Nuestra Experiencia de "Mito" *
 

 

Esta charla consistirá en una especie de reminiscencia, no, de recapitulación de lo que a lo largo de tanto tiempo se me antoja a mí que fue el significado y la trayectoria de la revista Mito.

Al releer la colección de la revista, encontré el editorial del número uno, que por lo demás lo veo ahora lleno de solemnidad, de pompa y de pretensión, pero también lo recuerdo muy bien como algo que expresaba quizás no muy brillantemente unos propósitos sinceros que animaban a Jorge Gaitán, que me animaban a mí y que luego animaron a quienes se incorporaron en la revista en las meses y años posteriores. Hablaba ese editorial de la necesidad de diálogo, hablaba por supuesto de la libertad, hablaba del propósito de rescatar al hombre -presumo que no se trataba sino del hombre colombiano, de sus alienaciones y enajenaciones- y en medio de estos, que quizás eran y siguen siéndolo lugares comunes, había un anuncio que fue muy importante para la vida que posteriormente tuvo la revista. Ese breve editorial se refería a que, además de unos textos cualificados en una y otra forma, la revista iba a presentar materiales de trabajo y situaciones concretas.

A mi modo de ver fue ese propósito -y el intento de llevarlo a cabo- lo que le dio a Mito una audiencia y una resonancia con la cual, por supuesto, no contábamos. No contaba con ello Jorge Gaitán, que tenía ideas infinitamente más claras que las mías. No contaba yo, además, con el transcurso del tiempo. Quiero decir que (y ese fue un acierto de Jorge Gaitán) no hicimos, no pretendimos hacer nunca una revista literaria, a pesar de la excepcional fecundidad del sin par pulular de la creación literaria que tanto en América Latina como en Europa y en los Estados Unidos se estaba produciendo. La revista quiso, obviamente, ocuparse de la literatura, presentar lo que hoy se llamaría "el trabajo literario", "la ficción", "el trabajo poético", "la invención", "la crítica", pero también fue propósito de Mito desde el primer número darle mucha importancia a secciones que tenían el nombre de "Testimonios" o "Documentos".

Para entender la repercusión que tuvo esa política editorial, basta simplemente -o no tan simplemente- evocar o tratar de imaginarse un poco la dureza, la inflexibilidad, la rigidez (para no hablar ya de la ñoñez) de la vida intelectual del país en ese momento. Esa fue una doble fortuna de la revista. El país venía de una situación tremenda a la cual involuntariamente escapamos quienes constituimos el grupo inicial de la publicación. Jorge Gaitán Durán, Pedro Gómez Valderrama, Eduardo Cote Lamus, yo, pasamos esos años en distintas partes de Europa. Me refiero a los años que siguieron al nueve de abril, el inicio del gobierno de Laureano Gómez y la llegada al poder de Rojas Pinilla. Fue una época particularmente oscura y, entiendo por todos los testimonios de primera y de segunda mano, particularmente espantosa para el país.

Cuando Mito se fundó, cuando Gaitán regresó de París, cuando yo más o menos simultáneamente había regresado de Madrid, se vivía una situación muy clara, muy dramática, muy patética, muy escandalosa, incluso. Luego se fue agravando la convicción de que el país estaba bajo un régimen de dictadura y que se trataba de una situación insostenible. No obstante al comienzo del gobierno de Rojas Pinilla, es decir, en la Bogotá que yo encontré a mi regreso, se vivía una época de prosperidad sorprendente -prosperidad material, es obvio-. Yo me encontré, y creo que Gaitán también, con que aquí había una cosa de la cual nunca nos enteramos muy bien a lo largo de la existencia de Mito, que se llamaba televisión.

Existía la fascinante posibilidad de escuchar al propio general Rojas Pinilla, de escuchar al propio padre García Herreros y de escuchar las telenovelas de Alicia del Carpio. Había una de las recurrentes bonanzas cafeteras y la consiguiente apertura de importaciones. Había maravillas técnicas para quienes vivíamos en el viejo Bogotá, como los teléfonos que funcionaban poniéndoles una moneda. En fin, la situación económica era vagamente satisfactoria y también la llegada al poder de Rojas Pinilla había cancelado por un momento uno de los episodios más tensos de la violencia política del país. Esta última es -y Mito dio abundante testimonio de eso- crónica inconfundible con la historia del país como la conocemos. En todo caso, Rojas Pinilla había hecho una especie de pacificación y había ejercido, durante algunos meses al menos, el poder en medio de una gran acogida, de una gran satisfacción, de un gran alivio popular.

Esas circunstancias objetivas, esas circunstancias sociales, esas circunstancias económicas, vistas retrospectivamente, ayudaron mucho a la recepción que tuvo la revista, porque hablar de vacíos que se colman, de necesidades que se llenan es una pedantería. Pero el hecho si es que la trayectoria del país previa y posterior al nueve de abril había hecho un poco imposible la existencia, la fruición, el lujo si queremos, de una revista que quería ventilar ideas, dilucidar actitudes que no se referían en principio, concretamente, al panorama político del país. Por ejemplo, en la época previa a la fundación de Mito, Jorge Zalamea hizo a solas una revista magnífica. Magnífica en cuanto a información, magnífica en cuanto al repertorio de autores vivos inmediatos, pertinentes, que reproducía la revista. Pero lo hizo dentro de un clima que no tenía la audiencia a la que él mismo se refiere en uno de sus poemas más conocidos, y esa audiencia, en vez de crecer, disminuía. Además, por circunstancias de orden meramente político, Zalamea tuvo que salir del país y no volver sino tiempo después, y la labor enorme que hubiera podido tener Crítica no la tuvo, porque tal era la tensión, tal la violencia que el país vivía, que no era posible combinar esa difusión de la creación extranjera con la batalla política que simultáneamente y por sí solo libraba Jorge Zalamea.

En esos momentos de la fundación de Mito había no propiamente una desintoxicación, sino cierto alivio, una cierta disponibilidad de la gente. Cuando hablo de gente me doy muy bien cuenta que hablo del hemisferio posiblemente restringido de quienes vivían en las ciudades, que todavía no habían experimentado en carne propia, que no seguían sufriendo las repercusiones de la violencia campesina, pero que había cedido momentáneamente en esa pasión destructora estéril que fueron los conflictos sufridos con posterioridad inmediata al nueve de abril.

Entonces, les decía que Mito se ocupó con mucho interés en publicar lo que se llamaba "Testimonios". Era tan insólito este tipo de materiales, que yo recuerdo con una mezcla de alegría y de ironía los pequeños escándalos que provocaban los textos de esta sección de la revista, como es el caso de aquél que escribió una distinguida autora con seudónimo sobre las infamias de un matrimonio concebido, según ella, al estilo colombiano en el que la mujer era víctima de una serie de desigualdades, de afrentas, de injusticias propias de la estructura social de las costumbres de la época. Hubo luego otros testimonios más razonablemente llamativos, como ese que se llamó "Historia de un matrimonio campesino", que tuvo un éxito multiplicado debido a que iba acompañado de fotos y que consistía en la transcripción de un sumario levantado contra su marido por una mujer de una población de Boyacá. Un marido bastante dominante y aparentemente celoso, hasta el punto de que la obligaba a usar un cinturón de castidad, del cual publicamos las correspondientes fotos para gran escándalo -lo digo sinceramente- de los lectores. Se publicaron "Testimonios" sobre las cárceles, sobre el homosexualismo; se publicaron, en fin, documentos de este tipo que dentro de la tradición de las revistas colombianas eran completamente desusados, y que a fin de cuentas si correspondían a cuestiones que tenían algún interés, que siguen teniéndolo para la gente, pero que, claro, no era presumible encontrar en revistas de intelectuales, como bochornosamente nos llamábamos, nos dejábamos llamar y nos hacíamos llamar en ese tiempo.

Esa vinculación con cierto tipo de la realidad cotidiana fue muy importante para la revista. Lo fue también la política. Mito inicialmente, y creo que hasta el final, tuvo unos muy vagos proyectos. Lo que al principio queríamos era ventilar, discutir, exponer temas, mencionar cuestiones que por pacatería, por ignorancia y por rutina no circulaban y no se discutían entre el público al que nos dirigíamos. Este era un público nacional, con las restricciones del público nacional, alfabetizado y urbano de finales de los años cincuenta. Nosotros no teníamos un programa político. Sin embargo, la revista, de manera deliberada y no casual, se abrió a la controversia política. Ese era un propósito claro. Uno de los incidentes más memorables en la vida de Mito fue que apenas habían salido dos números de la revista, cuando recibió Jorge Gaitán uno de los textos más largos que Mito publicó. Era una carta de Darío Mesa, que ocupó diecisiete páginas en letra pequeña, denunciando a Mito como portavoz de lo que Darío llamaba "la clase moribunda de la burguesía". Él, quien es una persona a quien admiro y estimo profundamente, por esa determinación suya de denunciar las condescendencias o las complicidades o las facilidades de una revista que apenas llevaba dos números publicados con la burguesía, ayudó al mismo propósito que nos habíamos hecho sobre que tenía que estar ocupada, en alguna forma, del hecho político.

Luego vinieron los episodios de protesta estudiantil, la protesta de los gremios de producción, la protesta de la Iglesia, etc., que condujeron a la caída de Rojas Pinilla. Mito participó, hasta donde era posible, en eso. Desde el primer momento a nosotros no nos parecía posible, no nos parecía pensable auspiciar vivir bajo un régimen dictatorial como el de Rojas Pinilla (y por cierto, retrospectivamente, no estoy muy seguro de la lucidez del rechazo total contra Rojas). Como sucede con los regímenes dictatoriales, que empezaron en medio de la satisfacción de una gran parte de la opinión pública y que a medida en que por diferentes razones el régimen va perdiendo su atractivo y su encanto, se va endureciendo y realmente el de Rojas llegó a tener unos perfiles y unas modalidades temibles, inquietantes, azarosas de la vida cotidiana bajo un régimen militar, y Mito se sumó con mucho fervor a la tarea de combatir ese gobierno. Hicimos en ese momento un manifiesto en la revista de escritores, lo cual nos parecía una aventura temible -y a lo mejor lo era-, recogiendo firmas y divulgándolo medio clandestinamente. Había censura de prensa, estuvieron cerrados durante algún tiempo tanto El Espectador como El Tiempo, y tomamos muy claramente partido en contra de Rojas Pinilla.

En los años que siguieron, también tuvimos en el seno de la revista como con los colaboradores de fuera, un debate en torno a los hechos de Hungría, del que también terminamos con una que también me parece retrospectivamente bastante sorprendente ruptura con el comunismo oficial, soviético, con el comunismo estalinista o post-estalinista. Finalmente, en los últimos números, ya alcanzó a percibirse la influencia -buena o mala- del Frente Nacional. Mito en esos últimos dos años y medio desde el diez de mayo no volvió a ocuparse de política interna, sino que su única participación, abundante en páginas y en entusiasmo, fue el respaldo, que en ese momento fue unánime por parte de todos los que teníamos algo que ver con la revista, a la revolución cubana.

He querido hablar de esto porque me parece que ese tipo de apertura, ese tipo de variante a los textos de las revistas habituales contribuyó a dar a Mito la audiencia, la simpatía, el interés del público -pequeño o grande- que leía la revista. No quiero mencionar las cifras del tiraje de Mito porque contribuyo a la destrucción de un mito. Pero la revista circulaba, la revista se vendía y tenía una pequeña o grande repercusión entre ciertos círculos de la sociedad colombiana.

Por lo demás, Mito también trataba de ocuparse, fuera de política, fuera de testimonios sobre la vida cotidiana, de temas que apenas comenzaban a ser susceptibles de interés y dilucidación entre el público tradicional, como el cine. En ese momento nosotros (lo confieso) creíamos que el cine era el arte y el modo de expresión del siglo XX. No teníamos ni idea, fuera de alguna alusión muy inteligente de Hernando Salcedo, de lo que se venía encima con la televisión. La televisión nos parecía un fenómeno secundario, pintoresco, prácticamente prescindible. El arte y el lenguaje de nuestro tiempo era el cine. Nos ocupábamos mucho de él. Todos los colaboradores de Mito teníamos un interés, un fervor por el cine y le dábamos bastante importancia, así como dentro de lo posible nos dedicábamos a la música, sobre todo a expresiones no tan convencionales; más al jazz que a la orquesta sinfónica. Más a la música popular que a la clásica. No era en todo caso una de las vértebras de la revista. Y, obviamente, a las artes plásticas, y entre los grandes amigos de la revista, entre quienes firmaban con nosotros los manifiestos antirrojistas, hubo quienes hicieron hermosas carátulas para la revista; estaban Obregón, Eduardo Ramírez, Enrique Grau, etc.

Pues bien, quise mencionar este factor de documentación social -llamémosla así- y a la documentación política, que fueron tal vez muy decisivas en el interés, en la benevolencia, en la cordialidad, en la hostilidad que Mito encontró en su momento. También el índice de la colección de la revista contiene algo antológico -en materia literaria, quiero decir-. Y por eso hay una paradoja que consiste posiblemente en que, a tantos años de diferencia, un lector de hoy encuentre más interés en los textos de los grandes poetas de muchos países que Mito publicó, que en problemas y polémicas vehementísimas e indignadísimas porque la censura prohibió una versión de "Rojo y Negro" con Gerard Philippe, por un desnudo, no me acuerdo muy bien. Eso, creo que puede haber pasado al merecido olvido y no creo que otro tanto pueda decirse de las contribuciones literarias que originalmente se publicaron en Mito y de no pocas de las cosas que desde el punto de vista literario se tradujeron. Pero -y ya en esto entraría en un catálogo interminable- lo que quiero decir es que sin esos otros tentáculos, sin esas otras proyecciones de índole política y social, quizás Mito nunca habría asumido la personalidad, la fisonomía que logró en un momento y que ha logrado retrospectivamente en la medida en que generaciones posteriores curiosa y generosamente se interesan por este capítulo de la vida cultural del país.

Mito tuvo desde el punto de vista cultural otra suerte. Yo creo que durante los años en que existió la revista, estábamos presenciando, al menos en literatura, la última gran expresión de la modernidad en literatura. Me explico. Era un momento en que coincidían Sartre, Camus y Malraux en Francia, en que vivían y producían escritores de todos los países, en que Brecht estaba vivo (de Brecht se publicaron unas espléndidas traducciones de Eduardo Cote Lamus), en que vivían también en plena producción, en pleno vigor, para citar nombres casi al azar en un territorio cultural distinto al nuestro, en el que acababa de darse a conocer Vladimir Nabokov con Lolita, en plena riqueza imaginativa Graham Greene, Evelyn Waugh o Ernest Hemingway, etc. Y simultáneamente América Latina y España tenían, de una parte, todavía la gran presencia viva de algunos de los autores de generaciones anteriores: Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Jorge Guillén, quienes colaboraron en Mito. La presencia también de otras generaciones de escritores españoles, como los Goytisolo, como José Manuel Caballero Bonald, que también era colaborador de la revista y uno de cuyos libros de poemas fue publicado por Ediciones Mito, y en donde, obviamente sin saberlo nosotros, ya estaba la mayor parte de las figuras que en unos poquitos años después habrían de configurarse bajo el rótulo del "boom latinoamericano". García Márquez, por supuesto, quien incluyó El coronel y otros dos textos en la revista. Hubo colaboraciones de Carlos Fuentes y también desde el primer número el magisterio tan grave y continuado de Octavio Paz.

Es decir, que también por circunstancias favorables, desde el punto de vista literario, los años de Mito coincidieron con años, si se quiere, dichosos. Es verdad que no alcanzamos a escribir una necrología de Albert Camus; es verdad que no alcanzó Mito a presenciar la amargura de los últimos años de Sartre. Tampoco conocimos a Malraux de ministro, pero en todo caso había de los cuatro puntos cardinales una gran creatividad literaria, y en América Latina estaban apareciendo las primeras firmas y las primeras obras del florecimiento de la narrativa latinoamericana que habría de configurarse poco después.

Estas son tres circunstancias que yo quiero mencionar para contar a mi modo de ver cómo trato de explicarme yo por qué Mito tuvo audiencia en su momento y aparentemente sigue teniéndola ahora. De otro lado, hay en la historia, en la breve historia de Mito, un hecho que es desoladoramente banal en cuanto se refiere al ámbito editorial e intelectual: que las revistas, en general, y los periódicos, las hace una sola persona. Mito fue obra de Jorge Gaitán Durán. Con él colaboramos sus amigos, colaboramos como iguales, pero el motor de la revista, la inspiración de la revista, el fervor de la revista, era Gaitán. No en vano la revista murió simultáneamente con la muerte de Jorge. Eso es un hecho que, si bien es sabido, yo lo quiero recalcar personalmente una vez más, porque entre otras cosas es difícil hacerse ilusiones de equipos, de colaboraciones en las que no haya una voluntad, una determinación, una energía dirigentes. Está bien que haya habido la suerte de los encuentros personales, de los encuentros generacionales, pero el hecho es que Jorge Gaitán, de comienzo a fin, fue el inspirador, el hacedor, el creador de la revista. De otro lado, también si valiera la pena hacer reminiscencias de este tipo, si yo tuviera tiempo o paciencia para hacer un manual de los pormenores, cómo se creó, cómo se distribuyó, cómo se vendió, cómo se conseguía la publicidad de la revista Mito, se podría para uso de un presunto publicista, de un presunto director de periódico, hacer un pequeño folleto que explicara cómo no se hace una revista. Eramos aficionados, éramos improvisadores, no teníamos absolutamente la menor idea de lo que era una investigación de mercado, ni de los gustos del público, ni nada de eso. Eso salió porque salió, porque era lo menos técnico, lo menos científico y lo menos metódico que puede haber.

Hay un hecho muy divertido para mí, que es el relacionado con el nombre de la revista. Yo recuerdo mucho la primera entrevista que tuve con Jorge cuando me dijo:

- Hombre, hagamos una revista.

- Bueno, claro. ¿Cómo se llama?

- Mito.

- Y ¿por qué?

Y no me supo explicar. Y yo tampoco... y finalmente en el editorial del primer número pusimos una frase medio deshonesta y tortuosa diciendo que la revista se iba a ocupar de desmitificar una serie de valores y prejuicios y todo eso, pero fue como por decir algo. Fue una cuestión hasta cierto punto irracional. Jorge se había enamorado del término y yo también.

La muerte de Jorge fue un final brutal y despiadado, pero fue también el final que en un momento hubiera tenido que tener la revista. No digo que forzosamente se hubiera tenido que acabar por circunstancias económicas o de trabajo, sino que yo creo, quizás estúpidamente, quizás con mucha miopía, que Mito cumplió, como se dice con los futbolistas, su ciclo, y ya estaba bien que desde ese punto de vista de cuarenta y dos números y los siete años los cuales salió la revista son, para mi modo de ver, suficientes para una publicación que no tenía ninguna vocación de eternidad ni de permanencia ni de durabilidad. Que quiso ser -y que por eso le fue más o menos bien- cotidiana y contingente y en cierta manera comprometida y aferrada al instante, a la circunstancia y al momento, como trató razonablemente bien, como más o menos lo hizo en el término de su existencia esa publicación.

 

*  Pedro Gómez Valderrama, Muestras del diablo, Bogotá, Ediciones Mito, 219 p.
Comentarios (0) | Comente | Comparta c