LUIS VIDALES
Nació en Calarcá el 26 de julio de 1904, en la hacienda de Río Azul de propiedad de don Luis Felipe Jaramillo Estrada, su abuelo materno. Su azarosa vida política lo llevo a que peregrinara por todo el país. Dormía sobre cueros de res sobre las márgenes del río Magdalena, en hamacas bajo techos de pajas de ranchos campesinos o en duros catres de tablones en casa de trabajadores. Estuvo muchas veces en la cárcel. Era un muchacho indómito que pedía equidad y justicia. En Tunja, cuando le dieron la libertad, se negó a salir de su celda hasta que el juez no soltara a los obreros que habían detenido junto con él. En Neiva hizo huelga de hambre durante cuatro días. Preocupados por su estado de salud, el gobierno le dio la libertad después de que había sido condenado a 18 meses a la colonia penal en las selvas de Vichada.
Sin embargo, este hombre de luchas y enfrentamiento, una vez casado con Paulina Rubio a los 32 años, se convierte en un hombre de hogar. En una tarde dominical del mes de diciembre de 1950, el periodista David Peña lo encuentra en su casa de Bogotá con su mujer y sus pequeños cuatro hijos: Luz, Carlos, Ximena y Leonardo. Juega a la par con sus pequeños a "cuclí libertario" o a las "gambetas". Vidales establece un diálogo con sus hijos, les cuenta sus propios cuentos, porque sabe que en Colombia los niños han sido tratados como "parientes pobres".
La interrogación es sobre la vida privada. ¿Qué come el poeta? No puede olvidar su tradición culinaria de una región que fue colonizada por antioqueños. Los alimentos que se preparan en su cocina deben ser los típicos de la montaña: los frijoles, las arepas, son sus preferidos, aunque su esposa es bogotana. Desayuna temprano. A las dos de la tarde almuerza. Come o cena a las nueve o diez de la noche. Con respecto a los licores, el poeta responde que toma trago sin ser vicioso. "Me gusta -dice- el whisky puro o el puro puro. Este último tiene la ventaja sobre el otro que no produce los tremendos";guayabos" que en mi son dolorosísimos". La intimidad del poeta Vidales va ahora al cigarrillo. Recuerda que prefiere el tabaco rubio porque el tabaco negro le repugna. Al hablar de su relación matrimonial dice que le gusta ser monógamo perfecto. Esto lo logra no por pactos sentimentales, sino porque la conformación de su personalidad lo inclina hacia esa forma de la condición biológica.
Luis Vidales, dos décadas atrás, antes de que viviera su apacible vida de hogar, pudo conocer Europa. Apenas supera los 20 años de edad. Su experiencia en París determina cambios fundamentales en su vida y así lo reconoce él. Puede apreciar directamente el movimiento Surrealista, sus manifiestos, toda la pintura impresionista que ya ha sido sobrepuesta por el impresionismo, el cubismo. Está al día en lo que sucede en el arte. Para diciembre de 1928, en medio del frío y de la nieve parisina, se encuentra con otro joven colombiano que está de paso para regresar a su país después de concluir exitosos estudios de derecho penal en Italia, al lado del profesor Ferry. Se trata de Jorge Eliécer Gaitán. Una noche lo lleva a conocer el teatro Mogador. Allí estaba firme, en parada militar, la guardia republicana. Eran hombres de estatura descomunal, con cascos enormes adornados con flecos. A muchos de ellos les faltan las manos como producto de la guerra donde habían estado. El estudiante Gaitán se halla alarmado por tan extraña circunstancia y de inmediato, ante su rostro de sorpresa, Vidales le dice:
-Se trata, mi querido Jorge Eliécer, de que estamos en una sociedad organizada. Por algo estamos en Francia. Les han mandado cortar las manos para que no pidan propina.
Dos años antes, en 1926, cuando estaba en Bogotá, Luis Vidales publica Suenan timbres. El libro conmociona a la ciudad. La importante revista semanal, El Gráfico, le dedica una página con una fotografía de primer plano donde el rozagante y joven poeta posa de frente con unos hombros que caen de modo vertical. El desconcierto que producen sus poemas en prosa desestabiliza toda comprensión. Bogotá es una ciudad que pone al servicio de sus habitantes lo más representativo de la técnica mundial. Hace más de tres lustros los hermanos Didoménico inauguraron las primeras representaciones cinematográficas y la empresa Taxis Taxes moviliza el mejor servicio de transporte por las estrechas calles de la capital. Pero esto no es suficiente. Desbaratar la métrica y la rima en la poesía de la manera como lo ha hecho Vidales, ha sido, para muchos, lo más absurdo que ha podido suceder en el país poético. Para agosto de ese mismo año, desde Buenos Aires, la opinión del poeta Francisco Luis Bernárdez, era distinto al comentario común, por que ha escrito: "Me place la poesía de Vidales porque, ante todo, es una fuerte poesía ilógica".
Las modificaciones son evidentes y han hecho que muchos intolerantes se burlen del poeta de la hacienda Río Azul de Calarcá. Por principiar, les molesta que en vez de titular Suenan campanas, como enseña la costumbre, hubiera colocado Suenan timbres, ese adminículo eléctrico que en nada se parece al armonioso bronce de las campanas. Luis Vidales muchas veces se ha visto en la necesidad de quitarse el saco, subirse las mangas de su camisa para liarse a puños contra todos aquellos que, por referirse de modo irónico contra su poesía, han hecho llorar a sus hermanas en plena calle.
Luis Vidales murió en Bogotá el 14 de junio de 1990-
