XXXII. - ADIOS A MI HIJA.

 

Así dormida, en tu tranquila frente
Vengo un beso á estampar, ángel de amor,
Pidiendo al cielo el corazón ferviente
Que te proteja la bondad de Dios.

 
Vengo á verte, mi bien, de despedida,
Lleno de hiel sintiendo el corazón
Mas llevo la esperanza, hija querida,
En que te ampara la bondad de Dios.

 
No temas, no, las agitadas brisas,
Nítida y fresca, perfumada flor,
Que mientras vuelvo, guarda tus sonrisas,
Cual padre tierno, la bondad de Dios.

 
Cuando tu pobre madre esté llorando,
Con besos mil mitiga su aflicción;
Y tú no llores pues me voy confiando
En que te guarda la bondad de Dios.

 
Ruda labor y dolorosa ausencia,
Me cuesta el pan para vosotras dos;
Mas es dulce, mi bien, si tu inocencia
Guarda entre tanto la bondad de Dios.

 
Otro beso y ¡adios! ¡Cruel despedida!
Recibe en él mi amor, mi bendición;
Es preciso partir, hija querida,
¡Que te proteja la bondad de Dios!

 
Yo te la entrego, cándida y hermosa,
Con lindos ojos, con vibrante voz,
Llena de encantos para mí, y graciosa,
Y así me la has de dar, bondad de Dios.
 

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