INSOMNIO
Dolores, al soltarse del brazo de Roberto, cruzó el tocador, atravesó dos salones, llegó a su cuarto, cerró la puerta para aislarse en su despecho, en su tristeza; se sentó fatigada, con los ojos fijos, sin mirar, sin pensamiento, los brazos caídos a lo largo del cuerpo. Toda la vida, toda la sangre estaba en el pecho, en el corazón desordenado.
Al través de las paredes y de las cortinas llegaban hasta ella las voces de las flautas, los gemidos de los violines, la nota solemne del contrabajo, que se confundían con los aletazos de la brisa y con los silbidos del viento en las rendijas. ¡Qué distinta había sonado esa música en la atmósfera clara de la mañana, en horas de esperanza, anunciando un día de regocijo!... Ahora ya era una melodía fatigada, que los músicos arrancaban sin entusiasmo de las cuerdas gastadas; melodía que se arrastraba con acentos de hastío, con dejos de extenuación, por los salones donde los últimos convidados giraban entre flores muertas y encajes marchitos. Por fin callaron esas notas que le herían la cabeza, que le golpeaban los nervios como los martinetes golpean las cuerdas del piano. Se fueron ahogando en los salones los murmullos de voces y pisadas. En la calle se oyó el golpeteo de las portezuelas, el rodar de los coches y las herraduras de los caballos que sordamente se fueron perdiendo en la distancia. Después algunas pisadas solitarias, voces de criados, puertas que se cerraban una tras otra; luégo un silencio general acentuado por esos rumores, la tristeza de la noche que todo lo invadía; y entre esa mudez, en medio de aquel frío, surgió ante los ojos de Dolores, como a consolarla en esa soledad, la imagen de su madre.
Y con ese pensamiento, el falso valor de que estaba alardeando, la indiferencia fingida que la sostenían, se deshicieron. Sobrevino la crisis, la explosión de llanto, y tendió los brazos en el vacío buscando a su madre. Con cuánta confianza, oculta la cabeza en el regazo materno, hubiera desahogado su pena. ¡Qué falta le hacían esos besos apasionados, esas palabras de ternura, esas caricias! Nunca como en ese instante había comprendido su orfandad, jamás se había sentido tan sola... ¡Qué horror, qué repugnancia experimentaba en ese momento por doña Aura, que había usurpado esa mañana el puesto de su madre!... Y en su cerebro calenturiento veía dos caras aborrecibles: doña Aura e Inés. Inés que se atravesaba en su camino, le arrebataba su dicha. ¡Ah, pero ella la humillaría, le pagaría con creces baldón por baldón, vergüenza por vergüenza!
Se paseaba agitada por el cuarto, se retorcía las manos, se despertaban instintos oscuros, indefinidos, ocultos, en los pliegues recónditos del alma y que brotaban en ese instante de dolor, causándolo sentimientos confusos de rabia, de despecho, de tristeza.
Y como para alejar de sí esas imágenes odiosas se llevó las manos a los ojos y desfilaron las escenas de aquel día: la partida a la iglesia, el altar, los cirios, las fajas de sol entre las nubes de incienso, el rodar de un coche en la plaza, un presentimiento que la hace estremecerse; un ruido de seda... ¡Inés! y a su lado Roberto... Después la casa, los salones, el remolino del valse... el tocador... otra vez Inés que llega entre un murmullo de homenaje. El beso... esos labios fríos, suaves como pétalos de rosa que aún siente en la mejilla... Alcón, su calva, su sonrisa falsa, su aspecto de ave de rapiña... Y, con mayor intensidad, causándole una opresión, una punzada de dolor en el pecho, la canción de |Carmen; Roberto trasfigurado, con los ojos aclarados por la pasión intensa, los labios que tiemblan, que van a balbucir aquella frase: ¡Dolores!... De pronto el frío, el cambio, la mirada que se apaga, la desilusión que se refleja en las pupilas. Dios mío, ¿por qué? ¿Qué tengo yo que lo aleje de ese modo?
Un relámpago inundó el aposento, y haciendo eco a su dolor, corrió por la cordillera el retumbo de un trueno.
En esa hora de desengaño, de primer dolor intenso, cuando se secaron las lágrimas en sus párpados ardientes, sin querer mirar hacia el futuro, pensó en el pasado, recordó su niñez a que se mezclaba siempre el recuerdo de su madre... la hacienda de la |Danta, la existencia en la naturaleza salvaje, el gemido del trapiche... Su eterno anhelo por llegar a la capital y en un día de esperanza la partida, el viaje... la subida a los riscos de |El Consuelo... la mariposa azul... El desconocido que se acerca, el diálogo en esa mañana que los envolvía con los vapores tibios de la hondonada ante esa inmensidad llena de luz, como un horizonte nuevo de dichas infinitas... El rosal, la lluvia de pétalos blancos, que los cubre como una lluvia de azahares, su velo de novia.
Una tiniebla espesa invadía la alcoba de Dolores, que se levantó y fue a apoyar la frente en los cristales, hundió la mirada en la calle desierta, oscura, en el cielo sin estrellas... Empezaron a caer gruesos goterones que golpeaban en las vidrieras y resbalaban como lágrimas. De pronto, un relámpago, deslumbrándola, iluminó la línea de fachadas con una reverberación cárdena, y todo volvió a hundirse en la sombra... Otro relámpago, y con los ojos dilatados de espanto vio de nuevo destacarse sobre el cielo encendido, los perfiles de las casas, la torre de una iglesia, mientras el trueno hacía retemblar los cristales.
Se fue alejando la tempestad, rodaban por la serranía los lejanos rumores del trueno, hasta que enmudeció la noche.
Sintió entonces un cansancio, un dolor agudo en los ojos, en la frente, como si fuera a estallar la cabeza. Se sintió ahogar, la invadió un anhelo vehemente de deshacerse, de borrarse, de morir, y volvió a dejar correr de nuevo el llanto que caía por las mejillas, por la curva de la barba.
La fatiga, la pesadumbre, la rindieron al fin; quedó dormida. El frío de la madrugada la despertó; se incorporó en la oscuridad; llena de miedo, sin recordar en dónde estaba, tiritando de frío con la conciencia de un pesar confuso y vago. A tientas, y tocando objetos que al caer la horrorizaban, logró llegar a la ventana. Había escampado, reinaba en la ciudad un silencio sepulcral, interrumpido por la queja igual de la gotera. En una gradación de sombras se presentó la fila de fachadas, alumbrada a trechos por la claridad polar de los focos eléctricos. En el fondo, sobre una atmósfera de silencio, en que se adivinaba el letargo de millares de seres, se alzaban pesadamente las moles de Guadalupe y Monserrate; más allá, por la abertura de los dos montes, las fajas de la aurora. Un gato andaba furtivamente por un tejado, llegó al filo, se orientó, destacando sobre el cielo ya limpio su silueta. Dolores buscó el abrigo de la cama y quedó de nuevo dormida...
La voz solemne de la campana mayor de la Catedral la despertó; abrió los ojos entre ondas de luz que jugaban en las cortinas y en el papel de ramazones azules. Quiso sonreír como de costumbre ante ese resplandor de alegría; pero de pronto la asaltó un recuerdo vago, sintió la punzada de la pesadumbre; la sonrisa se le murió en los labios.
—¡Ah sí!...
Se incorporó. Su pensamiento, como iluminado por aquella luz fresca, y serenado por el descanso, trajo ante sí, en orden, una por una, las impresiones de la víspera.
Continuaban los repiques llenos de estruendos, de promesas, de alborozos; vio en la casa del frente, bañados por el sol, los festones que se bamboleaban a la brisa.
¡El Corpus... la fiesta!
La luz, los clamores de la torre vecina, el bullicio que subía de la calle, le hablaban de alegría, de nueva vida; le infundieron valor, despertaron en ella las energías de la herencia, el instinto batallador, el deseo de la lucha y del triunfo.
