CAPITULO XV
EL OLMO Y LA HIEDRA

Bajo el sol de aquella alegre mañana, entre murmullos y risotadas, entre un traqueteo de ruedas y de fustas, siguen llegando al pie del atrio de la Capilla del Sagrario los carruajes, briosos los troncos, relucientes los arneses, recién afeitados los cocheros. ¡Los novios, los novios! murmuraron los curiosos. Y se formó un remolino al ver parar ante las gradas dos cupés cerrados, con caballos rucios que sacudieron con orgullo las cintas blancas pendientes de las orejas. Grandes ramos de azahares albeaban en la fusta y en el levitón de los cocheros, y tras la vidriera se divisaba en un fondo oscuro un perfil de mujer.

Se abrió una portezuela, asomó un pie deforme, una pierna de coloso, una pechera bombeada, con tres grandes diamantes; tropezó el sombrero de copa contra la cubierta del coche, y salió Montellano, que se dirigió hacia la iglesia con el sombrero todavía ladeado por el golpe. Del segundo coche bajó doña Aura, vestida de seda negra, y siguió con andar dengoso del brazo de Landáburo, padrino del matrimonio, que paseó una mirada por la multitud sin descubrir en ella más que su persona.

Al entrar ellos estalló en el coro una marcha triunfal que, colmando el recinto, despertaba en doña Aura mal reprimidas emociones. Mientras atravesaba la novia el templo, en él brillo de los trajes y el aroma embriagante de los perfumes de los convidados, recórdaba su primer matrimonio con Tubalcaín Cardoso, en una humilde aldea, y avanzaba ahora erguida, con un resplandor de triunfo en los ojos. Recordaba toda la astucia y todas las artimañas que había gastado para conquistar al millonario.

Montellano y doña Aura se arrodillaron en los reclinatorios de terciopelo rojo, y con sus dos moles parecían cubrir todo el frente del presbiterio... Al fin... no había duda, seguía pensando doña Aura, Montellano estaba ahí... a su lado... hacía traquear el reclinatorio con su peso y ella sentía sus resoplidos de buey... Dentro de media hora sería eterna la unión con el millonario, tendría realización esa frase feliz que se le ocurrió a ella en una de sus entrevistas.

¡Qué gran capítulo esa escena, ese desenlace para un final! Debía cambiar el título, eso sí, de |Angel o demonio, por ese otro tan sugestivo, tan poético: |El olmo y la hiedra. Procuraba retener las emociones que la embargaron para encarnarlas luégo en la heroína de la novela, Aurora; y paseaba con grande atención la mirada por lo que tenía enfrente para pintar en su libro esos detalles con el colorido de la realidad, como los hermanos Goncourt. Aunque la ceremonia había empezado, ella no le prestaba atención, entregada toda entera a sus concepciones literarias: sobre el presbiterio se erguían, adornados de azahares, cuatro grandes cirios que rayaban paralelamente el fondo del altar; las llamas parecían deslustradas al través de las espirales de incienso; un rayo oblicuo del sol formaba entre la nube azulina fajas luminosas, espejeaba en las placas de carey del tabernáculo, y destacaba en un extremo la página blanca del misal cruzada por una cinta roja. Descubrió un nuevo detalle, de que se prometió sacar un efecto grandioso: en los dos rincones sombríos, a un lado y otro, aparecen la cabeza del Bautista, la de San Pablo en dos fuentes de plata, un cerco sangriento en el cuello, los labios cárdenos, bañados por una lividez trágica en que se adivina el último estremecimiento de agonía.

Cesó la música; concluyó la marcha triunfal en el coro. Se presentó en mitad del presbiterio el doctor Miranda, de capa pluvial, con el libro en la mano. Era así, erguido en las gradas del altar, envuelto en el manto que cae en pliegues rectilíneos, iluminado por un rayo de lo alto, en el esplendor de su frescura virginal, de su hermosura ascética, como se imponía al amor y al respeto de las muchedumbres. En medio del silencio se adelantó hacia los novios, y su voz, vibrante y llena, resonó en las bóvedas del templo.

—Mirad, hermanos, que vais a celebrar el santo sacramento del matrimonio...

De afuera, de la plaza, llega un estrépito de ruedas. Un coche se detiene. Las miradas se vuelven: las flores, las cintas, los sombreros se agitan; se acercan las cabezas, cuchichean. Inés avanza con paso leve sonriendo a todos y sin mirar a nadie. Llega al centro de la iglesia, busca un lugar con los ojos, regresa; Roberto se levanta, le ofrece su silla y queda a su lado. Las cabezas vuelven hacia el altar; de atrás sólo se ve la hilera de espaldas, la mancha oscura de las cabelleras entre los colores claros de trajes y sombreros.

Desde su puesto nota Roberto que en la primera fila, cerca del presbiterio, se estremecen en un sombrero dos botones de ababol; y adivina en Dolores una inquietud nerviosa al verlo al lado de Inés.

Se alzó entretanto en el coro la voz de la Rondinelli. Una melodía lenta con un ritmo sencillo que rompe en una frase musical, sonora, poderosa y libre en su fantasía, como una improvisación; sostenida por armonías que la apoyan en su vuelo, la melodía es al principio como un soplo ardiente, luégo se hace más lenta, se extingue hasta que languidece y muere en un suspiro.

Y doña Aura, inspirada en esa melodía por el espléndido aparato que la rodea, forma en su imaginación el enredo de la novela, en un vuelo remoto de la fantasía: una gran ciudad de oriente, a orillas del mar Caspio... sitiada por el tirano Ronderil con el auxilio del Nabab Montileno. El jefe de los sitiados, Tubal-kan, muere... Los sitiados hablan de capitulación cuando la mujer del jefe, la inspirada poetisa, Aurora, nueva Judit, resuelve dirigirse al campo contrario. Ante el gran Nabab se estremece, se enamora del nuevo Holofernes y, en vez de degollarlo, se casa con él. Esa novela se llamará... ya encontró un título... |El olmo y la hiedra o |La nueva Judit del Negroponto.

—Señora Aura del Campo, ¿recibe usted al señor Ramón Montellano por su legítimo esposo?...

Doña Aura permaneció en silencio, estaba absorta con la atención en su enredo novelesco. Hubo una expectativa de angustia, de sorpresa. ¿Se habría arrepentido doña Aura? Pero Montellano, con voz de trueno, exclamó:

—Señora, es con usted.

—¡Sí lo recibo! ¡Sí me otorgo!

Concluyó la ceremonia.

En medio de la alegre música de un valse empezó el desfile de la concurrencia, adelante don Ramón con la que era ya doña Aura del Campo de Montellano; detrás larga hilera de parejas; Roberto de brazo con Inés, Alcón de brazo con Dolores.

Cuando llegaron los convidados a la casa de Montellano encontraron en la puerta una turba de curiosos contenidos por dos policías de cara estúpida que ostentaban los grandes levitones, el casco prusianó con labores de metal blanco; hollaron las alfombras recién extendidas por el zaguán y la escalera; se abrieron paso por entre pinos, palmas, plátanos de Abisinia que llenaban el ambiente de un olor de humedad y de bosque. Las frondas exóticas se estremecían al roce de las parejas, hacían destacar los alegres colores de los trajes, que crujían en la escalera, y luégo se adormecían deslizándose en las alfombras espesas.

—¡Un lápiz, un papel! clamó doña Aurora, se me va la inspiración... Y atravesó los salones, llegó al escritorio que le estaba preparado en su nueva casa, y con mano febril trazó algunas frases, algunas palabras que habrían de servir luégo para el gran capítulo de desenlace.

Entretanto Montellano buscaba afanoso al doctor Alcón; lo desprendió del brazo de Dolores y se lo llevó a su despacho. El sol jugaba en la caja de fierro, en las bolas de la prensa y chispeaba alegremente en los botellones de brandy.

—Doctor Alcón, he estado pensando en usted en la iglesia... ya tengo recogida toda la deuda del 48, ahora necesitamos el decretico para restablecer el fondo de amortización; para restablecerlo ¡no!... hay que duplicarlo... Cuento con usted, ¿no? Una copita de |whisky... ¿No le gusta? Es de diez chelines y seis peniques el frasco; pues aquí tiene este |Otard Dupuy... es de veinticinco francos... ¿Tampoco? Ahora vaya busque su pareja... Espérese... me paga mañana lo del último empréstito... es lo convenido... cuento con usted.

—Mañana no, porque es Corpus... pasado mañaana, seguramente... haré lo posible, tengo un jefe escrupuloso.

Alcón, viéndose así indirectamente apoyado por el padre de Lola, alentado en sus pretensiones, atravesó gozoso la galería, atropellando la compacta concurrencia, la buscó en el salón principal, el antiguo salón de los retratos, y no encontrándola, esperó allí su llegada.

Dolores, en el tocador adonde iban llegando las señoras para dejar el sombrero y arreglar el peinado, aguardaba con inquietud, casi con miedo, el instante en que entrara Inés; iba a verla de cerca, a abrazar esa hermosura generalmente aplaudida y que se interponía en el camino de su dicha. Y por encima de un biombo espiaba su llegada con el corazón palpitante. La vio llegar de brazo de Roberto, que se separó de ella al fin de la escalera, y atravesar la galería; al presentarse en el marco de la puerta, Dolores se mantuvo suspensa, pero Inés dio un paso, sonrió, le tendió la mano, cambiaron un beso, salieron y atravesaron los salones; todos al verlas juntas observaban con atención el contraste entre esas dos hermosuras: la hermosura turbulenta de la una y la regia serenidad de la otra. Las curvas llenas, el andar firme, la cabellera abundantísima y negra, los ojos ardientes, las mejillas de rosa, las manos anchas de Dolores, con la estatura erguida, el paso leve, los cabellos de seda, los ojos soñadores, la palidez de jazmín, y las manos de Inés, largas y finas, de un modelado perfecto, como joya de arte.

Vestía Dolores a la moda rigurosa: llevaba un traje de terciopelo encarnado y en las orejas dos enormes diamantes; y la prima de Roberto un traje de punto de Alencon que la envolvía como una onda de espuma; no llevaba joyas, y en todo su atavío se notaba algo propio y personal que se apartaba del uniforme de la moda.

Alcón se acercó a ofrecerle el brazo a Dolores; atravesó de nuevo Inés la galería, entre una doble fila de admiradores que se inclinaban a su paso. Ella saludaba a derecsha e izquierda, dejando caer una palabra, una mirada, una sonrisa.

Alcón había formado la resolución inquebrantable de vencer ese día su timidez, declararle su amor a Dolores, proponerle matrimonio; y se paseaba por los salones admirando el mobiliario de peluche, el gusto con que Montellano había hecho cambiar las vejeces desteñidas de esa casa por ese mobiliario flamante. Pero la flamante declaración no llegaba a sus labios; por la calva de marfil pasaban baños de púrpura que denunciaban su placer o su angustia. Dolores lo escuchaba distraída e inquieta. Ese matrimonio de su padre había sido penoso para ella, y derramó en la mañana algunas lágrimas con el recuerdo vivo de su madre; además, no podía ella ver sin íntimo disgusto esa nueva autoridad que iba a entronizarse en el corazón de Montellano y en la casa en donde ella había mandado como reina soberana. Esas ideas sombrías se desvanecían al pensamiento de Roberto que representaba vagamente para ella el amor satisfecho, el señorío, el dominio.

Se oyó de pronto el tañido inarmónico de un violín, la escala suelta de un clarinete, el ronquido del violón; tres toques secos del director de orquesta con la batuta, y sacudiendo los nervios, calentando los corazones, estalla el ritmo embriagador del valse que todo lo llena, todo lo ahoga en una palpitación de alegría, en una onda de color y de entusiasmo; y ante los ojos miopes de Alcón y los inquietos ojos de Dolores pasan cruzándose las parejas, mezclando los matices alegres de encajes y terciopelos con la nota uniforme de las levitas.

De pronto en un canapé vio Dolores a Roberto al lado de Inés; no pudo disimular su emoción, se detuvo, sacudió su brazo un ligero estremecimiento, se puso pálida, luégo muy encendida. Alcón de rechazo sintió el sobresalto de su pareja, recogiendo los ojos vio a Roberto y creyó que había llegado la ocasión oportuna, el momento apetecido para ventilar con Dolores el asunto de su matrimonio apartándola de los amores con su rival, y murmuraba:

—Usted, señorita Dolores, la de los ojos oscuros e ingentes, ora apasionados, ora picarescos, ora ternísimos; dotada de la boca más salerosa que jamás tuvo morena, y morena picantísima, de esas que hacen volver la vista a todos cuando pasa; de cabellos ondeados y no escasos, que caen sobre las sienes en rizos amotinados, usted, permítame decírselo, no ha de tolerar que el muy tuno de Roberto, a guisa de afortunado mancebo, abuse de las dotes que le adornan, ingenio agudo, algún barnicillo de lectura, facilidad y vehemencia de expresión, instrucción de la que aquí se usa, para camelarla, harto entusiasta, si bien con astutas restricciones, sin dejarse él resbalar al gremio de los listos para maridos en que casi suegros y no menos urgidas mozas pretenden enrolarlo.

—No, doctor; no hay nada de eso.

—¿Que no? Si yo me sé la máquina del amor al dedillo... quimeras, pamplinas, futesas. Usted, tras rabietas estruendosas y después de querellarse con el ingrato por algunos días que no llegan a semanas y de hablar de él lindezas con sus amigas, ensayar discreteos con algunos de sus muchos adoradores, entre los cuales yo me cuento, acabará siempre por perdonarlo, bajo el juramento cien veces formulado y violado otras ciento, de no volver a las andadas; pero el ingrato burlado, notando la falsedad de la indiferente calma con que usted, inhábil para el fingimiento, tratarlo suele, no se dejará engañar ni por sus furores ni por sus añagazas de indiferencias corteses, pues el muy redomado Roberto sabe cuál es el punto y remate de todos esos amagos de indiferencia y desvío...

En el despacho de Montellano, invadido por nubes de humo de los cigarros, había mesas para los jugadores, se charlaba, se apuraba el |whisky de 10 chelines peniques y el brandy de 25 francos.

En un rincón cuchicheaban Landáburo, el doctor Agüeros, Polanco, Mata. El alegre estruendo de la orquesta ahogaba las conversaciones, facilitaba las confidencias.

—Esto va mal, decía el médico componiendo un cigarrillo. Ronderos se eterniza; su prestigio, a pesar de los ataques de |La Revaluación, se extiende y la paz de Varsovia se concilia.

—La maldita canalización lo ha salvado, observó Landáburo. Muchos de nuestro amigos están desertando. Socarraz mismo, que parecía el más intransigente, ha recibido destino de Bellegarde.

—Y es que realmente en pocos meses han hecho prodigios, agregó Polanco. No me figuré yo, cuando oí hablar de este asunto, que la empresa fuera tan seria. Han establecido trabajos por todo el río; tienen miles de trabajadores y riegan el oro por todas partes.

—La empresa se ha hecho simpática. Los artículos de Roberto han hecho impresión, preciso es confesarlo, dijo Agüeros. Si no se hace un esfuerzo, el viejo Ronderos se nos encarama a la presidencia. Por el río canalizado se nos sube al palacio de San Carlos.

Calló la orquesta. Al despacho llegaron los murmullos de las conversaciones de fuera. Los del grupo creyeron prudente suspender las confidencias; Mata los convidó a tomar un trago; se acercaron a la mesa, apuraron las copas, encendieron cigarrillos. Llegó de nuevo al espacio el estrépito de una polka.

—Necesitamos organizarnos mejor, amigos; dijo Landáburo reuniendo nuevamente el grupo de sus íntimos. Es indispensable la dirección unitaria del partido, la obediencia ciega a un solo jefe. Es indispensable que ustedes proclamen mi candidatura de jefe único de la |Revaluación; yo la propongo a ustedes con la franqueza de soldado que me caracteriza y como la única tabla de salvación posible para nuestro gran partido; esto no constituye pecado, sino antes un quijotismo político que está mandado recoger por inepto, anticuado y gazmoño... Necesito, reconocido ya como jefe, que me entreguen las fuertes sumas que los copartidarios han erogado en toda la República para los heridos de Polonia.

—Esta parte es difícil, dijo Agüeros, que estaba encargado de la tesorería... a menos que usted fuera declarado director, como lo desea.

—Lo seré... me haré; querido Agüeros... Yo he andado buscando hace largo tiempo, como Diógenes con su linterna, el hombre que pudiera ejercer la dirección unitaria, el mando supremo, y lo he encontrado; amigos, lo he encontrado... ese hombre soy yo.

—Chit, dijo Mata; otra copa. Vamos más bien al comedor... ¡Vamos!

En la galería, la orquesta llenaba la casa de estrépitos; brillaban los cobres y los arcos de los violines iban y venían; pudieron penetrar por entre la apiñada concurrencia y llegar a la puerta del salón. En el centro, doña Aura, con movimientos afectados, en que procuraba ocultar sus cuarenta años, repartía el bizcocho de novia. Landáburo al verla, y no pudiendo hacer papel secundario en acto ninguno, penetra por entre las parejas, se acercó a la poetisa.

—Voy a ayudarle a usted en esta poética ceremonia.

Y oficiando Landáburo, continuó la poética ceremonia en que los convidados no sabían qué hacerse con esas tajadas negras y duras, cubiertas de balines plateados que se deslizaban entre la dentadura.

Al ver a Mata en la puerta del salón, se alzó l voz de doña Aura:

—Que nos recite algo el siempre inspirado poeta.

—¡Sí... sí... dijeron varios; que hable.

—Se lo suplico, bardo amigo.

— |La balada de la desesperanza

— |Metamorfosis.

— |Sinfonía en gris mayor.

— |Nostalgia egipcia.

—¡Sí, sí, eso! |Nostalgia egipcia.

Condujeron al poeta a un ángulo del salón, se sentaron las parejas y empezó Mata su recitación. Los espejos colosales copiaban la escena: las señoras ocultaban el fastidio detrás de los abanicos; algunas muchachas cuchicheaban con sus novios; otras, acreditándose de literatas, alargaban el cuello, prestando grande atención; los hombres, en pie, en un círculo apretado, ostentaban las banderitas en el ojal, cintajos blancos, y mostraban sus fisonomías aburridas, en tanto que el poeta junto al balcón, en plena luz, caídos los párpados que dejaban ver la línea roja de una pupila sanguinolenta, alzaba y bajaba los brazos, iba y venía como un hombre que se bambolea en una barca. Por fin concluyó:

No me pongan maderos de cuatro ángulos rectos
Que tienen los cristianos en sus tumbas erectos.

 

Ra vele allí mi sueño. Ra, el gran dios del dominio,
Ese sueño de momia de que nos habla Plinio.

 

Y también me acompañe Keth, la divina Gata
Con sus ojos de fósforo y su sonrisa chata.

 

¡Cuánto mejor que monjes y romanos pontífices,
Tener de Phat-Hotep los divinos artífices!

 

Y cúbrame la sombra, en el imperio Idea,
De Patch, que con su testa de leona muequea.

 

Y el Buey Apis, el bruto más santo de los brutos,
Que sus cuernos eglógicos tuerce en corvos volutos.

 

Yo quiero que se rompa el canto de mi lira
Junto a la eterna Esfinge, que mira, mira, mira,

 

Y en el arenal nubio, que un sueño blanco finge,
¡Ser el eterno novio de la inviolada Esfinge!

Resonó en los salones un aplauso amortiguado por los guantes; volvió el grato murmullo de pases, de conversaciones animadas, de carcajadas alegres, y poco después rompió la orquesta.

Landáburo y sus amigos continuaron su marcha interrumpida hacia el comedor. Por fin llegaron a la puerta y legraron columbrar, tras una masa compacta de convidados, el inmenso mostrador desbordante de manjares y de vinos. En el interior se agitaban los criados, alzaban los brazos, distribuían platos que en el aire arrebataban los convidados.

Caballeros y señoras, los codos contra el cuerpo, trinchaban y bebían con dificultad; tras ellos, una segunda fila, que esperaba el momento de llenar los claros y entretanto atajaban el vuelo a algún pastel, unas pasas, una taza de caldo, que temblequeando pasaba sobre las cabezas y que entre exclamaciones de terror caía sobre los trajes en forma de rocío. Más atrás, tercera fila, que se entretenía viendo y escuchando de lejos el juego de las quijadas, el vaivén de los criados, los taponazos del champaña, el |chis chas de los cubiertos y de las copas.

Landáburo y sus amigos ingresaron en la tercera fila, en la fila de les aspirantes. Después de larga expectativa lograron que algún comedido les enviara platos; luégo consiguieron tajadas de carne fría; media hora después llegó un cuchillo, más tarde un tenedor, y ya provistos de ellos, quedaron en pie, mirándose, sin apoyo, sin saber cómo trinchar, con los platos en la mano. Observaban con envidia en un extremo a Sánchez Méndez, pegado al mostrador, que saboreaba con lentitud los manjares, daba sorbitos de vino, lo paladeaba, dejaba la copa y tomaba el menú, se lo acercaba a los ojos para cerciorarse de que había comido a conciencia.

Al comedor llegaba la frase infatigable del valse y en el ambiente caldeado y espeso se cruzaban los gritos:

—¡Jacinto, galantina de pavo!

—¡Champaña!

—Pedro, ¿qué hubo de mi carne fría?

—¡Otro pastelito

—A ver, a ver: un poco de vino tinto... pero |Chateau Lafitte... no me acerque el catalán.

—¡ |Sandwiches!

—Una taza de caldo.

—¡Ay, mi levita!

En los corredores se habían establecido dos corrientes contrarias: los que iban al comedor, decaídos y escuálidos, y los que, satisfechos y rozagantes, regresaban a los salones. Por fin pudieron Landáburo y sus amigos pasar a la segunda fila, luégo a la primera, junto al mostrador, entre un grupo de comerciantes.

—Prefiero, vino tinto, decía un comerciante enjuto, de mirada vidriosa y con una voz doliente; la dispepsia no me permite otro... el Burdeos está a 300 francos tonelada...

Otro comerciante de mofletes rozagantes, y cuya panza le impedía aproximarse debidamente a la mesa:

—Pues usted con su dispepsia debe estar contento con la baja de los derechos al tinto.

—No, porque se los han subido a todo lo demás.

Los artículos de Manchester han alzado; ya no se pueden importar... El comercio perdido, muerte.

—No tanto, decía el capitalista panzudo. Si adelanta esa empresa de canalización este país se salva como la Argentina; ya han bajado mucho los fletes del río, al acelerarse un poco la navegación... Calculen ustedes lo que será cuando Bellegarde logre que suban directamente buques de gran calado.. Suspensión de comisionistas, trasbordos... además, exportación rápida y barata... Esperemos... Yo mismo creí al principio que esa empresa, como muchas otras, era una farsa... No, señor, es muy seria y buena para todos... Con cuatro años de paz tenemos canalizado el río.

El general Ronderos, que por sus ocupaciones no había podido asistir a la ceremonia y al principio de la fiesta, acompañado de Montellano y de algunos amigos más, se presentó en el comedor. Lo rodearon, lo agasajaron, levantaban las copas brindando por él.

Karlonoff, que se había reconciliado con Montellano, que creyó que las acciones de Ronderos subían y que su prestigio era invencible, exclamó:

—Por el futuro presidente.

De extremo a extremo de la mesa fue acogido con júbilo el brindis, se alzaren las copas.

—Por el futuro presidente.

Landáburo y Sánchez Méndez cruzaron una mirada, dejaron las copas en la mesa, pero hicieron un gesto, como si hubieran probado vinagre.

El general Ronderos, después de manifestar con emoción su agradecimiento, de decir algunas galanterías a las damas y de cruzar algunas chanzas con sus amigos, se retiró.

Landáburo propuso un brindis, dirigiéndose al grupo de comerciantes, que iba engrosando de momento en momento:

—Brindo por los hombres de trabajo que viven de y para la industria. Yo también soy hombre de trabajo. Toda mi ambición hubiera sido ser un oscuro labriego... Ustedes habrán visto mi famoso editorial |Paso al trabajo, en favor de las clases dirigentes... Hasta donde sea yo periodista, tribuno y guerrero, se lo debo más a ciertas persecuciones —y señaló con la punta del bigote la puerta por donde había salido Ronderos— que a mi vocación por la política... Como el |Médico a palos, de Moliére, yo he venido a ser una notabilidad política contra mi voluntad...

Se hizo poco caso de Landáburo. Este se sentó, pero levantándose de nuevo continuó, encarándose con el grupo de comerciantes:

—Se me tacha de jacobino, de anarquista en los periódicos... ¿Encarno yo ese tipo?... Necesita el ambicioso vulgar, mentir, fingir, tergiversar, acariciar a los fuertes y adular a todos... ¿No les consta a ustedes que soy hombre de algún gusto  literario, que sé algo de comercio y agricultura?

—Me consta, me consta; contestó con afán el comerciante dispéptico, como temiendo un empréstito forzoso.

Las horas sé deslizaban felices y rápidas; en los salones las cortinas filtraban los resplandores de la tarde que se apagaban a veces cuando, arrastrada por el viento, bajaba de Monserrate la llovizna que, precipitándose por ráfagas, azotaba los cristales. Reaparecía el sol, y quebrándose en los prismas de las arañas daba toques de arco-iris en los barnices de las puertas.

La concurrencia, haciendo remolinos de colores, giraba por la galería, por los corredores, por los salones espaciosos, entre crujidos de seda; las mejillas estaban encendidas, los ojos chispeantes. El baile se sucedía sin tregua, cuadrillas, polkas, valses... La orquesta lanzaba sus notas instadoras, turbulentas; cuando enmudecía, el murmullo de las pisadas, de las conversaciones, de las risas, se había vuelto un estruendo en que robosaba la alegría. Un vaho perfumado y ardiente envolvía, embriagaba a los convidados.

En el despacho de Montellano, anublado por el humo de los cigarrilos, menudeaban los tragos; los frascos de brandy y de |whisky, y las cajas de cigarros habanos habían sido apurados y repuestos varias veces; la intimidad, la confianza, la expansión fueron dominando a los comerciantes, a los capitalistas, en cuyo centro tronaba la voz de Montellano

—Ustedes habrán extrañado este matrimonio en mi casa contra las costumbres... según me dicen... La casa de Aura muy pequeña... queríamos una gran fiesta... una fiesta de tres mil pesos oro americano, amigos.

Los capitalistas, los grandes comerciantes, generalmente recelosos, fueron abriendo sus almas con precaución, como abrían sus cajas de hierro y dejaban ver sus proyectos, sus esperanzas, sus ambiciones. En medio de la música lejana, entre risotadas, golpes en el hombro o en el vientre, entre el champaña, el brandy y el tic-tac de las copas, estallaban en el aire, como fuegos artificiales, frases que tenían para esos hombres una sonoridad, un encanto, una poesía indecibles:

—Alza del café.

—Mercado flojo.

—¿Saben ustedes la quiebra de Martín Brothers?

—La quina va a resucitar; hay la esperanza de una guerra europea.

—Cotizaciones de Costa Rica y Guatemala.

—Café pilado de exportación.

—Cueros salados verdes.

—Veinticinco por ciento de descuento.

—Bayeta de cien hilos.

—Acciones de la canalización.

Doña Aura, asumiendo su papel de ama de casa, hacía con ostentación los honores, discurría por todas partes buscando parejas para las jóvenes sentadas, deslizando una palabra aquí, una frase literaria allá, solicitando galanes para llevar al comedor a las matronas. Su fisonomía se iluminaba cada vez que encontraba a Bellegarde y alzando la voz para ser oída:

—Señor conde, no ha tomado usted nada.

—Señor conde, ¿qué cuenta usted ahí?

—Señor conde, ¿quiere usted darme el brazo?

—¿Querrá usted creer, señor conde, que yo me asfixio en este país?... Anhelo íntimamente el posar el pie en la patria de usted, en fin, la patria de George Sand, de Anais de Segalais, de Madame Stael, de Madame Craven... Esas mujeres varoniles vivieron de su pluma... Allí una mujer puede ser hombre de letras.

Inés, rodeada de sus muchos admiradores, sostenía con ellos una conversación chispeante. Roberto dominaba el grupo, lo tenía bajo el encanto de su palabra retozona, neta, brillante, amarga a veces. Bellegarde, cada vez más enamorado, se había impuesto inexorablemente la reserva, no quería romper el arreglo de las dos familias, ser estorbo a la dicha de Roberto, llevar mayores inquietudes y zozobras al corazón de doña Ana. Pero, a pesar del dominio que ejercía sobre sí mismo, desfallecía y, como en el teatro, en la noche de |Werther, dejaba caer en los oídos de Inés alguna frase, alguna alusión que revelaba su pasión escondida. Sin embargo, no se creía obligado a privarse del placer de conversar con Inés, de admirar sus ojos meditativos y acariciadores, aquella fisonomía altiva, ennoblecida por un reflejo de bondad, alumbrada por un resplandor de inteligencia.

Se presentó Landáburo:

—Roberto, una recitación... ¿Puedo conducirla al piano, señorita Inés?

Ellos se excusaron.

—Señor Bellegarde, se me dice que usted es un gran músico, un gran pianista... Yo entiendo bastante de música, conozco la armonía, el contrapunto, aunque no sé tocar instrumento ninguno; apenas sé dar los toques más importantes en la corneta... ¿No quiere usted complacemos, señor conde?... Vengo como embajador de la dueña de casa, de doña Aura del Campo de Montellano.

—¿Como embajador? dijo Roberto. En 1815 se presentó Canova a reclamar en París los cuadros que Napoleón se había traído del Vaticano, para volverlos a él. —"Vengo como Embajador de la Santa Sede." —Como |empacador, querrá usted decir, le contestó Talleyrand.

Landáburo se retiró molesto, fue a cumplir otra embajada.

—Y no será fácil empacar a doña Aura, continuó Roberto en voz baja.

Alcón, que había dejado libre a Dolores, mientras bailaba con los jóvenes, en un nuevo arranque de audacia, resuelto ahora sí a dar cima y remate al asunto, la tomó de nuevo del brazo y continuaron los interminables paseos. Ella no quería exhibir su despecho, su desencanto, la ruina de sus esperanzas y fingía la animación, la alegría, una explosión de contento. Alcón, al verla así, se creía vencedor, triunfante, sin duda el gozo de Dolores estallaba por estar en su compañía. El había conseguido, con sus frases de corte clásico y con el descrédito de Roberto, ablandar el pedernal de ese corazón, doblegar aquella voluntad en favor suyo.

Pero cuando pasaban por el saloncito en que estaba Roberto, él sabía distinguir la amargura de Dolores en su acento, en la crispatura de las manos que retorcían una cinta, en el febril centelleo de la mirada.

Lo que más le irritaba era ver tan cerca la cara del doctor Alcón, enrojecida por el placer y el presentimiento del triunfo, esa sonrisa falsa, esa nariz corva, esos ojos de ave de rapiña, que parecía iba a tomarla traidoramente en sus garras, arrebatarla.

—Señorita, dijo Landáburo, como embajador de su nueva madre vengo a pedir a usted que nos embelese con los encantos de su voz.

Ella vaciló, pero para desprenderse de Alcón, para salir de sus garras, tomó el brazo del embajador.

— |Carmen... tengo encargo de suplicar a usted que nos cante el aria de |Carmen.

Ella por un instante quiso rehusar; sentía una opresión extraña, experimentaba repulsión por ese canto tan apasionado, de una alegría tan chispeante, repasado todas las mañanas, mientras oía el murmullo del agua en el patio y en el escritorio vecino la voz de Roberto... ¿Cantar?... Sí, cantar, dominarse, ostentar una alegría atrevida, la alegría de un corazón libre. Cerca al piano temió que las fuerzas la abandonaran, que se quebrantara su energía; sintió una palpitación en las sienes, un zumbido en los oídos, el ardor de la sangre que le quemaba el rostro... olvidó la letra, el canto; pero en un nuevo arranque se dominó, con un esfuerzo supremo hizo una señal a la orquesta y, sostenida por los primeros acordes, rompió con voz insegura:

Quand je vous aimerai, ma foi je ne sais pas.
Peut-étre jamais peut-étre demain.
Mais pas aujourd´ e´est certain.

Roberto notó con extrañeza que esa frase musical, juguetona, en que se adivinaban las castañuelas, que repetía Dolores por las mañanas, sin intención, sin alma, se iba impregnando de sentimiento personal, de vida, de espíritu, de fuego, y lo dominaba una emoción profunda, el contagio de los sentimientos vigorosos, de los ímpetus incontenibles.

Dolores continuaba:

L’amour est oiseau rebelte
Que nul ne peut apprivoiser;
S´il lui convient de refuser
Rien n’y fait menace ou priére.
L´un parle bien, l´autre se taie,
Et c´cest  l´autre que je prefére,
Il n´a rien dit, mais il me plait.

Los circunstantes escuchaban extáticos: corrían los efluvios misteriosos, la vibración de los sacudimientos profundos.

Roberto, inmóvil, pálido, alelado, la escuchaba. La voz de Dolores, mal educada todavía, con acentos salvajes, con timbres ásperos, comunicaba a la melodía un sabor extraño, una expresión de sinceridad indecible. En la música retozona dominaban las notas de despecho, las inflexiones de amargura, la lágrima escondida entre la carcajada, la amenaza oscura de los celos. Era el amor que estalla, que palpita, que contagia; la pasión fascinante, avasalladora.

L´amour est enfant de Bohéme
Il n´a jamais connu de loi
Si tu ne n´aimes pas je t´aime
Si je t´aime prends garde á toi.

A pesar de la admiración que despertó el canto, la concurrencia permanecía en silencio; la dominaba y la paralizaba la sorpresa, el estupor el pasillo, el escalofrío del entusiasmo.

Bellegarde observaba a Roberto, veía cómo sus ojos aclarándose tomaban una intensidad de vida extraordinaria, y en la intuición de los momentos supremos comprendió que la pasión de Dolores repercutía en el corazón de su amigo, que estaba subyugado, vencido; y entonces él quedaría libre, sus vacilaciones, sus delicadezas caerían; el obstáculo para su felicidad desaparecería. Inés lanzó una mirada rápida a su primo, sobre su frente de jazmín pasó una sombra, pero volvió en el acto a su altivez amable.

Alcón con la calva enrojecida, con los ojos centelleantes, se dirigió a Dolores; sin duda esa pasión tan sincera la había inspirado él; ese canto apasionado, ese timbre de voz penetrante, esa música elocuente eran su triunfo. Dolores era suya y con ella el prestigio invencible de los millones.

Los ojazos negros y ardientes cayeron sobre Roberto, que también estaba a su lado; una expresión de alegría inefable iluminó el rostro de Lola, se apoyó sin vacilar en el brazo del joven y entre los aplausos estruendosos de la concurrencia que despertaba al fin de su estupefacción, atravesaron los salones, se alejaron juntos. Dolores sintió que el momento tan anhelado llegaba, que se iba a decidir su suerte: ¡Dolores!...

Y ella radiante de alegría volvió la cabeza en que daba de lleno el sol de la tarde.

La frase ardiente, apasionada, estaba ahí, brotó en el pecho de Roberto como una llamarada, subió por la garganta, le tembló en los labios; pero observó los enormes diamantes, los colorines, el andar estrepitoso, un gesto de triunfo vulgar... los visos canelos en la cabellera de azabache, esas manos anchas y cortas, las manos rapaces de Montellano... y la frase quedó muerta, soltó el brazo, hizo una venia fría, en tanto que ella se entraba a sus habitaciones.

La orquesta continuaba; repetía el ritmo acelerado, juguetón, en que se adivinaban las castañuelas.

L´amour est enfant de Bohéme
Il n´a jamais connu de loi.
Es el amor un bohemio
Que no tiene Dios ni ley.
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