LXXXVI. - LA MIRRILIN.

 

UNA EDDEMA.

 

Hija del amor, de la tristeza y de la melancolía, fué la Mirrilín como esas eddemas ó visiones maravillosas, hijas de la luz, de la humedad y de la niebla, que aparecen en los páramos de nuestro país, y que las pobres carboneras toman unas veces por el alma de una niña perdida en el bosque, y otras por apariciones de la Virgen Santísima, que viene á consolarlas; visiones que no son más que su propia imagen, iluminada por el sol, reflejada en la bruma, y que se borran con el soplo de la brisa.

Toca á unos hombres empezar valientes el camino de la vida, á otros, como á mí, hacerlo con vacilación y con temor; pero todos nos sentimos fatigados al trepar la áspera montaña; y cuando yo llegué á la cima, sólo encontré el páramo desierto, donde se levantaban varias matas de espino y una que otra de melancólico frailejón, que no podían amparamos contra el cierzo helado y el ventarrón que nos afligía, á mi y á mi esposa, que había trepado también, llevando tres niños cogidos de la mano.

Qué desierto! ¡Qué soledad! El áspero sendero que habíamos atravesado se perdía como una serpiente entre la maleza, y era imposible volver á recorrerlo. Yo no tenía aliento, ni valor, ni fe. Estábamos en pié sobre las rocas vivas de la montaña, húmedas y frías; el paisaje era triste como el de todos los páramos; un campo abierto, sin vegetación, sin flores y sin agua. No había horizonte: la niebla lo envolvía todo, girando en remolinos sombríos; y cuando una ráfaga de viento la disipaba, veíamos á nuestros pies el abismo.

Mi alma estaba profundamente abatida por el infortunio y por la soledad; pero la soledad era para mí mejor que la compañía de los hombres, que en el tránsito me habían echado lodo y que habían derramado mi sangre.

El amor ó el sol alcanzó á arrojar un tenue rayo de luz al través de la niebla espesa que nos rodeaba, y apareció la eddema encantadora de la Mirrilín.

Nos pusimos á contemplarla, mi esposa y yo, con un sentimiento que no era el de la alegría, como cuando nació nuestra primera hija, ni de orgullo como el que sentíamos al ver nuestros dos hijos, que, como Rómulo y Remo, dormían en un mismo lecho de pajas; sino con una mezcla indefinida de melancólico deleite, que infundía en la meditación el sueño de la fe y de lo ideal, fantástico y hermoso.

Tuve miedo de mi propia debilidad: quise alzar una oración y recité estos versos:

Eterno Dios: del trono de la gloria
A donde toda adoración alcanza,
Donde nacen la luz y la esperanza
Para el que ruega con amor y fe,
Tu mirada celeste y compasiva
Atravesando el ancho firmamento,
Que en esta cuna se detiene, siento,
Y á mi Matilde idolatrada ve.

 
Tú me la diste, y en su linda frente
Se ve brillar de cándida inocencia
La corona inmortal que en tu presencia,
Cuando era un ángel, la quisiste dar,
Y con la misma espléndida corona
Ha de cruzar el campo de la vida
Por mí, Señor, sin fuerzas sostenida,
Y sin dejar su planta resbalar.

 
Pero ¿qué puede mi desvelo amante,
Sin contar con tu auxilio poderoso
Para cruzar el lago proceloso
Al incierto vaivén del porvenir?
Luchar contra las olas agitadas
Y la ilusión perdiendo lisonjera,
Viendo alejar la espléndida ribera,
Abrazado de mi hija sucumbir.

 
Oye, Señor: si altivo el pensamiento,
Para mi hija soñó regia fortuna,
Como granos de incienso, una por una
Mis esperanzas en ofrenda van.
Sólo te pido ya que no permitas
Que la miseria su niñez aflija,
Ni permitas, Señor, que vaya mi hija
Su corona inmortal á dar por pan.

 
Y yo le enseñaré que reverente,
Tu nombre escrito por los astros lea
En medio de la noche, y siempre vea
Tu infinito poder en la creación.
Que al dormirse, tu santo nombre invoque,
Y partiendo su pan de cada día,
Palpitante de amor y de alegría,
A ti, Señor, levante el corazón.

 

Los riscos me devolvían ásperas las palabras, me faltaba el acento divino; los ecos de las montañas no quisieron repetirlas, y mi oración se perdió en la inmensidad.

Once años, sin pensar en el frío, la soledad y el aislamiento, pasamos contemplando nuestra débil visión, adorando á la Mirrilín. Los niños se acostumbraron á mirar esa sombra como á una hermana, pero la amaban más que á los otros hermanos, porque era hija del cielo. Ella parecía sonreirse con nosotros, y que comprendía nuestro amor; pero poco á poco fué la visión haciéndose melancólica, perdía sus hermosos colores, parecía borrarse, y últimamente vino el cierzo y la desvaneció.

Mi hija Matilde vivió nueve años de una existencia vacilante y dolorosa, sin haber saboreado jamás un momento de dicha, sin haber gozado de un placer ni reído jamás alegremente; y fué á mis ojos de poeta un espíritu enviado á tierra ingrata, como las flores de clima cálido que, trasplantadas á la tierra donde el cierzo helado las combate, jamás crecen hermosas, que se muestran pálidas y macilentas, y que al fin mueren. Matilde había vivido triste, y todo nuestro cariño, nuestra ternura, nuestro amor, nuestros cuidados, nuestros desvelos, fueron para ella, no como el cumplimiento de un deber, sino como la satisfacción de una necesidad del alma. Tributábamosle mi esposa, sus hermanos y yo, una especie de cariñoso culto; y éramos felices cuando conseguíamos de ella una sonrisa ó entusiastas y amantes fervorosos, lográbamos de ella un beso.

Un día la muerte tocó con dedo de hielo su blanca sien; y ella se durmió. Murió en Cipaquirá el día 6 de Enero de 1875.

Las dignas señoras de aquella ciudad, mientras que mi esposa lloraba, la vistieron de blanco, la coronaron de rosas y la adornaron como para una fiesta.

Ella creció con la muerte, y parecía de quince años de edad, y adquirió una belleza suprema, que hubiera sido, sin duda, la suya si hubiera alcanzado á aquella edad en el mundo. La frente se había despejado de las arrugas que la enfermedad y el dolor le habían impreso: era blanca, transparente, despejada y hermosa; la boca sonreía divina y melancólicamente; las mejillas no estaban descarnadas, y un tinte celestial parecía bañarlas. Su lindo, rubio y suave cabello ondeaba sobre la frente, y caía en bucles al rededor del cuello, formando como una aureola; llevaba impresa en el semblante la apacibilidad de un sueño tranquilo y misterioso, que jamás tuvo en la vida. Así ha quedado en mi mente.

La llevamos á la iglesia, en donde los sacerdotes la recibieron con salmos y oraciones; y de allí, acompañada por un grupo de niñas de su edad, la condujimos al cementerio.

Y en el lugar donde duerme está escrito

"MATILDE RIVAS GROOT.
Fué esta niña - viajero - débil rosa,
Que alegre el sol jamás llegó á alumbrar;
Cultivóla su madre cariñosa,
Y es su recuerdo aroma de mi hogar."
Un cruel dolor hirió mi corazón; el amor por la hija muerta fué mucho mayor que el que yo había tenido idolatrando á la hija viva; y para ella compuse estos versos, vago rumor de inmensa pesadumbre, débil eco de ayes perdidos en el fondo del alma, toscas palabras que nada dicen de lo que yo sentía, pero que algún padre repetirá llorando:

Como su oveja el matador señala
Y la arrastra y la mata sin piedad,
Así la muerte rigurosa, su ala
En señal de dominio, haciendo gala,
Sobre tu cuna mísera extendió.

 
Por eso vi tu lánguida cabeza
Siempre inclinarse al peso del dolor,
En tus ojos pintada la tristeza
Y, ya marchita la gentil belleza,
Vivir con la existencia de la flor.

 
Ni una sonrisa de placer tu boca
Llegó con inocencia á desplegar,
Ni te gustó la fruta que provoca,
Ni bulliciosa, alborozada y loca
Te vi sobre la yerba juguetear.

 
Víctima siempre de la suerte impía,
Tu destino en el mundo fué sufrir;
Siempre enfermiza, siempre en agonía,
Ni probaste el manjar de la alegría,
Ni pudiste el placer jamás sentir.

 
Mas yo te amaba como nadie ha amado;
Era á mi oído armónica tu voz;
Divino tu mirar; suave, dorado
Tu cabello infantil; y enamorado,
Quise un mundo tener para los dos.

 
Aunque apenada y triste fué tu vida,
Ella llenó de encantos el hogar;
Y tu mirada de dolor henchida
Derramaba en mi pecho luz querida
Que yo extasiado me ponía á adorar.

 
Inmóvil, muda, en la niñez sombría
Te vió pasar mi pobre corazón
Y á tu muerte la casa está vacía,
Y mi existencia pálida y sombría
Siente sin ti faltar la inspiración.


Tú eras, mi bien, la estrella solitaria
Que al porvenir me guiaba con amor,
Por quien alzaba al cielo mi plegaria,
Y al cubrirte la losa funeraria,
Ya sin tu luz, me cegará el dolor.

 
Tú eras lazo de hiedra con que amantes
Dos viejos robles el cariño ató,
Roto ya el lazo, buscan anhelantes
Un apoyo en los míseros instantes
Que sin tu amor la vida ennegreció.

 
Tú eras ángel de paz que, resignado,
Mantenías en mi hogar la bendición,
Y que al volar dejaste desolado,
Sin esperanza, triste, acongojado,
De tu madre infeliz el corazón.

 
Yo quiero verte como aquí vivías,
Quiero mirar tus ojos otra vez;
Quiero estrechar tus manos, siempre frías,
Escuchar esa voz con que gemías
Y besar amoroso tu alba tez.

 
Esto es mucho quizás; déjame al menos
Que la brisa pasando junto á ti,
En tus sueños de amor, castos y buenos,
Si allá hay amor, y luz y días serenos,
Un eco de tu voz me traiga aquí!

 

El llanto alivia pero no calma los grandes dolores, y no hay lágrimas bastantes para verter de los ojos de una madre que mira la cuna vacía; y mi Rosa, sin dejar de llorar, buscaba desde la muerte de la Mirrilín en otra parte, no ya consuelo, sino flores que ofrecer, llena de piedad, á su memoria. Para mí, al contrario, hallaba en el llorar alivio; y las lágrimas brotaban espontáneamente de mis ojos.

Un lenguaje mudo, melancólico y significativo se entabló desde entonces entre nosotros dos, y llenó todos los instantes de nuestra vida, sin esperanzas ya, y fija toda en el pasado.

- ¡Qué desierta está la casa! me decía ella con una mirada que yo adivinaba y recogía.

-Así sería nuestra hija! exclamábamos á un tiempo y sin hablarnos cuando mirábamos á una linda niña. Todos los niños enfermos vinieron á ser los hermanos de la Mirrilín; y cuando la casualidad hace que alcancemos á ver un carro mortuorio adornado de blanco, la escena de dolor y amargura del entierro de nuéstra hija se renueva inmediatamente en el alma con todos sus detalles y todas sus lágrimas.

Cosa extraordinaria! El dolor nos complace hallamos un misterioso encanto en la melancolía pasar largas horas en silencio y consagradas á su recuerdo es para nosotros una necesidad; y, preciso es confesarlo, una especie de remordimiento envenena todo placer para nosotros, como si fuese una falta, desde que Matilde duerme en el cementerio.

Un año de dolor había pasado cuando volví á visitar la huesa de Matilde, y á colocar la hermosa lápida y la cruz de mármol que «á la Mirrilín muerta le regaló mi afectuoso hermano Rafael; y entonces compuse estos versos, que son fríos y áridos, cuando debieron ser una fuente de amor y de ternura:

Vengo, mi bien, á visitar tu huesa,
Entre otras mil oculta y escondida;
El corazón transido de tristeza,
Invocando al dolor ¡hija querida!

 
Un año se pasó; y voy marchando
A dormir junto á ti. Este es mi anhelo.
El tiempo va mis fuerzas acabando,
Y siento hundir bajo mis pies el suelo.

 
Eres polvo no más; y esa hermosura,
Esa belleza angelical y amable
Esa frente de luz y de blancura,
Tu sonrisa de arcángel inefable,

 
Sólo viven en mi alma, que las guarda
Como guarda en magnífico incensario
El fuego el sacerdote, para que arda
Y embalsame entre nubes el santuario.

 
No me acuses, Matilde, que olvidada
Te he dejado en tu huesa, húmeda y fría
Aunque fuera feliz, hija adorada,
Mi corazón jamás te olvidaría.

 
Y en mi dolor, si duermo, tu sonrisa
Me parece escuchar junto á mi oído;
Y, despierto, al pasar la blanda brisa,
Me parece escuchar de ti un gemido.

 
Es tan dulce llorar, que ni aun se atreve
La Ventura á pedir el alma mía,
Después que horrible enfermedad, aleve
Contigo amor llevóse y alegría.

 
Confundirme contigo en el olvido,
Mezclar mi polvo al polvo de tu huesa:
A tus despojos encontrarme unido,
Es cuanto quiero en mi mortal tristeza.

 
Pues me arrastro en la vida entre pesares,
Encontrando doquiera tu vacío;
Exhalando suspiros á millares,
Sólo en ti vive el pensamiento mío,

 
Como vive la flor que del sol vive,
Cuando el astro se oculta en occidente,
Que ni su luz ni su calor recibe,
Y sola, y yerta, deshojar se siente;

 
Y nada hay ya que enlace tu memoria
A mi penoso porvenir incierto:
Leve soplo de un ángel fué tu historia,
Sólo queda de ti ya polvo yerto.

 
Mas como adora el peregrino el suelo
Que un ángel consagró con su presencia:
Como se guarda con amante anhelo
El vaso que guardó divina esencia,

 
De tus cenizas el recinto oscuro,
Vengo á adornar con mármol y con flores,
Vengo á ofrecer en él un culto puro
De lágrimas, recuerdos y dolores.

 
Fué tan breve, tan triste fué tu vida,
Como de blanca nube leve sombra;
Mas vive tu recuerdo, hija querida,
Y á cada instante el corazón te nombra.

 
Jamás la luz de nuevas alegrías
En tu madre infeliz brillará hermosa,
Ella llorando pasará los días,
Y yo en su nombre besaré esta losa.
 

UN AMIGO COMÚN.

 

Viajando una tarde de Hanover para Hamburgo, después de haber pasado por cien ciudades nuevas y extrañas para mí, y de haber encontrado miles de personas, todas desconocidas; oyendo un idioma que no entendía, y al atravesar un camino sombrío, cubierto de pinos que extienden melancólicamente sus ramas, horizontales, negras y sin hojas, y oyendo el ruído de la máquina, que es como un quejido incesante, iba yo triste y pensativo, meditando en mi soledad y mi aislamiento; y á mi alma vino el sagrado recuerdo de la Mirrilín.

Por un raro fenómeno de la vista, al ir en ferrocarril se pierde la idea de que uno es el que se mueve, y todos los objetos que están á la vera del camino y que se distinguen á larga distancia, se ven, primero de un lado, después giran y se presentan de frente, y luégo se alejan rápidamente para no volverlos á ver.

Ni un rostro amigo, decía yo interiormente, nadie que me conozca; nadie á quien ocurrir en una desgracia, ni aun á quien hablarle de mi pesadumbre por la muerte de la Mirrilín. Triste es la vida así, sin nada que nos una con el pasado, y triste debe ser morir sin tener á quien volver la mirada!

¡Cristo! Sí, un gran Cristo se divisaba en la extensión, iluminado por los últimos rayos del sol en Occidente. Los brazos extendidos en la cruz y la cabeza inclinada sobre el pecho! ¿Es un sueño? ¿Es una aparición? Mi espíritu jamás ha sucumbido. El Cristo, apenas visible al principio, gira y se presenta de frente. Me permite contemplarle, y luégo se aleja en la inmensidad…….

Atravesábamos una aldea católica; y en Alemania, en medio del cementerio, hay siempre á la intemperie y entre todas las tumbas, un gran Cristo de mármol, que se divisa desde lejos, y que es como el amigo de todos los que allí duermen. Yo no tengo fe, pero mi emoción fué poderosa.

Cristo era en estos momentos para mí un antiguo amigo encontrado en el desierto. Era el Dios que había adorado mi padre y que volvía á ver cuando ya lo había olvidado. Era el huésped de la familia, que llegó en otro tiempo en todas las horas de desgracia y de muerte, y que ahora veía en la soledad á tan larga distancia y después de tanto tiempo. Era el recuerdo de mi niñez y de mi juventud hallado de repente en Alemania. Era la imagen misma ante la cual, quizá en esos momentos, se arrodillaban para rezar mi esposa y mis hijas allá lejos. Era el símbolo de un amor divino y supremo que á todos cubre al extender sus brazos; que acompaña al que atraviesa el desierto y que no olvida al desgraciado. Era él solo quien podía recibir mis votos de ventura y de dicha para trasmitirlos á los seres amados.

Era una visión consoladora, un sueño de amor y de poesía; una aspiración del alma realizada por encanto; y mis ojos no se apartaban de él; y cuando se alejó me parecía que iba á América, y que allá acompañaría á la Mirrilín en el cementerio. Y le dije en mi emoción: ¡Adios, amigo, cuida de la Mirrilín!

 

LA MIRRILÍN DEL MAGDALENA.

 

Los Iroqueses, para manifestar lo sagrado del suelo patrio, decían á los invasores: «Preferimos morir á abandonar la tierra en donde están los sepulcros de nuestros padres.» Y es que en efecto, en el sepulcro de los seres amados, están concentrados todos los afectos, todos los dolores y todos los recuerdos; y el sepulcro inspira amor, veneración, respeto, tristeza, y algo más grande que lo que el mundo da, como un soplo desconocido que inunda el alma y que quizás viene de la eternidad.

Los griegos creían que al rededor de los sepulcros vagaban las sombras de los muertos y que presenciaban los sacrificios que se les ofrecían: los cristianos levantaban templos en donde estaban las reliquias de sus mártires: en todos los pueblos la mansión de los muertos es respetada por los vivos, embellecida por suntuosos monumentos ó adornada con árboles y flores; y entre nosotros, el hijo coloca una corona de inmortales sobre la cruz que adorna el sepulcro de su madre, y ésta va á llorar sobre la tumba de su hija.

En el cementerio de Greenwood en Brooklin vi por primera vez una costumbre alemana que me conmovió profundamente: á los niñitos muertos les ponen todos sus juguetes, sin duda para que se diviertan en la tumba. ¡Qué poderosa fe! Yo he debido hacerlo mismo con la Mirrilín. Su sepulcro está en el sencillo cementerio de Cipaquirá; cementerio poético, situado sobre la verde colina que domina la ciudad, mirando al Occidente, y que es lo primero que se ve al acercarse á la ciudad, y que no se pierde de vista sino á larga distancia, cuando uno se aleja.

El sepulcro de la Mirrilín fué también para mí el último pensamiento al dejar la patria y el primer recuerdo cuando pisé su suelo.

Cuando de vuelta de Europa subía el Magdalena, ansiaba por llegar á la cima de los Andes, atravesar la llanura, divisar el lindo cementerio y arrodillarme á llorar sobre la olvidada tumba de mi hijita. Después, cobardemente he abandonado mi resolución, y al pasar por Cipaquirá he vuelto la mirada á otro lado, sin atreverme á visitar el cementerio. Misterios del dolor: vacilación del alma!

La tumba de la Mirrilín, decía yo entonces y en mi interior, debe estar ahora sombreada por dos eucaliptus que á los dos lados puse, y por un pino que Rosa le envió: quizás la humedad haya empañado las letras doradas de su nombre, que yo besaré con delirio; y, cuán grato me será leer ese nombre, que ya nadie pronuncia, y que era para mi oído tan armónico!

Engolfado en mis melancólicos proyectos, y ocupada mi alma siempre por el recuerdo de la Mirrilín, y el vapor siempre andando y subiendo la corriente, llegué al Banco, notable población que se encuentra á la orilla del Magdalena, al dejar el territorio de Bolívar, y saltamos á tierra. En una casa pajiza pero decente, de ancho corredor y puerta espaciosa que comunicaba directamente con la sala, estaba reclinado en una mecedera un caballero, quien al verme acercar se levantó cortesmente y vino á saludarme al cabo de un rato: y habiéndose informado de quién era yo, me preguntó amablemente:

- ¿Quiere usted ver á la Mirrilín?

¡Qué emoción la de mi alma!

-Aquí, continuó el caballero, llegaron por casualidad unos versos chistosos de usted, titulados «Escenas del hogar,» que hicieron reir á mi esposa, y desde entonces pusimos á una de nuestras hijas el nombre de la Mirrilín, y así la llaman todos sus hermanos y todos en el pueblo.

-Mírela usted.

Meciendose en la hamaca estaba una linda fina como de trece años de edad, de raza blanca y por lo mismo extenuada por el clima, ya casi mujer, pero sin las formas de la pubertad, de ojos grandes, melancólicos y tristes, y de risa inocente. Era rubia, pero el cabello sin brillo; vestía traje de linón blanco subido hasta el cuello; y al levantarse de la hamaca, con esa suprema languidez de las mujeres de la tierra caliente, vi que estaba descalza y que tenía el pié largo y delgado.

Me dirigí á ella á devorarla á besos; pero ella, asustada y llena de vergüenza, se escapó de mis brazos y se fué.

El pito del vapor anunciaba que en ese momento partía.

¡Adios Mirrilín!

 

MI ENFERMEDAD.

 

El dolor tiene sus sueños como la felicidad, y el alma apesarada, como el ave herida, se levanta de la tierra y vuela á regiones desconocidas, pero llevando siempre el dolor tenaz que la atormenta, y cuando cae es postrada ya, y envuelta en el delirio de la muerte.

La lluvia azotaba una tarde la desierta plaza de Cipaquirá, y las gotas las veía yo caer al través de los cristales de un mirador que de la calle separaba la pieza en que yo estaba acostado sobre un canapé, tratando de leer, pero pensando en la Mirrilín, y divagando con ella por mil mundos, donde creía encontrar su nueva y encantadora existencia; y pensando en ella me dormí.

Un sér desconocido, de faz melancólica y triste, de ojos en que se revelaba un dolor profundo y constante, y que tenía la apacibilidad de una virgen y la energía de un guerrero; que lloraba como una víctima, y daba miedo como un verdugo, entró muy paso, puso sus dos manos sobre mi hombro izquierdo, que experimentó un fuerte dolor, se recostó con vigor á la manera de un niño que se apoya para que lo alcen, y se agarró á mí con amor, con desesperación; pero mi corazón dejó de palpitar lleno de espanto, y el sér misterioso me dijo al oído con voz dulce pero que me aterró:

- «Seré tu constante compañera, mucho te haré sufrir, mas no me maldigas, porque yo cumplo mi destino.»

Y se adhirió á mí con una fuerza hercúlea, oprimiéndome el corazón y apoyándose sobre el hombro izquierdo tan fuertemente, que el dolor era inmenso.

Pálida, descarnada, pero más linda que nunca, entró la Mirrilín coronada de rosas como una novia, y sin mirarme siquiera; después se dirigió, en ademán suplicante y lloroso, al genio que de mí se había apoderado, y parecía pedirle con los ojos preñados de amor y de cariño, compasión para mí.

¿Qué pasó entre los dos seres, entre estos dos ángeles, entre las dos creaciones del espíritu en ese momento supremo, en que el uno me amenazaba implacable y el otro intercedía por mí; pero no como quien suplica á un tirano, sino como la esposa que en los momentos de amor y de felicidad, pide á su amante una gracia?

¿El genio que sobre mi destino iba á pesar era el amante ideal de Matilde en otro mundo?

Ella se fué muda como había entrado, pero mirándome con amor divino, y diciéndome con los ojos (así lo adiviné yo):

- «Te dejo mi recuerdo, guárdalo con cariño, ámalo como á mí me amaste; y cuando te atormente como una enfermedad, yo vendré á implorar por ti.»

Sufro desde entonces una enfermedad al corazón, que los médicos han juzgado incurable, que me oprime el pecho, teniendo el lado izquierdo adolorido y en el hombro un peso enorme, como si alguno estuviese siempre sobre él recargado.

Durante el día sufro físicamente. La respiración es difícil; el corazón late desigual, y una inquietud, una melancolía invencible me domina siempre; pero de noche, durmiendo, es cuando veo la enfermedad claramente con su faz pálida y triste, con sus ojos lánguidos y serenos, mirándome con fijeza, y con las manos cruzadas y firmemente apoyadas sobre mi hombro.

Mucha veces, en altas horas de la noche, me dice al oído y con voz enternecida.

- «¿Duermes? Yo no puedo. Mi deber es atormentarte de día y de noche»; y me obliga á despertar, comprimiéndome el corazón y aumentando el dolor en el hombro.

Al día siguiente los médicos me encuentran peor, y notan que el mal hace rápidos progresos.

Por el contrario, otros días en que la enfermedad me ha atormentado implacable, al dormirme veo llegar á la Mirrilín entre una atmósfera de luz; la veo que á mí se acerca y que con sus lindas y delgadas manos levanta sin esfuerzo, uno por uno, los dedos de esas manos de hierro que me oprimen el hombro; y veo que la enfermedad, á su mirada suplicante, se aparta y me deja descansar.

El genio ama sin duda á mi hija, pues en ocasiones, cuando todo está silencioso, me dice-:-«Pensemos en la Mirrilín»; y principía á hacer mover mi corazón con una tristeza que no se parece á la tristeza de este mundo; y así, él impulsando los latidos de mi corazón, y yo absorto en los recuerdos de Matilde, pasamos las noches juntos, hasta que viene el alba y el genio se aleja.

Entre la Mirrilín y el mal que me atormenta ó el ángel que yo veo, existe un lazo misterioso y sagrado, como el que existiría entre dos ángeles que al pié del trono de Dios se amaran con amor de esposos; y que apartados los dos, el uno como demonio, viniese al mundo á atormentar al hombre, mientras que el otro se quedara en el cielo pidiendo á Dios compasión para el culpado. El mal obedece á la mirada suplicante de Matilde, y ella en sus miradas revela por él un supremo amor. Yo no quiero romper este vínculo que en el cielo se formó.

Si mi mal es el recuerdo de Matilde ¿cómo no lo he de amar también? El me la deja ver con frecuencia, pálida y hermosa, vestida de blanco y coronada de rosas como cuando murió; pero me la deja ver viva, y deja que ella me hable llena de cariño y de amor.

¡Bendito sea este recuerdo! ¡Bendito sea mi mal, que ha de llevarme á dormir en el sepulcro al lado de la Mirrilín!

Comentarios (0) | Comente | Comparta