PUERTO BORJA
—¡Roberto!...
—¡General!...
Se abrazaron en silencio largo rato.
Roberto quedó ileso de la catástrofe del |Buque Fantasma, porque en el momento en que el capitán Müller, los fogoneros y maquinistas morían despedazados y quemados por la máquina, se hallaba él sobre cubierta; desembarcó tan pronto como los enemigos dejaron libre la playa. Veía ahora con profunda tristeza al general, y sintió, al abrazarlo, que estaba convertido en un armazón de huesos. Los cabellos grises que llevaba antes al rape, habían blanqueado completamente y flotaban sobre el cuello; tenía la faz color de ceniza, los ojos a apagados; en toda su persona el abandono del cansancio y de abatimiento.
Puso Ronderos sus manos sobre los hombros de Roberto y lo contempló con intenso cariño. Qué bien le sentaba esa piel tostada, ese aire truhanesco, varonil, que le habían dado el sol, la fatiga y los peligros.
—¿Y Casanova? |¿Y Chispas? preguntó Roberto.
—Aquí no han llegado. Deben estar prisioneros, o muertos.
Subieron a las murallas de la ciudad. El general tendió su vista fatigada sobre el campo de batalla. Los cadáveres que tenían al pie despedían fetidez insoportable. Muchos otros flotaban en la bahía, rígidos, con los ojos, que parecían mirar al cielo desmesuradamente abiertos.
La mayor parte eran negros, con el vientre hinchado, con la boca cubierta de espuma sangrienta.
El general, limpiándose el sudor que le el rostro, dijo:
—Ahora Polanco irá probablemente a reunir sus fuerzas en Barranquilla y Calamar... Sé que tiene un cuantioso parque en el |Bellegarde y el |Inés... No importa; ahora empiezan los fracasos: acabo de saber que Panamá ha sido recuperada.
Hablaba con visible fatiga; parecía que las palabras se extinguían en sus labios.
—General, dijo Roberto; usted debe ahora dedicarse a recuperar su salud. Su cuerpo, resentido por el maltrato que le ha dado, necesita unos días de reposo.
—Es verdad... Cuando haya despejado el río... Y usted ¿qué piensa hacer?
—Si usted me lo permite, cumpliré un deber de amigo: salvar a Bellegarde. Quiero partir esta misma noche. Volveré al Tolima por la vía del Cauca.
El general vaciló un momento, y, mirándolo con afecto, repuso:
—¿Me abandonará usted?
—Sí, general, con mucha pena; pero es indispensable; abrigo serios temores por la vida de aquel amigo a quien tánto debo y a quien el país debe tánto... Otra súplica, general: enterrar a Müller... hacerle un buen entierro... En vez de cañonazos, música wagneriana... y advierta usted a la orquesta que si desafina será capaz de levantarse de su féretro.
Los revolucionarios se habían retirado de Cartagena por tres vías: el ferrocarril, el Dique y las Bocas de Ceniza, y, por orden de Polanco, se iban concentrando en Calamar.
Pero la retirada de Polanco era lenta y difícil; tenía que atender a la conservación de los buques y a la destrucción metódica, regular y completa de los trabajos de la canalización: era preciso destruir para siempre esa empresa rival del ferrocarril de Sabanilla, en cuya compra y propiedad tenía parte. Entretanto Landáburo había regresado de Curazao y reasumido el mando en su calidad de presidente provisorio. La iglesia de Calamar servía de cuartel al estado mayor generalísimo. En la sacristía, convertida en cuadra, eran cuidados los caballos, y sobre los altares habían instalado sus lechos los principales jefes. Los ordenanzas con sus mujeres llenaban el resto del edificio, donde algunos fogones improvisados servían para preparar la comida, con leña sacada de los muebles, de las puertas y de las imágenes.
Tenía Landáburo su cama en el altar mayor, y desde allí dictaba una proclama a Vidaurre, ayudante suyo y compañero de negocios.
"¡Calamarenses! ¡Salve por vosotros! Desde el día en que nací anheló mi alma conocer vuestra ciudad, que ha venido a ser hoy nodriza de la revolución. El deber me obligaba a permanecer en el occidente, y no podía resolver el problema de estar a un mismo tiempo en ambos puntos. Una peripecia que debo llamar feliz lo ha resuelto. Y aquí me tenéis.
Feliz peripecia, digo, aunque el viejo Ronderos habrá publicado boletines con mentiras estupendas y dado un parte grandilocuente y tonitruante, para tartarinizar, en el cual declarará que su guardia pretoriana y sus dictatoriales nos han arrojado de Cartagena. Estará a la fecha celebrando con tragos, |Te Deums y misa cantada nuestra derrota, porque la pólvora que no saben quemar en el combate la gastan ellos en voladores y triquitraques.
Nuestros valientes abandonaron tranquilamente el sitio, cuando les vino en talante, y dejaron a los pretorianos agazapados en sus murallas, de que quisieron hacer sus Torres Vedras. No ha habido más que un cambio de decoración.
Es cierto que los genízaros pelearon esta vez con tenacidad, impulsados por el fanatismo católico y por el aguardiente; pero miente por la mitad de la barba quien diga que venimos en derrota.
Las cargas de lazos que el tigre del capitolio (que puso mi cabeza a precio) llevaba para amarrarnos, serán eslabónes de la cadena de triunfos con que termine esta noche de esclavitud.
Como los partidos en desgracia son propensos a la maledicencia, no ha faltado en nuestras filas un hombre, el general Polanco, que me haya denigrado. Este general es un jefe a quien estimo y respeto y con quien no he tenido sino algunas querellas de juventud y sobre las cuales debiera caer la lava fría de los años.
Que Polanco me crea inepto, que me crea bueno para segundón, |all right; pero que me acuse de improbidad, ¡no en mis días! Polanco es un hombre repleto de soberbia, que no conoce ni el |abecé de la guerra y en cuyo cerebro no se ha delineado jamás con precisión un plan de campaña.
Ante los muros de Cartagena el ejército fue grande, el ejército fue admirable, el ejército lo fue todo; el jefe, |cero. El general Polanco sólo sabe hacer campañas con alfileres sobre el mapa. El ha debido tomar a todo trance la ciudad, colándose en ella, si era preciso, por las grietas, porque como dice Pelópidas: |‘cuando falta la piel de león, se añade una piel de rata’
¡Calamarenses! ¡La revolución representa la única legitimidad, el único derecho real posible y admisible en este libre país! ¡No lo olvidéis!
Con un ejército, el más aguerrido y formidable que jamás ha visto la República; con veinte buques armados en guerra y un parque cuantiosísimo, sigo a derribar el podrido y tambaleante gobierno de Bogotá, desguarnecida por estar todos los batallones pretorianos en la costa atlántica, y a no dejar piedra sobre piedra del castillo del fanatismo católico, aliado de nuestros adversarios, que lo han complicado en vergüenzas y crímenes y que lo han empleado como escabel de sus ambiciones personales. Avanzo sobre Bogotá con la espada del Angel Exterminador a destruir el despotismo que, como el volcán de Turbo, derrama su lodo sobre los territorios aledaños. Bogotá es hoy el cráter de un fanatismo político-religioso expansivo, como en tiempo de Felipe II lo fue Madrid, y ha llegado a ser medida de policía internacional extinguir ese foco perturbador y de infección. Para esta obra redentora declaro como buen patriota que hago causa común con los gobiernos extranjeros amenazados, y que en tan honrosa compañía sembraré sal en la ciudad maldita. Si con diez cápsulas por soldado los hemos vencido en cien combates, ¿qué tal con el parque que llevamos?
Carecemos de ración y de rancho, porque el patriotismo no los da a sus servidores abnegados; pero nos basta hoy, para quedar ampliamente pagados, una sonrisa entre mirajes de dicha, de las bellas calamarenses, y mañana, en vez de rancho y de ración, otra sonrisa de las no menos bellas bogotanas!
¡Maldición sobre el que hable de reconciliación, de paz, de desarme y componendas!
Soldados: ¡a la carga!
¡Viva la revolución!"
Landáburo dictaba su proclama recostado en el lecho, con abandono, con gran descuido. En él el actor, el hombre teatral, nunca dormía. De vez en cuando se interrumpía, dictaba órdenes, pedía datos de las fuerzas que iban llegando a Calamar, disponía la marcha para el día siguiente. En ciertas ocasiones deslizaba frases malignas contra los otros jefes; entre los subalternos investigaba detalles íntimos de la conducta de Polanco, o soltaba chistes agresivos contra éste. Para ostentar su grande erudición como marino e ingeniero, daba órdenes minuciosísimas sobre el modo de manejar la maquinaria de los buques o instrucciones a los capitanes presentes sobre las futuras maniobras.
—Lea usted, coronel, todo el escrito; no sé lo que he dictado.
Al acabar la lectura, Landáburo se puso de un salto en pie, y exclamó:
—Sencillamente admirable. Eso a la imprenta sin cambiar una coma... Ahora la adhesión que deben firmarme esta noche los jefes y oficiales del ejército. Voy a dictársela; escriba usted, coronel:
"Os presentamos nuestro entusiasta saludo como a presidente provisorio de Colombia, y reconocemos que habéis dedicado vuestra vida al servicio desinteresado de la revaluación. Por vos, señor, tenemos los cuantiosos elementos con que vamos a aplastar el despotismo constitucional.
Sabemos que vuestras protestas de Curazao en favor de la paz fueron fingidas; meras tretas para engañar a los tiranos...
Con vos a la cabeza triunfaremos o correrá mezclada nuestra sangre a la vuestra. Sólo vos reunís las condiciones del verdadero general, y las del táctico a las del pensador, del filósofo y del polemista. El acero de vuestra pluma está tan bien templado como el de vuestra espada. El talento, la energía, el valor y las virtudes públicas y privadas son en vos legendarias y las poseéis en grado eminente. Por eso sois tan incontrastable en la guerra como lo fuisteis en la paz. Somos diez mil hombres, pero con vos a la cabeza seremos ciento diez mil soldados.
Sea esta espontánea manifestación que os hacemos todos los jefes y oficiales del ejército revaluador y libertador, un pequeño desagravio por las calumnias de que os han hecho víctima algunos envidiosos de vuestra gloria, que os llamaron |especulador, tránsfuga y apóstata.
¡Viva el presidente provisorio, nuestro invencible jefe!"
Salió Villafañe a recoger las firmas y quedó Landáburo paseándose en el presbiterio. Recordaba y trataba de imitar la actitud de Napoleón, |del cabo Napoleón, la víspera de las grandes batallas. Las mallos atrás, la mirada en el infinito, como contemplando visiones de gloria, batallas clásicas, invisibles para los simples mortales. A veces se paraba y dejaba caer la noble cabeza sobre el pecho.
Después de un largo rato volvió Villafañe aspecto contrariado.
—¿Trae usted esas firmas?
—No, mi general.
—¿Qué quieren? ¿Qué dicen?
—Observan que aunque no les parece excesivo el elogio, ni que usted haya cometido indelicadeza, debe redactarse el documento en una forma que no pueda herir a otros jefes para no comprometer la armonía que debe reinar en el ejército...
—Pues yo no acepto otra fórmula, exclamó Landáburo fuera de sí. Yo no soy un hijo pródigo... Deme acá la adhesión... ¡No quiero que se firme nada! ¡No quiero!...
Y tomando el escrito, babeando de corajina, zapateando como un chiquillo, hizo añicos el papel, lo tiró al suelo, lo pisoteó, gritando:
—¡El partido de la revaluación no es más que un hato de envidiosos!
Luégo comprendió que estaba comprometiendo la dignidad de un alto puesto y las simpatías de quienes pudieran escucharlo, cambió de tono, se acercó a Villafañe, y continuó:
—Vea, amigo: yo no sirvo ya para caudillo de un partido; ese es un molde demasiado estrecho para mí; me aprieta, me lastima como el traje que llevé cuando niño; soy una águila encerrada en el hueco de un canario. Yo no puedo ser sino caudillo de la nación, su jefe. Yo soy una figura nacional, y esos hombres, esos imbéciles, no me han comprendido.
Al día siguiente salieron de Calamar diez buques armados en guerra, que conducían hacia el interior de la República y a órdenes de Landáburo, los cuatro mil hombres que se habían concentrado en ese puerto. A medida que avanzan, el río va mostrando el lujo de sus riberas: panoramas espléndidos; pastales antes poblados de ganados; playas en que se asolean tribus de caimanes; muros de verdura que encajonan las aguas; campanarios de pueblos abandonados, montañas que se recortan sobre un cielo brillante; avenidas de cedros gigantescos, regulares como los árboles de un parque; crepúsculos en que se destacan los flecos temblorosos de las palmeras; cúpulas, festones, encajes, sobre telones de púrpura... Por toda la larga extensión del río se presenta el trabajo de destrucción regular y metódico: dragas destrozadas, restos. de diques movibles y de estacadas fortísimas,. plantaciones, caseríos, hechos pavesas, últimas huellas de la obra de la canalización; de los millones derrochados, del esfuerzo titánico perdido...
Una mañana el general Nicholls, jefe del buque de vanguardia, avisó al general Landáburo que estaba a la vista un campamento enemigo. El general, que venía en el vapor Presidente Landáburo, avanzó un poco para hacer en persona el reconocimiento. Divisó sobre la ribera derecha a Puerto
Borja; en la explanada la casa de la Compañía, y, alrededor de ésta, toldas y hogueras. Atrás de la explanada, una colina con trincheras y reductos.
Inmediatamente dio orden de que se presentaran todos los jefes divisionarios y de cuerpo a quienes, una vez reunidos, distribuyó un pliego en cuya cubierta se leía: |Plan de ataque a Puerto Borja.
—En previsión de este combate, pues yo lo preveo todo, traía preparadas estas instrucciones para ustedes, señores generales y coroneles...
Hizo que uno de los ayudantes del inmenso Estado Mayor que lo rodeaba siempre leyera en alta voz el documento:
"1° Las divisiones |Chancos y |General Mosquera desembarcarán abajo del gran campamento enemigo, tomarán el edificio del |Aserradero y permanecerán allí una hora treinta y cinco minutos.
2° Las divisiones |Landáburo, Tuso Gutiérrez y Primero de cuero, desembarcarán a la margen izquierda del río y levantarán trinchera de arena en sacos cuyo peso no excederá de dos arrobas (25 kilos). Las compañías se desplegarán guardando distancia de un metro veinticinco centímetros.
3° Establécese como señal de reconocimiento un toque largo de atención y un punto bajo, y como contestación otro toque largo de atención y dos puntos altos. La palabra para el mismo efecto será la sublime de Cambronne en Waterloo, y se con testará |¡cuartajo!
En esto se oyó a lo lejos un pitazo de atención. Un buque que venía a todo vapor. Se sentía el golpe de la rueda que batía rápidamente el agua. Pronto se puso en línea con el buque de Landáburo. El general Polanco saltó sobre cubierta y paseó sobre los que estaban reunidos el rayo de sus ojos.
—¿Qué es esto?
Y Landáburo respondió:
—Vamos a atacar al enemigo atrincherado aquí en Puerto Borja. He dado por escrito el plan de ataque hasta en sus más mínimos detalles para que si se pierde el combate no sea por falta de previsión mía.
—¿Atacar? Pero... ¿no ha dicho usted en su proclama de Calamar que vamos a Bogotá? Eso era lo convenido, lo acertado. Los amigos de allá nos esperan para recibir el inmenso parque. Un descalabro aquí sería nuestra pérdida. No podemos exponer los últimos recursos de la revolución. El desembarco en Honda será de efecto infalible... Culpa usted, general, su promesa; vamos al corazón, a la capital, que está sin fuerzas, y dejemos aquí y en la costa a los generales del Gobierno.
—Me permito presentar a usted, señor general, este plan que acabo de someter a los jefes divisionarios y de batallón.
Sin tomarlo, le respondió Polanco:
—¿Conque usted también libra batallas sobre el mapa y con alfileres?
Landáburo se empeñó en sostener su plan. Se creyó herido en su orgullo de primer técnico suramericano, y entonces, con gesticulaciones enérgicas, empezó a defenderlo en una exposición técnica en que se repetían sus términos favoritos: |Simular ataque... extrema derecha... desfilar a vanguardia... ataque formal... hostilizar el flanco... replegar destacamentos... caerle encima... ¡y adelante!
La discusión fue agriándose; algunos jefes tomaban partido por Landáburo, otros por Polanco, el cual guardaba su serenidad a pesar de las agresiones de la proclama de Calamar.
—Siempre hallaron pretextos para no pelear los que no tienen sangre en el ojo, dijo Landáburo; pero yo sé el secreto...
—¿Cuál? preguntó Polanco enfrentándosele.
—El miedo, general.
—Está bien. Vamos a pelear... a conocer a los miedosos... ¡A desembarcar todo el mundo... en la explanada! gritó Polanco con voz estentórea ¡Vamos a pelear... pero sin los papelitos!... ¡A la explanada!...
Antes de salir llamó aparte a Landáburo.
—Los dos, general, tenemos una cuenta que arreglar... pero no aquí, en presencia del ejército, porque acabaríamos con él.
—Si usted quiere, general, abracémonos delante de los jefes; yo daré otra proclama que llamaré apretón de manos...
Pero Polanco le volvió la espalda y no oía ya las necedades de Landáburo. Se había lanzado gritando:
—¡A las trincheras!... ¡Sin mirar atrás!...
Hizo dar los toques de corneta, y el ejército, acostumbrado a seguir a ese jefe prestigioso, empezó a desembarcar entusiasmado.
En pocos instantes la explanada estaba repleta; empezaron a resonar los zumbidos roncos de las balas de cañón que desgarraban el aire y en larga trayectoria cruzaban el campo de batalla zumbidos que quedaron pronto ahogados por el trueno de la fusilería. Los soldados avanzaban en columnas cerradas apretándose, remolineando. Los batallones estaban confundidos; marchaban sin orden ni concierto, como un torbellino. Sólo había entre ellos una unidad que los empujaba: la voluntad de llegar a la trinchera, el desprecio de la muerte, una fascinación de victoria, un ímpetu para arrollar lo que estaba delante.
En el campo contrario Borrero, sereno, imperturbable, se paseaba por las baterías. Los cañones funcionaban con regularidad y precisión etosa: se carga, se apunta, se dispara...
En la muralla de carne que está enfrente se abren claros; oscila la masa de asaltantes; relampaguean las bayonetas que llevan en alto; se vuelven a cerrar los claros; siguen avanzando... Nada, como no sea la muerte, los detiene; tropiezan, se enredan en los cuerpos de los muertos y de los heridos... La masa humana como una ola incontenible ha cubierto la explanada; va trepando por la falda. En ese arrebato de exaltación, en ese paroxismo de violencia, la palabra no dice nada, los gestos lo dicen todo, fascinan, electrizan, empujan...
Polanco va adelante, blandiendo furiosamente la espada, y el espectáculo del peligro a que se expone el general, arrastra a los soldados, que trepan la cuesta para triunfar o morir junto a su jefe. De un salto se pone Polanco sobre la trinchera... Los asaltantes gritan |¡victoria! pero en el acto mismo se le ve abrir los brazos, desplomarse.
La muerte del preferido del ejército, en vez de desconcertar, infundió a las tropas un ímpetu, una rabia salvajes.
—¡Vamos a vengar al general! gritan, y más enardecidos, con la bayoneta calada, siguiendo a sus jefes, los batallones avanzan a toda carrera sobre el enemigo... Hubo un choque descomunal... Los soldados de Alejandro disparabán a quemarropa; pero á pesar de los esfuerzos de los jefes, empezaron a retroceder. La bandera roja de la evolución ondeó en los reductos más altos sobre un montón de cadáveres.
Alejandro y Borrero recorrieron sus filas. Con amenazas y súplicas lograron detener a los más asustados. Borrero, lleno de coraje, atravesó con su espada a dos soldados fugitivos. Los veteranos se detienen; vuelven cara y arremeten con furia al enemigo. Pronto recuperan el terreno perdido y coronan la altura. Entonces se trabó en la cima del montículo el duelo cuerpo a cuerpo. Eran dos masas que, unidas, mezclando sus alientos, en un vaivén de luchadores, avanzaban y retrocedían, disputándose unos pocos metros, unas pulgadas de tierra. En ese momento había callado el estrépito de la fusilería, se luchaba en un silencio siniestro; no se oían sino el jadeo de los combatientes, los chasquidos de las bayonetas y machetes y los gritos de dolor o de victoria.
Casanova, que al desembarcar en San Pedro del Sinú había caído en poder de la revolución, se hallaba preso en el |Bellegarde que, con el |Inés, contenían el cuantioso parque. Merced al descuido de sus guardianes, cuya atención se hallaba concentrada en las peripecias del combate, Casanova gozaba de cierta libertad dentro del buque; también observaba la lucha y veía con angustia desalojados de las trincheras a los suyos.
En ese instante determinó ejecutar un plan mucho antes concebido y largamente meditado. El depósito del parque estaba abierto para atender a las necesidades del combate. Tomó Casanova dos galones de petróleo y se deslizó en la bodega; los derramó sobre los cajones allí amontonados; acumuló un poco de paja y le prendió fuego. Cuando empezó a levantarse la llama, seguro del éxito de su intento, se arrojó al río, lo cruzó a nado, ganó la orilla y se colocó detrás de un árbol.
La bodega prendió como un reguero de pólvora; el buque hizo una sola llama. Casanova vio cómo se levantaba de proa el barco, y aturdido por la detonación cayó a tierra. Vibraron los montes y retembló el suelo.
Un instante después se comunicó el incendio al |Inés... estalló, y ambos buques en un océano de llamas, girando lentamente se fueron río abajo.
Los combatientes oyeron la primera explosión, que los paralizó un momento; luégo, la segunda. Los gritos: "¡Se incendiaron los buques! ¡Voló el parque! ¡La retirada está cortada!" recorrieron las filas revolucionarias sembrando por todas partes el asombro, la desesperación, el pánico... La lucha quedó terminada; las fuerzas de Polanco dominadas por indecible eto, cedieron el terreno, echaron a correr.
Landáburo, al ver el desastre, resolvió salvar los buques que le quedaban. Ordenó soltar las amarras y, con la flotilla, se retiró hacia Calamar.
La persecución se desencadenó al punto sobre los vencidos con un ímpetu, con una rabia, con un frenesí proporcionados a lo reñido del combate. El rencor del rechazo, que al principio sufrieron, impulsa a la venganza las tropas de Alejandro. Las domina la borrachera del triunfo, una efervescencia de coraje, el vértigo de la matanza. En sus corazones despierta la fiera. Lanzan gritos feroces, aullidos, injurias. Sienten un goce infernal, irresistible, en la destrucción, en las convulsiones de agonía, en el chasquido de las bayonetas, en la palpitación de los miembros dispersos, en las mutilaciones horribles.
Alejandro, para quien también el rechazo de sus batallones había sido un instante de dolor indecible, de vergüenza atroz, como una ofensa sangrienta, se sintió envuelto también en una nube de sangre; en su pecho rugió la tempestad, y se lanzó frenético. Pero se le representó un rostro demacrado, dos ojos azules de fascinación indecible. Entonces se inundó su alma de un sentimiento de conmiseración; rechazó toda idea de venganza.
Se arroja entre los combatientes con peligro de la vida; contiene a sus soldados; se interpone; hace pesar su autoridad; salva a los vencidos; refrena, castiga a los vencedores implacables.
Alejandro y el general Borrero organizan la ambulancia. El campo se ve cruzado de camillas que recogen con cuidado a los heridos, los conducen a los hospitales. Prefiriendo a los enemigos, Alejandro los busca y toma a muchos de ellos en sus brazos, les prodiga palabras cariñosas, los trata como a iguales, como a iguales, como a hermanos. Entonces... siente que sonríe la aparición blanca...
Cayeron las sombras sobre los dos ejércitos, hambrientos, destrozados por la lucha feroz. En el silencio de la noche se hace más distinto ese lamento desgarrador, ese lamento interminable que se alza del campamento, clamor en que se confunden gritos de dolor, alaridos, gemidos suaves, como llanto de niños...
Y entratanto los buques incendiados siguen descendiendo el río, se detienen en los barrancos, se estrellan contra los peñones, inflaman los follajes, pasean sus llamaradas gigantescas por la soledad tenebrosa y como mensajeros de devastación, con estrépito de cataclismo, van diciendo a las fieras que guarden en sosiego sus dominios: esas selvas hostiles, esas marañas inconmensurables que despertaban a la vida y que se consumen de nuevo en el letargo mortal de la barbarie.
