Sobre "Los Hijos de Sanchez"
 

 

"El cuarto tenía una cama, donde dormían Faustino y su mujer. Los demás dormíamos sobre pedazos de cartón o en mantas o trapos esparcidos por el suelo. El único mueble era una cómoda rota, sin puertas, y una mesa que por la noche había que llevar a la cocina para lograr más espacio. Socorrito dormía con su marido y sus hijos en un pequeño sitio entre la cama y la pared. Paula y yo tendíamos nuestras cosas a los pies de la cama. Mi cuñada Delila y su hijo dormían al otro lado de Paula, y mi suegra y su marido dormían en el rincón, cerca de la cocina, donde de día estaba la mesa. Era así como trece de nosotros, cinco familias, nos acomodábamos en ese cuartico". Así vivió unos meses Manuel, el primogénito de Jesús Sánchez, en la ciudad de México. Los Sánchez son los protagonistas de un libro del antropólogo norteamericano Oscar Lewis1; una obra que es ciencia, panfleto, documento, novela y quién sabe cuántas cosas más; con certeza, uno de los libros más inquietantes y más penosos escritos sobre las mores de nuestro tiempo.

Lewis ha trabajado largo tiempo en México; su libro inmediatamente anterior -Cinco familias- logró cierta notoriedad en sectores no directamente concernidos con las investigaciones antropológicas; pero Los hijos de Sánchez parece una culminación no sólo metodológica sino literaria. En el prólogo, el autor describe su método de trabajo: una especie de psicoanálisis biográfico respaldado en todo momento por la constancia y la imparcialidad de una grabadora de sonido. Jesús -el padre- y sus hijos Manuel, Roberto, Consuelo y Marta le concedieron al investigador su amistad y su confianza. Sólo así era posible la obtención del documento en bruto; sólo así era posible rebasar la estadística y la generalización para llegar a esta obra en la que participan la inquisición científica y la creación literaria. "De este modo, creo haber soslayado los dos riesgos más frecuentes en el estudio de los pobres, a saber: el exceso de sentimentalismo y la brutalidad (...).

Espero que este método preserve para el lector la satisfacción emocional y la comprensión que el antropólogo experimenta al tratar directamente con sus sujetos, pero que rara vez se trasluce en la jerga formal de las monografías antropológicas".

La prueba de lo anterior: "Me recordaba a una persona que caminara para atrás entre lo oscuro, sin pisar tierra firme. Caminaba y caminaba sin llegar a ninguna parte. Tan sólo movía las piernas para darle a la gente la impresión de que hacía algo. Su mirada estaba fija en las estrellitas que brillaban en el firmamento. Trataba de agarrarlas y cuando lograba coger una, se sentaba entonces en la soledad infinita hasta que su luz dejaba de brillar. Entonces dejaba que la estrella apagada flotara en el aire, e irresistiblemente iba en busca de otra". Así, en un momento de descanso, en un conato de comprensión y de ternura, en una tregua lírica a la recapitulación de hechos penosos, así habla Consuelo de su hermano Manuel. Este es el mayor de la familia: un irresponsable, un débil, un mitómano; haragán, engreído, simpático, ha sido un completo inútil, un cero -cuando no un fastidio- en sus relaciones sociales y en sus relaciones personales. Ha sido protagonista de intrépidos, desastrosos amores, que algo bello hubieron de tener cuando al evocarlos logra decir simplemente: "Cuando salimos [de un hotel] afuera todo nos parecía amarillo: los carros, las casas, los hombres, las mujeres. Ambos nos veíamos pálidos y cansados. Ella se fue a su trabajo, a sólo dos cuadras de allí, y yo al mío". El resto son miserias, imposturas, remordimientos.

Consuelo no es mejor. Como Manuel -y a diferencia de los otros dos hermanos- es inteligente. Es introvertida, soñadora, ambiciosa; es también egoísta e hipócrita. Hace estudios secundarios; inicia una vaga carrera de secretariado; llega a los esplendores del cine y de la televisión, y su experiencia en ellos parece el argumento de una película mexicana. Ama mezquinamente, y la vida se le pasa persiguiendo una vida mejor, mezcla de deseos concretos y de anhelos sentimentales. Cuando tenía doce o trece años salió por vez primera a la Alameda, al centro de la ciudad; no es que la vecindad donde habitaban los Sánchez estuviera muy lejos; se trataba, tan sólo, de que era otro mundo, y de los cuatro hermanos es Consuelo la única que, en verdad, nunca ha pertenecido a él. Ni, desdichadamente, tampoco al otro, al de afuera, al deslumbrante.

Marta, la menor, es la menos arriscada, la más indefensa y, por lo mismo, la más razonablemente infeliz. Roberto lo es también, pero con desmesura; moreno (el padre no lo quiere bien por ese color de su piel) abraza oscuramente la austeridad y la violencia; siempre presta la navaja en cantinas, en riñas de barrio; siempre a su acecho la otra violencia: la policía, los interrogatorios, las cárceles, y su compleja pasión parece prescribirle, tercamente, su propia consumación: el reposo. En suma, cuatro seres humanos deplorables, retoños indignos de Jesús Sánchez, el campesino que si fue capaz de organizar su existencia, de convertir la miseria en que nació en algo parecido al bienestar; sesentón, es dueño de un par de casas, es -y ha sido siempre- capaz de atender a la subsistencia de sus hijos; no sólo de los legítimos, los de su mujer Lenore, sino también los de dos o tres hogares supernumerarios que ha establecido al azar de la soledad o del fastidio. Durante decenios, Jesús no ha dejado un solo día ("salvo los 1º de mayo") de concurrir al restaurante español donde trabaja; y a una sociedad que distaba de serle propicia le ha enfrentado una dureza sin concesiones, un rigor que, casi con tanta frecuencia como el de la propia sociedad, parece inhumano.

Los cuatro hijos de Sánchez atribuyen, en un momento o en otro, buena parte de sus propias vicisitudes a esa calidad de obsidiana de su padre. Sánchez ha puesto en su existencia un temple tal, que, acaso con harta justificación, no deja campo a la indulgencia; a la tolerancia, a la blandura; sus hijos esperaron inútilmente una conmiseración y una complicidad que no podían exigir, que ni siquiera les era lícito postular. Este patán heroico y sufrido no podía condescender; contemporizar con ellos habría sido contemporizar consigo mismo y perderse también él ante el enemigo: ante la ciudad y la nación que no están trazadas, ni delimitadas, ni organizadas para acoger o justificar a Sánchez o a los de su especie.

Porque en el libro, además de los tristes hijos de Sánchez, aparece un personaje mucho más sórdido: México. Recientemente se ha vuelto casi tópico, entre autores de izquierda y de derecha por igual, criticar los vicios de la organización socioeconómica mexicana. En parte, tal cosa se debe a que México es culpable de un glorioso pasado, y con fariseísmo los unos y con sincera consternación los otros, se rasgan las vestiduras ante la suciedad y el escándalo de tantas manifestaciones de la vida mexicana. En este aspecto Los hijos de Sánchez es un libro copioso. "México es mi tierra, ¿no es cierto? Y le tengo un profundo y especial amor, especialmente a la capital. Tenemos libertad de expresión, y sobre todo, una libertad para hacer lo que uno quiera que no he encontrado en ninguna otra parte (...) Pero en lo que hace a los mexicanos, no tengo buena impresión de ellos (...) Aquí funciona la ley del más fuerte. Nadie le ayuda al que cae; al contrario, si pueden golpearlo más, lo hacen (...) ¿Será la falta de educación? ¡Hay tantas personas que ni siquiera saben firmar! Hablan de constitucionalismo... es una palabra bonita, sonora, pero ni siquiera sé qué quiere decir. Para mí tengo que vivimos por medio de la violencia... homicidio, robo, asalto. Vivimos de prisa y tenemos que estar constantemente en guardia", dice Roberto, quien también ha relatado, en descripciones repugnantes, los métodos de la policía mexicana, la arbitrariedad, las torturas inmundas, el régimen carcelario, etc. Vieja historia, no sólo mexicana pero que en su catolicismo no encuentra su justificación.

"Había gente de todas partes de la República, todos sucios, harapientos y muertos de hambre. La mayoría de los hombres estaban tan débiles que el violento sol de Mexicali los hacía caminar como borrachos. Vi a uno o dos caer muertos, pobrecitos. Verdaderamente, parecían almas en pena. Sí, era algo triste, algo triste ver eso. Todos estaban ansiosos de pasar; yo comprendía su desesperación porque me sentía lo mismo", relata Manuel, quien efectúo el dolorido y vergonzoso trámite de la emigración clandestina a California. ¿Los sindicatos? "Nunca he pertenecido a un sindicato, pero mis amigos dicen que a uno lo pueden despedir en cualquier momento sin cesantía, porque los dirigentes sindicales y los patronos hacen arreglos entre ellos". ¿El gobierno? "Los señores que nos gobiernan tienen carros lujosos y muchos millones en el banco, pero no se fijan abajo donde el pueblo vive. Permanecen en el centro, donde están todos los almacenes de moda, pero en cuanto a los barrios donde vive el pueblo... bueno, ni siquiera conocen la vida miserable que llevamos", dice Jesús Sánchez. Y las citas podrían multiplicarse.

Pero es una frase de Jesús Sánchez, ya en las últimas páginas del libro, la que sitúa estos problemas, no ya en un contexto sentimental y truculento, sino en el campo de las estructuras políticas y económicas. Sánchez dice, nada más: "En los treinta años que llevo en ciudad de México, la vida de los pobres ha cambiado muy poco, muy poco". Aquí el drama personal se convierte en un problema doctrinario; las flaquezas, las privaciones, la sostenida miseria de la familia Sánchez deja de ser una anécdota para convertirse en un problema teórico y concreto. No es la contingencia sino la tozudez de la miseria en un país que ha abrazado alegremente la causa del progreso económico y social, que en los últimos veinte o treinta años ha recibido una amplia irrigación de capitales y que ha sido unos de los sitios favoritos de la inversión norteamericana. ¿Por qué, en esos veinte o treinta años, la vida de los pobres en ciudad de México "ha cambiado muy poco"? Oscar Lewis habla de una "cultura de la pobreza". Esta, dice, "no es sólo un estado de privación económica, de desorganización, o de ausencia de algo. Es también algo positivo en el sentido de que tiene una estructura, un esquema racional, y unos mecanismos de defensa sin los cuales los pobres no podrían seguir viviendo. En suma, es un modo de vida, notablemente estable y pertinaz, trasmitido de generación en generación a través de líneas familiares". Y más adelante: "Tendemos a considerar los tugurios como fases transitorias o temporales en una transformación cultural drástica. Pero no es este necesariamente el caso, porque la cultura de la pobreza a veces es una condición social persistente incluso en sistemas sociales estables". Mas esto es sólo una descripción, y Lewis la efectúa competente, brillantemente desde su punto de vista de antropólogo; hay una cultura de la pobreza, que es universal, que es recurrente, que tiene características idénticas por encima de la historia y de la geografía. Lewis verifica el hecho y esboza algunas de sus causas: pero al comprobar su diseminación y su frecuencia, al generalizar los rasgos de dicha cultura, sólo insinúa como solución el remedio perogrullesco (que no lo es tanto): aumento del producto nacional, mejor distribución de la renta.

En la introducción a Los hijos de Sánchez, Lewis menciona el siguiente dato: entre 1950 y 1957, aproximadamente la tercera parte de la población de México sufrió una disminución en su ingreso real. En un libro agudísimo2, John Kenneth Galbraith expone que el problema verdadero de la economía contemporánea es el que plantea la sociedad opulenta, no la miserable. Se refiere, por supuesto, a parte de Europa Occidental y, ante todo, a los Estados Unidos. "Los problemas de un mundo opulento que no se entiende a sí mismo, escribe, "pueden ser serios, y pueden innecesariamente afectar a la propia opulencia. Pero presumiblemente no son tan serios como los de un mundo pobre donde las simples exigencias de la pobreza descartan el lujo de la incomprensión pero donde tampoco, por desgracia, se hallan soluciones". Con toda razón, Galbraith ironiza sobre los economistas de Occidente, cuyos patrones mentales siguen fijos en una organización económica marcada por los criterios de penuria y necesidad del siglo XIX. La economía tradicional ha estudiado hasta la fatiga sus problemas y, más aún, los ha resuelto en teoría: pensar como pensaban Ricardo, Malthus, Adam Smith o el mismo Marx, presupone el hecho de que "el hombre ha desarrollado una obvia capacidad para sobrevivir a la pomposa reiteración de lugares comunes". Exacto. Pero, ¿y los hijos de Sánchez? ¿Y sus hijos? ¡Ah! Estos, felizmente, son libres: pueden escoger entre muchos caminos para llegar al momento en que sus inquietudes sean anacrónicas; ahí están el modelo norteamericano, el soviético, la doctrina de Marx o la de Keynes o la de Galbraith o la del Che Guevara o la del partido Revolucionario Institucional3. Una descripción como la que hace Lewis de la vida entre las clases pobres de México podrá ser una reiteración de tópicos, podrá ser ideológicamente indigente, pero evoca -y es un desastre para el mundo contemporáneo el que siga surgiendo tal evocación- el contrapunto entre la filosofía de la miseria y la miseria de la filosofía.

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Pero si Oscar Lewis no pretende llegar a las implicaciones políticas sobre las que se basa la materialidad de la vida de los Sánchez, mucho menos pretende hacerlo esta reseña. Mejor tratar otros aspectos más accesibles del libro.

Hay una obra contemporánea a Los hijos de Sánchez que presenta con ésta no pocas similitudes. No se trata de una creación literaria (no esencialmente tal, al menos) ni de un trabajo investigativo: es una película, el filme de Luchino Visconti: Rocco y sus hermanos. El ilustre milanés cuenta la historia de una familia siciliana que va a buscar al norte de Italia una menos avara fortuna que la heredada en su país feudal. Visconti -podría jurarse- es incapaz de hacer un mal filme, pero este Rocco no es el más convincente de los que ha realizado. Huele a literatura. Ahora bien: la literatura no tiene por qué oler mal, y si en la obra de Visconti hay un tufo rancio, enfadoso, cargante, es porque se trata de mala literatura, de un subproducto, no de the real thing. Al ocuparse de una situación similar, en cambio, Oscar Lewis ha obtenido un resultado que artísticamente es mucho más feliz que el de Visconti. Es un pecado contra la retórica comparar un trabajo de sociología con un filme de pretensiones novelescas; pecaminosamente, pues, surge la evidencia de que los Sánchez son criaturas de mayor volumen, de más evidente y acuciante humanidad que los sicilianos de Visconti. La cosa no carece de ironía, porque el procedimiento de que Oscar Lewis se ha servido para estructurar su libro es, si no específicamente, sí por lo menos consuetudinariamente cinematográfico. Puede decirse que Los hijos de Sánchez es una obra de montaje. "En este volumen le proporciono al lector un atisbo más profundo en las vidas de una de estas familias por medio del empleo de una nueva técnica mediante la cual cada miembro de la familia cuenta la historia de su vida con sus propias palabras. Tal enfoque nos proporciona una visión acumulativa, multifacética, panorámica, de cada individuo, de la familia como un todo, y de muchos aspectos de la vida de las clases bajas mexicanas. Las versiones independientes de los mismos sucesos suministrados por los diversos miembros de la familia dan un control sobre la veracidad y validez de muchos de los datos, y por tanto eliminan en parte la subjetividad inherente a una sola autobiografía. Al mismo tiempo revela las discrepancias en la forma como los distintos miembros de la familia recuerdan determinados acontecimientos". Añádase que las cuatro -las cinco biografías, con la de Jesús Sánchez- se relatan alternativamente; las versiones no son continuas sino fragmentarias, y cada personaje está subdividido, a su vez en tres capítulos o episodios: viejo procedimiento cinematográfico cuyo más popular exponente es Rashomon. Podrá decirse, es cierto, que Rashomon viene de una obra literaria; pero como fenómeno cultural, es el filme lo que cuenta decisivamente.

Lewis se pregunta en el prólogo por qué los escritores contemporáneos parecen desdeñar casi unánimemente esta temática del lumpenproletariado, de la vida de los pobres y entre los pobres. Steinbeck (Cannery Row, Tortilla Flat, Las uvas de la ira) es una (no notable) excepción, y sería poco sensato comparar su obra con la de un Dickens o un Zola, aun con la de Gorki. La pobreza tradicional, institucional, sobrevive en casi todos los países; sus verdaderos exponentes son los Sánchez de toda la tierra. Si se tiene en cuenta que en la literatura de moda el pobre es el derelicto, el bum de Samuel Beckett, y que su pobreza misma es apenas uno de los mismos atributos que sirven para definirlo "ontológicamente", o para convertirlo en símbolo, habrá que estar de acuerdo con esos marxistas algo sumarios que proclaman la necesidad del paralelismo entre la sociedad capitalista y una literatura y una filosofía cada vez más idealistas. Pero el problema de contenido es un problema formal (o viceversa); dentro de la técnica literaria, el libro de Lewis (una obra, insisto, cuyas pretensiones no son literarias) ofrece una técnica anacrónica, es decir, una técnica reaccionaria por comparación a las voces que aparentemente suenan con un tono personal en la novela o en el teatro de la época. El uso de un artefacto mecánico, de la grabadora de sonido, no le confiere al realismo de Lewis mayor categoría; la cinta magnetofónica no aventaja los prolijos cuadernillos de apuntes de Flaubert o de Henry James.

¿Entonces? El grotesco dilema entre una metafísica reducida por los escritores a términos pomposamente burgueses y un realismo -socialista o no- que ha encontrado en Lukacs su teorizante, pero carece de cultivadores, apunta, como tantos otros síntomas, al insostenible malestar de las artes en nuestro tiempo. El que un científico, un investigador, un antropólogo haya llenado un vacío (como se dice) en la literatura actual, es cosa que ciertamente honra a Lewis, pero que no parece muy alentador para la literatura misma.

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