ENRIQUE ALVAREZ HENAO
Enrique Álvarez Henao tenía, según sus contemporáneos, un cuerpo asimétrico porque estaba compuesto de líneas curvas y rectas. Era de estatura regular, frente amplia, una nariz que buscaba ser aguileña, labios gruesos, ojos vivarachos que de muchacho bailaban sobre su rostro de color algo moreno. Se movía con ciertos movimientos nerviosos, muy peculiares en la cabeza, los brazos y el tronco. Los interlocutores quedaban sorprendidos cuando en medio de la conversación, Enrique Álvarez Henao giraba de modo rápido sobre su talón derecho.
Unos quince años antes de que terminara el siglo XIX, el futuro poeta asistía al Colegio del Rosario de la ciudad de Bogotá. Compartía la misma banca con Luis Antonio Mora en la clase de Historia Antigua. La amistad que nacía entre los dos, permitió que Álvarez se atreviera a leerle a su compañero de escolaridad algunos de sus poemas. Gustaba del poeta de moda que por entonces era Gustavo Adolfo Bécquer y del estilo imitado del romántico español nacían más poemas. Era extraño su forma de declamar. Entonaba con una voz desalentada, de queja y con las manos realizaba una mímica que lograba confundir al interlocutor.
La vida despreocupada tenía para Álvarez Henao una mayor atracción, aunque, de modo paradójico, había decidido matricularse en una de las carreras académicas que le exigía mayor responsabilidad, la Escuela de Medicina. Lo recuerdan como un estudiante ocasional que asistía a la conferencias cuando no tenía otra actividad que realizar. El padre José A. Núñez dice del poeta que había nacido en Bogotá el 29 de noviembre de 1871, que "su fina sensibilidad temperamental se estrelló contra la dureza de la suerte. Llevó una vida de bohemio. Brotó como fruto natural de su inspiración la tristeza, el desengaño, la amargura, conjugados con anhelos místicos y nobleza de ideas". En su época y muchos años después, sus lectores recordaron de memoria su poema "La abeja": "Miniatura del bosque soberano,/ y consentida del vergel y el viento,/ los campos cruza en busca del sustento,/ sin perder el colmenar lejano.// De aquí a la cumbre, de la cumbre al llano,/ siempre en ágil, continuo movimiento,/ va y torna, como lo hace el pensamiento,/ en la colmena del cerebro humano.// Lo que saca del cáliz de las flores/ lo conduce a su celda reducida,/ y sigue sin descanso sus labores,// sin saber, ay! que en el vaivén incierto/ lleva la miel para la amarga vida/ y el blanco cirio para el pobre muerto¡"
Su vida disipada lo alejó de sus estudios de medicina. Al morir sus padres y hermanos mayores asumió la responsabilidad de su hermana María Josefa, que lo aventajaba en algunos años. Se convierte en músico para llevar algún dinero a su casa. En el café La Gran Vía, carrera Séptima con calle Diecisiete, lugar de sus afectos bohemios, sacaba de su bolsillo una dulzaina e interpretaba canciones con las que alegraba a los contertulios.
Era pobre Álvarez Henao, aunque los que lo conocieron dijeron que mantenía siempre arreglados y limpios sus vestidos. Murió de un cáncer en la garganta en la ciudad de Bogotá, el 19 de julio de 1914.
