LAS BALAS REZADAS NO FALLAN

La luz rojiza de una veladora se extingue lentamente bajo un crucifijo de madera y el cuadro de las tres divinas personas Un calor sofocante invade la casa de madera y Zinc del bardo Caldas de Buenaventura.

Cerca de la puerta, Sabina Riascos se ajusta un trapo blanco sobre la cabeza antes de acomodarse en un mueble desvencijado. Tiene 65 años, piel morena y Ojos pequeños y muy negros.

Durante muchos años Sabina recorrió en lancha la intrincada región del Naya en compañía de su esposo, un comerciante llegado del interior. En esa Zona conoció a Marcelino Peña, un anciano a quien la gente le atribuía un poder secreto: “Ni las balas, ni el machete, ni la picada de las culebras le hacían daño”.

Sabina nunca pudo comprobar esos rumores, pero prefiere invocar a la Virgen antes de hablar de ellos. Hace dos años una historia similar corrió por las calles ardientes y abandonadas de su barrio: Oswaldo, un ladrón del sector, era capaz de convertirse en una planta cuando se sentía acosado por la Policía, contaba la gente en voz baja.

La historia aún flota en el denso ambiente del puerto, a pesar de que Oswaldo murió meses después en un tiroteo con la Policía en el barrio Caldas. Lo mismo ocurrió con ‘El Pito’, un negro alto, delgado y de mirada penetrante. Era el jefe de una banda que asaltaba fiestas revólver en mano. Quienes lo conocieron aseguran que a ‘El Pito’ no le entraban las balas porque sabía rezos malignos.

Pero una noche, hace tres años, el delincuente murió en un enfrentamiento con la Policía. Algunos dicen que lo mataron con una bala de plata pasada por agua bendita. En todo caso, la muerte de Oswaldo y ‘El Pito’ sirvió para fortalecer el mito de los “ladrones rezados”.

“Todo es parte del ancestro africano”, es el comentario de Vicente Arango, un dentista que llegó hace más de 50 años al puerto. En esa época se hicieron conocidos varios delincuentes que, según decían, estaban rezados. ‘Chorro de humo’, ‘Pedro Jota’, ‘Patasputas’, ‘Muerdeacristo y Baudilio Caicedo, alias ‘La Tunda’ son parte de la lista de personajes que le dieron más de un dolor de cabeza a la Policía.

De Baudilio Caicedo dicen que se colocaba las camisetas y pantaloncillos al revés. Y de ‘Muerdeacristo afirman que apretaba un crucifijo y su camiseta con los dientes mientras esquivaba las balas.

Todos, sin embargo, se fueron de este mundo en forma violenta. Algunos baleados y otros acuchillados. Sus muertes se deben, según las historias, a que perdieron los poderes o a que alguien descubrió su secreto y les preparó “la contra”.

Dicen, por ejemplo, que a ‘Chorro de humo’ lo mataron porque su mujer le reveló el secreto a la Policía. Otros aseguran que el poder no surte efecto si se han tenido relaciones sexuales en los últimos tres días. Lo mismo ocurre si es rezan el credo o un padrenuestro al revés. Esas historias mágicas no sólo hablan de hombres inmunes a las balas o al machete. También mencionan a personajes que desaparecían o se transformaban “en cualquier cosa” para despistar a la Policía.

El negro ‘Tanque’ era uno de ellos. “Cuando llegaba la Policía —dice un porteño— ‘Tanque’ se convertía en un racimo de bananos o en bagazo de cana. Así cometió muchas fechorías hasta que un amigo suyo lo mató de confianza (descuidado) en una cantina del barrio Alfonso López.

A la generación de ‘Tanque’ pertenecen ‘Marmato’, ‘Negrete’ y ‘El Diablo’. Sus escondites estaban entre las casitas de madera de San Yu, La Playita y Viento Libre en la llamada Baja mar, donde se levantan los sectores más pobres de Buenaventura.

La fama que adquirieron fue tanta que, según dicen, los policías le hacían una cruz al plomo de sus balas con navajas y seguetas. Este sistema, en opinión de quienes se han adentrado un poco más en esos secretos, no es efectivo. “Lo mejor es la ‘bala chata’, que consiste en abrirle un rotico al plomo, echarle azogue (mercurio) y taparlo de nuevo. Eso rompe cualquier hechizo”, dice un hombre.

En Buenaventura muchos afirman que existen agentes de la Policía que todavía “cruzan” sus balas. Estos lo niegan. Un cabo de la Policía municipal dice que son historias inventadas por los porteños. “Lo que sucede es que hay ladrones muy sagaces que burlan una y otra vez la acción policial. Pero todos tienen su día y de él no se escapan ni con la ayuda del demonio”, agrega.

Sin embargo, en una de las entradas al terminal portuario, un agente joven que oyó las mismas historias en los Llanos Orientales, aviva la mirada cuando oye hablar de los rezos secretos: “¡Qué!, ¿usted tiene la oración? Yo se la compro”, dice.

En esto, al igual que en cuestiones de brujas, la gente piensa lo mismo: no hay que creer en ellas, pero que las hay... las hay. Por eso, una habitante del barrio Santa Cruz se santigua antes de hablar de ‘Chompipa’: “Creo que se llamaba Manuel Mina, era alto y parecía africano de lo mismo negro. Él llegaba a veces a la madrugada a mi rancho, donde yo hacía curaciones. ‘Vengo a que me saque esta pepa ,decía. Y me mostraba las balas que se le que— daban entre la piel y la carne. Según él, hablaba con el viejo ‘Sata’. Pero ni eso le sirvió el día que lo mataron entrando al barrio La Inmaculada. Dicen que el sargento que le disparó también iba ‘rezao”’.

Las oraciones, al parecer, tienen dos vertientes. Los rezos cristianos que usa la gente buena para protegerse, y los pactos con espíritus malos, utilizados por los que van a hacer fechorías. Las oraciones son conocidas con nombres esotéricos: la magnífica, del justo juez, de la hoja de tunda, de la mano poderosa, del gato “colorao”, del mico, del sol, de la luna, del murciélago, del descuido, del águila... La gente afirma que varias de ellas son malditas.

También se cuentan por docenas los nombres y apodos de los maleantes rezados que ya forman parte de la tradición oral de los habitantes de Buenaventura y de las zonas cercanas. Del paisa ‘Pelusa’ dicen que recogía las balas con un sombrero y después se las tiraba a la Policía. A ‘Fray Martín’, un atracador del pasaje Valladolid, le atribuyen el poder de hacerse invisible.

De ese mundo mágico y real también surgen tragicomedias que se riegan de boca en boca, en medio del calor pegajoso del puerto. En una esquina del barrio Juan XXIII, se comenta la historia de un ladrón que detenía las balas con el pañuelo. Pero una tarde, después de robar dos tiendas, se enfrentó a tiros con la Policía y para su desgracia, ese día había dejado el pañuelo en la casa.

Marzo, 1991 

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