Señor Gregorio Gutiérrez González.
Cuando Emiro Kastos, el escritor eminente, me dirigió algunas
cartas de Bogotá, me llené de placer, de esperanzas y de
orgullo.
Porque vi en ello una prueba del cariño del amigo; y porque el
escritor unía irrevocablemente mi nombre a su fama
imperecedera.
Y tú, mi querido amigo, como si estuvieras celoso de Emiro y
compitiendo en generosidad con él, has querido hacerme la misma
distinción y permitir que mí nombre se una al tuyo. Gracias.
Al regalarme la primera página de este libro y al darme licencia
para escribir mi nombre en su portada, me hiciste un regalo de rey:
fuiste más que generoso, fuiste magnífico, te mostraste
espléndido.
Uniste mi nombre al tuyo, e hiciste inmortal el mío.
Y tu nombre irá muy lejos, porque andará sin descanso; y porque no
podría detenerse nunca sino el día en que dejaran de oírse las
dulces notas de tu lira. Y esto no puede suceder, no sucederá;
porque el millón de admiradores que tienes y tendrás, transmitirán
de siglo a siglo tus cantares y mantendrán siempre vivos tu
memoria, tu genio y tus versos inmortales.
Tuyo de corazón,
C. A. E.
1860. - Agosto 10.
