ECHAVARRIA, ROGELIO (Santa Rosa de Osos, Antioquia, 1926).

A los 15 años inició en la radio y en un diario de Medellín su carrera de periodista profesional de toda su vida, que culminó con 40 años en «la gran prensa» de Bogotá (10 en El Espectador y 30 en El Tiempo como subjefe de redacción, subeditor, columnista y comentarista cultural). Fundador y editor del semanario Sucesos, de Bogotá (1956-1962).

Obra poética: Edad sin tiempo (1948) y El transeúnte (1964 y seis ediciones más, siempre con nuevos poemas).
Otros libros de carácter antológico compilados por Echavarría: Versos memorables (1989); Lira de amor (1990); Los mejores versos a la madre (1992); Crónicas de otras muertes y otras vidas (1993); Mil y una notas (1995); Poemas al padre (1997); El II tomo de la Antología de la poesía colombiana publicada por la Presidencia de la República en 1996;Antología de la poesía colombiana (1997) y Quién es quién en la poesía colombiana (1998). Estos dos últimos publicados por el Ministerio de Cultura.

Aurelio Arturo escribió sobre la obra que él fue el primero en editar como director de Extensión Cultural del Ministerio de Educación en 1964: «En este parvo libro en que Rogelio Echavarría ha reunido sus poemas bajo el título de El transeúnte, encuentra expresión una de las formas de poesía más originales y audaces de nuestro tiempo».

El escritor argentino Ernesto Sábato le escribió: «¿Con qué puedo retribuir a Rogelio Echavarría su admirable Transeúnte de gran poeta...?
Gracias, querido Rogelio, por su sensible, recatada, hermosa y conmovedora poesía. Perdurará, sin dudas».

El español Antonio Espina definió así la obra de Echavarría: «Intimismo caracterizado y exteriorizado por la exactitud de la imagen, una imagen que brota espontáneamente, como única posible, de la invención del poeta».

Darío Jaramillo Agudelo: «Echavarría fue el primero que abrió los ojos a la poesía de lo cotidiano y de la ciudad: y lo hizo sin abandonar el misterio esencial de la poesía».

Ya lo había dicho el poeta español Jaime Ferrán en 1965: «La actitud poética vigilante de Rogelio avizoraba hace ya 20 años algo que se impuso más tarde, incluso en la poesía española: una valoración de lo cotidiano, el canto de las cosas de todos los días santificado por la oración del poeta».

El argentino César Tiempo cuando conoció El transeúnte: «Su libro lo instalará entre los altos poetas del continente. No necesitará más para presentarse a dirimir supremacías a los mejores».

Fernando Charry Lara: «En El transeúnte se reconoce una de las manifestaciones mejor logradas de la poesía contemporánea colombiana por dibujar, con rara intensidad, una imagen de nuestra vida y de nuestro tiempo, a cuyo trasluz adivinamos esa ardiente experiencia de lo real que sólo nos llega a ofrecer, soñando y al mismo tiempo no soñando, la creación poética».

Pedro Gómez Valderrama: «Esta nueva edición de El transeúnte tiene, sin excluir un solo poema, el acento, la dignidad, la nobleza de la voz de un gran poeta».

Y Armando Romero: «Echavarría es un poeta de la estirpe amorosa de Robert Desnos y Paul Eluard, esa encrucijada donde el surrealismo encuentra, más allá de la vigilia y la razón, la conciencia de un nuevo orden de los sentidos y una realidad de lo sublime que proviene de la visión interior... Cuando creemos que ya hemos tocado fondo de poesía en él, un nuevo paisaje aparece, esta vez cargado de todos los signos del misterio... Es esa cotidianidad de lo maravilloso, ese perenne dolor y asombro frente a los avatares de la existencia, lo que Echavarría expresa con una voz nunca oída en la poesía colombiana».

 

ECHEVERRI, OLGA LUCÍA DE (Envigado, Antioquia, 1948).
Licenciada en educación por la Universidad de Antioquia, profesora de filosofía e investigadora en la misma y en otras universidades.
Libros: El cuerpo o la fantasía y Caminos de la palabra y del silencio.

 

ECHEVERRI CÁRDENAS, JORGE MARIO (Pereira, 1963).
Cursó filosofía en la Universidad Nacional y diplomacia en la Academia del Ministerio de Relaciones Exteriores. Miembro fundador del grupo de la revista Ulrika, coordina talleres de la Casa Silva.
Libro: Azul al filo de los cuerpos (1986), sobre el cual dice Guillermo Martínez González: «El poeta como desenmascarador de relaciones ocultas, como hondero de lo inabarcable, sólo despierta a la edad de la malicia, a la complejidad de los símbolos, cuando descubre el dolor. Allí instala ferozmente la vida; allí el poema, el amor, son lo mismo, adquieren el poder paradójico de crear el ensueño que sostiene y agota. Jorge Mario Echeverri parece tener la intuición de ese secreto y se nos revela en un tono inquietante, con una voz que se queda en el espíritu como la noche de mar en el caracol».

 

ECHEVERRI JARAMILLO, DANIEL (Salamina, 1908).
Doctor en derecho de la Universidad Nacional en Bogotá, ha ocupado altos cargos en la administración pública, en la carrera judicial y en la docencia. Pero su trabajo cultural, discreto y fértil, lo destaca en varios campos: el cuento (por Tierra negra fue premiado en los juegos florales de su patria chica en 1947); el teatro: Muñeca mágica; el ensayo: El alma en el carriel. Y, desde luego, en la poesía, aunque sólo ha publicado una obra: Poemas (1985). También es un excelente orador y conferencista. «La alta música me apasiona —dice— y de hecho la incluyo en cuanto escribo. No hay metáfora sin música».

 

ECHEVERRI MEJÍA, ÓSCAR (Ibagué, 1918).
A la semana de nacido sus padres volvieron a instalarse en Pereira. Allí habían residido desde su llegada de Antioquia. Bachiller del Instituto Claret, desde su infancia empezó a escribir —y a publicar— sus versos y en un almacén de la hoy capital de Risaralda inició su principal actividad extra-literaria, que ha sido el comercio. Prolífico autor, no sólo de poesía sino de ensayos y notas periodísticas de divulgación, fue secretario de la Academia Colombiana de la Lengua, de la cual es socio de número. Editó un Diccionario abreviado de la Lengua Española y con Alfonso Bonilla Naar preparó la antología 21 años de poesía colombiana, de 1942 a 1963, publicada en 1964. Finalmente se retiró a una vida tranquila de lecturas y añoranzas en su hacienda de Buga, en el Valle del Cauca.
Echeverri Mejía ocupó cargos de representación diplomática en España, México y Venezuela. En 1980 recibió el premio «Bernardo Arias Trujillo» otorgado por la Gobernación de Risaralda y en 1995 Pereira lo condecoré con ¡a Orden «Luis Carlos González». También había recibido la «Orden del Arriero» y en Caracas la Federación Latinoamericana de Escritores le otorgó la medalla «Mérito Literario Latinoamericano».
Su principal obra poética: Destino de la voz (1942); Canciones sin palabras (1947); La rosa sobre el muro (1952); Cielo de poesía (1952); Toledo (1958); Viaje a la niebla (1958); La llama y el espejo (1959); Mar de fondo (1963); España vertebrada (1968); Humo del tiempo (1970); La patria ilímite (1971); Duelos y quebrantos (1974); Arte poética —antología— (1978); Escrito en el agua (1976); Las cuatro estaciones (1980); Señales de vida (1982); Altamar (1996).
En 1995 publicó Severino Cardeñoso Álvarez. en Vigo, España, el libro Óscar Echeverri Mejía, completo y voluminoso homenaje al autor risaraldense.
Alberto Baeza Flórez elogia con otros en el prólogo de Cielo de poesía de Echeverri Mejía la «sobriedad y el equilibrio» de sus poemas; la ternura y pureza, esa constelación ensoñadora de sus versos; su claro dominio de la forma y de la imagen y un feliz comentarista ha llamado a su trabajo poético: «parábola de la sensibilidad progresiva»; Germán Pardo García ha señalado la «honda y tierna impresión «que deja en el lector Canciones sin palabras... y Hernando Téllez: «se advierte la presencia de varias características en la poesía de Echeverri Mejía como son, además de la gracia y la pureza, la simplicidad formal, la sutileza en los matices, la acomodación del sentimiento y la imagen, la exquisita levedad del tono, la esbeltez de las metáforas. Su cristalina superficie permite mirar hasta el fondo y aprehender la totalidad de su clave».
David Mejía Velilla dice: «Echeverri Mejía es uno de los poetas mayores de nuestro tiempo, y en la sencillez de su alma y de su trasiego él lo ignora, y lo ignoraban muchos lectores actuales de poesía... Poeta sencillo entre los sencillos, su quehacer de poeta ha transcurrido en lo hondo, en lo inefable; y a la vez en lo profundo, en lo inescrutable; y a la vez en la muy hermosa y sensible piel y superficie de las cosas. Pero en la poesía de este mago, algo que parece de piel y de superficie, a menudo resulta ser muy del fondo y de lo hondo...».

 

ECHEVERRÍA. EDUARDO (Bogotá, 1873-1948).
Médico de profesión. Escribió teatro, novela y zarzuela y fue un «inspiradísimo poeta (que) pasa casi inadvertido por no ser pródigo en el verso», según Otero Muñoz. Epigramista de la Gruta Simbólica.
Obras: Barcarolas, Flores de invierno, Poesías y Rosas de otoño.

 

ECHEVERRYA, VIDAL.
Pintor y poeta vanguardista que residió en Bogotá antes de 1948, viajó a su nativa Costa Atlántica y desapareció como si se lo hubiera tragado... el mar. Fernando Arbeláez publicó sus versos, en el Panorama de la poesía colombiana (1964), pero Echeverrya ya había editado otros dos libros, Guitarras que suenan al revés y Poemas para luna y muchachas (1939). También era ¿o es? pintor de vanguardia, según el mismo Arbeláez, que admiraba sus «locuras»...

 

ENRIQUEZ RUIZ, GUIDO (Popayán).
Profesor de literatura de la Universidad del Cauca. Sus obras: El expresionismo y los símbolos en la literatura y en el arte occidental; Poemas al aire libre: de Belén al Cacho; Poetas caucanos; La magia del agua y el rito del silencio en la poesía de Helcías Martán Góngora.

 

ERASO, ENRIQUE (Sandoná, Nariño, 1932).
Educador, condecorado con la medalla «Camilo Torres» de la Presidencia de la República.
Libros: Prometeo (1960); Tras el vidrio (1980).

 

ERASO B., MARIO ENRIQUE (Pasto, 1967).
Licenciado en literatura y lengua española en la Universidad del Cauca. Obtuvo el primer puesto en la Convocatoria Departamental de Poesía «Luis Felipe de la Rosa» en Pasto en 1993. Sus poemas aparecen en el libro Extravío (1993) y en la publicación del Cuarto Concurso Universitario de Poesía ICFES.

 

ESCOBAR, ARCESIO (Medellín, 1832; alta mar, 1867).
Jurisconsulto, periodista, fue miembro del Congreso Granadino. Diplomático en Ecuador, Perú y Chile, falleció a bordo del barco Ocean Queen en el Atlántico cuando viajaba de Guayaquil a Nueva York y su cadáver fue arrojado al mar. Escribió poesía narrativa, religiosa y patriótica, pero su obra quedó dispersa. Autor, entre otros ensayos, de La poesía y la historia en América Latina.

 

ESCOBAR, CAMILO ARTURO (Rionegro, 1874; Medellín, 1906).
Estudió en Santa Rosa, vivió en Amalfi, Yarumal y Medellín, bohemio confeso, viajó a Bogotá a conocer a Julio Flóres.
Libros: Gota de hiel, Lágrimas y risas y Juan Amores. Su poesía festiva y seria fue muy popular en su tiempo. También publicó El Nazareno (1891).

 

ESCOBAR, EDUARDO (Envigado, 1943).
Estudió con los padres escolapios, los hermanos maristas y finalmente en el Seminario de Misiones de Yarumal, de donde salió como discípulo amado, y el menor en edad, de los fundadores del Nadaísmo, pero «más monoteísta que Akenatón, más papista que el antipapa, y además, miope. Pero no bisexual ni masón». En el seminario escribió su «primera novela, y hace diez escribe la segunda, que ya anuncia como inminentemente publicable: se llamará Ejemplo de anamorfosis. Ofreciendo recitales recorrió muchos pueblos y disfrutando del ocio nadaístamente creador disfruté de las playas en Mitú, Puerto Escondido y Taganga, pero también de largas carreteras y de puertos sin mares entre Barranquilla e Ipiales, Mocoa y Valledupar, Manizales a Buenaventura, ejerciendo «públicamente una desvergonzada vida de poeta que junto con algunas perversiones privadas confirma ya un largo servicio a la causa del arte» como ensayista, crítico de arte y pintor «sibarita y asceta».
En el libro Nadaísmo crónico y demás epidemias (1991), Escobar recoge algunas de las columnas suyas publicadas en El Tiempo y en otras revistas y encabeza con «Un merecido autorretrato» del cual tomamos lo siguiente, pues no encontramos mejor biógrafo que él mismo, Eduardo Escobar, «testigo de excepción de los años proféticos de los lisérgicos 60s».
Sobre su aspecto: «Como buen poeta nervios—bueno o malo, pero nervioso— de la escuela anarquista con tormentos católicos de culpa, pertenezco a la categoría del peso cuartilla en blanco, vestido, con los apellidos incorporados y fumando. La fragilidad aparente encubre, sin embargo, un alma difícil de crucificar, como me decía Gonzalo Arango, el mismo con quien nos empecinamos con ardiente pofía, fría paciencia y cruel cálculo, contra los molinos de viento...». Y sobre su vida y obra: «... No sólo de poesía vive el hombre y menos en Colombia traficando con libros narcóticos. Para sacudir la inopia, como tantos otros antiguos y modernos poetas o simples mortales, recurrí a mil oficios ramplones y actividades prosaicas: fui auxiliar de contabilidad en una pesadilla, patinador de banco todo un junio, mensajero sin bicicleta en una oficina de bienes raíces mientras leí Teoría del desarraigo, fabriqué bolsas de polietileno, joyeros de cartón y terciopelo, fui almacenista, leí a Joyce en una bodega, me desempeñé también como anticuario ambulante, como vendedor de muñecas de navidad fuera de temporada, de diarios y semanarios y mensuarios a la entrada de una clínica de lujo. Artesano de baratijas de cobre. Armador de faroles para barco. Promotor de rifas clandestinas sin premio, por el apremio. Ayudante de cocina por el arroz con chipichipi. Pastor de aves de corral. Maestro sablista del sutil abordaje. Cantinero. Escritor de nimiedades para revistas intrascendentes. Crítico de arte mercenario. Hasta campanero fui de una pandilla de marihuanos. Así aprendí a odiar el trabajo sudando petróleo...».
Pero ni las penurias, cárceles, ostracismo de los transgresores ni desocupaciones remuneradas «fueron obstáculo, tal vez ayudaron para que escribiera mientras tanto en las estaciones entre dos trenes, debajo de los puentes si llovía, dormido y despierto, ebrio y lúcido, todos esos libros que me proporcionan hasta hoy un anonimato placentero apenas teñido de malafama que no alcanza a ser desprestigio: Invención de la uva, Monólogo de Noé, Del embrión a la embriaguez, Segunda persona, Cuac, Buenos días noche, Confesión mínima, Cantar sin motivo, Escribano del agua, etcétera. Además editó una revista de literatura de vanguardia, La Viga en el Ojo, en Pereira...». En ese etcétera: Canciones de golpe de suerte, Antología de poesía nadaísta (1992); Gonzalo Arango: correspondencia violada; Gonzalo Arango por Eduardo Escobar y Antología poética 1959-1977 (en 1978).
Prolífico y siempre activo —aunque no lo parezca—, Escobar ha sido traducido también a varios idiomas.

 

ESCOBAR ÁNGEL, ALBERTO (Medellín, 1940).
Fundador, con Gonzalo Arango, del famoso grupo, sus primeros versos aparecieron en Trece poetas nadaístas (1963). Su compañero de aventura Eduardo Escobar dice que «Alberto siempre se distinguida por su actitud excéntrica y sus Sinónimos de la angustia (publicados en parte en aquella antología) fueron recibidos con alborozo por sus compañeros entonces y mantenidos en la memoria como textos guías del grupo, hasta hoy cuando treinta años largos después, son recobrados» completos en la Antología de la poesía nadaísta que el mismo Eduardo Escobar publicó en 1992. Cuando los cuadernos Otras Palabra, de Medellín, dieron a conocer La canción del cantante y odaísta Andreas Andriakos (1990) los editores dijeron que «el discurso poético instaurado por Escobar, en vez de haber perdido su vigor inicial, se ha fortalecido». En 1992 publica El archicanto de la lábil labia & Las horas del lecho.
Y finaliza Eduardo: «Alberto Escobar cultiva una forma de vanguardismo exótico, revestido de tonos neoclásicos, lo cual acrecienta la perversión y logra hacer más increíble el inventario de las penurias, el aire arcaico de sus deleites escogidos. El trabajo de Escobar de algún modo es paradigmático de las intenciones primordiales del movimiento nadaísta». Alberto es ortopedista, pero no tiene nada que ver con versos cojos ni de pie quebrado.

 

ESCOBAR ALZATE, RAMÓN (Salamina, 1898).
Bachiller del Instituto Universitario de Manizales, donde fue profesor. Cargos comerciales y oficiales. Dirigió El Lábaro.
Libros: Esther de Roncesvalles —novela— y El camino de Eros. Su Canto a Salamina fue premiado en su patria chica en 1927.

 

ESCOBAR CAMBAS, CARLOS ANTONIO (Rionegro, Antioquia, 1866).
Educador, se radicó en Amalfi, donde fue profesor de la Escuela Urbana de Varones. Una escuela rural lleva su nombre. Sus versos, delicados y pulcros, como los de su hermano Camilo Arturo, se conocen principalmente en un poema sobre la Biblia y «el tema romántico de la novela La María lo desarrolló magistralmente en estrofas» dice el Panorama de la poesía amalfitana (1988), de Roberto Escobar Sanín y Alberto Ibarbo Sepúlveda.

 

ESCOBAR CAMPUZANO, JESÚS (Amalfi, 1852; Medellín, 1924).
Primaria en Manizales, secundaria y derecho en la Universidad de Antioquia. Fiscal del circuito, alcalde de Medellín, prefecto de la Provincia del Centro.
Dice el Panorama de la poesía amalfitana (1988): «Poeta de hondo sentimiento. Sus poemas son escritos en buen lenguaje castizo y pletóricos de interés espiritual. Escribió poesía festiva con éxito. Su figuración en la lírica antioqueña, es símbolo de facilidad, sencillez y claridad».
Con motivo de su centenario, sus hijos editaron sus Poesías (1952).

 

ESCOBAR GÓMEZ, EDGARDO (Anserma, Caldas, 1974).
Abogado de la universidad de Caldas, cofundador del movimiento La Reja en el Aire, de Anserma, colaborador del periódico La Patria de Manizales.
Libros: Poemas para leer en el parque (1973) —en colaboración con Néstor Gustavo Díaz—; Uno y todo (1981); Salmos del despertar (1993) y Esta belleza inexplicable (1995).
Roberto Vélez Correa dice: «Esta voz vaticina la fragilidad de un mundo que sufre de nuevo la glaciación y corre el riesgo de diluirse en la intolerancia que asfixia la hermandad, hasta dejar al hombre «sin orilla en el tiempo». Al fin y al cabo, son pocos los seres que sobreviven a la tragedia del dolor, la ambición, la envidia, el deseo egoísta y, en síntesis, la insolidaridad... Para aquellos que renuncian y edifican sus cuerpos en perfecta armonía con sus almas, canta el poeta».

 

ESCOBAR GUTIÉRREZ, HÉCTOR (Pereira).
Con Antología inicial se lanza la colección de escritores pereiranos auspiciada por la Corporación Biblioteca Pública, en 1983. Después el autor publica sus otros libros: Testimonios malditos (1985): Cosmogonías (1985); Estetas y heresiarcas (1987). En éste último, el poeta recrea una galería de sesenta personajes históricos con quienes muestra especial atracción o afinidad, revelando sus propios terrores culturales y sus vicios. «Tan inusual es la construcción poética de Escobar como su vida misma. Por eso en la Historia de Pereira Hugo Ángel Jaramillo... le dedica a Héctor Escobar un largo capítulo para verificar en él no al poeta de manera fundamental sino al rito diabólico al que ha ligado su vida y por el que es ampliamente conocido, anatematizado y señalado tanto en su ciudad de origen como en otras latitudes», dice Cecilia Caicedo de Cajigas en Literatura risaraldense (1988). Por las características tipográficas especiales o «matemática literaria» de la obra de Escobar, dice Miguel Álvarez de los Ríos: «Es un intento suyo por fijar ciertas estructuras con base en la noción del espacio visual. Mucha parte de su originalidad resulta de que no se conocen testimonios perdurables de semejante ensayo».

 

ESCOBAR HOLGUÍN, RODRIGO (Florida, Valle, 1945).
Desde los dos años vivió en Palmira, donde su padre era maestro. En bachillerato entró en contacto con la literatura universal y empezó a familiarizarse con las letras orientales: China, Japón, la India, Persia. Ya traducía a Poe. Estudió arquitectura y lenguas. Al final de su carrera ganó el primer concurso literario organizado en los 20 años de la Universidad del Valle. Después de tres años de diseñar escuelas y colegios, estudió planeamiento regional y urbano en Edimburgo. Allá conoció —además de Burns, Scott y Stevenson— el Tao Te Ching y la escritura budista fundamental. Estuvo en Polonia. Actualmente trabaja en Cali con la C.V.C., que en 1983 publicó su primer libro: El obrador de versos. En ese año ganó el primer premio en el concurso anual del Servicio Civil y en 1988 el premio único de poesía del concurso nacional de la Casa de la Cultura de Montería.
Octavio Gamboa dice en Poesía del Valle del Cauca (1986): «En la docena de poemas de Rodrigo Escobar que he escogido para hacer parte de esta antología, culmina la escritura de los poetas que en el Valle del Cauca están vivos en 1986, cuando Cali cumple 450 años. Sin duda alguna Escobar Holguín es el mayor de todos ellos. Para quien escribe estas líneas, es un honor presentarlo y dar testimonio de tan afortunado descubrimiento. Él llega a la poesía con la seguridad de un maestro, como si hubiera trabajado con ella durante una larga vida... Antes de escribir la primera línea de un poema, todo lo sobrante ha sido previamente eliminado: la hermosa fronda, el tallo elegante, la flor embaidora, la pulpa deliciosa. Porque se trata de entregar tan sólo la semilla, aquella parte de la vida que tiene asegurada la perduración. Ese es el milagro que sale de las manos de Rodrigo Escobar Holguín».
La escritora y crítica húngara Vera Székács, traductora a su idioma de la obra de García Márquez y de una selección de poesía colombiana, dijo de la poesía de Escobar Holguín: «Lo que me impresionó más fue y sigue siendo su dominio de la mesura, el rigor estructural: estructuras bellas, perfectas y diáfanas, trazadas con líneas nítidas y dinámicas, diríamos: con la mano segura de un arquitecto. Y detrás de la elegancia y la parsimonia de la expresión, de esta superficie limpia y sobria, se adivinan grandes bloques oscuros de su mundo interior, de sus impulsos, emociones y deseos: bloques tectónicos que se deslizan y se chocan. Rigor, elegancia, mesura y fuerza».

 

ESCOBAR ROA, RAFAEL (Chía, 1879; Bogotá, 1954).
Doctor en filosofía y letras del Rosario. Educador, cuentista, novelista y crítico, colaborador de periódicos bogotanos y director de El Horizonte. Académico de historia. Juzgado «tierno y conecto» en sus versos y especialmente en sus sonetos. Fue también buen traductor del inglés y del francés, versado en literatura griega y latina. En 1905 dio a conocer sus primeros poemas, entre ellos Al Nevado del Tolima. Otros: Elegía a monseñor Carrasquilla, Elegía rústica (a la muerte de Daniel Bayona Posada); Canto a Funza y ¡O fair! ¡O purest ! (traducción de Thomas Moore). En 1941 publicó la novela Lo que contó el patojo.

 

ESCOBAR ROJO, SEVERO (Amalfi, Antioquia, 1882; Bogotá, 1928).
Humanidades en el Colegio de San Ignacio y en el Seminario Conciliar de Medellín. Se dio a conocer como poeta al declamar en la Catedral Metropolitana su Poema del ocaso en el sepelio del doctor Manuel Uribe Ángel. Director de la revista América Española. Proclamó la «idolatría de la forma, sacrificándola al sentimiento. Gotas de alma en impecables ánforas de moderno y delgado cristal». Fue alcalde de Jericó, periodista y orador.
Libro: Sinfonías espirituales.

 

ESGUERRA, ARSENIO (Ibagué, 1836; Bogotá, 1875).
Presidente de la Sociedad Hispanoamericana Literaria de Nueva York, dio a conocer sus trabajos en periódicos y revistas colombianos a finales del siglo XIX. José Martí escribió en La Patria de Nueva York en 1892 este concepto: «Era Arsenio Esguerra un poeta directo y sano corazón que murió demasiado joven pero encontró en la sencillez y orden del mundo la poesía verdadera y la puso en estrofas sonoras y naturales».
Su hermano Medardo Rivas publicó una colección de sus versos y artículos en prosa.

 

ESPINOSA, GERMÁN (Cartagena, 1938).
Adicto a las letras desde niño, publicó a los 16 años su primer libro de versos, cuya temática erótica escandalizó a los directores del Colegio Mayor del Rosario, por lo cual lo expulsaron. Ingresó antes de la mayoría de edad al servicio obligatorio... del periodismo y empezó a publicar sus cuentos cuando se matriculó en la mesa del Café Automático que presidía con desdén el maestro León de Greiff, una de sus máximas admiraciones, y por tanto, influencia poética entre las muchas que contribuyeron a hacer de Espinosa uno de los más cultos escritores colombianos. Algunas páginas políticas —y por tanto polémicas— le trajeron, naturalmente, contrariedades y contratiempos (fue fugaz redactor de El Tiempo), pero en compensación lo llevaron durante el gobierno de López Michelsen a dar una mirada al mundo real, como cónsul general de Colombia en Kenya y consejero de la embajada en Yugoeslavia. Hoy se dedica de tiempo completo a su obra, que va por los 25 libros, de diversos géneros. Como novelista y cuentista («soy un poeta que narra» dice él) ha conquistado un envidiable lugar especialmente reconocido internacionalmente con sus novelas La tejedora de coronas (1982), finalista para el premio «Rómulo Gallegos», y Los cortejos del diablo (1970), que han sido traducidas al francés, inglés, alemán, italiano, así como otros de sus libros al chino y al coreano.
«La vida de un hombre no debe ser sino la suma de sus instantes felices» ha escrito Espinosa. Creemos que la suma de esos instantes —prescindiendo del aspecto privado— es para Germán la de la publicación de sus libros. De manera que transcribir sus títulos es, pues, lo más feliz de su biografía. Son ellos, fuera de los mencionados: Letanías del crepúsculo, poesía (1954); La noche de la trapa, cuentos (1965); El Basíleus, teatro (1966); Anatomía de un traidor, libelo (1973); Reinvención del amor, poesía (1974); Los doce infiernos, cuentos (1976); El magnicidio, novela (1979); Tres siglos y medio de poesía colombiana, antología (1980); El signo del pez, novela (1987);Noticias de un convento frente al mar, cuentos (1988); Guillermo Valencia, ensayo (1989); Luis Carlos López, ensayo (1989); Sinfonía desde el Nuevo Mundo, novela (1990); La liebre en la luna, ensayos (1990); Libro de conjuros, poesía (1991); La tragedia de Belinda Elsner, novela (1991); La aventura del lenguaje, ensayo (1992); Los ojos del basilisco, novela (1992); La lluvia en el rastrojo, novela (1994); El naipe negro, cuentos (1995).
Sus versos, en cambio, publicados muy escasa y tímidamente, fueron lanzados completos, en un solo volumen sencillamente titulado Obra poética (1995). Los libros que incluye y el año en que fueron escritos: Letanías del crepúsculo (1950-1954);Canciones interludiales (1954-1960); Claridad subterránea (1955-1979); Coplas, retintines y regodeos de Juan el mediocre (1974); Reinvención del amor (1965-1984); Diario de circunnavegante (1971-1979) y Libro de los conjuros (1974-1990).

 

ESPINOSA DE PÉREZ, MATILDE (Tierradentro, Cauca, 1917).
«Interpretar en poesía la tragedia popular» dice ella que ha sido su mayor aspiración en la vida, aunque en su más reciente obra esa compasión hacia los humildes y esa protesta por la injusticia social y defensa de los oprimidos deja paso a un lirismo pleno de madurez y a una profunda conciencia de la fragilidad humana. Discreta y concentrada en sus tareas hogareñas —y en ellas se incluye su fervoroso trabajo intelectual— se ha dado a conocer personalmente y en su obra en América Latina; vivió en París y en Madrid y visitó los países socialistas de Europa.
El encuentro de mujeres poetas del Museo Rayo de Roldanillo le ofreció homenaje en 1996.
Libros: Los ríos han crecido (1955); Por todos los silencios (1958); Afuera las estrellas (1961); Pase el viento (1970); El mundo es una calle larga (1976); La poesía de Matilde Espinosa —selección y prólogo de su nieto Guillermo Martínez González— (1980); Memoria del viento (1987); Estación desconocida (1990); Los héroes perdidos (1994); Señales en la sombra (1996).
Rafael Maya le escribió: «Si hay escritora auténtica, eres tú. Y a la autenticidad sólo tienen derecho las personas como tú, ajenas a la farsa literaria, ajenas a la vanidad, ajenas al vano ruido de la lisonja. Tú no engañas. Eres fiel a ti misma como el cielo es fiel al azul incomparable de su altura».
Maruja Vieira considera que «Matilde Espinosa es una de las voces más altas, sonoras y cristalinas que haya producido en este siglo la literatura en idioma castellano... Pero no es en sus diez libros que radica totalmente el valor de su obra. Es en el permanente influjo que ella ejerce, sobre quienes se le acercan en busca de orientación y de consejo. Su voz, hecha de música y ternura, sólo sabe de palabras de aliento, de frases de elogio para el trabajo de las otras mujeres, de amistad y de amor... Se le han hecho homenajes, que ella presencia desde su hondísimo dolor por la pérdida de sus dos hijos, mientras, llena de ánimo, asume la misión de iluminar las horas arduas del bienamado compañero de su vida (Luis Carlos Pérez). Su voz, como una campana de oro, tañe y repica desde el amanecer hasta el ocaso, el ángelus de la poesía... Bella y sonora, su poesía está llamada a perdurar en el siglo que muere y el milenio que avanza, porque está hecha con los más puros elementos de la inteligencia, la bondad y la valentía».
Enrique Uribe White la coloca en el Olimpo, máxima categoría de su arbitrario libro Poetas colombianos (1979), y dice: «Matilde es comunista (como esposa que es del doctor Luis Carlos Pérez, primer rector marxista de la Universidad Nacional): su poesía es de la llamada comprometida. Pero hay en sus libros muchos cantos de una tal universalidad de sentimientos y de una tal delicadeza, que se los quisieran los llamados burgueses para un día de fiesta. Y su amor por los niños, por los desheredados de la fortuna, por los perseguidos, demuestran una sensibilidad de buena ley».

 

ESPINOSA DE RENDÓN, SILVERIA (Sopó, 1815; Bogotá, 1886).
Hija del célebre impresor Bruno Espinosa de los Monteros. En su meritoria vida cultivó la novela, el teatro, la poesía y en su lecho de muerte concluyó un tratado, en prosa y verso, sobre la educación de las jóvenes. «Escritora sentimental y mística, poetisa dulce y melodiosa», dice Isidoro Laverde Amaya. Sus primeras poesías fueron publicadas en El Parnaso Granadino. Obras suyas: El día de reyes, Devocionario, Lágrimas y recuerdos, El Divino Modelo de las almas cristianas y Pesares y consuelos —en el destierro del prelado Manuel J. Mosquera— (1852).

 

ESTRADA, PEDRO ARTURO (Girardota, Antioquia, 1956).
Pasó su infancia de pueblo en pueblo en el nordeste antioqueño: Santo Domingo, San Roque, después en Bello y Castilla, en Medellín. Mensajero, soldado, vigilante, estudiante de bachillerato... Y siempre, lector compulsivo, autodidacta bien orientado. Cofundador de la revista Maya. Su primer libro: Poemas en blanco y negro (1994) sobre el cual opinó José Manuel Arango: «...En sus versos hay una voz madura, una voz hecha. Sus poemas son los de alguien que ha vivido una experiencia, de la que uno siente que vuelve con algún desencanto; alguien que ha dejado atrás, para decirlo con un hermoso verso suyo, «el sueño mal soñado de la juventud», y ahora busca saber «qué de verdad nos pertenece, qué de verdad hemos perdido».

 

ESTRADA ROLDÁN, LEONEL (Aguadas, Caldas, 1928).
Odontólogo de la Universidad de Antioquia, postgrado en Columbia University de Nueva York. Estudió arte en la Escuela de Bellas Artes de Manizales, Casa de la Cultura de Medellín y Sculpture Center de N.Y.C. y arte contemporáneo con los profesores A. Meneguetti y Pere Salabert. Ha ejercido la docencia y ha sido decano de odontología en la Universidad de Antioquia, fundador y director de las Bienales de Arte de Medellín, presidente de las sociedades de Artistas y Escritores, de Odontología de Antioquia y Colombiana de Ortodoncia, así como de la junta del Museo de Zea de Medellín. Cofundador y miembro del consejo de programación del canal regional Teleantioquia. Ha representado al país en encuentros internacionales de arte. Condecorado por el Instituto de Integración Cultural (1976), el Departamento de Antioquia (1978 y 1995) y la alcaldía de Medellín (1995), la Asociación Argentina de Críticos de Arte (1993), el Museo El Castillo de Medellín (1995) y la Sociedad Colombiana de Ortodoncia (1995).
Como poeta, ha sido finalista en el Tercer Concurso de Poesía Mística en España en 1983 y en el III Concurso Nacional «Aurelio Arturo». En 1975 publicó el libro El camino sigue abierto con prólogo de su profesor Ernesto Cardenal. Otros libros: Diccionario del arte actual, términos y tendencias (1985); Logografismos (1979) y Una vida programada (1993). Autor del guión y las imágenes para el video España en el corazón del verano. Sus últimas obras plásticas, trabajadas en piroxilina al fuego, fueron expuestas en la Galería El Castillo de Medellín en 1995.

 

ESTRADA ROLDÁN, NOEL (Aguadas, Caldas, 1927).
Cuando tenía siete años, su familia se trasladó a Calarcá, Quindío, donde cursó primaria y bachillerato en el Colegio Robledo. Empezó a escribir y le publicaron sus colaboraciones La Patria de Manizales y otros periódicos nacionales. En Bogotá vivió varios años, antes de viajar a España, donde en el Archivo de Indias realizó para el Instituto de Estudios Históricos investigaciones sobre Jiménez de Quesada y Pedro de Ursúa. Estudió filosofía y letras en la Universidad Complutense de Madrid y colaboró en revistas literarias hispanoamericanas. Allí escribió el libro de sonetos Clamor de España, publicado en 1959 por el Instituto de Cultura Hispánica. Viajó por Italia, Francia y otros puntos del exigente itinerario de la cultura europea. Al regresar a su patria, fijó su residencia en Circasia, Quindío.
Otros libros suyos: Sonetos de Anteo (1968); Romanzas de mocedad (1993); Sonetos y acuarelas (1996), en colaboración con el artista Hernando Jiménez.
Mario Sirony lo considera insuperable sonetista: «La precisión y belleza arquitectónicas de sus sonetos recuerdan los frisos parnasianos de Heredia y Leconte de L’ Isle, pero sin el hieratismo arqueológico de aquellos autores».

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