VENTAJAS DE LA GUERRA
"Decreto número 1° de 1° de enero...
Por el cual se declara turbado el orden público en toda la República.
El presidente de la República, en uso de las atribuciones que le confiere el artículo 121 de la Constitución, oído el dictamen del Consejo de Estado, y
CONSIDERANDO:
1° Que muchos revolucionarios avecindados en el territorio de Venezuela y notablemente adversos a las instituciones y Gobierno de Colombia, entre ellos el titulado general Tubalcaín Cardoso, se han aproximado con fuerzas revolucionarias a la frontera de esta República;
2° Que al mismo tiempo el Gobierno está recibiendo noticias de diversos puntos de la República en que se le da cuenta de que ha estallado una revolución general;
3° Que órganos importantes de la prensa de esta capital, y muy particularmente |La integridad, |La Revaluación y |El Escorpión, vienen hace mucho tiempo concitando los pueblos a la rebelión;
4° Que el Gobierno de la República no puede permanecer indiferente ante el peligro exterior y el de una guerra civil injustificable y en todo caso fecunda en ruinas y desolación para el país, por lo cual es deber suyo, según la Constitución y las leyes, defenderse y defender el orden público, ya que no han bastado para ello la conducta conciliadora del Gobierno ni el propósito de reducir el pie de fuerza, el respeto por todos los derechos y el empeño en dar a la prensa de oposición la más amplia libertad en sus censuras a la actual Administración,
DECRETA:
Artículo único. Declárase turbado el orden público en toda la República, cuyo territorio queda en estado de sitio.
Parágrafo. Los Gobernadores de los Departamentos quedan investidos de las atribuciones de jefes civiles y militares.
Comuníquese y publíquese.
Dado en Bogotá...
F. de P. Sanmartín
El Ministro de Gobierno, |Esteban Torralba.—El Ministro de Relaciones Exteriores, |Nabuc Benavides.—El Ministro de Finanzas, encargado del Despacho de Guerra, Melchor Alcón.—El Ministro de Instrucción Pública, |Max Ovalle."
Grupos de gentes consternadas se apiñaban en las esquinas de las
calles a leer el decreto. En seguida, con la rapidez acostumbrada
en tales casos, se fijó al lado otro cartel:
"Decreto número 2° de 1° de enero...
Por el cual se determinan las funciones de los Jefes civiles y militares.
El presidente de la República,
Vistos los artículos 61 y 121 de la Constitución:
DECRETA:
Artículo 1° Los gobernadores, en su carácter de jefes civiles y militares, quedan investidos de las siguientes facultades:
1° Organizar las fuerzas militares que sean necesarias para el restablecimiento del orden.
2° Decretar las expropiaciones y empréstitos forzosos que las circunstancias demanden."
En el Ministerio de Guerra las gentes invaden los pasillos, los salones, van y vienen en grupos turbulentos, claman, se tropiezan, con el desorden, con el afán con que se acude a apagar un incendio. Caras nuevas en que se leen la angustia, la curiosidad, la alegría, el disimulo, la importancia; uniformes recién estrenados, rojos, azules, verdes; voces de mando, interjecciones, gritos de impaciencia; y en tanto, sin interrumpir su labor, los escribientes están encorvados rasgueando de prisa, copiando órdenes, notas, telegramas, sordos al clamoreo que hay en todas las mesas.
La puerta que comunica con el salón del subsecretario a todo instante se golpea con el vaivén de los jefes de sección, de mil empleados, de militares que llevan para la firma oficios, pasaportes, órdenes de pago, pases de ferrocarril, boletas para circular de noche... y el subsecretario, tras rápida ojeada, sin leer, va firmando con dolor en la espalda y en el brazo, aturdido, mareado por el tumulto incesante, por el estruendo ensordecedor, por el rumor de colmena que llega de las piezas vecinas, y por el traqueteo del aparato telegráfico instalado allí y que, con su tic-tac afanoso, angustiado, parece marcar las pulsaciones locas de un país atacado de fiebre.
Entró un sacerdote correcto, alto, rubio, los ojos azules, porte marcial atemperado por la humildad.
—Soy el padre Aragón, dice, inclinándose cortésmente ante el subsecretario, soy el capellán del |Granaderos que sale esta tarde. Vengo a recibir mi despacho.
Tomó el pliego y en la puerta se encontró con Karlonoff (coronel de puentes y calzadas, consultor técnico del Ministerio, primer subsecretario, etc.) que traía una resolución por la cual se ordenaba que cada soldado llevara en su morral "el libro de oro del soldado colombiano", pesado infolio escrito por el mismo Karlonoff, con el "uso de las tres armas"...
Entró en aquel instante Sánchez de Peñanegra a ofrecer mi invento suyo, que con injusticia notoria no había recibido el apoyo de las Cámaras: "El coñón sin retroceso", y a pocos instantes se alzó allí aumentando el tumulto, el desorden y la algazara, una interminable discusión llena de tecnicismos, entre los dos sabios:
—Conviene recordar que la distancia del |ánima a la |boca es casi la misma que la del |oído al |anillo del braguero.}
—No lo niego, interrumpió Sánchez de Peñanegra, después de un violento acceso de tos y levantando la mano para que Karlonoff lo dejara concluír; pero si consideramos que el espacio del cierre se comunica con la |camisa, los |muñones del |montaje quedan expuestos al frote del |manguito y entonces el ojo del |braguero...
Lo interrumpió otro terrible acceso de tos y amoratado, babeando, llorando, continuaba la discusión, y llevados él y el consultor técnico por las oleadas de gente, iban continuando de oficina en oficina, de salón en salón, sus exposiciones técnicas.
—Voy a pedir en este instante los cañones, concluyó el coronel de puentes y calzadas, encerrándose en su oficina y sin dejar penetrar en ella a Peñanegra. La última invención, la última patente que trae la |Revista Militar de Tokio: el cañón 100, largo Yamagata.
Tras de una puerta custodiada por dos centinelas y cerrada a doble llave despacha el ministro Alcón, aturdido por la trasnochada, descoyuntado por el viaje, por el terror, y atropellado por los acontecimientos que acaso han ido más allá de lo que él había previsto.
Gacharnah, fresco, rozagante, con aire satisfecho, la panza triunfante, puesto en el ojal el crisantemo, está al frente, sentado con elegancia en un canapé Luis XVI de tallas doradas.
—Mi querido doctor Alcón: las telas están listas, según nuestro convenio, suficientes para 20.000 vestuarios, marca Edwards... no las hay mejores en toda la plaza.
Sonó en la puerta del pasillo un golpe.
—Soy yo, el consultor técnico.
Pasaron el cerrojo, torcieron la llave.
—Es indispensable pedir en el acto, dijo al entrar, después de haber cerrado la puerta, pedir en el acto por cable estos 10.000 fusiles con sus dotaciones, cinco millones de cápsulas y con especialidad estos cañones para el |Granaderos; son la última palabra de la ciencia moderna y de la artillería: |cañones 100, largo Yamagata.
—Yo me encargo de eso, el pedido estará aquí antes de sesenta días, exclamó Gacharnah reventando de gozo... ¡Eso es cosa convenida!
—Sí, amigo, es cosa convenida; pero para todas estas compras es preciso que los otros ministros me devuelvan firmado un decreto que acabo de redactar.
Un toque tímido en la puerta. Alcón acudió a ella y sin abrir tomó un papel que le pasaron por la hendija.
—¡Ah! ya está aquí, ahora sí, amigo, lo que usted guste.
Gacharnah leyó:
"Decreto número 3° de 1° de enero...
sobre las formalidades que deben llenarse en los contratos de provisión de materiales para el ejército.
El presidente de la República,
CONSIDERANDO:
Que la urgencia con que deben adquirirse los elementos de guerra y los de equipo y movilización del ejército es extremada y que es materia ardua y de todo punto difícil la reunión del Consejo de Ministros, siempre y cuando fuere necesario para la aprobación previa de los contratos,
DECRETA
Los contratos cuya cuantía pase de mil pesos, celebrados por el Ministerio de Guerra, quedan exceptuados de la citada formalidad y sólo requerirán para su validez de la aprobación del supradicho Ministerio..."
—¡Muy bien, muy bien! exclamó Gacharnah entre carcajadas de contento; entonces dé orden Su Señoría de que dispongan de las telas...
—Precisamente para eso voy a organizar, observó Alcón , la Maestranza, a órdenes de González Mogollón, que anda aprisa en todo... En cuanto al armamento y los cañones Yamagata hay que extender el contrato.
—Podía pedirse de una vez el buque de que antes he hablado a Su Señoría... será el |Crucero Alcón..
Alcón frunció el ceño, plegó el labio ministerialmente:
—Veremos... se estudiará... no festinemos los acontecimientos.
Y cuando Gacharnah iba a insistir, sonaron nuevos golpes en la puerta.
—¡El doctor Agüeros! anunciaban por el lado afuera de la puerta.
Entró el doctor y salió Gacharnah a poner su cable para el armamento.
—Aunque soy adversario, dijo sonriendo el doctor, aquí vengo con un proyecto filantrópico, amigo doctor Alcón. Yo sé que los sectarios Ronderos y Compañía se opondrán a esto; desconfiarán de mí, pero usted es otra cosa. A usted en una convención yo mismo votaría... en fin, amigo, en esta guerrita que han puesto mis copartidarios en uso de sus derechos, según creo, va a correr mucha sangre... en fin, entra la República en nuevo período supremo, en nuevo estado morboso... la crisis, dijo sonriendo, que puede resolverse en el restablecimiento total del enfermo... Entretanto, en mi posición de médico, ante cuyos ojos no hay amigos ni enemigos, sino padecimientos, yo vengo a cumplir con mi deber.
Y se calló un momento esperando el efecto de sus palabras.
—Para no perder tiempo, aquí traigo el proyecto de organización de ambulancias. Doña Aura de Cardoso, tan patriota, está encargada de suministrar mil kilos de hilas y dos kilómetros de vendajes. Yo, de mi botica, le vendo al Gobierno casi al precio de factura, 100.000 pacas de algodón hidrófilo.
Alcón recibió el papel y leyó:
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
"Artículo 4° El médico en jefe de la Ambulancia Modelo gozará de una dotación igual a la de general de división.
Artículo 5° El personal de la Ambulancia procederá autonómicamente..."
—¡Muy bien!... Coronel Sandoval y Sabogal, hágase extender el decreto y el despacho de nombramiento para el doctor Agüeros.
Dominando el tumulto de afuera resonaba la voz de González Mogollón:
—Verá Su Señoría, exclamó después de cerrar la puerta, qué bien organizo yo esa maestranza. Aquí traigo el proyecto de decreto, es el mismo de la revolución pasada.
El decreto concluía:
"El señor don R. González Mogollón, jefe de la maestranza, quedará asimilado a general de brigada para los efectos fiscales."
El portero anunció al edecán del presidente. Alcón y Karlonoff quedaron solos, se volvió a cerrar la puerta.
—Traigo, dijo el edecán, este decreto sobre reorganización del ejército, y entregó, junto con un pliego que llevaba la firma del presidente, una esquela en que Su Excelencia rogaba al doctor Alcón que suscribiera el decreto inmediatamente por ser de grande urgencia.
Alcón lo recorrió a la ligera con la mirada, firmó y volvió a leer:
"Decreto número 4°, de 1° de enero, por el cual se organiza un cuerpo de ejército.
El presidente de la República, decreta:
Artículo 1° Organízase un cuerpo de ejército en operaciones sobre los rebeldes en el centro de la República y sobre la Costa Atlántica.
Artículo 2° Llámase al servicio activo al general en jefe Pedro Alcántara Ronderos y nómbrasele jefe de operaciones y comandante en jefe de las fuerzas que constituirán dicho ejército.
Artículo 3° Confiérese al general graduado Alejandro Borja la efectividad de este empleo; llámasele al servicio activo, nombrándole jefe de Estado Mayor del expresado ejército.
Artículo 4° Nómbrase primer ayudante general de la comandancia en jefe al coronel Roberto Avila, a quien se confiere este empleo.
Artículo 5° Nómbrase capellán del ejército al presbítero doctor Sebastián Miranda.
Artículo 6° Confiérese el título de general de migada al coronel Rafael Borrero, y nómbrasele jefe del batallón |Granaderos.
Artículo 7° Los escuadrones de caballería, |Lanceros de Vanguardia y |Funza, que formarán la columna Ronderos, serán comandados por el coronel Milán Gil, y el batallón |Primero de Bogotá, por el coronel Casanova."
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
—Está bien, dijo Alcón, entregándole el decreto firmado, en actitud resignada; llévelo con mi firma, aunque tiene por ahí un gerundio galicado.
Se oyó en la plaza música militar, notas guerreras que hicieron temblar los cristales. Alcón y Karlonoff corrieron a la ventana, vieron que principiaba a desfilar hacia la estación del ferrocarril el batallón |Granaderos, con el general Rafael Borrero a la cabeza.
En la plaza llena de gente se alzó un clamoreo de la multitud, unido a los acordes de la banda militar y al alboroto de los caballos.
Gritos
—¡Viva el ejército constitucional!
—¡Vivaaa!
—¡Mueraaa! gritaron algunos vociferando rabiosamente.
Se formó en la plaza un tumulto, un remolino en que sobresalían y golpeaban al acaso los paraguas y los bastones.
Entretanto el batallón seguía desfilando en columna compacta, los rifles ondulaban con una misma inclinación paralela y a compás de la marcha los brazos izquierdos iban, venían, iguales, con la oscilación monótona de péndulos.
La plaza se sigue llenando, negrea rebosando de curiosos, de gentes aterradas, sobrecogidas o inflamadas en el odio político.
—¡Muera Tubalcaín Cardoso!
—¡Vivaaa!
Nuevos remolinos; insultos, amenazas, retos; ojos encendidos, caras lívidas, puños crispados, sombreros en acordeón, bastones rotos.
—¡Viva el veterano general Borrero! gritó alguno desde el atrio del Capitolio.
Borrero no volvió la cabeza, pero su caballo se encabritó como orgulloso del jinete.
En una esquina todos corren, se apiñan, mil cabezas curiosas se alzan a la pared donde acaba de extenderse un enorme cartel:
|"La Rebelión.—Boletín número 1°—Cácota de la Matanza, enero 1°...
Presidente República.
Honor transcribiros:
Fuerzas revolucionarias en número cinco mil hombres, comandados por titulado general Tubalcaín Cardoso, proclamado generalísimo, atacaron guarnición frontera en |La Chorrera. Después ocho horas combate reñidísimo abandonaron campo dejando mil muertos y mil doscientos heridos. Tenemos que lamentar pérdidas irreparables, pero salvóse lema ‘Progreso y Fraternidad’.
Telegrafista, |Bolaños."
En el despacho de Alcón resonaron nuevos golpes. Era Gacharnah que volvía del telégrafo. Karlonoff abrió la puerta por donde entró el comisionista y con él el bochorno y el alboroto de los salones. Tenía el crisantemo ajado, la corbata de lado por el esfuerzo al abrirse paso entre la muchedumbre. Un perfume fuerte lo precedía: el |celestial en que estaba empapado su pañuelo.
—¡Apestan! como dice Petronio, señor ministro.
Luégo, acercándose al oído de Alcón y mirando a un lado y a otro para no ser oído:
—Comprendo por la falta de noticias que la Costa está por la revolución y obedece a Polanco, el jefe más capaz entre los revolucionarios. El Gobierno necesita buques para mover sus tropas por mar, por eso me permito insistir en la oferta de un buque excelente, armado en guerra, que puede estar en costas colombianas en el menor tiempo posible; bastaría un cable; cuatro cañones Arrnstrong, casco de acero, quince nudos por hora... Se llamará, por supuesto, el |Crucero Alcón.
—¡Está bien, está bien! dijo Alcón con voz desfallecida y bostezando: lo necesitamos en efecto. Mañana puede quedar cerrado el negocio. Siempre hay que llenar algunas formalidades.
El ministro bostezó, y por contagio bostezaron Karlonoff y Gacharnah.
—Señor ministro, su señoría está débil, dijo Gacharnah con solicitud; es tarde y no ha tomado nada. Permítame... eso corre de mi cuenta; haremos traer algo del |Sporting Club... Un minuto.
Salió de prisa, hendiendo la multitud con su pancita redonda; el doctor Agüeros aprovechó la ocasión para colarse y anunció que ya había entregado las medicinas en el depósito, que venía por la orden de pago y a tomar posesión de su empleo como jefe de la Ambulancia Modelo.
Alcón mandó traer el libro de posesiones, se arregló una fisonomía grave y solemne, y poniéndose de pie preguntó al médico
—¿Jura usted defender la constitución y leyes de la República?
Agüeros, con un gesto amable, interrumpió, encontrando una fórmula de transacción:
—Prometo cumplir con mis deberes por mi palabra de honor, y pensó que el principal y más noble de sus deberes era tener a los revolucionarios al corriente sobre los movimientos del Gobierno.
—¡Está bien ! dijo el doctor Alcón al sentarse y satisfecho de poder dar a esa notoriedad oposicionista una muestra de tolerancia.
Un repique en el muro; corre Karlonoff al teléfono; Agüeros presta atención tratando de reconstruir el diálogo por las frases truncadas del consultor, que gesticula como si tuviera al frente al contrincante.
—¿Con quién hablo?... Más recio... ¿Estación?... ¿Qué estación?... ¿Del ferrocarril?... ¡Ajá!... ¡Bueno, listo!... ¡Digo que listo!... ¿El general Borrero?... Bueno... Ahora mismo... Digo que ahora mismo... Urgente... marcha forzada... ¡No, señor!... ¡Ah, bueno! Si es así, bueno... ¿Qué?... ¿La clave?... Cierto, se olvidaba... Tomen la clave A. B. C. restando veinte números... sí; veinte números... Perfectamente... ¿Qué con quién habla? Con el coronel Karlonoff ... ¡Ja, ja, ja!... Gracias... ¡Adiós!
En el salón contiguo, llamado de las banderas, especie de archivo casi siempre cerrado, empezó a sonar el Choque de platos, cubiertos, botellas, y ese retintín acariciaba el oído de Alcón, mientras recorría un legajo de telegramas "urgentes", de todos los extremos de la República en que los gobernadores, los prefectos, los alcaldes, comunicaban noticias de combates con miles de muertos, de poblaciones incendiadas, de atropellos, de asesinatos..
Gacharnah, que había hecho traer e instalar allí un magnífico almuerzo, se presentó, abrió la puerta del salón de par en par, extendió el brazo mostrando la mesa donde humeaba la sopa.
—Señor ministro, dijo inclinándose con su actitud de |maitre d’hotel.
Pasaron, se sentaron Alcón, Agüeros, Karlonoff, dos edecanes. Tres soldados entraron cargados con nuevas viandas. Gaeharnah a veces se sentaba, a veces giraba en torno de la mesa... ¿Este vinito blanco, señor ministro?... Le gusta más el Bor goña?... Riñones a la cardenal... yo mismo los he dirigido.
Uno de los ordenanzas colocó sobre la mesa una gallina estupenda dorada al fuego...
—Es guatecana, señor ministro, de las que yo crié en mi corral, que esparcía un aroma de trufas, un olor en aquella atmósfera oficial impregnada antes con el olor de los legajos.
—Permítame la gallina para trincharla, dijo Gacharnah mientras se alzaba los puños de la camisa.
—¡Ah! no, replicó Agüeros; eso entra ya en mis funciones oficiales.
—Vamos a ver doctor, dijo Alcón en una expansión de alegría y con su carcajada que era un relincho: veamos el bisturí de la Ambulancia Modelo.
Todos clavaron los ojos en el médico que con gravedad, como preparándose a una operación de alta cirugía, rodeado de ayudantes y entre esponjas y cubos de agua, se remangó, probó el filo del cu chillo, observó la punta y lo pasó sobre la gallina, como trazando previamente las líneas. Poco después, en lugar del ave, había en el plato una estrella de tajadas de blancura provocativa... Pero los edecanes no las probaron; sentían frío en el espinazo al ver la cuchilla implacable, la habilidad del jefe de ambulancias. Karlonoff estaba admirado, pero tranquilo. Sabía que en su calidad de coronel de puentes y calzadas no saldría nunca de la capital, ni se vería en la necesidad de encomendarse a la destreza de Agüeros. Menudearon los tragos de vino: blancos, rojos, oscuros. Reinó la alegría, se alzaban de la mesa carcajadas y chistes; todos ponderaban el |menú de Gacharnah, su buen gusto, su competencia indiscutible en materia de bucólica y gastronomía. Y él, rozagante, risueño, dejando escapar su satisfacción y su contento por todos los poros, daba golpecitos familiares con su mano regordeta en el hombro del ministro, que fruncía imperceptiblemente el ceño, y paseaba la panza triunfante en torno de la mesa. En su cerebro calenturiento, en donde se cruzaban millones, brillaba con letras de fuego la palabra que transmitida por el cable haría despachar el buque armado en guerra: |Persificación.
Se levantó el telegrafista de su mesa y muy inmutado entregó dos telegramas que Alcón leyó en silencio y dejó sobre la mesa. Agüeros, mientras acababa de cortar la gallina y distribuía las presas, de soslayo leía a trechos, volvía a trinchar, conversaba, repartía, seguía leyendo con disimulo:
"Guaduas, 1° de enero...
—Esta ala para el señor ministro.
"Señor ministro de guerra. Revolucionarios tomaron vapores...
—Coronel Karlonoff, le envío estas tajadas.
"Tomaron vapores, armáronlos...
—Por supuesto, amigo: excelente Burdeos.
"Armáronlos en guerra; se han apod....
—Sí, amigo Alcón; me he bañado en Ubaque... ¿Más pechuga?
"Apoderado del río...
—¡Gracias! Ya me serví pescado.
"Todo Tolima en armas...
—¡Ah! Yo prefiero champaña.
"Situación gravísima...
—La ensalada para Su Señoría... ¿Otra presita?... Allá va.
"Terencio Nicholls en Girardot, ocupó puente..."
Alcón tomó los telegramas, los dobló con calma, los metió con otros en un sóbre que entregó a un edecán por encima del hombro, y enjugándose la boca con la servilleta, dijo:
—Esto es para el general Ronderos... Es cuenta suya... Excelente la ensalada.
Gacharnah se acercó; con su maestría de camarero sirvió champaña a Alcón, y con voz dulce y obsequiosa murmuró:
—¿Un poquito de hielo para el champaña del señor ministro?
