LXXXII. - A PAQUITA.
Un viejo moro y una linda niña,
Al salir del desierto se encontraron;
Y nos cuenta una historia que se amaron
Con casto, puro y entusiasta amor.
El viejo moro acariciaba tierno
De la niña preciosa la alba frente,
Mientras la niña, cándida, inocente,
Desgajaba las hojas de una flor.
Ella le dijo al fin: «Cántame, amigo,
Para dormirme al pié de esta palmera,
Reclinada en tu pecho, pues quisiera
Dormirme oyendo algún alegre són.»
Sentóse el viejo en un rugoso tronco,
Estrechando en su pecho, reclinada,
La linda niña, y con la voz cascada
Entonó, tembloroso, esta canción:
No es más blanca
La azucena
De Vaena,
La oriental,
Que tu linda,
Casta frente,
Inocente
Y virginal.
Y la rosa
Purpurina,
Que domina
En el verjel,
No es más fresca
Ni provoca,
Cual tu boca
De clavel.
En las nubes
Que cobra
Con la aurora
Amante el sol,
Yo he mirado
Tu grandeza,
Tu belleza
De arrebol.
Tu mirada
Es como estrella
Que destella
En el azul,
De la noche
Silenciosa,
Temblorosa
Bajo el tul.
Tienes, niña,
Gentileza,
Luz, belleza
Y juventud;
Pero tienes
Una cosa
Más preciosa,
La virtud.
Guarda, niña,
Tu inocencia,
Pura esencia
Que el Señor
Derramara
En ti, criatura,
Con ternura
Y con amor.
La azucena
Se marchita
Cuando agita
Seductor
Su corola
Transparente
El ambiente
Abrasador.
Tiene el cielo
Dulces brisas
Y sonrisas
Para ti,
Si tus labios
La pureza
Sella, y besa
Su rubí.
Y la rosa
Palidece,
Y parece
Sin vigor,
Cuando mísero
Gusano
Mancha ufano
Su frescor.
Los poetas
A porfía,
¡Deidad mía!
Te dirán
Y en sus fiestas,
Cantos, flores,
Mil olores
Te darán.
Llora nítida
Paloma,
Entre aroma,
Su aflicción,
Porque lejos
De su nido,
Sintió herido
El corazón.
La modestia,
Rico velo
Que del cielo
Dios te envió,
Cubra siempre
Tu cabeza:
Fué riqueza
Que él te dió.
Mariposa
Que indiscreta
Va coqueta
En el jardín,
Ostentando
Rica gala,
Quiebra su ala
Y muere al fin.
Seca el lloro
De tu hermano
Con tu mano,
En caridad.
Y presida,
Sér divino,
Tu destino
La piedad.
Cuando sufras,
Mira al cielo
Y él consuelo
Te dará;
La oración
Es blanca nube,
Siempre sube
Al pié de Alá.
La niña al despertar se encontró sola,
Pero bella, gentil, fresca y graciosa,
Y bajo el pecho de nevada rosa,
Sintió latir ardiente el corazón;
Después vinieron venturosos días
Y nos cuenta también aquella historia,
Que fué feliz, guardando la memoria
Del viejo moro amigo, y la canción.
