MONUMENTO A LOS MUERTOS
Alejandro iba y venía por los salones de su casa, en los últimos preparativos de marcha; releía y quemaba papeles; ayudado de un criado arreglaba maletas, acomodaba en ellas algunos libros; colocó al lado una espada que le había servido en dos campañas anteriores; luégo fue a dar un último adiós al monumento que le traía el recuerdo vivo del mejor instante de su vida, ese monumento que era para él como el sepulcro de la felicidad... ¡El monumento a los muertos!... Qué sentido tan amargo y tan trágico, pensó de golpe, el que le encuentro ahora. La época de destrucción y muerte que ha comenzado para Colombia está simbolizada, encerrada ahí:
Un sepulcro colosal, a uno y otro lado hombres, mujeres y niños, que en el umbral de la eternidad se agitan, avanzan de rodillas, prosternados, en pie, según su agonía, su resignación o su heroísmo... Sí, esos infelices que van al combate a morir a millares, esas madres, esas esposas que los siguen a los campamentos y que perecen de dolor y de miseria, esas muchedumbres diezmadas por las balas y por las epidemias, están aquí representados, se muestran en ese sepulcro, están en la puerta de la eternidad... ¡Esa figura central tendida en la. cripta, cobijada por la sombra gigantesca de la muerte... es Colombia! ¡Muertos heroicos, muertos ignorados, muertos humildes, sobre cuyas cenizas insepultas no se alzará una lágrima, éste será para vosotros recuerdo, monumento y sepultura. La fosa común en que pudieran hacinarse los huesos que la revolución dispersa en los montes y las llanuras colombianas.
Se oyó en el silencio del cuarto un lejano toque de clarín; ruido de caballos, el paso de un escuadrón. Apresuró los preparativos de marcha pensando con dolor y con rabia que dejaba sus comodidades, sus cuadros, sus libros, para ir a lanzarse en lo brutal, en lo disforme, para ir a chapotear en el lodo y en la sangre, a ver llagas y lágrimas, a respirar la atmósfera de los cuarteles, el ambiente de los hospitales.
Salió a toda prisa; tomó el tren y en la agitación de la marcha, cruzando la sabana a todo vapor, al lado del general Ronderos, entre el retintín de armas, envuelto por el aparato de la fuerza, viendo el brillo de los aceros y los colores de los uniformes, çambiaron sus pensamientos, sintió la fascinación de la lucha, el atavismo batallador, el deseo de remover obstáculos, de ser más hábil, más audaz, más resistente que el adversario.
El general Ronderos buscó en un bolsillo, sacó un papel y lo entregó a Alejandro:
—En el trajín del embarque, del despacho de la gente, olvidé mostrarle este telegrama. Roberto, tan pronto como llegó a Girardot, atacó al enemigo.
—¿Y...?
Preguntó Alejandro con ansiedad.
—Lea: buenas noticias, contestó el general Ronderos con la calma de un hombre envejecido en las emociones de la guerra. Alejandro leyó:
"Girardot, enero 4...
General Ronderos—Bogotá.
Desde las 8 a.m., hora en que llegámos, principió tiroteo en el puente de hierro que habían desentablado y fortificado. El enemigo resistió hasta las 4 p.m. El |1° de Bogotá se ha manejado con denuedo y arrojo. Casanova con su batallón decidió el combate. Pasámos el puente y acampámos al otro lado del río en la hacienda de |La Gloria, donde hay recursos suficientes para la tropa.
Salvo orden contraria, seguiré en persecución de rebeldes, a los cuales se ha unido Socarraz con 500 mulas. Expósito Montes, Nerón Jaspe y Sinaí Largacha ocuparon Honda. Landáburo, que se ha proclamado presidente provisorio, ha ocupado Bodegas, tomado buques, expropiado café, cueros, caucho; cumple su promesa: |carga sus morrales con frutos de exportación. Comunique instrucciones.
Roberto."
Después de leer el telegrama, Alejandro interrogó al general Ronderos:
—¿Y de Bellegarde nada ha sabido usted?
—Nada.
—Es extraño: desde la noche de La Unión, ni una palabra suya.
—Estaba conmigo cuando el asalto de Socarraz... Pensaba irse el 1° pero habrá detenido su Viaje... En este desorden, en esta barahúnda, nadie sabe de nadie, seguiremos averiguando.
Llegaron al extremo de la línea, dejaron el tren. Alejandro voló al telégrafo, allí le entregaron un telegrama de Roberto, fechado en La Gloria. Leyó:
- "Aquí va en su viaje incierto
- Quien con el alma te ama,
- Y espera, cuando hayas muerto,
- Recibirte en el gran puerto
- Que de igual modo se llama."
Después de poner todo el ejército en movimiento por la vía de Honda, Ronderos y Alejandro al trote de las mulas conversaban.
—Francamente, decía Ronderos, la situación del Gobierno es grave: Cardoso, aunque derrotado en un primer encuentro, volverá más fuerte; toda la República está ardiendo; pero lo más serio es esto de que la revolución haya tomado el río, Honda, Barranquilla, quitándonos toda comunicación con la costa, con el exterior. Las aduanas, los recursos...
—Lo primero, general, es tomar a Honda.
—Sin duda; a eso vamos.
—Y luégo...
—Luégo barreno de los llanos del Tolima, pasar a Antioquia, y por tierra, puesto que no hay vía fluvial, llegar a la costa atlántica.
—Pero el río... insinuó Alejandro, ¿no cree usted conveniente flanquearlo, ocupar algunos de sus puertos, interrumpir las comunicaciones de los revolucionarios?
—Claro. Usted se encargará de eso. Entrará por las montañas de Antioquia, se dirigirá al río por entre los bosques. Ocupará a Puerto Borja, que usted conoce como nadie. Después veremos.
Alcanzaron un batallón que había salido la víspera. Los soldados, bañados en sudor, agobiados por el sol, saludaron a su jefe con aclamaciones de entusiasmo.
Adelante, perdiéndose y reapareciendo en los zigzags de la pendiente, se divisaba la silueta doctor del Miranda; las tocas blanquísimas de las hermanas de la caridad.
Después de tres días de marcha, en que murieron de insolación algunas cantineras, llegó el ejército, bajo un cielo de fuego, a orillas del río Magdalena, frente a Honda.
El general Ronderos y Alejandro, acompañados por un grupo de edecanes, hicieron un reconocimiento bajo los fuegos del enemigo. Los revolucionarios habían destruído el puente colgante, cuyos cables destrozados se hundían en las aguas. Las fuerzas de Landáburo, Montes, Jaspe y Largacha ocupaban algunas casas de la orilla opuesta, o se atrincheraban en las alturas, tras largos parapetos formados con las planchas del puente o los durmientes del ferrocarril.
Ronderos alineó sus tropas entre algunos pastales de guinea en que se hundían los soldados hasta el pecho y sobre una colina pedregosa que dominaba las fuerzas contrarias.
—General, dijo Alejandro, todavía quedan atrás algunas tropas. ¿Quiere usted que esperemos?
—No, Alejandro, contestó el general Ronderos sin detener el caballo. Ya están aquí los cañones... Vea usted qué aprisa trabajan esos oficiales del |Granaderos ... El cañón llamará a los atrasados.
De las mulas iban cayendo las ruedas, las cajas, y pronto se iban armando las baterías, con sus pilas de balas cónicas al lado. Empezó el cañoneo.
El fogonazo, un desgarrón, una trepidación de terremoto que conmueve el aire hasta el último confín del horizonte. Mil ecos repiten el insólito fragor, en incesante rimbombo. Las granadas atraviesan zumbando el río y van en la orilla opuesta a abrir boquetes en las trincheras, a despedazar las casitas, que saltan en fragmentos. Columnas de humo que barre el viento, entre las cuales flotan a veces coronitas blancas.
El general Ronderos se estremeció con una mezcla de gozo marcial y de tristeza, pues el cañón para él tenía en esa nueva éra de sangre y de dolor, una voz que insulta y que gime, que amenaza al enemigo y que va rezongando un |de profundis por los muertos.
Apenas principió el tiroteo de la fusilería cayó el jefe del |Junín; lo llevaron a alguna distancia a retaguardia, lo colocaron en la sala de una casita preparada para ambulancia por el doctor Miranda y las hermanas de la caridad. El sacerdote se inclinó sobre el herido.
—¿Dónde?
—Aquí, doctor, en el pecho...
—Se abrió la camisa, la sangre empezó a correr por el piso.
—Mi doctor, ¡agua... agua!
Se apretó la herida con la mano izquierda; con la derecha oprimía el brazo del sacerdote. Este comprendió, se inclinó a oír la confesión del moribundo.
Después de un rato, sin poder casi articular, murmuró
—Mi doctor, se pelea recio.
Hasta allí llegaba el rumor de la batalla, se distinguía el traqueteo del fuego graneado; luégo las descargas cerradas, el trueno sordo de los cañones, el golpe regular de la ametralladora. Llegaron con otros heridos. Se empezó a llenar la casita de sangre, de lamentos, de estertores. El calor se hacía cada vez más asfixiante. Llegaron las hermanas de la caridad, después los practicantes, los médicos. Se organizó el servicio.
La hermana San Ligorio, en medio de los gritos desgarradores, de los sollozos, de los alaridos, de los regueros de sangre, lavaba las heridas, curaba las llagas, refrescaba las gargantas abrasadas, los labios resecos, enjugaba el sudor de la muerte y derramaba en los oídos de aquellos desgraciados palabras de conforto, de resignación y de esperanza.
El doctor Miranda en el primer momento tuvo que dominarse: era brusca la transición, pasaba de sus libros a la guerra, de maestro helenista a capellán de ejército, de su gabinete de estudio a esa salita sofocante, llena de llagas, de lamentos; sintió en seguida despertarse en él un nuevo entusiasmo, una vocación nueva, y aceptó su tarea con heroísmo, casi con júbilo.
Manchadas las manos y la sotana de sangre, acudía a todas partes, confortando, auxiliando, bendiciendo; ayudaba a transportar los heridos, a colocarlos sobre la mesa de operaciones donde los practicantes y el médico, de prisa, cortaban piernas, brazos, que iban cayendo al suelo y empujaban desdeñosamente con el pie; metían las pinzas en las llagas profundas, cosían de prisa los jirones de carne entre borbotones rojos. El sacerdote oía con horror que continuaba el fragor de la batalla, veía con eto que seguían trayendo otros y otros heridos.
Ya los ayudantes del médico remangados, con los brazos cubiertos de sangre, no se preocupaban por llevar a los heridos a la mesa, trabajaban con afán, con premura, como en cuerpos muertos.
Un practicante, sin hacer caso de los bramidos de dolor del paciente, extrajo del estómago una hala a un capitán tendido en tierra sobre un montón de paja que se iba enrojeciendo, mientras otro herido seguía con curiosidad, con horror, el juego del escalpelo y esperaba su turno recostado contra la pared De súbito el capitán empezó a ahogarse, a vomitar sangre. Otros llenaban la casa con gemidos, con gritos desgarradores, con estertores de muerte.
Uno de los heridos, acostado en el corredor, con una pierna fracturada, se incorporó, se apoyó en el codo, puesto el oído al rumor de la batalla.
—¡Qué bien está trabajando la ametralladora!
Una bala perdida hirió a un buey cargado con pertrechos. El animal frunció la piel, azotó la cola, como para ahuyentar un fastidio, luégo se doblegó lentamente, se extendió agobiado por la carga, puso el ojo en blanco, empezó a agonizar con un mugido sordo, como una protesta contra la maldad de los hombres.
Alejandro, a escape, fue a traer un batallón retardado.
—¡Vamos, muchachos!
Los animó, los hizo seguir a pasitrote, y ya cuando llegaban a la línea de batalla, cuando pasaban silbando las balas, se volvió hacia la banda de música que iba al frente del cuerpo.
—El himno nacional, pronto, cualquier cosa, una marcha, un bambuco.
Los músicos embocaron los instrumentos sin detenerse, y confundiéndose con el cañoneo que parecía acentuar el ritmo, resonó la marcha de |Aida.
Alejandro, en un instante, con la evocación de la música, tuvo un recuerdo de artista: el teatro, noche de ópera, la sala colmada, alegría, movimiento, ondas de luz que hacen chispear los diamantes en la blancura de las gargantas, destacan las fisonomías sobre el fondo rojo y dorado de los palcos; en el escenario el triunfo de Radamés...
Los soldados entraron animosos al combate, encabezados por Alejandro, quien sintiendo hervir en sus venas la sangre rica de sus antepasados, se irguió en la silla, se alzó en los estribos, se lanzó entre los nubarrones de pólvora.
A un lado, al otro, observaba algún pormenor, mientras cruzaba entre las filas empapado en sudor, respirando un aire de fuego, sordo con el ruido incesante de las descargas.
Llegó a una colina: una ametralladora continuaba en su traqueteo. El soldado que daba vuelta al manubrio cayó, lo reemplazó otro, cayó también. Las balas seguían lloviendo sobre aquel grupo que al fin se replegó. Uno de los soldados se levantó, corrió sin sombrero, se detuvo, volvió a caer de espaldas y no se levantó de nuevo. Alejandro se desmontó, trajo otro pelotón, hizo funcionar de nuevo la ametralladora. Siguió recorriendo la línea de batalla entre la atmósfera ardiente y caliginosa. Llegó a la colina de los cañones, muerto de sed, sentía el cosquilleo del nitro en la garganta. Desde la colina tendió en torno la vista: entre los desgarrones del humo, cuadros de pesadilla: la escarlata de los uniformes, la púrpura de la sangre, el azul de las chaquetas, el azul del humo, árboles destrozados por las balas, caballos que se revuelcan en la agonía, heridos que se arrastran entre charcas oscuras, soldados que giran apresuradamente, que se agitan afanosos, que aparecen, que se borran entre torbellinos de pólvora. Caras encendidas, sudorosas, tiznadas, manchadas de sangre; caras pálidas, desencajadas, dolorosas, cárdenas. Los muertos con los ojos vidriosos, la boca abierta.
Se colocó en medio de dos baterías. Un comandante dirigía la maniobra de los dos cañones Hotchkiss que resplandecían al sol, iba de uno a otro con entusiasmo, con gracia juvenil, con agilidad gatuna; hacía cargar, apuntaba con júbilo, lanzaba una carcajada a cada disparo; luégo seguía en silencio, miraba a lo lejos hacia la orilla opuesta, y al observar el golpe certero, al ver saltar algunos tablones o alzarse la polvareda en la tierra de las trincheras, o salir despavoridos los soldados de alguna casa, se reía con estrépito, corría de nuevo a la batería, como agradecido, se inclinaba, pasaba sobre el cañón ardiente la mano negra de pólvora.
—Míre, general Borja, este otro tiro.
Se inclinó sobre el cañón, fijó la mira, una rodilla en tierra, volvió a erguirse risueño... dio un paso atrás, abrió los brazos, cayó de espaldas con un punto rojo en la frente. De la orilla opuesta concentraron los tiros sobre la meseta de los cañones; cayeron heridos o muertos algunos artilleros más; manchas rojas brillaban entre los pajonales. Llegó el general Ronderos impasible; llovían las balas, el general siguió recorriendo la meseta al paso corto del caballo, como ignorando el peligro, tranquilo y grave como cuando recorría sus dehesas de |La Laguna. Los edecanes llegaban con precipitación, hablaban con afán, con entusiasmo, caracoleaban, regresaban al galope y sus ademanes presurosos, arrebatados, contrastaban con el paso pesado del caballo rucio, con la tranquilidad del viejo veterano. De pronto éste se detuvo, volvió lentamente la cabeza hacia Perucho, su corneta de órdenes, que embocó el clarín, infló los carrillos y escuchó orden.
—¡Cesar los fuegos!
En la otra orilla, sobre la tapia de una casa, por entre una cortina azul de humo, ondulaba una bandera blanca. Se repitió el toque de corneta y los fuegos fueron poco a poco apagándose. Se oyó al otro lado del río otro toque... Toque de parlamento.
Poco después la bandera blanca empezó a bajar la cuesta, llegó a la playa; se desprendió una canoa de la orilla y cruzó al sesgo el río; Alejandro con el binóculo siguió la marcha de la canoa sobre la corriente: observaba el incesante trabajo de los remeros, el trajín para luchar con el ímpetu del río, el resplandor del sol en los canales que destilaban gotas brillantes. Llegó la canoa, saltaron a la playa los parlamentarios.
—¡Hola! dijo Alejandro observándolos con el anteojo, son la razón social Vidaurre y Villafañe.
Llegaron éstos. El general Ronderos dirigió su caballo al pie de una inmensa ceiba.
—Señor general, dijo Vidaurre, venimos en comisión de paz.
—Traemos, dijo Villafañe, estos pliegos del señor general Landáburo, quien tiene el patriótico propósito de celebrar un convenio político que ponga término a la actual guerra.
Ronderos sin desplegar los labios tomó el pliego, lo leyó, lo pasó a Alejandro. Este leyó:
"Comandancia generalísima del ejército terrofluvial.—Presidencia provisoria de la República. Palacio Presidencial.—Honda, enero 6.—Señor general Pedro Alcántara Ronderos.—En su campamento.—Muy estimado general y amigo: Ante todo espero que usted haga suspender los fuegos contra mí y ordene que sus piezas de artillería no cañoneen esta histórica ciudad, sin ninguna ventaja para ella. Yo, por mi parte, no dispararé más sobre sus fuerzas. Le doy mi palabra de estar aquí, sin movilizar tropas, hasta que usted llegue. Tengo anhelo de conferenciar amigablemente con usted solo. Puede usted pasar el río sin que yo le haga fuego. Haga izar bandera blanca en la canoa que lo traiga o haga dar toque de saludo de almirante, si viene de noche. Puede usted venir hasta con dos edecanes y un corneta. Por mi palabra de general y de presidente provisorio prometo que respetaré su honor y su vida. Amigo compatriota,
F. Landáburo."
Ronderos se desmontó, sus edecanes lo rodearon, y cuando los parlamentarios creyeron que iba a dictar alguna comunicación, oyeron que el general dijo muy sosegado y risueño:
—Alejandro, tomemos con estos señores un vaso de cerveza. Destaparon una caja. Ronderos bebió con avidez.
—Estoy abrasado.
Después pareció acordarse del parlamento como de cosa secundaria.
—Amigos, dijo sentándose fatigado en una caja de pertrechos: díganle al señor Landáburo que le doy una hora para entregarse, por ser este el mejor medio de evitar derramamiento de sangre.
Pidió otro vaso de cerveza, lo apuró con delicia y después de una pausa:
—Díganle que la entrega es sin condiciones pero que les ofrezco a él y a sus tropas amplia amnistía y medios para volverse a sus casas. Que él es para mí un simple particular, que no acepto ningún pacto político —pidió el caballo—, que no hago pactos con el desorden. — Montó, miró el reloj en silencio, picó.
—General, exclamó Vidaurre, cuando ya se alejaba el general Ronderos: el señor presidente provisorio nos dio instrucciones verbales para hacer constar que él quiere ahorrar la efusión de sangre de hermanos, que quiere evitar a la patria mayores lágrimas y ruina.
—Pues que se entrege, exclamó Ronderos con sorna, y taloneó el caballo para ir a la playa donde los soldados bebían ruidosamente, a grandes sorbos, sobre la arena candente y sumergían con fruición la cara, las manos en las ondas del río.
Villafañe llamó aparte a Alejandro:
—General, yo quisiera irme para la capital. Landáburo nos hizo creer que sería una guerra muy corta; que el ejército del Gobierno estaba comprometido; pero creo que va a prolongarse. Si usted me hiciera dar un pasaporte para Bogotá...
—Al instante, amigo, y auxilios de marcha.
—Aquello, dijo Villafañe mientras señalaba hacia la orilla opuesta, está todo dividido. El general Montes llegó el 1° de enero, ocupó a Honda, tomó los vapores, organizó el ejército. Todos estábamos unidos; pero llegó dos días después Landáburo, se proclamó presidente provisorio, pidió que lo reconocieran, unos que sí, otros que no; el ejército se dividió en dos bandos; los dos generales se han amenazado con sus revólveres, el dichoso presidente se ocupa, sobre todo, en recoger todos los frutos exportables y meterlos en los vapores que va despachando para la costa... en fin, yo me vuelvo a mi oficina.
Montó Villafañe y siguió hacia Bogotá, con nostalgia de comisiones, de porcentajes, de premios y descuentos; pensaba, mientras ascendía al |Consuelo que era allá en la capital en esos momentos donde podía hacer rápidamente una fortuna sin los peligros de la guerra.
Vidaurre se embarcó para la orilla opuesta, siempre con su bandera blanca en la popa de la canoa; se le vio subir en zig-zag por la abrupta colina, entrar en una casa. Poco después se oyeron abajo de Honda los pitos de los vapores.
—Oiga, amigo, le dijo Ronderos a Alejandro, el enemigo lo que quiere es aprovechar una tregua para escaparse. Están saliendo en este instante; imposible ya cogerlos. Conozco el sistema; nunca creí en la seriedad de los parlamentarios.
Poco después se desprendieron de la margen opuesta algunas canoas que llegaron a ofrecerse para trasladar a Honda el ejército del Gobierno.
Contaron los bogas que los generales Montes, Largacha y Jaspe, acababan de marchar para los llanos del Tolima y que Landáburo, con todos los vapores, entre ellos el |Bellegarde y el |Inés, había salido río abajo, tal vez para Puerto Borja. Aprovechando el largo crepúsculo de la tierra caliente, empezó a pasar el río la tropa de Ronderos, y mientras se restablecía el puente, iban los soldados en canoas, las bestias a nado, atadas a la popa.
Ocupada la ciudad, el general Ronderos envió fuerzas a órdenes de Alejandro para perseguir esa noche misma a los guerrilleros.
—¡Pobre gente! exclamó el general Ronderos, al ver desfilar los cuerpos; están fatigados, rendidos después del combate de hoy, pero no hay remedio, es preciso picarle la retaguardia al enemigo y aprovechar en nuestros soldados el entusiasmo de la victoria. Si las fuerzas de Montes se juntan con las de Socarraz y caen sobre Roberto, correría un gran peligro; hay que volar en su auxilio.
Llegó la noche.
El doctor Miranda, acompañado por las hermanas de la caridad y por un grupo de ordenanzas, empezó a recorrer el campo de los revolucionarios. El grupo seguía la orilla del río, registraba las playas, los pajonales, subía, bajaba, paseaba las trincheras, los reductos, las casas desvencijadas por la metralla, trepaba a los montículos, descendía a las hondonadas; iban a tientas entre las tinieblas, guiados por los gritos de los heridos, por las quejas de los moribundos, por el estertor de los agonizantes, tropezando con los cuerpos rígidos, tocando aquí y allá las mejillas frías de los cadáveres; del fondo de una cañada salía un quejido que iba apagándose, desgarrador, desesperado. Acudió el doctor Miranda, se acercó, se inclinó; la luz pálida del farol dejó ver un cuerpo ensangrentado, las manos suplicantes y temblorosas, una cara bañada en sombras de muerte; el herido abrió los ojos dilatados por una inmensa esperanza, pareció suplicar con la mirada; hizo un esfuerzo supremo para levantarse, pero soltó una bocanada de sangre que empapó la sotana, y el sacerdote sintió que la mano que estrechaba entre las suyas se desmadejaba, se ponía fría. Apareció en la cañada y se perdió en la sombra una mujer que llevaba un niño dormido en brazos; con un llanto sordo, incesante, tristísimo, buscaba un rostro amado entre los heridos y los muertos.
Siguieron recorriendo el campo, y toda la noche la sotana negra y las tocas blancas, alumbradas por el resplandor oscilante de los faroles, como una visión fantástica, como las almas errantes de los muertos en la jornada, cruzaban las faldas de la loma, recorrían las márgenes del río, se perdían en las hondonadas, reaparecían en las laderas, en los pajonales, para perderse de nuevo en las habitaciones. Y de todo el campo salía un grito desgarrador, un alarido penetrante, un lamento sin fin, palabras inarticuladas, blasfemias, maldiciones, aullidos, invocaciones místicas, gritos sin fuerza, quejas tristes, quejas interminables.
