CAPITULO IV
UN TELEGRAMA EN CLAVE

Seguían reventando los cohetes, a que respondían otros en diversos puntos de la ciudad; era la señal convenida, la campanada siniestra que se ex tendía de barrio en barrio convocando al pueblo a motín, a asonada y a mítin. Los últimos resplandores de la tarde alumbran la plaza, la multitud hostil que se arremolina, que se remece, que zumba como una caldera hirviente.

Al presentarse Ronderos y Torralba en el atrio del capitolio, rompe una tempestad de silbidos, de gritos amenazantes.

—¡Mueran los ladrones!

—¡Abajo Ronderos!

Y ese nombre de |Ronderos que los agitadores han enseñado a odiar al populacho, con poder mágico, prodigioso, levanta llamaradas de ira, de rabia inexplicable, de furores salvajes.

Socarraz se adelanta, se acerca, alza la mano sobre el objeto de tantas iras. |Chispas ataja el paso al agresor, le sienta un puñetazo magistral que lo tiende en el empedrado largo a largo.

Vociferaciones, denuestos, amenazas.

Remolinos de gente, remezones que como olas embravecidas van a envolver a las víctimas. Los compañeros de Socarraz, frenéticos, se abalanzan de nuevo... Se detienen de pronto: |Chispas, Alejandro, Roberto, rodean a los ancianos, hacen para ellos un broquel de su cuerpo, se mantienen firmes y resueltos a morir y a matar, los brazos tendidos, el dedo en el gatillo de los revólveres.

La multitud, sobrecogida, dominada un instante, abre paso y ellos avanzan entre puños que se tienden, en medio de caras congestionadas, donde las bocas abiertas desmesuramente, llenas de espuma, vomitan insultos, blasfemias, risotadas sangrientas, que en el paroxismo del furor se vuelven gritos roncos, aullidos.

Y el grupo de valientes sigue avanzando desdeñoso y altivo con el desprecio en los ojos, los brazos tendidos, el dedo en el gatillo de los revólveres.

—Llegan al hotel |Bicontinental y allí Ronderos vuela al teléfono.

—Borrero: se lleva al cuartel a Landáburo y a Socarraz; con el |Granaderos me barre la plaza.

En ella iba cundiendo el populacho; la ola revolucionaria se henchía y se henchía. Enjambres de gentes de ruana y de gentes de levita, de los que estaban iniciados en la conjura, de los cesantes, de los curiosos, de les desocupados, de los perdidos, de los borrachos, desembocaban por las cuatro esquinas, se apretaban, se estrujaban, se remecían, iban de bote en bote, en la fiebre del motín y de la bullanga.

Innumerables, fulgurantes, los cohetes se cruzaban en el aire, llenándolo de estallidos, de detonaciones y de estruendos. Subían como serpientes de fuego, rasgando la lóbrega oscuridad, arrojando sobre la multitud lumbraradas de sangre, y luégo soltaban sobre ella granizadas de chispas que parecía iban a inflamar la yesca de la envidia, la estopa del odio, amontonadas durante meses y meses por |La Revaluación y |La Integridad en el alma de las masas populares.

Negros nubarrones de humo se vislumbraban a los resplandores fugitivos de incendio y la atmósfera se impregnaba del olor de la pólvora, se formaba ese ambiente trágico en medio del cual se cometen los grandes crímenes; olor que envuelve, que enardece, que penetra; flúido envenenado, que se mete en la sangre, que corre acelerado por las venas, que golpea en el corazón, que oscurece el cerebro, que emborracha, que embrutece.

El apostolado de los agitadores tenía una fecundidad pavorosa. Habían revolcado los bajos fondos sociales y con sus venenos y sus inmundicias, brotaban a la superficie las burbujas. Habían enseñado al pueblo que era desgraciado y que gozaría en la abundancia y en el ocio, cuando destruyera, cuando pulverizara a Ronderos, a Bellegarde, a Roberto y Alejandro, que en infame contubernio se habían enriquecido ganando millones y millones a expensas de la miseria pública, devorando el pan de los menesterosos. Con trabajo sordo y tenaz se habían despertado los instintos brutales, las pasiones salvajes que duermen en el alma del pueblo; y el pueblo dócil a la tentación, arrastrado por los agitadores, poseído de rabia inconsciente, delirante, frenético, lanzando vociferaciones y rugidos, retorciéndose en convulsiones epilépticas, olfateaba la sangre, sentía la necesidad de las llamas, el encanto de la rebatiña y del asesinato, la voluptuosidad de la destrucción, el ansia demoledora, el placer de los derrumbamientos estrepitosos.

Landáburo, sobre una mesa arengaba a la multitud con su voz de clarín:

—Estas instituciones tenebrosas que desde hace Veinte años venimos combatiendo con denuedo patriótico, empiezan a ejercer su inicuo influjo en la sociedad, siendo su resultado fatal la inmolación sangrienta de los hijos del pueblo, de los humildes y honrados trabajadores.

Y con un ademán trágico mostraba a Socarraz, a quien mantenía su beodez tendido en tierra.

—En estos momentos se recuerda la historia de sangre, de martirio y de exterminio de la democracia y se experimentan vivas punzadas que la impelen por los caminos de la revaluación.

Por eso yo tengo siempre mi pluma calentada al rojo blanco, por eso lanzo sobre vosotros mi palabra de fuego para repetir que nadie tiene derecho a lo superfluo mientras alguien carezca del pan indispensable para la parvada; que la historia de los nobles es el martirologio de los pobres... El pueblo quiere hoy hacerse justicia. Basta para un linchamiento la opinión pública que es la reina del mundo social, que es la |vox populi acatada desde el profeta Samuel hasta hoy. ¿Por qué?... Porque la opinión pública es la expresión del soberano; y cuando ese soberano piensa y quiere, y manda algo, ese algo, aunque sea la muerte de Sócrates o la sacrílega crucifixión del gran revelador de Judea, hay que cumplirlo.

Hay ministros que son como chacales, que viven devorando el cadáver de esta República agonizante. ¡Sí! Ronderos y sus amigos son buitres que alargan su cuello implume y meten el insaciable pico de acero en el vientre vacío del país y se repletan devorándole las entrañas y el cerebro.

Pero este Gobierno está notificado de desahucio, por la opinión pública y es en vano que, para evitar la caída, nos propongan ligas.

Tomó un instante de resuello y luégo afilando la voz, con un grito más penetrante, más agudo, que retumbó desde Las Galerías a la Catedral, exclamó:

—Compatriotas: ¡las ligas no sirven sino para alzarse las medias!

En esto se empezó a oír el redoble del tambor del |Granaderos, la marcha acompasada y seca del batallón, el retintín de las armas.

Borrero se adelantó a la tribuna de Landáburo.

—Doctor Landáburo, le dijo con voz que no admitía réplica: está usted preso.

Y el otro, gozoso de verse objeto de una medida que haría sonar su nombre en toda la República y le daría nuevos títulos a la dirección única del partido, atrayéndole las simpatías del martirio, siguió con la frente alta entre el piquete que lo conducía al cuartel.

—¡A palacio! ¡A palacio! gritaron algunas voces, y la multitud obediente se dirigió a palacio.

González Mogollón, que zumbaba de grupo en grupo aconsejando la moderación y la calma, logró hacer resonar su vozarrón por sobre los vivas y los mueras.

—Voy a hablar con el presidente; un momento; espérenme todos; yo arreglo esto.

Se acalló el estruendo. Hubo una expectativa al cabo de la cual se abrió un balcón de palacio y resonó de nuevo sobre la multitud el run-run de abejorro:

—¡Amigos! El presidente de la República conferencia en este instante con el señor presidente del Senado; todo se arregla.

—¡Viva el presidente!... ¡Viva Sánchez Méndez!... ¡Muera Ronderos! gritó la multitud.

Después de la calma la muchedumbre volvió a enardecerse, el mismo sonido de sus gritos parecía embriagarla, empujarla a la destrucción, a los excesos. Un grupo de manifestantes se acercó en actitud hostil a la puerta de palacio; entonces Borrero, a la cabeza de la guardia, mandó calar bayoneta y dio una arremetida para despejar el punto amenazado. Hubo algunos heridos, se oyeron gritos desgarradores, rugidos de furor, los empedrados de la calle se enrojecieron. De nuevo apareció la calva de González Mogollón en uno de los balcones.
—¡Amigos! ¡Compañeros! Me salgo con todo: el señor doctor Alcón acaba de ser nombrado ministro de finanzas encargado del despacho de guerra.

Sánchez Méndez, Alcón, Karlonoff, se presentaron en los balcones, fueron aclamados, vitoreados, y la multitud se disperó y se encaminó a los barrios lejanos para sostener su patriotismo con numerosas libaciones. Sánchez Méndez se dirigió a las habitaciones del presidente de la República.

—Como había manifestado a Su Excelencia, le dijo, Ronderos es el único inconveniente para la paz: su salida del Ministerio traerá la calma más absoluta. Este funesto mandatario, para eternizarse, para hacerse indispensable, ha mantenido a Su Excelencia y al país en constantes alarmas; pero no hay temor ninguno, no hay motivo de alarma. Con 200 soldados —concluyó, lanzando por entre los vidrios de sus anteojos una mirada sonriente— con 200 soldados de plomo tiene de sobra el Gobierno para mantener el orden público.

Y así cayó del Gobierno y pasó a la vida privada el general Pedro Alcántara Ronderos.

Al día siguiente, dejando tiempo para comunicar a Ronderos el nombramiento (no aceptado por él) de ministro en Estocolmo y Viena, Alcón tomó posesión del Ministerio de donde había salido arrojado ignominosamente por su negra traición. ¡Al fin! Ya estaba ahí, en ese salón, en ese recinto donde todavía parecía resonar el acento varonil de Ronderos. Ya no sería él, Alcón, quien tendría que esperar humildemente en el canapé amarillo aguardando a que el ministro levantara la cabeza y extendiese la mano para recibir el legajo de notas. Ya podría él, el modesto Alcón, sentarse en esa ancha silla de Utrecht, ante la mesa, entre el timbre que hacía acudir a los empleados jadeantes y esa pluma de la cual dependía la fortuna de tántos acaudalados. ¡Por fin había llegado! Se arrellanó en el sillón, suspiró como después de haber escalado una cumbre, se levantó de nuevo y con paso firme, de vencedor, empezó a cruzar el despacho en todas direcciones para que el rumor de su pisada se oyera en todos los ámbitos de la República. Quiso tener alguna prueba material de su encumbramiento; ejercer inmediatamente un acto de autoridad; tocó el timbre y apareció don Cosme Oramas.

—Diga usted, ordenó en tono desconocido para don Cosme, que no recibo... ¡jum!.... a nadie.

Y en un movimiento noble, lento, señaló a don Cosme la puerta.

Sí, era ministro: lo acababa de leer en esos ojos tímidos, en la curva que hizo al retirarse la espina dorsal de don Cosme Oramas. Sí, era ministro, y en adelante, banqueros, hacendados, las gentes de la |corte todo el gremio de los particulares tendrían que esperar en los pasillos; muy felices si les permitía pasar, si los hacía sentar ahí, en el canapé amarillo del rincón; muy honrados si con leve venia, sin dejar de escribir, los invitaba a colocarse a su lado; no muy cerca, en ese sillón negro de Cuero que había ocupado hacía casi un año, nada meno que un conde. Y con la unción ministerial, en el inflamiento de su nueva posición, contemplaba ya la fisonomía sonriente y obsequiosa de los solicitantes, mientras él con a mirada vaga, como perdida en el abismo de sus pensamientos, escuchaba las frases tímidas, balbucientes:

—Señor ministro: excúseme usted... señor doctor, permítame su señoría que... señor don Melchor, ruego a usted que... señor ministro me tomo la libertad de...

Y él, con la pluma en alto, sin volver la cabeza, la mirada distante, contestaría con una sonrisa afablemente desdeñosa.

—Está bien... No festinemos los acontecimientos... Consultaremos... Imposible... No es de mi resorte... Vuélvase otro día... Siento mucho... ¡Ah! y ese contrato de la canalización contra el cual se había estrellado la víspera en el Senado, ahora por una sabia combinación de resoluciones ministeriales podría estorbar su cumplimiento hostilizando a los concesionarios, envolviéndolos en una red de araña. Y al echar por tierra ese contrato, cómo aumentaría su fama de hombre de carácter, de íntegro, de inflexible. ¡Ah! qué dicha suprema, arrancarles la fianza del millón de francos; hacer quebrar a Roberto, arruinarlo, humillarlo, ese mancebo obstruccionista que lo atajaba en todas partes en el camino del triunfo: obstruccionista en el Senado; obstruccionista en sus amores con la hija de Montellano... No; Montellano la hará casar conmigo, lo tendré aquí, tembloroso, a mis plantas, pendiente de un rasgo de mi pluma.

Agitado, fatigado por ese cúmulo de pensamientos, hostigado por el aguijón de sus ambiciones se dirigió a la ventana, paseó la vista por el horizonte amplísimo, dejó caer una mirada compasiva hacia la plaza, y a sus pies, allá, muy abajo, vio a los hombres pequeños como hormigas, agitándose sobre el empedrado en afanes miserables. Sintió su vocación irrevocable para el mando, para el pastoreo de hombres, anheló vagamente algo más, pensó que muchos jefes de Estado habían partido de más abajo. Vino a su memoria la fila de retratos en la antesala del Senado, las pecheras cruzadas por la banda tricolor. Se miró el chaleco. ¡Qué bien cruzaría su pecho la banda de seda estrellada! Y perdido en el ensueño, bogando en alta mar de la ambición, se vio instalado en el palacio de San Carlos bajo el solio de seda amarilla, con una sonrisa maliciosa de retrato antiguo, recibiendo a los enviados de los soberanos extranjeros que. saludaban a su grande y buen amigo... "Excelentísimo señor: permitid que en nombre de Su Majestad sapientísima salude al Gobierno y pueblo de esta Nación y en especial a su digno presidente el excelentísimo señor don Melchor Alcón, conocido allende los mares..." El presidente Alcón... La administración Alcón... ¡Qué bien sonaba eso!

Retembló el piso, se sintió forcejear en el botón de la puerta; resonaron por de fuera golpes formidables, imperativos. Alcón se estremeció como cogido infraganti, se lanzó a la puerta, abrió con aspecto feroz, y entonces se presentó llenando todo el hueco Sánchez Méndez.

—Hola, mi camarada, exclamó entrando en el despacho como Pedro por su casa: he forzado todas las consignas. Vengo a darle un abrazo de felicitación.

Alcón permaneció quieto, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo. Era preciso que cada cual ocupara su sitio respectivo. Puso en práctica lo que había pensado: se arrellanó en el sillón ministerial; puso una mirada de retrato antiguo y con un leve movimiento indicó a Sánchez Méndez un puesto allí, no muy cerca, en el sillón de cuero de Rusia.

—Vea usted, Alcón, dijo Sánchez haciendo crujir el asiento al sentarse. Vea usted, doctor Alcón, continuó con cierto aire de embarazo y despecho. Yo me creo en el deber de recordarle nuestros principios, la bandera de los |íntegros, el credo de nuestro círculo, porque ha llegado el momento de poner en práctica las concesiones, los compromisos, y...

Pero se detuvo: Alcón, con la mirada perdida, parecía no escuchar, y al cabo, con sonrisa afablemente desdeñosa, replicó:

—Consultaremos... No es de mi resorte... Siento mucho...

El otro, desconcertado por un instante, insistió:

—Es necesario, Melchor... Señor ministro, es indispensable hacer cambios radicales en las finanzas, según lo hemos prometido al país en |La Integridad, Su Señoría y yo; y para esto nada más natural que hacer nuevos nombramientos, colocar a nuestros amigos... los que se han sacrificado.

Alcón, con su mirada siempre vaga, perdida en el abismo de sus pensamientos, replicó:

—Después... No festinemos los acontecmientos...

Sánchez Méndez, colérico ya, viendo que su discípulo se emancipa, intenta el último esfuerzo, se abre la levita, saca unos papeles, todo un inmenso plan de finanzas, y empieza a leer : "Punto 1° (a). Conversión de la Deuda"...

Pero Alcón lo detuvo, extendió una mano rígida hacia el manuscrito, y con los ojos dijo:

—"Páseme usted eso"...

Tomó el proyecto, lo recorrió de paso en silencio, lo dobló, marcando los pliegues como para no desdoblarlo jamás, y lo prensó con un pisapapel de cristal verde.

—Está bien... lo pasaré al jefe de sección... Se estudiará a su tiempo... No festinemos los acontecimientos...

Sánchez Méndez respiró con fuerza, se abrochó la levita solemnemente, se levantó indignado, pero se reprimió en seguida y tendió la mano:

—Querido Alcón... señor ministro, me despido... tengo alguna experiencia, yo he desempeñado este puesto... No olvide que tiene en mí un consejero... más bien un amigo.

Alcón en tanto lo iba conduciendo hacia la puerta, hasta que la figura jayanesca de Sánchez Méndez, haciendo crujir de nuevo el piso, desapareció en el salón contiguo.

Alcón llamó; se presentó don Cosme.

—Repito a usted que no hay audiencia, dijo Alcón con acento ministerial. Don Cosme transmitió la orden; y pasando de salón en salón, de pupitre en pupitre, como un eco iba repitiendo:

—¡No hay audiencia! ¡No hay audiencia!

Y en los salones ya vacíos, los empleados se entregaron a sus ocupaciones favoritas.

Don Cosme echó con alarma una mirada al reloj del muro, arrojó la pluma, se frotó las manos y dijo:

—Permítanme...  las dos y media, la hora de mi leche.

—Fue a un estante y volvió; colocó majestuosamente la taza en el escritorio, sobre el papel secante, se abrió los bigotes, extendió con delicia las puntas de la servilleta y sumergió en la leche el bizcochuelo esponjoso. En las mesas vecinas había un empleado que leía |La Revaluación y otro que se arreglaba perezosamente las uñas con un cortaplumas.

Penetró Montellano en las antesalas, y a pesar de la rigurosa consigna, don Cosme, obsequioso y humilde, dejando la leche y los bizcochuelos, acompañó al millonario al despacho, temeroso de que el estricto cumplimiento de la orden le atrajera una reprimenda severa del nuevo ministro. El era ya zorro viejo y sabía hasta qué punto eran |inquebrantables esas órdenes.

Al sentir las pisadas de Montellano y el estruendo de su voz Alcón ocupó en el acto el sillón de Utrecht y asumió toda la gravedad de su carácter; pero Montellano cruzó con precipitación el salón, le tomó a Alcón las manos frías y pegajosas, y sacudiéndoselas fuertemente, dijo:

¡Ahora sí hay ministro de finanzas! Alcón con un leve movimiento de cabeza le mostró el sillón de cuero.

Iba Montellano a indicar el objeto principal de su visita; pero se presentó Karlonoff y puso sobre la mesa un rollo de papel.

—Aquí tiene el plan completo de ataque.

Alcón no comprendió de pronto, recogió sus ojuelos miopes.

—El plan de ataque... para ...

Se contuvo Karlonoff ; no sabía si podría hablar delante de Montellano con libertad.

—¡Ah! sí, lo de la canalización, prorrumpió Alcón.

—¡Exactamente! He estudiado el punto según mi método especial, al cual no hay nada que se resista: con esa serie de resoluciones les tumbamos el contrato, los acorralamos, los desesperamos... los obligamos a vomitar la fianza. La derrota de ayer es un gran triunfo; perdimos el asunto en el legislativo y lo ganamos en el ejecutivo. ¡Ah, nada! No hay como el ejecutivo.

—Bien, interrumpió Alcón, pásele eso al jefe de sección; ya usted sabe, para que lo vayan sacando en limpio, y empezaremos... cuando termine el congreso. El presidente me ha prometido que no habrá prórroga.

—Eso no conviene de ninguna manera; permítame que le habla con franqueza, exclamó Montellano en cuanto Karlonoff hubo desaparecido.

Alcón frunció el ceño, contrajo los ojos, plegó los labios severamente, pero Montellano continuó con su voz dominante:

—Todo lo contrario, todo lo contrario es lo que hay que hacer: prestar protección a la empresa de canalización, dar publicidad a lo que se ha hecho y a lo que se va a hacer; demostrar que cuando entren buques de alto bordo por Bocas de Ceniza, lo que sucederá muy pronto, dicen que el primero de enero, el ferrocarril de Sabanilla quedará inútil, sobrante, sin valor, y entonces lo compraré yo... como le había dicho antes... según habíamos convenido...

—Pero yo no puedo hacer esa operación sin llenar todas las formalidades del caso, sin que se cumpla el Código Fiscal hasta su última letra, dijo Alcón, con aire imponente y digno.

—¡Por supuesto, por supuesto! Saca el ferrocarril a licitación, con pliego de cargos y cuando usted quiera; que hagan todo el alboroto, todos los requisitos que usted disponga... yo le aseguro que ofreceré más que nadie... no me lo dejo quitar, pagaré eso sí con plazos, con buenos plazos...

—Está bien, señor Montellano... voy a estudiar el punto... y salvo disposición en contrario, mañana mismo fijo el término para la venta de ese inmueble en licitación pública, por lo menos con noventa días de anticipación.

—Pero que sea antes del 1° de enero, porque para entónces estaré en Ubaque; allá lo esperamos... Aura y Dolores me han encargado...

Se calló, porque reconoció en el pasillo el acento de Landáburo, que pedía con voz de parada una audiencia.

Antes de que éste entrara, se escabulló Montellano, y el héroe prorrumpió:

—Vengo, amigo, a darle una vez más las gracias por mi libertad, aspirando a pulmón lleno ese olor ministerial de que estaba alejado hacía muchos años. Vengo, señor doctor, a darle las gracias por mi libertad; pero para que sea completa su obra, quiero pedirle otra cosa... un poco más.

—¿Un poco más? ¿Cuál? preguntó Alcón receloso. Ya se sentía gobierno y empezaba a desconfiar del revolucionario con quien se abrazaba en el |foyer del teatro. Era preciso detenerse a tiempo, olvidar las antiguas promesas, aunque la revaluación lo declarara convertido a la política de la "puerta murada".

—Sí, doctor y amigo, quiero que me haga usted expedir por el Ministerio de Guerra un pasaporte para irme de la capital.

—¿Un pasaporte? ¿En plena paz?...

Landáburo, que comprendió que había ido demasiado. lejos, agregó en el acto:

—Pienso ausentarme del país... después de recorrerlo, y nunca está por demás; por otra parte, aun cuando usted garantiza nuestros derechos, los esbirros que en todas partes tiene el inquisidor Ronderos, podrían embarazarme mi marcha. Necesito viajar, poner en juego todas mis facultades; me asfixio. Un hómbre como yo necesita el aire libre de las pampas americanas.

Alcón respiró: esto en nada lo comprometía; además, era un descanso el salir de Landáburo, tenerlo lejos. Pero recordó sus propósitos, tomó la actitud estudiada, se puso grave, miró a lo lejos, murmuró las frases sibilinas:

—Veremos... consultaremos...

—Doctor, señor ministro, interrumpió el otro con insistencia, con afán, no puede usted negarme el sagrado derecho de locomoción. Y acercándose con familiaridad a Alcón, que retrocedió un poco: a usted mismo le conviene mi viaje, haré propaganda en favor suyo... Rompa usted con la política de la "puerta murada" y tendrá el apoyo de los míos. Recuerde usted lo que hemos hablado otras veces... Revaluaremos ideales.

—Pero general, ¿no clamaba usted anoche contra las ligas?
—¡Ah! doctor, señor ministro, dijo Landáburo soltando la risa, es mi genio maleante: el aticismo que me juega a veces malas partidas. Hay ligas y ligas. Haremos un franco llamamiento al país en una convención que reconozca todos los derechos; en fin, usted es demasiado inteligente; usted puede llegar a ser todo, con todos y para todos... Usted no es de los que nos han negado durante dos lustros el agua, el pan, la sal y el título de hermanos.

Luégo, en un tono de voz más firme, en una declaración casi amenazante:

—¿Escucho usted anoche los clamores del pueblo?... El viento trae siniestros rumores, como de lamentos lúgubres, o gritos apagados de gentes a quienes se estrangula en las encrucijadas de la existencia... Redímanos usted, hágase nuestro hombre y será el jefe nato de una evolución; abra usted el camino, por entre la montaña de odios que separa los dos campamentos, como tantas veces lo ha dicho Sánchez Méndez, y ese movimiento lo llevará a usted a las alturas del palacio de...

—Basta, general... ¡jem! Yo no aspiro a nada, interrumpió con voz temblorosa el ministro, temiendo las terribles indiscreciones de Landáburo. Pero luégo volvió a mirarse el chaleco y quiso recoger la palabra, dejar una buena impresión en el cabecilla, y continuó acentuando su sonrisa falsa, mientras el baño de púrpura pasaba y repasaba por la calva. Mi anhelo sería reparar las injusticias, abrir ese camino de que Sánchez y yo hemos hablado tánto en |La Integridad; luégo, para no ir demasiado lejos, para no comprometerse, echó atrás el cuerpo, llevó la mano a la pared y apretó un botón eléctrico. Voy a darle a usted su pasaporte.

Y al ver al empleado:

—Lleve usted esta tarjeta al ministro de guerra. Adiós, general. Todavía nos veremos... . y hablaremos... espero.

—Y esto más, agregó haciendo un gesto a Landáburo para que se detuviera.

Se sentó, escribió de prisa:

—Es la orden para cambiar el jefe del |Granaderos y examinar la conducta de Borrero en los últimos acontecimientos... en la prisión de usted, general.

Gacharnah, que había estado en una cacería, ausente de la capital, se cruzó en la escalera con Landáburo, que hacía resonar los peldaños con su contento. El lechuguino miró al general con sorpresa en aquel punto y apretó el paso hacia el Ministerio de Finanzas. Allí interrogó al empleado, que estaba absorto en la lectura de |La Revaluación, en que Landáburo describía su encierro en el cuartel del |Granaderos.

—¿El señor ministro recibe? preguntó Gacharnah.

Pero el otro continuaba su lectura sin contestarle:

"...De mi mazmorra oscura veía yo por la ventana del lado norte la esquina de la calle que para mayor irrisión se llama calle de Ayacucho; desde la otra ventana, en el costado oriental, dilaté la vista y leí sobre la puerta de una botillería: |Al puente de Boyacá, donde tiene, ¡oh ironía de la libertad! un modesto plantel una hija de la cocinera del general Santander."

—¿Estará muy ocupado el señor general?

El empleado, sonriendo con malicia, continuó su lectura:

"...Me acosté a las diez menos cuarto, según nota que apunté en mi cartera; mientras me quitaba el chaleco me acordé de que era sábado y dirigí mentalmente a Ronderos esta maldición: Jesuíta y Padre Ronderos, mientras yo me veo obligado a acostarme a las diez y aun antes, vos estáis con vuestros amigos y con alguna vieja beata en vuestros aquelarres del sábado, saboreando alguna jícara de chocolate, seguido del indispensable ariquipe que os mandan las monjas... Al fin tomé la cama, una cama francesa de un metro ochenta centímetros de largo por 95 de ancho. Me levanté temprano, me dirigí al espejo y contemplé mi figura, la figura de un patriota, demacrada y lívida por una noche de prisión"

—¿Acabó usted? insinuó Gacharnah en voz melosa, con un tinte de ironía.

El otro continuó:

"Por la ventana que daba al sur vi una compañía del |Granaderos fogueándose y apuntándole a una figura pintada en una tabla. Lástima, exclamé, que ese monicongo no sea el mismo Ronderos en persona y que una de esas balas católicas no le corte el hilo de su vital estambre."

—¿Ahora sí podrá usted decirme, insistió Gacharnah, si me recibirá el general Ronderos? El lector, con un gesto despectivo, le respondió:

—Aquí no hay ningún general, ningún Ronderos... Nada tenemos que ver con ese hombre.

—¿Entonces, quién... cuál es el ministro?

—El señor doctor Alcón, contestó el empleado en tono revencial, inclinando la cabeza. Gacharnah se quedó lelo, el tinte de sus mofletes pasó de la rosa al lirio, del lirio a la amapola, después, dando un golpe con los guantes color de carne cruda sobre la mesa, giró con gracia sobre los talones, se precipitó por la escalera, atravesó la plaza y las calles mostrando su panza triunfante, su figura donde rebosaba el contento, revolviendo en su imaginación planes en que desfilaban millones y millones, y se cruzaban paños azules y rojos, llegó a la oficina telegráfica, y haciendo chirriar los picos de la pluma escribió:

"Gacharnah Brothers.— Birmingham.— Gigantón. Barbado. Judaizante. — |Gacharnah".

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