo a una
habitación que usaba el fraile como cuarto de estudio. No tardaron los dos en hacer una
amistad construida de sincero afecto y de una sorda y profunda comprensión de la carne.
El fraile la desnudaba en su estudio y hacían el amor en los desvencijados sillones de
cuero o sobre una vasta mesa de biblioteca llena de papeles y revistas empolvadas.
Al fraile le encantaba la franca y directa disposición de la muchacha para mantener sus
relaciones al margen de la pasión y a ella le seducía la serena y sólida firmeza del
fraile para evitar todo rasgo infantil, banal o simplemente débil, comunes a toda
relación entre hombre y mujer. Copulaban furiosamente y conversaban en amistosa y serena
compañía.
Fue el dueño, Don Graci, quien, con la envidia de los invertidos y la gratuita maldad de
los obesos, incitó al sirviente en secreto para que sedujera a la muchacha y se la
quitara al fraile. En efecto, el negro la esperó un día cuando ella iba a bañarse en
una de las acequias que cruzaban los naranjales. Tras un largo y doliente ronroneo la
convenció de que se le entregara. Ese día la joven probó la impaciente y antigua
lujuria africana hecha de largos desmayos y de violentas maldiciones. Desde ese día
acudió como sonámbula a las citas en la huerta y se dejaba hacer del sirviente con una
mansedumbre desesperanzada. Le contó al fraile lo sucedido y éste siguió siendo su
amigo pero nunca más la llevó al estudio. No obró así a causa del miedo o la
prudencia, sino por cierto secreto sentido del orden, por una determinada intuición de
equilibrio que lo llevaba a colocarse al margen de un caos que anunciaba la aniquilación
y la muerte.
La Machiche, al comienzo, se hizo la desentendida sobre las nuevas relaciones de la joven
y nada dijo. Seguía acostándose con el negro cuando lo necesitaba y por entonces traía
un deseo creciente de seducir de nuevo al guardián, quien la había dejado hacía ya
varios años y nunca más le prestara atención. Mientras la Machiche se interesó en el
soldado las cosas transcurrieron en forma tranquila. Pero una reprimenda del mercenario al
sirviente vino a romper esa calma. La mutua antipatía entre los dos era evidente.
Una noche en que el guardián esperaba a la Machiche ésta no acudió a la cita. Por un
oportuno comentario de Don Graci durante el desayuno al día siguiente, el guardián se
enteró que aquélla había dormido con el sirviente. Durante el día no faltó ocasión
para que se encontraran los dos y a una orden cortante y cargada de desprecio del soldado,
el negro se le echó encima ciego de furia. Dos certeros golpes dieron con el sirviente en
tierra y el guardián siguió su ronda como si nada hubiera sucedido. Esa noche le dijo a
la Machiche que no quería nada con ella, que no aguantaba más la peste de negro que
despedía en las noches y que su blanco cuerpo de mujerona de puerto ya no despertaba en
él ningún deseo. La Machiche rumió varios días el desencanto y la rabia hasta cuando
encontró en quién desfogarlos impunemente. Puso los ojos en la muchacha, le achacó para
sus adentros toda la culpa de su fracaso con el guardián y se propuso vengarse de la
joven.
El primer paso fue ganarse su confianza y para ello no encontró la menor dificultad.
Angela vivía un clima de constante excitación; su fracaso con el piloto, su truncada
relación con el fraile y los violentos y esporádicos episodios con el sirviente, la
habían dejado presa de un inagotable deseo siempre presente y sugerido por cada objeto,
por cada incidente de su vida cotidiana. La Machiche percibió el estado de la joven. La
invitó a compartir de nuevo su cuarto con palabras amables y con cierta complicidad entre
mujeres. La muchacha aceptó encantada.
Un día que comparaban, antes de acostarse, algunas proporciones y circunstancias de sus
cuerpos, la Machiche comenzó a acariciar los pechos de la joven con aire distraído y
ésta, sin hallar escape a la creciente excitación, se quedó en silencio dejando hacer a
la experta ramera. La Machiche comenzó a besarla y la llevó lentamente a la cama y allí
le fue indicando, con ademanes seguros y discretos, el camino para satisfacer su deseo. La
ceremonia se repitió varias noches y Angela descubrió el mundo febril del amor entre
mujeres.
No tardó Don Graci en conocer el asunto, por algunas frases dejadas caer por la Machiche,
y el dueño empezó a invitar a las dos mujeres a participar en sus abluciones, con
prescindencia de los demás habitantes de la mansión. Largas horas duraba el baño del
frenético trío. Don Graci presidía los episodios entre las dos hembras y gustaba de
hacer indicaciones, llegado el momento, para participar desde la neutralidad de sus años
en los espasmos de la joven. Esta se aficionó a la Machiche cada día con mayor violencia
y la mujer la dejaba avanzar en el desorden de un callejón sin salida, al que la empujaba
el desviado curso de sus instintos.
Cuando la Machiche comprobó que Angela estaba por completo en su poder y sólo en ella
encontraba la satisfacción de su deseo, asestó el golpe. Lo hizo con la probada
serenidad de quien ha dispuesto muchas veces de la vida ajena, con el tranquilo
desprendimiento de las fieras.
Una noche se acercó la muchacha a su cama mientras ella hojeaba una revista. Angela
empezó a besarle las espesas y desnudas piernas, mientras la Machiche se abstraía en la
lectura o simulaba hacerlo. La mujer permaneció indiferente a las caricias de la joven,
hasta cuando ésta se dio cuenta de la actitud de su amiga.
«¿Estás cansada?» le preguntó con un leve tono de queja en la voz.
«Sí, estoy cansada» respondió la otra, cortante.
«¿Cansada solamente o cansada de mí?» inquirió la muchacha con ese insensato
candor de los enamorados, que se precipitan por sí solos en los mayores abismos por obra
de sus propias palabras.
«La verdad, chiquita, es que estoy cansada de todo esto» comenzó a explicar la
Machiche con una voz neutra que penetraba dolorosamente en los sentidos de Angela.
«Al principio me interesaste un poco y cuando Don Graci nos invitó a bañarnos con él,
no tuve más remedio que aceptar. Ya sabes, él nos sostiene a todos y no me gusta
contrariarlo. Pero yo soy una mujer para machos, chiquita. Necesito un hombre, estoy hecha
para los hombres, para que ellos me gocen. Las mujeres no me interesan, me aburren como
amigas y me aburren en la cama y mas tú que estás tan verde todavía. Ya Don Graci no
nos llama para bañarse con nosotras, también él se debió aburrir de vernos hacer
siempre lo mismo. Vamos a dejar todo esto por la paz, chiquita. Pásate a tu cama y
duérmete tranquila. Yo lo que necesito es un macho, un macho que huela y grite como
macho, no una niñita que chilla como un gato enfermo. Vamos... a dormir».
Angela, al comienzo, pensó en alguna burla siniestra; pero el tono y las palabras de la
mujerona se ajustaban tan estrictamente a la verdad que bien pronto se dio cuenta de que
la Machiche estaba hablando con irremediable seriedad. Se aterró al pensar que nunca más
harían juntas el amor, rechazó la idea como imposible, pero ésta tornó a imponerse
como un presente irrevocable. Fue como sonámbula hacia su lecho, se acostó y comenzó a
llorar en forma persistente, inagotable, desolada. La Machiche se durmió arrullada por el
llanto de Angela y reconfortada en el fresco sabor de la venganza.
A la mañana siguiente el guardián entró temprano al cuarto de los aparejos y encontró
el cuerpo de Angela colgando de una de las vigas. Se había ahorcado en la madrugada
subiéndose a una silla que arrojó con los pies, luego de amarrarse al cuello una recia
soga.
Funeral
Llevaron el cadáver a la alcoba de Don Graci y allí lo tendieron en el suelo. El
sirviente y el guardián fueron a la orilla del río para cavar la tumba. El dueño
inquirió con el fraile los detalles de los hechos y éste lo puso al corriente de todo.
Le contó que la noche anterior la muchacha había tocado a su puerta y le había pedido
ayuda y que la oyera en confesión. La pobre estaba en una lamentable confusión interior
y sentía que el mundo se le había derrumbado de pronto en forma definitiva.
La Machiche no estuvo presente durante el relato del fraile y se encerró en su alcoba en
actitud huraña. El piloto también se ausentó antes de que el fraile comenzara su
relato. Dijo que precisaba revisar algunas cuentas y le pidió al fraile las llaves de su
habitación para sacar unos comprobantes. Mostraba una inquietante serenidad ante la
suerte de la muchacha.
Terminado el relato del fraile, Don Graci comentó: «No sé de quién haya sido la culpa
de todo esto, pero nos puede acarrear muchas dificultades, ya verá usted. Desde un
principio yo me opuse a que esta muchacha siguiera viviendo con nosotros, pero como lo que
yo digo aquí no se toma en cuenta y siempre acaba por hacerse lo que ustedes quieren,
ahora todos vamos a tener que cargar con las consecuencias. Hay que arreglar a esta mujer
antes de enterrarla». Se refería Don Graci a la necesidad de cubrir el cuerpo que estaba
desnudo y mostraba, junto con los primeros síntomas de la rigidez una cierta madura
ostentación de sus atributos femeninos. Los senos se habían desarrollado a ojos vista
con su trato con la Machiche y el sexo henchido se ofrecía con una evidencia que no
lograban ocultar los vellos del pubis.
Entre el fraile y Don Graci lavaron el cadáver con una infusión de hojas de naranjo,
indicada según el dueño, para detener la descomposición y lo envolvieron luego en una
sábana. Estaban terminando su tarea cuando oyeron dos disparos provenientes del segundo
patio. Se escuchó luego un forcejeo violento, un golpe seco y después reinó el tibio
silencio vespertino. El fraile y Don Graci acudieron precipitadamente y desde el corredor
vieron cómo en el patio el guardián sujetaba contra el suelo al sirviente con una llave
de judo que lo mantenía inmóvil. A un lado la Machiche, tendida en el empedrado,
agonizaba con dos grandes heridas en el pecho de las que manaba, a cada estertor, una
sangre oscura y abundante. Más allá yacía el piloto con el cráneo grotescamente
destrozado. El fraile corrió a ayudar a la Machiche que, entre gorgoteos y muecas de
dolor, repetía con voz débil: «Tenía que ser este maricón de mierda... tenía que
ser...». Don Graci fue hacia el guardián y le ordenó que soltara al sirviente, que se
retorcía con el rostro contra las piedras. El soldado dejó libre al negro, quien se
alejó mansamente obedeciendo a una orden de Don Graci.
«Veníamos de cavar la tumba explicó el mercenario cuando oímos los
disparos. El piloto le había disparado a la Machiche y traía en la mano la pistola del
fraile. El negro se le fue encima sin darle tiempo a nada y con la pala lo derribó del
primer golpe. Ya en el suelo siguió golpeándolo hasta que logré inmovilizarlo. Estaba
enloquecido» .
El fraile se encargó de todo. Llevó con el guardián los cadáveres de las dos mujeres
hasta la tumba cavada a orillas del río y los enterró juntos. La Machiche había muerto
lanzando sordas maldiciones contra el piloto y rogando que no la dejaran morir.
El cadáver del piloto fue llevado a los hornos del trapiche. Don Graci fue por el negro
para que encendiera los quemadores del horno y lo encontró en su pieza, de rodillas
contra la cama, rezando frente a un retrato del rey Víctor Manuel III. Oraba en su
dialecto en medio de profundos sollozos. Llorando fue hasta los hornos y mientras cebaba
las calderas murmuraba sordamente: «Machiche... ma petite Machiche... la gandamblé...
Machiche la gurimbó...». Un leve humo azul subió en el claro cielo de la tarde
indicando el voraz trabajo de los hornos. Del piloto quedaron apenas un breve montón de
cenizas y su gorra de capitán de aviación colgada en los corredores.
Esa misma noche Don Graci abandonó la mansión seguido por el sirviente, que le llevaba
las maletas y que partió con él. Dos días después, el guardián hizo su mochila y
partió en la bicicleta que trajera Angela. El fraile permaneció algunos días más. Al
partir cerró todas las habitaciones y luego el gran portón de la entrada. La mansión
quedó abandonada mientras el viento de las grandes lluvias silbaba por los corredores y
se arremolinaba en los patios.
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